Jean de La Taille, Les corrivaux, comédie

Los rivales





Texto utilizado para esta edición digital:
La Taille, Jean de. Los rivales, comedia. [Les corrivaux, comédie.] Traducido por Silvia Hueso Fibla para la Biblioteca Digital EMOHTE. Valencia: EMOTHE - Universitat de València, 2025.
Codificación del texto digital para EMOTHE:
  • Hueso Fibla, Silvia

Nota a esta edición digital

Esta publicación es parte del proyecto I+D+i «EMOTHE: Second Phase of Early Modern Spanish and European Theatre: heritage and databases (ASODAT Third Phase)», referencia PID2022-136431NB-C65, financiado por MICIN/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER Una manera de hacer Europa.



Personajes

Restituta, doncella joven
Nodriza, nodriza de Restituta
Filadelfio, mancebo galán
Evertón, mancebo galán
Claudio, criado
Felipe, criado
Alison, criada vieja
Bernardo
Gerardo
Fremundo, el picardo
Jacoba, vieja dama
El médico
Filandro, capitán de la ronda
Gil, criado
Félix, criado

Acto 1

ESCENA PRIMERA

Restituta y su nodriza.

RESTITUTA.
1Ahora, nodriza mía, habéis oído el secreto de mi corazón y la causa de mis lamentos, ya que, al fin, os lo he tenido que descubrir, no pudiendo ocultaros cosa alguna, aunque me esforzase en ello. Mas, pues la cosa (como veis) es tan grave para mí, que toca a mi honra y casi a mi vida, no os maraville que, hasta ahora, habiéndoos tenido siempre en suspenso, haya tardado tanto en decíroslo, y aun así os ruego que lo guardéis tan secreto, que nadie pueda siquiera sospechar que vos lo sabéis, para que después me ayudéis en lo que hubiere de menester.

NODRIZA.
2Habrase visto, ¿hay otra en quien podáis confiar con mayor seguridad que en vuestra nodriza? ¡Por Dios, no me admira que tardarais tanto en abreviar el lance! Además, no entendía por qué, de un mes acá, no hacíais sino quejaros, atormentaros y sollozar tanto, que se oyera hasta el cabo de la ciudad. Tan pronto os parecía que teníais algo que contarme, como luego ya no era nada; tan pronto os arrepentíais, y mudabais de parecer y tornabais a mudar cien veces en un día. Viendo el tiempo en que andábamos juntas a nuestras anchas, pensé que os habíais hecho religiosa verdadera, santa por extremo, Magdalena rematada. Así os lo daba ya el mundo, no hay que negarlo: “Es la más sabia, la más recogida, la más esto, la más aquello; nunca se la ve reír, nunca sale de casa, nunca anda enamorada de nadie.” Pero, por lo que veo, era otra cosa la que os impedía desde el principio decírmelo. Mas no, Restituta, tampoco hay por qué llorar ni desesperarse así… Pues es hijo el que lleváis, gloria a Dios, y al menos el mundo tendrá por cierto que, por vos, no se extingue. ¡Ay, Jesús María! Nosotras hemos sido también (por lo que parece) mozas y enamoradizas como otras tantas; y si yo tuve a mi tiempo mi justillo de dieciséis años tanto como vos, y aún (quizá) tan apretado como el vuestro, nunca entré en frenesí de desesperación como vos ahora.

RESTITUTA.
3¡Maldito sea el día en que jamás…!

NODRIZA.
4¿De qué sirven tantos lamentos y lágrimas? Mejor, señora, contadme con todo pormenor a quién, cuándo y cómo os dejasteis coger la flor.

RESTITUTA.
5Primeramente habéis de saber que todo es culpa de Filadelfio.

NODRIZA.
6¿De ese mozo gentil que vive en nuestra casa?

RESTITUTA.
7Sí.

NODRIZA.
8Decidme, decidme, ¿cómo fue eso?

RESTITUTA.
9Apenas entró en nuestra casa para quedarse, según le encargó su padre Bernardo al salir de Metz, se prendó de mí.

NODRIZA.
10¿Cómo fue posible que yo no me apercibiera?

RESTITUTA.
11Su amor fue tal, que al punto mudó el primer propósito de entregarse a las letras y armas, y a otros ejercicios de nobles, y se dedicó solamente a conversar a solas conmigo. Pero, ¿qué quieres que te diga? ¿Y para qué te cuento mi desgracia, si ya no tiene remedio?

NODRIZA.
12¿Entró solo a vuestra cámara, y aun a vuestra cama —como parece creíble—, y por eso hemos de desesperar? Tened por pequeños deslices de amor los que habéis hecho, quizá sin pensarlo. Hay que darse maña para que ni vuestra madre ni nadie se entere.

RESTITUTA.
13Eso mismo os quería rogar: que me ayudéis, y también que procuréis librarme presto de este hijo.

NODRIZA.
14Eso yo lo arreglaré; pero decidme antes, ¿no hay por ahora palabra de matrimonio entre vos y él?

RESTITUTA.
15¿Cómo? ¿Qué queréis decir con eso?

NODRIZA.
16Lo digo porque no sería mal remedio, si las cosas salen bien, tomar por esposo a Filadelfio; así cubriríais vuestro honor bajo el sayo del matrimonio, si alguna deshonra hubiere. Pero ¿por qué movéis la cabeza? Apostaré que no le hicisteis prometerlo.

RESTITUTA.
17¡Ay, que no! No se me ocurrió tratar con él ese punto; pero, aunque me lo hubiera prometido, ¿de qué serviría?

NODRIZA.
18Queréis decir que podría negarlo, por falta de testigos, o bien que podría largarse cuando le placiese, visto que es forastero.

RESTITUTA.
19No es eso lo que temo… No se marchará, nodriza, por dos razones bien sabidas: no se moverá en toda su vida de esta ciudad; y aun así, es casi imposible que pueda desposarme. Mira bien tus conjeturas.

NODRIZA.
20¿Cómo me decís eso, si sólo ha venido a esta ciudad por un tiempo, y es de Metz, en Lorena, donde está aún su padre?

RESTITUTA.
21¿No has oído todavía que Filadelfio, al llegar, trajo carta de su padre Bernardo, diciendo a mi madre que, vendidos sus bienes y concluidos ciertos pleitos, vendría a vivir a esta ciudad junto a su hijo?

NODRIZA.
22Es verdad, pero ¿qué mueve a Bernardo a dejar su patria?

RESTITUTA.
23¿Qué quieres que os diga? Hombre maduro, viudo, que vive entre continuas guerras, hace bien en retirarse a una ciudad pacífica, buena y segura, y dejar su tierra, donde ha padecido y padece tantos infortunios a causa de la guerra, por la cual (según me cuenta Filadelfio) perdió una hija cuando entraron nuestras gentes en Metz.

NODRIZA.
24Bien, dejémoslo. ¿Qué os estorba para casaros con vuestro Filadelfio?

RESTITUTA.
25¿No sabéis aún que ha sido tan ingrato conmigo, que me ha dejado y puesto todo su amor en la hija de ese picardo, nuestro vecino?

NODRIZA.
26¿Os referís a Flordelís, hija del señor Fremundo, que dejó la tierra por la guerra y vino aquí?

RESTITUTA.
27Sí, os digo; Filadelfio ama a su hija, y yo me muero de despecho. Y aun si fuese sólo él quien la amase, pero, por lo que he oído, hay otros, aun un mancebo de aquí llamado Evertón, hijo del señor Gerardo, que también la ama (y al que ella estima también). Ved, nodriza, qué injuria me hacen.

NODRIZA.
28¡Ah, de esto me hablaba Gil, ese criado calamitoso suyo, ya medio borracho, después del rifirrafe que solemos tener! Se quejaba de que tenía que andar siempre en marcha, ora aquí, ora allá, ya por hablar con Claudio, criado del padre de Flordelís, de quien su amo se hizo amigo para que le ayudase en sus amores, cosa que yo ya había olvidado si vos no lo recordarais.

RESTITUTA.
29Pues, habla, dime: ¿tendría yo causa para querer su alianza?

NODRIZA.
30No digo más; con todo, no hay para qué atormentaros de antemano. Yo hallaré el modo de salvar vuestro honor y vuestro fruto.

RESTITUTA.
31¿De qué modo?

NODRIZA.
32Decid a doña Jacoba, vuestra madre, que os sentís algo indispuesta.

RESTITUTA.
33Como, en verdad, lo estoy.

NODRIZA.
34Y que querríais salir un poco a tomar el aire del campo; estoy cierta de que, como acostumbra, os enviará conmigo a Bellavista, vuestra granja, que sólo dista cuatro leguas de aquí.

RESTITUTA.
35Y bien, ¿qué haremos allí?

NODRIZA.
36Hallaremos mil modos para libraros de vuestro hijo, sin que nadie lo note; yo os mostraré mi maestría.

RESTITUTA.
37Bueno me parece vuestro consejo. Busquemos ocasión de hablarlo con mi madre.

NODRIZA.
38¡Ja, ja! Pero ¿no es ése de quien hablamos? Siempre anda con sus manejos: hoy no ha estado en casa.

RESTITUTA.
39Dejadlo, os lo ruego.

ESCENA II

Filadelfio, solo.

FILADELFIO.
40¡Ah, bien lo sé, Restituta, aunque sólo me lo digáis huyendo de mí, que os ofendo amando a otra! Pero, ¿qué hacer? ¿Quién no reconoce el poder de amor? ¿Quién ignora que es ciego, joven, mudable, sin ley ni razón? Por él, no tengo menor reposo que si llevase azogue bajo los pies. Por eso he recorrido toda la ciudad, buscando hallar a Claudio, criado de mi cruel señora, para que me dé nuevas de ella. Me veo obligado a tratar con ese criado, que será el buen instrumento de mis aventuras, que ya no puedo demorar más, pues mi padre estará aquí en breve; y en cuanto llegue, se cierran todos los medios. Mas, lo que más me apresura es tener un rival, a quien he de aventajar, a ver si no goza antes que yo de mi querida Flordelís. Mas veo venir, en buena hora, al que busco.

ESCENA III

Claudio y Filadelfio

CLAUDIO.
41Hele aquí, por fin, gracias a Dios.

FILADELFIO.
42Bien, Claudio. ¿Qué nuevas hay?

CLAUDIO.
43Muy buenas. Hoy llega el día que tanto deseabais.

FILADELFIO.
44¿Cómo así?

CLAUDIO.
45He logrado que mi señor salga hoy, y antes que pase una hora, os haré entrar donde estará vuestra amada Flordelís.

FILADELFIO.
46¡Qué contento estoy!

CLAUDIO.
47Aguardad, pues, la ocasión.

FILADELFIO.
48Ya he prevenido todo: tengo dos compañeros listos y ahora mismo voy a la calle para aguardar y entrar en cuanto abráis la puerta. Pero, ¿cómo me avisarás cuando tu señor haya salido?

CLAUDIO.
49Os daré señal desde la puerta de atrás, que dejaré destrancada de propósito.

FILADELFIO.
50¿Qué señal darás?

CLAUDIO.
51Tendré una antorcha en la mano y la alzaré tres veces: esa será la señal para que entréis.

FILADELFIO.
52¿No hay nadie en vuestra casa que pueda molestarme?

CLAUDIO.
53No os apuréis por ello; sólo está Alison, la vieja criada, a quien bien sé cómo despachar.

FILADELFIO.
54Basta. Me llegaré entretanto a la calle, donde mis compañeros vendrán a encontrarme. Por lo demás, Claudio, ya sabes los dones que te tengo prometidos, aunque no podría pagarte ni el menor de los favores que me haces.

CLAUDIO.
55Os ruego, no me habléis más de eso. El don que os pido es que lo guardéis en secreto y procuréis que nadie sospeche de mí ni piense que he sido cómplice ni he ayudado; e igualmente, cuando entréis donde la doncella, Dios sabe cómo fingiré yo estar extrañado y confuso y no saber nada.

FILADELFIO.
56Ya os lo he dicho: lo guardaré en el alma.

CLAUDIO.
57Si obrareis lo contrario, sería mi fin y perdición; pues mi señor, cada vez que sale, nos encomienda mil veces a su hija.

FILADELFIO.
58¿No le has dicho nada a Flordelís de mi parte?

CLAUDIO.
59Por mi fe, no, Filadelfio; sé bien que si le hablo de vuestro amor será en vano, no hará ningún caso.

FILADELFIO.
60Extraño es. ¿Tan contrahecho soy, tan pocas virtudes tengo, que no pueda quererme? ¿Tan diferente y contrario a su genio y figura soy, que no podamos entendernos?

CLAUDIO.
61No sé qué tan distinto sois; si no supiera que no tenéis hermana, diría que lo es, de tanto como se os parece. Bueno, ¿queréis algo más?

FILADELFIO.
62No. Mas ¿has visto a mi criado, a quien mandé hace tres horas a buscarte?

CLAUDIO.
63No lo he visto.

FILADELFIO.
64Andará por ahí, bebiendo y malgastando el tiempo.

ESCENA IV

Gil, criado de Filadelfio; Filadelfio

GIL
65 (solo)En verdad, sería necio si, mientras mi amo anda enamorado, yo me quedara atrás en eso del amor; no a su manera, claro, pues él es de esos amantes pasmados, que no se ocupan más que de una, y tardan dos o tres años en declararse, para acabar todo en nada. Hoy, cuando me mandó a buscar a Claudio, ardí de amor.

FILADELFIO
66 (aparte)He aquí a mi hombre; me voy a retirar un poco, para conocer su talante.

GIL.
67Como no di primero con el que buscaba, entré tranquilo en la hostería cercana.

FILADELFIO.
68He aquí mi cuenta… ¡Por Dios, pronto te lo pagaré!

GIL.
69Allí, apenas he tomado seis o siete tragos, bajo a la cocina (que más que las salamandras al fuego me place estarme allí), y hallo a la criada del mesonero, tan hermosa como un ángel.

FILADELFIO.
70Cierto, buena moza es.

GIL.
71Me agradó mucho. En fin, nos entendimos al punto; porque, ¿dónde hay doncella tan levantisca y montaraz que a mí me niegue cuanto pida, siendo yo quien soy? (No digo más.)

FILADELFIO.
72¡Vaya hombre!

GIL.
73Por mi natura, no quiero consagrarme a una sola santa, y si hallo calzas como mi jubón, me las pongo. También el buen ratón tiene más de un agujero donde meterse, ¿no? Así, por todos los diablos, así hay que hacer; no como esos amadores de Cuaresma, sacando alquimia del amor y destilando la quintaesencia, para acabar, tras tanto soñar, con las manos llenas de viento.

FILADELFIO.
74Hablas muy a propósito, como corresponde a un hombre como tú.

GIL.
75¡Ah, ahí viene mi amo! Mudaré el tema y haré como si no le viera.

FILADELFIO.
76¡Acércate, bribón! ¿De dónde vienes?

GIL.
77De donde me enviasteis, señor.

FILADELFIO.
78¿Has hallado a Claudio?

GIL.
79Sí.

FILADELFIO.
80Mientes, bellaco; él mismo me dijo que no te había visto. Este perdido no sale de las tabernas; hoy te cojo. Mas antes tengo que ocuparme de otra cosa. Me ha hecho olvidar lo que iba a decirle. Ando tan ocupado que ya no sé a qué atender primero. En fin, vete ahora a casa de Camila y Francisco, y diles que ha llegado el día y la hora que les dije; que vengan para el negocio que ya saben, a la calle junto a casa de Fremundo, con todo el aparejo necesario. Ve aprisa. —¿Qué, vuelves así? ¿Qué murmuras entre dientes, granuja? No te muevas de aquí. Sería mayor necio si le diera mi mensaje a este borracho. Mejor voy yo mismo. Sólo ven a encontrarme en la calle, cuando hayas provisto armas para ti, para no ser inútil. GIL. Conforme, señor; dejadme ir. ¡Por Dios, no hay hombre más valiente que yo! Creedme, si la cosa se pone difícil… no seré yo de los últimos en… se entiende: en salir corriendo, si la pelea se pone fea.


Acto 2

ESCENA PRIMERA

Evertón, mozo joven. Felipe, su criado.

EVERTÓN.
81¿Es forzoso que los bienes tengan tal imperio sobre los hombres? ¿Es menester que una virtud, una gran hermosura y una noble estirpe sean tan poco estimadas si no van acompañadas de riquezas? ¿Por ventura han de menospreciarse las piedras preciosas, los diamantes, los rubíes y las esmeraldas, a quienes comparo las prendas de Flordelís, porque no estén engastadas en oro? ¿No valdría más tener mujer que fuese dueña de hacienda, que hacienda que desease mujer?

FELIPE.
82Pues bien, Evertón, ¿qué deseabais de mí?

EVERTÓN.
83¡Ah, aquí estás en buen punto! Habíate mandado buscar.

FELIPE.
84Mas, ¿de qué os quejabais aparte?

EVERTÓN.
85De la avaricia de mi padre.

FELIPE.
86¿Qué os ha hecho?

EVERTÓN.
87Te lo diré, y de paso entenderás en qué he de ocuparte.

FELIPE.
88Decidme al punto.

EVERTÓN.
89En primer lugar, has de saber que amo a una doncella de unos quince años, honesta, de buen donaire y acabada hermosura; y cada día crece en belleza y frescura, cual la rosa que a cada momento sale del capullo y va creciendo al encuentro del sol. Su nombre es Flordelís, hija de un picardo que recientemente ha venido a vivir a esta ciudad, llamado el señor Fremundo. ¿No la conoces acaso?

FELIPE.
90¡Cierto que sí! A tales señales, es amada de un tal Filadelfio, vecino de ese picardo.

EVERTÓN.
91Dices verdad.

FELIPE.
92¿Pues qué es menester hacer? ¿Queréis que le rompamos la cabeza?

EVERTÓN.
93Aguarda a que te cuente todo mi negocio. Desde que mi corazón fue prenda de esta doncella —hará ya dos meses—, he procurado por todos los medios gozar de ella, y no ha faltado que hasta solicitara desposarla. Mas, mi padre (que es avaro y miserable, como sabes), viendo pobre al padre de Flordelís, quien gastó en guerras buena parte de su hacienda, me contradijo áspero, y me reprendió duramente, diciendo que aún soy muy mozo y que aún no es tiempo de pensar en casamiento. Por tanto, ahora mismo, me lamentaba en secreto. Pero, en suma, he resuelto —puesto que mi padre no lo quiere permitir— tomarla por el medio que más me convenga.

FELIPE.
94Al grano, señor.

EVERTÓN.
95Has de saber que Fremundo, padre de la doncella, tiene en su casa una criada ya de cierta edad.

FELIPE.
96¿No es Alison?

EVERTÓN.
97Ella es.

FELIPE.
98¡Oh, cuán notable es esa buena señora! Seguid, seguid adelante.

EVERTÓN.
99Yo, por medio de dádivas, súplicas y cortesías, me he congraciado con Alison, hasta el punto que ha llevado mi mensaje a Flordelís, y me ha ganado algún favor de aquella. Hace ocho días me comunicó que me haría entrar donde estuviese la doncella una vez que su amo Fremundo saliese, y que, cuando entrase hiciese mi voluntad. Por tanto, he resuelto llevarla por fuerza, si no consiente a lo que deseo.

FELIPE.
100Mas, ¡Evertón!

EVERTÓN.
101¿Qué "mas"? No me contradigas, que ya tengo esto decidido.

FELIPE.
102¡Haced como consideréis! Mas, ¿qué queréis de mí?

EVERTÓN.
103Alison me avisó esta mañana, por mi lacayo, de que tenía algo que decirme. Sospecho que acaso su amo habrá de salir. ¡Querría que fuese hoy, cuando mi padre está en el campo! Por ese motivo te he hecho venir aquí, junto a la morada de Fremundo, para rogarte me ayudes a llevarla, si fuere menester.

FELIPE.
104¿Sí? Mas, ¿podríamos hacerlo nosotros solos?

EVERTÓN.
105Calixto, mi camarada, ha de ayudarme; por tanto, retirémonos a su casa, cercana a la de Fremundo, para estar prontos cuando Alison nos abra la puerta. Él proveerá también armas para los tres.

FELIPE.
106Si puedo, no os faltaré, así es. Mas, ¿podremos hacerlo seguros? ¿No habrá quien nos lo impida?

EVERTÓN.
107¿Quién diablos ha de impedirlo? Es verdad que tengo por rival a ese gentil Filadelfio; pero, ¿qué nos hará, si ignora nuestro manejo?

FELIPE.
108¡Voto a tal! Si le halláramos, no será hombre para nosotros, y os aseguro que no será para vuestra Flordelís más que si fuese su hermano.

EVERTÓN.
109Pero he aquí a Alison, que sale de casa. Retírate a lo de Calixto y me aguardas allí; ha de decirme, acaso, lo que sospecho.

FELIPE.
110Hoy quiero pasarlo bien, mientras el soñador de mi amo pasea fuera de la ciudad. No ganará tanto en un mes como gastaremos en una hora.

ESCENA SEGUNDA

Alison, criada. Evertón.

ALISON.
111¿Qué demonios habrá de sucederme hoy, si esta noche tuve el sueño más terrible del mundo? Jamás sueño tales necedades sin que me acontezca después novedad o gran tumulto. Mas, sé bien lo que dicen: que es locura dar fe a tales cosas.

EVERTÓN.
112¿Qué haces, Alison, que razonas tan en secreto? ¿Cuándo tendremos la Cuasimodo? ¿Hablas acaso de vidas de Santos, o de las llagas de San Francisco?

ALISON.
113¡Ah, Evertón! Salía al punto de buscarte, según lo mandé esta mañana.

EVERTÓN.
114Pues bien, ¿qué has de decirme?

ALISON.
115Mi señor parte a la ciudad ahora.

EVERTÓN.
116¡Oh, cuánto me alegra! Pero dime, ¿cómo me harás entrar donde está mi Flordelís?

ALISON.
117Abriré nuestra puerta trasera, ante la cual os haré una señal. A saber: le daré tres vueltas a mi rueca, para que entendáis cuándo es tiempo de entrar por esa misma puerta.

EVERTÓN.
118Suficiente; estaré preparado en casa de mi amigo, vuestro vecino. Mas temo que haya alguien en casa que pueda estorbar mi empresa; me parece que hay un criado llamado Claudio, y me contentaría no verlo.

ALISON.
119No os turbéis; yo sabré despacharlo. ¿No será forzoso que salga a buscar a su amo?

EVERTÓN.
120Alison, si esto haces por mí, te prometo el cinto más hermoso del mundo y la más linda pareja de rosarios que puedas ver jamás, además de otros presentes que pueda hacerte.

ALISON.
121¡Oh, esto no me fuerza! Mas sí os ruego guardéis secreto, para que Fremundo nada sospeche de mí.

EVERTÓN.
122Basta, muchas veces te lo he jurado; pero, visto lo que me prometes, voy a arreglar mis preparativos, pues no tengo que holgar.

ALISON.
123Marchad, que ya veo a Fremundo salir de casa para irse.

ESCENA TERCERA

Fremundo, picardo. Alison.

FREMUNDO.
124¡Alison! Mientras voy a la ciudad, cuida bien de Flordelís, ¿entiendes? Y no te muevas de casa. Si a la verdad el negocio no me apremiase, contento sería de no ir, pues mi corazón me dice no sé qué mal agüero. No la dejes salir de la casa.

ALISON.
125A fe mía, señor Fremundo, si os hubierais fiado de mí, tiempo haría que no estaríais con el miedo y la zozobra que os consume por vuestra hija, pues la hubierais casado bien, como os aconsejé. Vos hicisteis según vuestro criterio; bien, pues sea. Mas, ¿con quién pensáis casarla? ¿Con un príncipe? ¡Así lo quisierais!

FREMUNDO.
126¿Crees que, si hubiera hallado algún partido conveniente, me hubiese yo demorado tanto? Bien sabes cómo cada día me lo solicitan, incluso Evertón, hijo de Gerardo Guerrero, rico ciudadano, mas, su padre no se ha avenido a ello.

ALISON.
127Haced como queráis; mas, en verdad, me parece que la hacéis ayunar demasiado.

FREMUNDO.
128Te parece que todas las mujeres se te asemejan. Me entiendes bien.

ALISON.
129Al contrario, a vos os parece que todo el mundo es tan frío como vos.

FREMUNDO.
130Es verdad que no me acaloro tanto como tú quisieras.

ALISON.
131Mas, ¡ay de mí!, si casi no podéis más. Y si hacéis a veces lo vuestro, es tan poco a menudo que no vale la pena contarlo.

FREMUNDO.
132Bien, dejemos esto. Si me buscan, dirás que he ido a hablar con el capitán Candía, y que no tardaré mucho.


Acto 3

ESCENA PRIMERA

Jacoba, vieja dama. La Nodriza.

JACOBA.
133Procurad alegraros, Restituta. Quiero lo que vos queréis: cubríos bien al calor de vuestra cama.

NODRIZA.
134¡Por mi fe, hacéis muy bien, señora Jacoba, en permitirle que salga conmigo a tomar el aire al campo! Por cierto, ahora se encuentra muy mal.

JACOBA.
135No se lo impido, y aun yo misma la acompañaría, de no esperar cada día al padre de Filadelfio. Mas me asombra en verdad no saber de qué se queja.

NODRIZA.
136¿Qué queréis que tenga la pobre criatura? ¿No pensáis que estar siempre en la ciudad sin gozar de recreo, encerrada en una habitación o en la iglesia rezando, no basta para indisponerla?

JACOBA.
137¡Dios la guarde! Estaría muy afligida si enfermase, pues, además de ser mi única hija, puedo deciros en su ausencia que es la más honesta doncella del mundo: no es mundana, ni hace hablar de sí como otras mozas, ni anda con jóvenes, como he oído decir de nuestras vecinas; siempre está en plegaria y oración. Vive como una santa.

NODRIZA.
138¡Oh, cuánta verdad decís! Está llena de buenos frutos, y quienes la tratan pueden decirlo.

JACOBA.
139Pero he aquí al médico que hice llamar para que la viera antes de ir al campo, pues allí no es fácil encontrar médicos.

NODRIZA.
140¡Vaya el diablo con él! Apuesto a que la cosa me irá mal.

ESCENA SEGUNDA

El médico y las anteriores.

MÉDICO.
141Por las señas que me dio el mozo, aquí debe de ser la morada. Pero, ¿seríais por ventura la señora que busco?

JACOBA.
142Sí, señor, la misma.

MÉDICO.
143Vine, por vuestro aviso, a saber qué queríais de mí.

JACOBA.
144Es para ver a mi hija, que se encuentra indispuesta; y, pues quiero enviarla al campo, desearía que, antes, me dijeseis la verdad de su mal, para que se rija según lo que ordenéis para su salud.

NODRIZA.
145¡Plazca a Dios que éste se vuelva ciego o ésta sorda!

MÉDICO.
146¿De qué se queja?

JACOBA.
147No es otra cosa sino que ha perdido el apetito y le cogen a veces dolores de estómago, desmayos y dolores de vientre.

MÉDICO.
148No será nada grave, mas tampoco puedo deciros nada cierto sin verla antes, y aun su orina, si fuera necesario.

JACOBA.
149Bien dicho. Entremos.

MÉDICO.
150Entremos, mas ¡diablos!, he olvidado mis anteojos.

NODRIZA.
151Entrad igualmente. No han menester para ver a la moza, pues es bastante gruesa, y aun mucho. ¡Ay!, bromeo aquí aparte, aunque con pocas ganas. Este buen médico no dejará de decir que la moza está preñada en cuanto la vea. Me ha sido imposible concertar con él, tan de improviso fue llamado; además, es recién venido a estas tierras y no la conoce, de modo que, creyéndola casada, creerá obrar bien al decir la verdad. Pero iré a ver lo que hace.

ESCENA TERCERA

Claudio y Alison.

CLAUDIO.
152Ya que no hay nadie en la calle, es tiempo de hacer la señal prometida a Filadelfio.

ALISON.
153Como Claudio y Fremundo han salido, voy a dar el aviso a Evertón.

CLAUDIO.
154Ya he abierto la puerta trasera por donde deben entrar.

ALISON.
155Justo ahora veo la puerta trasera destrancada por no sé quién.

CLAUDIO.
156¿Qué oigo tras de mí? ¡Ah, es Alison, esa vieja diabla! ¡Ojalá el diablo haga ahora anatomía de su cerebro! ¡Me lo estropeará todo!

ALISON.
157¿No veo ahí a Claudio? ¡Oh, por mi vida toda, me malogrará el negocio!

CLAUDIO.
158He de hallar el modo de deshacerme de ella. Ven acá, ¿qué haces aquí?

ALISON.
159¿Y tú, qué haces tú aquí?

CLAUDIO.
160¿Qué quieres hacer con esa rueca?

ALISON.
161Y tú, ¿qué quieres hacer con esa antorcha?

CLAUDIO.
162Es para ir a buscar a mi amo.

ALISON.
163¿Por qué no vas, pues, en vez de andar rondando por aquí?

CLAUDIO.
164Y tú, ¿por qué no vas a hilar con las vecinas, como es tu costumbre?

ALISON.
165No me apetece.

CLAUDIO.
166¡Oh, Dios! En qué extremos me pondrá esta mujer... Mas, Alison, no quiero enojarme contigo. Vete y haz lo que te digo.

ALISON.
167Pero, Claudio, te digo que no haré caso.

CLAUDIO.
168¿No harás caso, vieja bruja?

ALISON.
169No, te lo digo, villano, infame.

CLAUDIO.
170Vamos, vamos, ¿no fuiste antes, para qué andarnos con rodeos, una buena...? ¿Me entiendes?

ALISON.
171Di, di, con franqueza. Mientes, malvado, yo no soy así. ¡Por la gracia de Dios, haré que retires esa palabra!

CLAUDIO.
172Basta, no hablemos más. No es honroso disputar contigo. Alison, te lo ruego, vete y déjame solo.

ALISON.
173Vete tú.

CLAUDIO.
174Si me haces soltar el mango de esta antorcha...

ALISON.
175¡Por la gracia de Dios, si te acercas te soltaré tan fuerte bastonazo con esta rueca...!

CLAUDIO.
176¡Por la muerte, si me enojas, te romperé esa cabeza necia y pesada! Mas yo soy más necio por entretenerme contigo. ¿Qué diablos me importa? ¿He de interrumpir por ella lo que he emprendido?

ALISON.
177Se va, pues. ¡Quiera Dios le ahorquen! Seguro que urde alguna diablura, pues tenía muchas ganas de echarme. He de esperar a que se aleje antes de hacer lo que he prometido.

ESCENA CUARTA

La Nodriza y Alison.

NODRIZA.
178¡Quisiera que este médico y todos los médicos del mundo se fueran al infierno! ¡Maldita sea su raza! ¿No lo había dicho, que no dejaría de decir a la madre que su hija estaba preñada? Hice inútilmente señas con los ojos, con los dedos y con el pie. Nuestro plan de ir al campo se ha ido al cuerno.

ALISON.
179Quiero saber de qué se queja ésta. ¡Ay, Dios! ¿Qué ruido oigo en casa? Me parece que entran muchos por la otra puerta. ¿Será Evertón? Si no le he dado aún la señal… Iré a ver qué alboroto es ese. ¡Ay, oigo que Flordelís pide socorro!

NODRIZA.
180¡Cuánto quisiera hallar a Filadelfio para insultarle y contarle la bella hazaña que ha hecho en nuestra casa! ¡Qué lástima da ver a la doncella arrancarse los cabellos y debatirse, y a la madre llorando, poniendo el grito en el cielo, y con mil injurias apremiándola a que le diga quién la ha deshonrado! ¡Si no la hubiera abandonado su amante! ¡Oh, Restituta, Restituta, das buen ejemplo a las doncellas de no fiarse de esos mancebos de rostro bien parecido y suave en la flor de su edad, pues todo apetito súbito nace en ellos y pronto muere, como fuego de paja! No hacen ni más ni menos que el cazador que persigue penosamente a su presa por montes, bosques y valles: en cuanto la atrapa, pierde cuidado. Así hacen estos mozos, en cuanto os han vencido, damas, y han obtenido lo que deseaban, os dejan y luego os quejáis de ser siervas cuando antes erais amas. No digo que no debáis amar, mas, os advierto de huir de ese primer bocillo inconstante y ligero, y de coger frutos no demasiado verdes ni demasiado maduros. ¡Ay, ay, ¿de dónde viene éste tan agitado, con una daga y una cesta en la cabeza!

ESCENA QUINTA

Gil y la Nodriza.

GIL.
181¿Se ha de quedar aquí, por Dios? ¿Y entre espadas desnudas?

NODRIZA.
182¡Por la vida, es Gil! ¡Tanto mejor! Sabré ahora qué ha sido de su amo.

GIL.
183Que vaya quien quiera: yo me escapo para volver después. ¡Por Dios, quiero ahorrármelo! ¡Recibir aquí palos, y de esos jóvenes enamorados que golpean sin prevenir, por la virtud divina!

NODRIZA.
184No sé si aún está molesto por las injurias que nos cruzamos anoche en la cocina tras la cena, por las que nos enfadamos. ¡Oh, Gil! ¿de dónde vienes así con esa daga?

GIL.
185¿De dónde vengo, por Dios? ¡Vengo de una hermosa hazaña! ¡A cuántos he derribado, herido y arrojado por tierra! ¡Por poco atravieso a uno vivo si no se aparta!

NODRIZA.
186Dime en verdad, ¿qué ocurre y por qué vienes así?

GIL.
187Tú no sabes guardar secretos del todo.

NODRIZA.
188Sí sé, no te apures por ello.

GIL.
189Sepas, pues, que algo le han hecho a mi amo Filadelfio.

NODRIZA.
190¿Dónde está tu amo? ¡Que se hubiese ido al infierno, o se hubiese roto el cuello y las piernas apenas puso un pie en nuestra casa, por el escándalo que ha armado!

GIL.
191¿Cómo? ¿Qué le ha pasado? ¿Qué ocurre?

NODRIZA.
192Te lo diré después: dime tan sólo dónde está, para saberlo.

GIL.
193¿Qué quieres que te diga? Le han hecho la señal, hemos entrado en tropel, él ha cogido a la doncella por debajo de los brazos, ella ha gritado, una vieja ha salido de no sé dónde, ha gritado aún más alto, otro mancebo ha llegado al ruido de los gritos, nos han pillado, se han peleado y yo he conseguido escapar.

NODRIZA.
194No entiendo bien lo que dices, mas, en conclusión, te has fugado cobardemente, dejando quizá a tu amo en la necesidad.

GIL.
195Amiga mía, aún no entiendes de estrategias. ¿No crees que una buena huida es mejor que una mala resistencia?

NODRIZA.
196¿Cómo? ¿Hace poco te jactabas de hombre bravo?

GIL.
197Es locura hablar contigo, que no sabes de guerra.

NODRIZA.
198¡Pues eres un buen mamarracho!

GIL.
199¿Mamarracho? ¡Por Dios, te traspasaré el cuerpo con esta daga! Pero, por mi fe, no vale la pena ensartar tal carne. ¿Dónde están ahora esos tunantes que han asaltado a mi amo? ¡Si los tuviese aquí! ¡Por Dios, les...! ¡Ay¡ ¿no se acerca uno por allí? ¡Muerto soy, me busca! ¿A dónde huiré? Te ruego, Tomasa, defiéndeme.

NODRIZA.
200¿Cómo? ¡Hace poco eras tan valiente!

ESCENA SEXTA

Felipe, Gil y la Nodriza.

FELIPE.
201Aquí estoy, he podido escapar, a Dios gracias, de manos de esos malvados alguaciles, y vosotros aquí parados, por si os llevan con dulzura a la cárcel.

GIL.
202¡Oh, es mi camarada Felipe, el criado de Gerardo! No temo hacer las paces con él.

FELIPE.
203Aquí estás, Gil, y bien, ¿no eres tú quien ha levantado las armas contra mi amo Evertón? No sé qué me impide...

NODRIZA.
204¡Oh, perdónale, pues fue de los primeros en huir!

GIL.
205No he huido, sólo he escapado. No puedo decir, Felipito, que no hayas obrado igual.

FELIPE.
206Vamos, dámela, buen compañero eres.

GIL.
207Bien, ¿qué pasa con nuestros amos? ¿Qué ha sido de su riña y su refriega?

FELIPE.
208He aquí que ambos han sido llevados a la cárcel, y Claudio, criado de Fremundo, ¡vaya si lo siento!

NODRIZA.
209¿Filadelfio en la cárcel? ¿Pero cómo?

GIL.
210Dinos cómo ha sucedido.

FELIPE.
211En cuanto mi amo y yo, siguiendo la señal de la criada Alison, corrimos a casa de Fremundo para hacer que tu amo soltara a la doncella Flordelís, a la que ya había cogido, éstos empezaron a defenderse con brío, armando gran escándalo con sus espadas. Entonces la gente de la calle, escandalizada porque quisimos forzar en público a una joven, comenzó a arrojarnos piedras y fuego. Al ruido, Filandro, el jefe de la ronda, llegó con sus alguaciles y, apresando a los tres, los llevó a la cárcel o a su casa, no lo sé. Los demás que acompañaban a Evertón y a tu amo huyeron cada cual por su lado.

NODRIZA.
212Al menos, nadie ha sido herido.

FELIPE.
213No, gracias a Dios.

GIL.
214No me preocupo más. Por mi fe, aconsejo no tomar tan a pecho estas cosas, pues Nostradamus dice que nada es tan dañoso para quien quiere vivir a su gusto. Que nuestros amos, que han cometido la falta, carguen con la pena si quieren.

NODRIZA.
215Así será, te lo aseguro, si están en tal lugar.

GIL.
216Pues que se avengan como les plazca y que se muerdan como perros por un hueso; entre tanto, gocemos del buen tiempo.

FELIPE.
217Por Dios, tienes razón, Gil. Jamás vi hombre que entendiese mejor estas cosas.

GIL.
218¿Queremos, pues, divertirnos? Vamos a reponernos en la hostería de aquí cerca donde he estado hoy; allí haremos de caballeros, pues de estos amos nuestros nada más sacaremos.

FELIPE.
219Bien dicho; pero, ¿no habrás pensado en la presa para descargar nuestros arcabuces?

GIL.
220Amigo, ahí dentro está la más hermosa zagala del mundo, criada del hostalero.

FELIPE.
221¡Vamos, pues! Pero, ¡ay!, ¿y nuestros amos?

GIL.
222¿Qué, nuestros amos?

FELIPE.
223¡Vamos, vamos, que no nos vean así!

GIL.
224Adiós, Nodriza.

NODRIZA.
225Marchad, marchad, ¡qué buenos sirvientes son éstos! Pero, por lo que veo, Restituta se ha vengado bien de Filadelfio. ¡Oh, qué asombrada quedará doña Jacoba al oír esto! ¡Cuánto más lo estará Benard de Metz, su padre, si viene! ¿Qué dirá, de otra parte, Gerardo, padre de Evertón? ¿Y Fremundo, cuando sepa que han querido raptar a su hija? En cuanto a mí, me voy a esconder sin decir a nadie nada de lo que he oído.

ESCENA SÉPTIMA

Alison sola.

ALISON.
226¡No os preocupéis, Flordelís, ni lloréis! Quedaos en casa, yo voy donde os he dicho. Si no me vengo de Claudio, no quiero que hablen jamás de mí, si no se la pago, si no hago que Fremundo le castigue por ser tan bribón… ¡Ha, ha! sabrá al menos si soy como él piensa. Haré que el asunto recaiga sobre sus espaldas, ya que está preso como los demás. Me parece que Fremundo había dicho que iba a casa del capitán Candía. Allá le iré a buscar.


Acto 4

ESCENA PRIMERA

Gil, solo.

GIL.
227Mas, ¿no es éste un gran infortunio? Nuestra parranda ha sido interrumpida de repente en la hostería por la súbita llegada del señor Bernardo, padre de mi amo: he pensado al escabullirme en venir aquí a advertir a doña Jacoba; mas, ¿cómo podré avisar luego a mi amo? Oh, Fortuna, ¡cuán maravillosas son tus obras! Has elegido este desgraciado día para hacer volver a este hombre de Metz, tierra tan lejana, y como bienvenida le contarán bien lindas nuevas de su hijo y, lo pero de todo, es que ha venido a interrumpir nuestra juerga. Pero he aquí que ya viene con su criado; al momento habrá gritos. Mas, ¿qué me importa a mí? Es su problema. Mientras tanto, vuelvo a juntarme con mi camarada, al que dejé en el dicho lugar, y que los más borrachos sigan con lo suyo.

ESCENA SEGUNDA

Bernardo, anciano; Félix, su criado.

BERNARDO.
228Decía que nunca hallaríamos el camino, tan grande es esta ciudad y tan incómodas sus calles. ¿Qué te parece, Félix? ¿No estás bien cansado?

FÉLIX.
229¡Diablos! ¿Cómo no he de estarlo, después de andar tanto por esta ciudad, y de haber padecido tantos males viniendo desde vuestro país de Lorena hasta acá? Y aun si nos hubiésemos repuesto en la hostería donde nos apeamos… mas, nunca tuve tiempo ni para arrimarme un poco a la cocina, tanta prisa teníais por ver a vuestro hijo.

BERNARDO.
230En verdad, hace mucho tiempo que no lo veo. Temo que haya caído en algún mal caso, o que se haya enflaquecido desde que le vi. Pero dime, ¿no soy muy dichoso viniendo a habitar a una ciudad tan buena como ésta, y habiendo dejado nuestro miserable país, sujeto a tantas guerras?

FÉLIX.
231Mucho temo que hayamos dejado un purgatorio para venir a un infierno.

BERNARDO.
232¿Viste jamás ciudad donde la gente fuese más cortés y mejor instruida?

FÉLIX.
233¡Al diablo con todo, pues nadie nos ha ofrecido de beber!

BERNARDO.
234No respondes a propósito. Te digo que ésta es la ciudad más hermosa del mundo, con las más hermosas calles, las más hermosas casas, las iglesias más hermosas, las más hermosas religiones y los más hermosos palacios.

FÉLIX.
235Pues estime cada uno lo que quiera; mas, yo no encuentro cosa más hermosa en esta ciudad que esos asadores tan bien compuestos, cuyo buen olor me llegó al pasar.

BERNARDO.
236No hablas sino de lo que te es propio, bestia que eres.

FÉLIX.
237¿Y qué, no lo sabéis bien?

BERNARDO.
238Calla: veamos quién es ésta que sale.

ESCENA TERCERA

Doña Jacoba, Bernardo, Félix.

JACOBA.
239¡Vive Dios, y cuán bien me ha engañado mi hija!

BERNARDO.
240Creo que ésta es la casa donde mora mi hijo.

JACOBA.
241¿Dónde hallaré, desdichada de mí, dónde hallaré a ese malvado truhán, que ha deshonrado a mi hija?

FÉLIX.
242¿A quién quiere mal esta señora tan encendida?

JACOBA.
243¡Por la gracia de Dios, que, si le cogiese, le sacaría los ojos con las uñas y le haría pedazos!

BERNARDO.
244Me parece que conozco a esta mujer.

FÉLIX.
245Amo, ¿no os lo decía yo, que veníamos al infierno? He aquí a Proserpina que sale de él.

JACOBA.
246¡Oh, si su padre estuviese ahora en esta ciudad, qué bien le diría cuán buen galán me ha enviado!

BERNARDO.
247¡Ay, Dios mío! Es doña Jacoba, la dama a quien le envié a mi hijo, si no me engañan los ojos. Quiero hablarle. Dios os guarde, doña Jacoba, bien hallada seáis. ¿Cómo os va? ¿Qué hace mi hijo Filadelfio? ¿No me conocéis ya? Soy…

JACOBA.
248¡Ay, Dios os guarde, señor Bernardo! ¡Justo aquí estáis, para que os pueda al menos decir unas cuantas injurias! ¡En mala hora habéis venido, caballero, y me habéis enviado un hijo tan malvado, que la muerte os quebrante los huesos y las piernas a entrambos!

FÉLIX.
249¡Qué saludo!

BERNARDO.
250Calla, temo que esta mujer haya perdido el juicio desde que no la veo.

JACOBA.
251Quisiera que vuestro hijo se hubiera roto el cuello cuando primero puso el pie en mi casa.

BERNARDO.
252Pero ¿qué os ha hecho él, mi hijo?

JACOBA.
253¡Qué me ha hecho, por Dios! Quisiera que estuviera en la horca, y vos también, que me lo enviasteis.

FÉLIX.
254Señora, os ruego que no riñamos; no hemos comido, no sé cómo lo tomáis: hablemos de entrar en vuestra casa, os lo suplico, que estamos cansados y sedientos.

BERNARDO.
255¿Quieres callar, bestia?

JACOBA.
256Venid acá, malvado y descarado, ¿me habéis enviado a vuestro hijo para arruinarme? No sé qué me detiene de… ¡malvado y embustero!

FÉLIX.
257¡Qué cortesía parisina! A lo que veo, no cenaremos hoy. Amo, ¿no decíais que la gente de esta ciudad era tan cortés?

BERNARDO.
258¡Aparta de aquí, pícaro, pues no sabes callar!

FÉLIX
259Prefiero irme a comer en otra parte.

BERNARDO.
260¡Vete al diablo!

FÉLIX.
261Antes me voy al diablillo de esta ciudad a recuperar el tiempo que he perdido sin beber. Riñan entrambos cuanto quieran.

BERNARDO.
262Pero venid acá, doña Jacoba, ¿qué os mueve a injuriarme por causa de mi hijo? ¿Por qué os quejáis de él? ¿Puedo yo hacer algo? Tales injurias mal caben en persona como vos, y menos tratándose de mí.

JACOBA.
263¿También tendré yo la culpa de quejarme, infame?

BERNARDO.
264¿Por qué no me decís, pues, lo que es?

JACOBA.
265Es que vuestro hijo ha deshonrado mi casa por el buen tratamiento que le he dado.

BERNARDO.
266¿Cómo es eso?

JACOBA.
267Ha forzado a mi hija, pues es menester decirlo.

BERNARDO.
268¿Forzado? ¿Es posible? ¡Pero si es un muchacho!

JACOBA.
269¿Qué muchacho? ¡Muchacho que ha hecho a mi hija otro muchacho, estoy desconsolada!

BERNARDO.
270¡Triste de mí! ¿Es menester ahora que el padre reciba el reproche por el hijo? Yo, que todo alegre venía a pasar aquí el resto de mis días, pensando hallar paz con mi hijo y con esta mujer, hallo, ¡ay de mí!, una guerra más fuerte que en el lugar de donde vengo.

JACOBA.
271A mí es a quien toca quejarme, no a vos. ¿A quién encontraré que quiera a mi hija por esposa? Ya no se atreverá a alzar la frente ante sus amigas, ni a juntarse en buenas compañías ni en asambleas públicas. Pensad que ya todo el caso se sabe por la ciudad; harán de ello canciones y cuentos por las plazas; no se hablará más que de ella y de mí en las casas de las recién paridas. Nos señalarán con el dedo.

BERNARDO.
272Pero, ¿dónde está ese mal rapaz? Quiero verle y hablarle, para descargar al menos parte de mi corazón sobre él.

JACOBA.
273Hoy no ha estado en nuestra casa.

BERNARDO.
274¿Dónde, pues, le buscaré? ¡Ay, tengo más necesidad de reposo que de trabajo! ¿No me podrían decir algo aquellos que veo?

JACOBA.
275Quizá sí. Aquí viene un vecino mío, que le conoce bien.

ESCENA CUARTA

Fremundo, Alison, Jacoba, Bernardo.

FREMUNDO.
276Pero, ¿sabes bien, Alison, que Flordelís no tiene culpa alguna en este asunto, ni tú tampoco?

ALISON.
277¿No os he dicho mil veces que el malvado Claudio es causa de todo, y que fue él quien los hizo entrar armados en la casa?

FREMUNDO.
278Pero no puedo quitarme de la cabeza que tú no tuvieras parte. Y fue gran culpa mía habértela confiado.

ALISON.
279Antes bien, fue porque demorasteis tanto en casarla: siempre recelé de que así había de acabar.

FREMUNDO.
280¡Ah, te aseguro que se casará con el primero que me la pida! Sólo quisiera haber hallado a sus padres.

JACOBA.
281Señor Fremundo, ¿no sabríais decirme dónde está Filadelfio, ese joven que mora en mi casa?

FREMUNDO.
282Alison, ¿no es ese uno de los dos mancebos que dijiste haber sido llevados a la cárcel?

BERNARDO.
283¡A la cárcel, mi hijo Filadelfio!

FREMUNDO.
284¿Cómo? ¿Ese Filadelfio es vuestro hijo?

JACOBA.
285Sí.

FREMUNDO.
286En verdad, buen señor, tenéis un gentil hijo, de buena complexión y buenas costumbres. Mejor fuera no haberle engendrado, visto el escándalo que me ha hecho hoy.

BERNARDO.
287¡Ay, adónde he venido a parar! De un lodazal en otro, y de calentura en calentura. Todo el mundo se queja de mi hijo. ¿A quién he de oír? Pero decidme, por qué está preso mi hijo.

FREMUNDO.
288Amigo, vuestro hijo está, y con razón, donde le deseo estar, os lo aseguro. Por mi parte, debo entrar en casa para poner orden y saber la verdad por mi hija.

BERNARDO.
289¡Ay, desdichado de mí!

ALISON.
290Tenéis un muy mal hijo. Se ha esforzado por raptar, con gente armada, a la hija de éste, de quien se enamoró hace dos meses.

BERNARDO.
291¡Ay, ya estoy muerto…!

JACOBA.
292¡No se contentó con el amor deshonesto que tuvo con mi hija, sino que todavía amó a ésta! ¡Oh, qué malvado!

ALISON.
293Mas, como entraba a la fuerza en nuestra casa y ya había puesto la mano sobre la doncella, llegó Filandro, el jefe de la ronda, quien lo llevó derecho a la cárcel, junto con otro joven que hizo lo mismo.

BERNARDO.
294Ya me matado con este golpe.

JACOBA.
295Moríos cuando queráis; yo vuelvo a casa a reprender seriamente a mi hija y a contarle estas nuevas.

BERNARDO.
296Esperad un poco, para preguntaros.

JACOBA.
297No tengo tiempo; quedaos aquí a hablar al aire, si queréis.

ALISON.
298Yo también he de irme; ahí me llama mi amo.

BERNARDO.
299¡Ay Dios, Dios del paraíso! ¿qué haré, qué diré, hacia dónde me volveré? Como todos me abandonan, así me abandonan toda consolación, toda esperanza, todo consuelo. ¿He escapado de tantas fortunas, de tantos peligros de guerra, de tantos males, para verme destruido para siempre, y a mi hijo convertido en un malvado? ¿Qué importa la pérdida de los bienes temporales, de una hija pequeña perdida en Metz por las guerras, la muerte de mis parientes y la pérdida de mis amigos, en comparación con esto? ¡Oh, mal hijo, verdugo de mi vida y asesino de mi fama! ¿Te envié a esta ciudad para hacer tales maldades? ¡Maldito sea el día, la hora y el momento en que te engendré! ¡Ojalá esto enseñe a los hombres a no desear tanto tener hijos, y cuán fácilmente se corrompen, por más que en su juventud den grandes esperanzas! ¡Ay, si tuviese aquí a mi hija Flordelís, que perdí, este maldito Filadelfio bien pronto sabría que reniego de él! Pero como le no tengo más que a él, veo que habré de procurar su libertad, antes que dejarlo en este estado. Mas estoy tan cansado, que apenas puedo dar un paso. Pero he aquí que vuelve aquel a quien debo lisonjear, si quiero sacar a este malvado de la cárcel.

ESCENA QUINTA

Fremundo, Bernardo.

FREMUNDO.
300Tus grandes quejas, hombre de bien, tus lágrimas compasivas y tus duros sollozos me han obligado a salir, pues bien podrían enternecer, por así decir, a las piedras y rocas, y aun a las bestias más feroces del mundo. He venido a darte socorro, ayuda y consejo, pues soy hombre, y en mí no ha muerto la humanidad.

BERNARDO.
301No sé cómo agradeceros tan amable y honesta oferta; por vuestra cortesía, no creo que seáis de esta ciudad, donde son tan descorteses.

FREMUNDO.
302No lo soy, pues nací en Picardía.

BERNARDO.
303En buena hora. Pues ya que con tanta liberalidad me prometéis todo amparo, os ruego no tengáis en cuenta el agravio que, según decís, mi hijo os ha hecho a vos y al honor de vuestra hija, y que dejéis correr el largo curso de su grave falta. No queráis atormentar a mi pobre y decrépita vejez con informaciones, procedimientos, citaciones y chicanerías; no me entreguéis en presa a esos codiciosos y glotones abogados de esta ciudad, que en menos que nada sorberían toda mi sustancia, mis huesos y mi hacienda.

FREMUNDO.
304Decís bien.

BERNARDO.
305Confieso la culpa de mi hijo; pero perdonadle algo con vuestro buen tino. Pensad en la juventud y en el loco amor, y que de vos depende su libertad. Me someto a satisfaceros como queráis.

FREMUNDO.
306Amigo, sé bien lo que valen vuestras palabras, pues he andado por el mundo en muchos lugares para saberlo, y especialmente en Metz, de donde sé que sois. Comprendo bien lo que es el amor y la juventud, y, si estuviese en mi tierra como estoy aquí, os tendría por tan amigo, que no haría otra cosa sino lo que os pareciera.

BERNARDO.
307¡Ay, os lo agradezco!

FREMUNDO.
308Y, sin eso, debo condescender más con vuestra voluntad, cuanto más erráis en lo tocante al país, la casa y el lugar de donde es esta doncella Flordelís.

BERNARDO.
309Quisiera no oír jamás el nombre de Flordelís; pero, acabad.

FREMUNDO.
310¿Por qué eso?

BERNARDO.
311Aguza mis antiguas penas, pues perdí una hija de ese nombre, y no sé, al presente, si vive o muere.

FREMUNDO.
312¡Esta es gran cosa! ¿Dónde la perdisteis?

BERNARDO.
313En la ciudad de Metz.

FREMUNDO.
314¡En Metz! ¿Y cuándo?

BERNARDO.
315Cuando entraron los franceses en la ciudad. Pero, ¿por qué lo preguntáis? Esto no hace sino entristecerme más el hablar de ello. Acabad lo que queríais decirme.

FREMUNDO.
316No, no, deseo saberlo, y por causa. ¿Cómo la perdisteis?

BERNARDO.
317La dejé por descuido en casa, tan de prisa tuve para escapar de la ciudad, cuando los franceses vinieron a acampar frente a Toul, villa cercana a Metz; pues hubo algunos ciudadanos que tuvimos miedo, no sabiendo qué suerte habría de tener una armada tan grande del rey tan cerca de nosotros; además, favorecíamos más al partido del emperador que al del rey, y así podíamos ser tenidos por malos franceses. Bien es verdad que, de haber sabido que la ciudad se rendiría así, nunca habría salido. Así, cuando el condestable de Francia entró con algunos hombres armados en la ciudad, y en tropel, algunos de su compañía encontraron mi casa. Pero, ¿de qué sirve decirlo?

FREMUNDO.
318¡Oh, Dios! ¿Podría ser esto lo que he sospechado desde el principio? Dejasteis, pues, a vuestra hija sola en casa: ¿Y qué edad podía tener?

BERNARDO.
319Cinco años.

FREMUNDO.
320Justo para cuadrar la cuenta. ¿Y se llamaba Flordelís?

BERNARDO.
321Sí. Pero, ¿a qué viene todo esto?

FREMUNDO.
322Aguardad un poco. Si por ventura la vierais, ¿la reconoceríais?

BERNARDO.
323Con gran trabajo; pero, si me acuerdo bien, tiene una pequeña marca roja bajo la oreja izquierda, como de una fresilla, por una caída que tuvo. ¡Dios mío! ¿sería posible que pudieseis darme nuevas de ella, pues preguntáis tan curioso?

FREMUNDO.
324¡Oh, Dios! ¿Me concederrías hoy lo que tantas veces he deseado, para no estar más en cuidado y en carga? Oíd, pues, lo que iba a deciros y ved, después, si es vuestra hija de la que hablo. Decía, pues, que debía condescender más con vuestro deseo, cuanto más erráis en lo tocante al país y al padre de esta doncella que vuestro hijo quiso raptar, y que se llama Flordelís.

BERNARDO.
325¿Cómo? ¿No es vuestra hija?

FREMUNDO.
326No, aunque la mayor parte de la gente de esta ciudad haya creído que lo era; pero yo nunca tuve hijos. Ésta es de Metz.

BERNARDO.
327Decidme, por favor, ¿cómo, pues, cayó en vuestras manos?

FREMUNDO.
328Para deciros la verdad, nunca he sabido a punto cierto quién es su padre. Como me veis, he sido hombre de armas veinte años, casi siempre en la compañía del condestable al que acabáis de nombrar, y era uno de los que, en tropel, entraron con él en Metz. Allí, buscando alojamiento con muchos compañeros, entré en una casa donde no había nadie, salvo una niña de cuatro o cinco años, aunque sí muebles.

BERNARDO.
329¡Oh, fortuna! ¿me daréis la dicha de devolverme a mi hija?

FREMUNDO.
330En cuanto la niña me vio, me llamó padre, lo que me traspasó el corazón de tal modo que la recogí y la hice llevar a mi casa en Picardía, donde siempre la he hecho criar como mía por mi mujer, que no tuvo descendencia.

BERNARDO.
331¿Qué ropa tenía cuando la tomasteis?

FREMUNDO.
332Un vestido de tafetán tornasolado y una perla colgada de la oreja; a menudo llamaba a una tal Laurencia.

BERNARDO.
333Era el nombre de su nodriza. Pues es, sin duda, mi hija; no quiero dudarlo más. Os ruego que la vea, pronto; nunca la veré bastante a tiempo.

FREMUNDO.
334No pido otra cosa: entremos adentro.

BERNARDO.
335Veré si se parece a su difunta madre.

FREMUNDO.
336Creed, señor, que la hallaréis muy hermosa y de buen talle.


Acto 5

ESCENA PRIMERA

Gerardo, padre de Evertón, solo.

GERARDO.
337¿Será posible que mi hijo haya tenido la malicia, la maldad y el atrevimiento de entrar por la fuerza de las armas en una casa, para atentar contra el honor de la doncella de dentro? ¿Ha cometido tal locura y tal escándalo en el poco tiempo que he estado fuera? ¿No tuvo vergüenza? ¿No temió a su padre? Estoy tan colérico y enfadado, que si no descargo pronto mi cólera sobre él, moriré. ¡Pluguiera a Dios que le hubiese permitido desposarse con esa doncella, pues tanto me importunaba, pues creo que la demasiado rigurosa negativa que le di provocó este suceso! Pero, he aquí, justamente, a aquel por quien he venido, para sacarle de la cárcel donde, según dicen, se encuentra.

ESCENA SEGUNDA

Fremundo, Bernardo, Gerardo.

FREMUNDO.
338Aunque me duele perder así a mi hija putativa, a quien tanto he querido, estoy muy contento de que haya recobrado a su padre. Pero, ¿no os decía yo cuán honesta, prudente y bella es?

BERNARDO.
339Sí, en verdad, y estaré toda la vida en deuda con vos, que me la habéis criado y educado tan bien. Pero, ¿habéis visto cuán vergonzosa y confusa estaba al apartarle yo un poco los cabellos sobre la oreja izquierda para reconocerla por esa señal roja que os decía?

GERARDO.
340No quiero aún interrumpir su plática.

FREMUNDO.
341Mas, ¡cómo lloraba de gran alegría cuando os reconoció, y cómo aceptaba naturalmente los abrazos de su padre!

BERNARDO.
342¿Qué diríais de mi hijo, que ha sido tan desdichado que amó a su hermana con amor deshonesto, y quiso cometer villanía con ella?

FREMUNDO.
343Que no conocía a sus parientes; pero, ¿qué diríais de lo que ahora se me ha ocurrido? ¿De desposar a vuestro hijo con esa Restituta, de quien me hablabais, y dar a Flordelís a ese Evertón que tanto me ha importunado por ella?

GERARDO.
344¿No nombra a mi hijo?

FREMUNDO.
345¿No estaría bien hecho?

BERNARDO.
346¿Lo dudáis? ¿No os he dicho que me acomodo a cuanto me digáis?

GERARDO.
347¡Dios guarde al señor Fremundo! Me han dicho que mi hijo…

FREMUNDO.
348Señor, he aquí al padre de Evertón de quien hablamos.

GERARDO.
349…ha armado algún escándalo ante vuestra casa.

FREMUNDO.
350Señor Gerardo, no es a mí a quien habéis de dirigiros con esto, sino a éste, padre de la doncella a quien tanto quiere vuestro hijo.

GERARDO.
351¿Cómo que no sois su padre?

FREMUNDO.
352No era sino su padre putativo, pues aquí está su verdadero padre, recién llegado a la ciudad. Os contaremos cómo la reconoció.

GERARDO.
353¡Oh, buen caballero, os lo ruego!

BERNARDO.
354Amigo, sé bien lo que queréis decir y sería muy ingrato si no os concediese una honestidad y cortesía semejante a la que este buen señor me ha hecho, quien me ha concedido cortésmente una petición como la vuestra, pensando aún que mi hija era suya.

FREMUNDO.
355Pero, ¿sabéis, Gerardo, lo que decíamos ahora?

GERARDO.
356¿Qué?

FREMUNDO.
357Vos habíais puesto dificultad en casar a vuestro hijo con la nueva hija de este señor, porque yo no podía dar gran dote para el matrimonio; pues ya no lo hagáis, puesto que la doncella tiene ahora otro padre mucho más rico que yo, él, que es uno de los principales ciudadanos de Metz.

GERARDO.
358Verdaderamente me rascáis donde me pica. No quiero otra cosa que este enlace, con tal que él lo consienta.

BERNARDO.
359El más contento del mundo.

FREMUNDO.
360No falta sino ir a apaciguar a doña Jacoba y contarle todo nuestro arreglo, para que no tenga más ocasión de disgustarse con vos.

GERARDO.
361¡Ah, señor Fremundo, ahí viene Filandro, el jefe de la ronda, justo a tiempo! Estoy seguro de que, sabiendo esto, os entregará fácilmente a vuestros hombres.

FREMUNDO.
362Sabéis que está a nuestro servicio, por los favores que le hemos hecho otras veces.

ESCENA TERCERA

Filandro, jefe de la ronda, y los susodichos.

FILANDRO.
363No sé cómo el señor Gerardo, el señor Fremundo y doña Jacoba han pensado que tengo en mi casa a sus gentes como en prisión; soy buen amigo suyo y querría servirlos antes que la cosa vaya más lejos.

FREMUNDO.
364Señor, os rogamos…

FILANDRO.
365¡Ah, aquí están los que buscaba! ¿Qué queréis decir de vuestras gentes?

FREMUNDO.
366Os rogamos, digo, que entréis con nosotros en casa de doña Jacoba para oír una cosa muy singular; después hablaremos de los presos.

FILANDRO.
367Entremos; pero sabéis lo que podría hacer de razón, pues no puedo tenerlos así mucho tiempo en mi casa sin entregarlos a la justicia.

BERNARDO.
368Entremos, pues, todos. Pero no sé dónde ha ido el pícaro de mi criado.

ESCENA CUARTA

Gil, Félix, Felipe, criados.

GIL.
369Por los que ahorran rentas. Pero, ¿qué te parece de la moza que tú sabes?

FÉLIX.
370Me parece una buena joya; se engarzan piedras peores.

GIL.
371¿No hemos hecho vida de caballeros?

FÉLIX.
372En cuanto a mí, renegaría del paraíso si siempre pudiese llevar esta vida en el mundo, y bendigo a la fortuna que me hizo ir (sin pensarlo) a la hostería donde estabais vosotros.

GIL.
373Fue Dios quien te guió tan a propósito, bien sabía que buscabas gentes como nosotros. Ya estábamos de buen talante cuando llegaste, mas nos volviste a poner en faena. ¿Qué te pasa, Felipito, que estás tan melancólico?

FELIPE.
374Temo que este vino que he bebido se me suba demasiado a la cabeza, que ya empieza a ganarme.

GIL.
375Pero, Félix, vamos a ver a nuestro viejo amo y a decirle que ha venido justo para pagar nuestra cuenta.

FELIPE.
376¿Y yo? ¿qué será de mí? Cuando lo pienso, quisiera saber qué ha sido de mi joven amo, y dónde está ahora. ¡Ah, es verdad!, habíame olvidado de que está preso: ¡creo que estoy borracho! Ya es hora de pensar en él. Pero, ¿quiénes son esos que salen de casa de doña Jacoba? ¡Ah, entreveo, me parece, a mi viejo amo! ¿Qué diablos hace con el jefe de la ronda de la ciudad? ¿Querrá acaso hacerme prender? Más vale que me escape.

ESCENA QUINTA

Filandro, Fremundo, Gerardo, Bernardo, Jacoba.

FILANDRO.
377Pues Dios, por su misterio y providencia, ha querido permitir tal cosa, no ha de ser por mi culpa que todo no venga a feliz y alegre fin.

FREMUNDO.
378Señor, ya que os place entregárnoslos libres y sin condiciones, ¿no sería bueno hacer una cosa para divertirnos?

FILANDRO
379. ¿Cómo?

FREMUNDO.
380Que les hagáis venir atados y acogotados, sin advertirles de nada, para darles al menos un buen susto y ver la cara y el gesto que pondrán.

FILANDRO.
381Bien dicho; haré que vengan al momento, que no están lejos.

GERARDO.
382Id. Verdaderamente podemos decir de Filandro que es el único, de las gentes de justicia, recto y llano; los demás son avaros y demasiado amigos de su provecho particular, que por una pequeña apariencia de derecho y razón hacen a montones un millón de pequeños pleitos y los amontonan.

FREMUNDO.
383¿No estamos todos ahora contentos?

BERNARDO.
384¡Oh, qué contento estoy de ver tan buenos acuerdos!

JACOBA.
385Por mi parte, sólo me pesa el mal recibimiento que os hice insultándoos.

BERNARDO.
386¡Eh, doña Jacoba, no penséis más en ello! No hay quien, en justa cólera, no hiciera otro tanto.

FREMUNDO.
387¿Sabéis lo que acabo de pensar, y qué sería bueno que hicieseis?

BERNARDO.
388Decid, os lo ruego.

FREMUNDO.
389Sabéis que esta buena dama es persona de bien, honesta y rica.

BERNARDO.
390No lo dudo.

FREMUNDO.
391Está sola, no tiene a nadie que vele ni mande sobre ella. Es buena ama de casa, bien alojada, bien amueblada de lo necesario. No tiene con quien reñir, ni hijastro, ni nuera, ni cuñada, ni primos, ni parientes del lado de su difunto marido.

BERNARDO.
392¿Qué queréis decir con eso?

FREMUNDO.
393Que vosotros dos hagáis un buen hogar.

BERNARDO.
394¿Cómo?

FREMUNDO.
395Puesto que el hijo se casa con la hija, digo que el padre se case con la madre.

BERNARDO.
396¿Yo, que la despose?

FREMUNDO.
397Sí, vos.

GERARDO.
398¡Por mi vida, Fremundo ha pensado muy bien!

BERNARDO.
399¿Pero qué decís? ¿Me aconsejaríais, vosotros, a mí, que ando por los sesenta años, que case con una que no anda lejos?

GERARDO.
400Hacedlo, si me creéis; estaréis bien acomodado con ella, y además no tenéis aún casa en esta ciudad.

BERNARDO.
401¿Qué os parece, doña Jacoba?

JACOBA.
402¿A vos?

BERNARDO.
403Me someto a vuestra voluntad.

JACOBA.
404Y yo a la vuestra.

BERNARDO.
405Por mi parte, estoy contento.

JACOBA.
406Y yo también, por la mía.

FREMUNDO.
407¡Alabado sea Dios por todo! Tendremos que hacer, así, tres bodas en lugar de dos.

GERARDO.
408Eh, ¿no son ésas nuestras gentes que vienen?

BERNARDO.
409Sí. Hay que poner buena cara.

ESCENA SEXTA

Filadelfio, Evertón, Claudio, Filandro, Fremundo, Gerardo, Bernardo.

FILADELFIO.
410¡Ay, quiérennos ya matar!

EVERTÓN.
411¿Adónde nos llevan ahora? ¡Pluguiera a Dios no haber nacido jamás!

CLAUDIO.
412¡Ay, apuesto mi ruina a quien quiera tomarla, pobre y mezquino de mí!

FILANDRO.
413No hay que gritar antes de tiempo: os preparan otros juegos y otras fiestas.

FILADELFIO.
414Quisiera ya estar muerto. ¿Qué dirá mi padre cuando sepa esto, estando tan lejos?

FILANDRO.
415Prestad atención: aquí están los que han de juzgaros y sentenciaros.

EVERTÓN.
416¿Cómo? ¿Nuestro proceso está ya hecho?

FILANDRO.
417No apeléis a lo que ellos juzguen, si sois cuerdos.

CLAUDIO.
418Tengo la muerte entre los dientes.

FILANDRO.
419Tened, señores jueces, aquí tenéis a los presos, que entrego a vuestras manos para que hagamos con ellos lo que ordenéis. Ea, poneos de rodillas y no bajéis tanto los ojos.

EVERTÓN.
420¡Oh, Dios, ¿ése que veo es mi padre? ¡Oh, tierra, ábrete y escóndeme!

CLAUDIO.
421¡Ay, ahí está mi amo, estoy muerto!

FREMUNDO.
422¿Por qué miráis tanto a este hombre, Filadelfio? Parece que le habéis visto antes.

FILADELFIO.
423¡Dios mío, ¿sería mi padre, que ha venido de Metz hasta aquí!? ¡Ay, desgraciado! quisiera ahora estar cien pies bajo tierra.

FREMUNDO.
424Se avergüenza y se entristece por su pecado, que es buena señal en él.

BERNARDO.
425No puedo contenerme, he de abrazarle. ¡Oh, hijo mío, amigo mío!

FREMUNDO.
426¡Mirad el afecto paterno!

FILADELFIO.
427Padre, os ruego me perdonéis la falta que he cometido, y no me castiguéis según lo que he ofendido. Confieso haber errado mucho.

EVERTÓN.
428Padre, os suplico me perdonéis también.

BERNARDO.
429Mas, Filadelfio, además de la ofensa de hoy, no decís lo que le hicisteis a la hija de doña Jacoba.

FILADELFIO.
430Dios, ¿se sabe? ¡Ahora consiento en ser castigado; ya no quiero el perdón!

FREMUNDO.
431No seréis castigados según lo que merecéis los tres: primero, para aclarar el hecho…

FILANDRO.
432Aquí tenéis vuestra sentencia.

FREMUNDO.
433Se os advierte, Filadelfio, que la doncella a la que habéis querido raptar por fuerza es vuestra propia hermana carnal.

FILADELFIO.
434¿Quién? ¿Flordelís es mi hermana?

FREMUNDO.
435Sí; al momento os contarán cómo la han reconocido.

GERARDO.
436Segundo: a vos, Evertón, se os advierte que desposaréis a la hermana a la que quisisteis raptar. Así que no estéis más en desacuerdo y vivid como hermanos.

EVERTÓN.
437Tercero: vos, Filadelfio, desposaréis a Restituta, que se encuentra mejor en este momento, aquella a la que tanto amasteis en principio, pues yo también desposaré a su madre.

FILADELFIO.
438¡Qué contento estoy!

FILANDRO.
439Pues a esto estáis condenados. Venga, desatadlos.

FILADELFIO.
440¿Será posible? ¿Será cierto lo que nos dicen y hacen? ¿No estoy soñando?

EVERTÓN.
441No me puedo creer lo que ven mis ojos. ¿Podría tener tantos bienes, tantos placeres y dichas de golpe?

CLAUDIO.
442En cuanto a mí, no creo que sea un sueño, pues ven mis ojos y mi razón que me están desatando.

GERARDO.
443Ahora que veo a mi hijo en libertad, soy el hombre más feliz y satisfecho del mundo.

BERNARDO.
444Y yo que pensaba venir a vivir aquí sin encontrar parientes ni amigos. Gracias a Dios tengo tantos como si hubiera vivido siempre, aunque sólo fueran los que están aquí presentes.

FREMUNDO.
445Y yo que también soy forastero, ¿no tengo suerte al tener vuestra amistad y apoyo?

FILADELFIO.
446Pero, ¿cómo ha ocurrido todo esto?

FREMUNDO.
447Venga, entremos a casa, tenemos muchas cosas que contaros.

FILADELFIO.
448Antes de entrar, os ruego, padre mío, por el amor que me tenéis, que le hagáis algún bien a Claudio el criado de Fremundo, que me ha querido ayudar mucho.

BERNARDO.
449No lo olvidaré, lo prometo. Señor Filandro y los demás que están aquí, no dejéis de honrar con vuestra presencia los tres desposorios. Así lo haremos.

FILADELFIO.
450¡Adiós, señores! Y batid fuerte las palmas si nuestra obra os ha gustado.

FIN DE LA COMEDIA