Thomas Middleton, The Revenger’s Tragedy

La tragedia del vengador





Autoría: Probable
Texto utilizado para esta edición digital:
Middleton, Thomas ? / Cyril Tourneur ? La tragedia del vengador. Traducido por Fernando Villaverde. Para esta colección EMOTHE.
Marcación digital para Artelope:
  • Tronch Pérez, Jesus (Artelope)

Personajes

El DUQUE
LUSSURIOSO, hijo del duque (de su matrimonio anterior) y su heredero
SPURIO, hijo bastardo del duque
AMBITIOSO, hijo mayor de la duquesa
SUPERVACUO, segundo hijo de la duquesa
JUNIOR, hijo menor de la duquesa
ANTONIO, noble de la corte ducal
PIERO, noble de la corte ducal
VINDICE, llamado también Piato cuando está disfrazado, hermano de Hippolito y Castiza
HIPPOLITO, llamado también Carlo en una ocasión, hermano de Vindice y Castiza
DONDOLO, criado de Gratiana
La DUQUESA
CASTIZA, hermana de Vindice e Hippolito
GRATIANA, madre de Vindice, Hippolito y Castiza
SORDIDO, seguidor de Lussurioso
NENCIO, seguidor de Lussurioso
NOBLES, CABALLEROS, JUECES, OFICIALES, GUARDIAS, UN CARCELERO Y CRIADOS

Acto I

Escena primera

(Entra Vindice, con una calavera en la mano; el duque, la duquesa, Lussurioso, Spurio y acompañantes atraviesan la escena a la luz de unas antorchas)

Vindice
Pasad, duque, lascivia de alcurnia, adulterio ya entrecano. Y vos, su hijo, tan saturado como él de impiedad. Y vos, bastardo, hijo legítimo del mal. Y vos, duquesa, capaz de ayuntaros con el diablo. ¡Sois sin duda cuatro caracteres sobresalientes! Ah, esa edad ya sin tuétano en los huesos que llena su vacío con infames deseos y que no alumbra calor, sino hogueras infernales en las venas derrochadoras de un duque consumido, de un lascivo reseco y agotado. Por Dios, que no tiene más sangre de la que se precisa para mantener la vida y sin embargo la va malgastando como si fuera un joven primogénito. ¡Solo pensarlo corroe las fibras de mi afrentado corazón! Y tú, cetrina imagen de mi amor envenenado, tú que eres adorno de mi escritorio y envoltorio de la muerte, que una vez fuiste el rostro luminoso de mi amada, cuando la vida y la belleza natural llenaban estas melladas imperfecciones, cuando estas desagradables cavidades albergaban dos diamantes que al cielo apuntaban… Era entonces un rostro que en tal medida superaba el brillo artificial y comprado de la tez de cualquier otra mujer que el más recto de los hombres –si alguno hay que no cometa más de siete pecados al día– rompería su costumbre para caer en el octavo al seguirla con la mirada. Podía lograr que el hijo de un usurero fundiera en un beso todo su patrimonio, consumiendo así todo lo reunido por su padre a lo largo de cincuenta años, e incluso así sería inútil su cortejo. Mas, ¡ay, palacio maldito! El viejo duque te envenenó cuando aún te revestía la carne, y fue porque lo que de más puro había en ti no quiso consentir a su lascivia ya impotente. Pues los viejos lujuriosos se comportan como los jóvenes, airados, impacientes, violentos, pero acaban derrotados por su poca capacidad. ¡Cuidaos de los viejos ardientes y viciosos! Que la edad tanto como de oro es ávida de placer. ¡Venganza, tú que eres la renta del crimen –y por tanto inquilina de la Tragedia–, registra, te lo ruego, el día, la hora y el minuto para los que ya has elegido! Pues nunca hubo un crimen que no pagara su deuda. A fe que hay que darle a la Venganza lo que le corresponde, que bien fiel ha sido hasta esta hora. Ánimo, ánimo, apresúrate, tú que eres el terror de los obesos, a desnudarlos de las tres capas de su preciada carne hasta reducirlos a huesos como este; pues los banquetes, las comodidades y las risas pueden hacer grande a un hombre –y por eso esa grandeza al barro está ligada–, pero más grande que él es el sabio humilde.

(Entra su hermano Hippolito)

Hippolito
¿Aún suspirando sobre esa máscara de la muerte?

Vindice
Bienvenido, hermano. ¿Qué consuelo me traes? ¿Cómo van las cosas en la corte?

Hippolito
Con seda y plata, hermano, y con más esplendor que nunca.

Vindice
Por Dios, no juegues con el sentido de mis palabras. Dime, te ruego, ¿ya piensa por fin en nosotros esa dama calva que es la Oportunidad? ¿Nos llega ya la buena fortuna? Tus penas y las mías están hechas para la misma vaina.

Hippolito
Pero pueden convertirse en alegrías.

Vindice
¿De qué modo? Me gustaría probarlas.

Hippolito
Presta atención. Ya sabes qué puesto ocupo en la corte.

Vindice
Sí, en la cámara del duque. Y me sorprende mucho que aún no te hayan echado de ella.

Hippolito
Claro que lo han intentado, pero tuve la suerte de poder cobijarme bajo las faldas de la duquesa, y bien lo sabes: jamás cae quien con un manto como ese se protege. Pero voy al asunto. La noche de ayer, la anterior a esta, el hijo del duque me mandó llamar con cierto secreto, y yo atendí a su deseo. Empezó con buenas artes a sonsacarme, a desnudar mi corazón sobre el rumor que hoy está en boca de todos. Mas tuve ingenio bastante para guardar bien mis pensamientos allí donde habitan y no obstante ofrecerle una vana satisfacción que no comportaba riesgo alguno. Todo el propósito y alcance de su plan se reducía a una sola cosa: conjurarme en secreto para que le buscase a alguien de torcida constitución y natural resentido, bien por desgracias ya antiguas, bien por haber sido desplazado por nuevos sirvientes tras la boda de su madrastra, alguien que no fuera bueno sino para el mal, en suma, para decirlo con las palabras justas, un alcahuete de baja estofa.

Vindice
Te entiendo, pues sé que su ardor es tal que, aunque hubiera tantas prostitutas como damas, no habría forma de sujetarlo, y seguiría con sus correrías. Me pregunto qué detestables rasgos, qué infames proporciones tendría que poseer una mujer para que él la rechazara bajo los embates de su lujuria. Por Dios que no creo que haya mujer tal. Casi hasta el de una calavera, y aun más corrompida que esta, rostro que ve, rostro que lo encapricha.

Hippolito
Con trazos muy exactos lo has descrito, hermano. Él no te conoce, pero juraría que tú sí a él.

Vindice
Y por eso me convertiré, sea por una vez, en ese rufián que busca, y seré entonces un hombre cabal, un hombre del siglo, pues ser honesto hoy es no estar en el mundo. Me pondré, hermano, ese extraño disfraz.

Hippolito
Y yo buscaré tu favor, hermano.

Vindice
A ello pues. La más mínima ventaja aprovecha a los agraviados, pues puede indicarles donde se halla la Oportunidad. Si me encuentro con ella, al instante la ocasión cogeré por los pelos. O como el topo francés le arrancaré pelos y todo. Tengo un atuendo que irá a las mil maravillas. Aquí viene nuestra madre.

Hippolito
Y nuestra hermana.

Vindice
Finjamos. Las mujeres, ya sabes, son propensas a aceptar la moneda falsa. El alma me atrevería a apostar por estas dos criaturas, pero tragarán una pequeña excusa, pues son crédulas todas las de su sexo.

(Entran Gratiana y Castiza)

Gratiana
Carlo, hijo, ¿qué nuevas hay de la corte?

Hippolito
Pues corre el rumor, madre, de que el hijo menor de la duquesa ha violado a la mujer del señor Antonio.

Gratiana
¡A mujer tan piadosa!

Castiza
¡Sangre real! Es un monstruo que merece la muerte aunque Italia no tuviera para el futuro otra esperanza que él.

Vindice
Muy directo y acertado es tu parecer, hermana. La ley es una mujer, y ojalá fueras tú. Ahora he de despedirme, madre.

Gratiana
¿Despedirte? ¿Con qué motivo?

Vindice
Tengo intención de hacer un viaje, y sin más tardanza.

Hippolito
Eso es, madre.

Gratiana
¡Sin más tardanza!

Vindice
Sí, pues desde los funerales de mi noble padre la vida me es odiosa. Siento incluso que estoy obligado a vivir cuando debería estar muerto.

Gratiana
Tienes razón, noble caballero era, y ojalá su fortuna hubiera ido pareja con su espíritu.

Vindice
Tantas humillaciones sufrió del duque…

Gratiana
Tantas, sí…

Vindice
Demasiadas. Y creo que fue sin duda aquel infortunio, que solía ahogársele en el pecho en vez de salir de él, lo que le produjo el estado de ánimo que acabó con su vida, como les sucede a las almas nobles.

Gratiana
Bien segura estoy de que así fue.

Vindice
¿Lo dudáis? Todo lo sabéis, pues erais su confidente nocturna.

Gratiana
No, era demasiado prudente para confiarme sus pensamientos.

Vindice
Entonces sí que fuisteis ciertamente prudente, padre, pues las esposas están solo para el lecho y la cocina. Vamos, madre. Vamos, hermana. ¿Vienes conmigo, Hippolito?

Hippolito
Sí.

Vindice
No tardaré en convertirme en otro.

(Vanse)

Acto primero

Escena segunda

(Entran el viejo duque, su hijo Lussurioso, la duquesa, el bastardo Spurio, los dos hijos mayores de la duquesa –Ambitioso y Supervacuo– y el tercero –Junior–, que va acompañado por unos oficiales y dos jueces porque se va a ver su causa por violación)

Duque
Se trata de tu hijo pequeño, duquesa. Lamentamos que su violenta acción haya derramado sangre honorable y con ello manchado nuestro honor. Ha arrojado así a la frente misma de nuestro estado una tinta en la que los envidiosos mojarán la pluma, una vez que hayamos muerto, para tachar nuestros nombres de nuestras tumbas. Lo que en vida puede parecer traición se torna en mofa cuando hemos fallecido, pues ¿quién de los que ahora solo se atreven a murmurar no se atreverá después a hablar con claridad, e incluso a proclamar con alta voz y generosa pluma nuestras vergüenzas más íntimas?

Juez primero
Su excelencia ha hablado como corresponde a su plateada edad, con la gravedad que la experiencia confiere. Porque ¿de qué vale tener en la tumba una inscripción falsa y lisonjera si queda el reproche en el corazón de los hombres? El cadáver puede embalsamarse una vez desentrañado, sí, pero –hablando con franqueza– las faltas de los poderosos atraviesan la mortaja.

Duque
Así es en efecto. Esa es nuestra pena, que nuestro destino sea vivir en el temor y luego morir para seguir viviendo en el odio. Os lo dejo a vuestro buen juicio, y dictad sentencia, señorías, que su acción fue grave, y yo la escucharé aquí entre lágrimas.

Duquesa
Te ruego que seas clemente. Aunque su delito excede con mucho sus años, piensa en él como tuyo, igual que lo soy yo. No lo llames hijastro. Temo que la ley caiga demasiado pronto sobre él y sobre su nombre. Que tu compasión atempere su falta.

(Se arrodilla)

Lussurioso
Mi buen señor, así su falta no será tan amarga y desagradable al paladar de los jueces, pues los agravios recubiertos del dorado que es la clemencia son como esas bellas mujeres que solo valen por su belleza y que, sin sus afeites, resultan más feas que el más feo de los pecados.

Ambitioso
Os ruego, señor, que seáis moderado e indulgente; no permitáis que la implacable justicia mire con ceño de hierro a nuestro hermano.

Spurio
(Aparte) Poco consuelo le queda ya. Espero que muera, y si un bastardo como yo pudiera imponer su voluntad toda la corte se convertiría en una fosa llena de cadáveres.

Duquesa
¿No te apiadas aún? ¿He de levantarme entonces sin fruto alguno, algo tan raro de ver en una mujer? ¿Tan poco valen mis rodillas que sin consideración alguna…?

Juez primero
Que se adelante el reo. Es deseo del duque que una sentencia imparcial recaiga ya sobre el autor del impuro ataque. ¡Una violación! Es el corazón mismo de la lujuria, es un doble adulterio.

Junior
Lo es, señor.

Juez segundo
Y aún peor es que la víctima fuera la esposa del señor Antonio, dama de invariable honestidad. Confesad, señor, ¿qué os movió a hacerlo?

Junior
La carne y la sangre, señoría. ¿Qué otra cosa podría mover a un hombre hacia una mujer?

Lussurioso
Vamos, no tomes a burla tu juicio. No confíes en exceso en la fuerza del hacha o la espada. La ley es como una astuta serpiente, y en un momento puede robarte la vida. Aunque solo un matrimonio me ha hecho hermano tuyo, como tal te quiero. No juegues con tu propia muerte.

Junior
Te lo agradezco sinceramente. En verdad que son buenos consejos; ojalá tuviera la fortuna de poder aplicarlos.

Juez primero
El nombre de esa dama ha sobrevolado toda Italia con unas alas tan puras que, si de nuestra boca salieran términos de perdón para su ultraje, la sentencia solo hallaría repudio y condenación en el espíritu de los hombres.

Junior
Bueno, ya está hecho, y bien me gustaría hacerlo de nuevo. Esa mujer es ciertamente una diosa, y no podía seguir viviendo después de haberla visto. Lo cual se confirma ahora, pues he de morir. Su belleza estaba destinada a ser mi cadalso. Pero creo que podrían juzgarme con más suavidad, y habiendo sido mi falta una diversión, dejadme al menos morir divertido.

Juez primero
He aquí la sentencia…

Duquesa
Oh, guardadla en vuestra boca, que no escape. La muerte se desliza con excesiva rapidez de los labios de los hombres de leyes. ¡No seáis tan sabiamente cruel!

Juez primero
Debe perdonarnos su excelencia, pues no es más que la justicia que impone la ley.

Duquesa
La justicia se ha vuelto más sutil de lo que le correspondería siendo una mujer.

Spurio
(Aparte) Ya, ya está próxima su muerte. ¡Que se vayan!

Duquesa
¡Ay, lo que es tener un duque frío y viejo, tan corto en palabras como en actos!

Juez primero
Ya está confirmada. Esta es la sentencia irrevocable…

Duquesa
¡Ay!

Juez primero
Mañana a primera hora…

Duquesa
Seguiréis en la cama, señoría.

Juez primero
Su excelencia se está causando un gran daño a sí misma.

Ambitioso
No, es vuestra lengua, vuestra excesiva rectitud, lo que un gran daño hace recaer sobre nosotros.

Juez primero
Que el reo…

Duquesa
Viva y goce de buena salud.

Juez primero
Sea llevado al cadalso…

Duque
Aguardad, señoría, aguardad.

Spurio
(Aparte) ¡Maldita sea! ¿Qué le lleva a mi padre a hablar ahora?

Duque
Aplazaremos la sentencia a una próxima vista. Mientras tanto, que se le mantenga preso y bien vigilado. Guardia, llévatelo de aquí.

Ambitioso
(Aparte) Esto te favorece, hermano. No temas, que alguna treta idearemos para ponerte en libertad.

Junior
Eso espero de vosotros dos, y en esa esperanza descanso.

Supervacuo
Adiós, y ten ánimo.

(Vase Junior con un guardia)

Spurio
(Aparte) Retrasado, aplazado… Entonces, si la sentencia se dicta en frío, sucumbirá a la adulación y el soborno.

Duque
A ello entonces, señorías, y con lo mejor de vuestra capacidad. Más graves asuntos reclaman ahora nuestro tiempo.

(Vanse todos excepto la duquesa)

Duquesa
¿Hubo alguna vez una duquesa por segundas nupcias tan suave y calmada como yo? Ahora hay quienes tramarán junto con complacientes doctores, que son hombres de vida fácil, la muerte del marchito duque, le precipitarán en el sepulcro, y así cumplirá mejor con sus deberes de cristiano. Lo mismo haría más de una segunda esposa, para eliminar al dueño doblemente aborrecido –en la mesa y en el lecho–. Muy cierto es que los viejos se hacen de nuevo niños. El mío ya no sabe ni hablar, pues una sola de sus palabras habría bastado para librar de la muerte o la prisión a mi muy tierno y amado hijo, y le habría permitido caminar, con paso decidido, por el espinoso sendero de la ley, plegándose los pinchos bajo su pie. Pero no ha sido así, y por tanto olvidaré la promesa del matrimonio. Lo golpearé en la frente, pues en ella se alimenta el odio, y en ella, aunque no sangren, son más profundas las heridas. (Entra, a cierta distancia, Spurio)
Aquí llega aquel hacia el que mi corazón se inclina: su hijo bastardo, pero legítimo amor mío. Muchas ricas misivas le he enviado, henchidas de joyas, pero es timorato y no pasa de tratarme con fría cortesía. De mí procede esa joya que titila en su oreja y que imita los escalofríos y vanos temores de su dueño. Ya me ha visto.

Spurio
¿Cómo tan sola, señora? Vuestra mano beso.

Duquesa
¡Mi mano! Pensaba que ni a eso te atreverías, ya que en ella se posaron mis labios.

Spurio
Comprobad que no es así, señora.

(La besa)

Duquesa
Qué sorpresa, tantos se han vuelto estúpidos por la etiqueta... No es más difícil cortejar a una duquesa que a una mujer de baja cuna si su amor responde. Pero son los hombres los que lo complican, ellos solos, con sus tímidos honores, sus desvaídos respetos, sus inútiles temores. Y bien, ¿has pensado en mí?

Spurio
Señora, no dejo de pensar en vos, con consideración, con respeto y con…

Duquesa
Déjate, en mi amor quiero decir.

Spurio
Me gustaría que fuera amor, pero lleva un nombre más bajo aún que el de lujuria. Sois la esposa de mi padre: bien podéis imaginar cómo lo llamaría yo.

Duquesa
Pero no eres su hijo legítimo. Es difícil saber si fue él quien te engendró.

Spurio
Eso es cierto, sí. Soy un hombre dudoso, nacido de una mujer aún más dudosa. Tal vez me engendró su mozo de cuadras, bien sabéis que no lo sé. Era buen jinete, lo cual da pie a maliciosas sospechas; era extraordinariamente alto, y desde su montura podía espiar el descanso de los demás a través de las ventanas entreabiertas. Por eso preferían que fuera a a pie, y entonces componía una bella estampa bajo los aleros. Y cuando corría a caballo tocaba con el sombrero los letreros que colgaban a su paso y zarandeaba con estrépito las bacías de los barberos.

Duquesa
Sí, monta una vez a caballo y nunca más irás a pie.

Spurio
Soy un mendigo, en efecto.

Duquesa
No es sino otra prueba de tu grandeza. Mas volvamos a nuestro amor. Concedamos que esté firme en tu pensamiento y en tu mente que el duque es tu padre –pues no hay duda de que bien lo intentó–: su agravio hacia ti no es en ese caso sino mayor. Pues si él te hubiera tallado como un diamante bien hecho, ocuparías un lugar vecino al suyo en el anillo del ducado cuando su gastada persona, como fácil esclavo de la edad, caiga al sepulcro dese la montura de esa joya. ¿Qué ofensa podría compararse a esa? ¿Cómo puedes ser tan sumiso llevando ese pensamiento en tu corazón?

Spurio
No lo soy. Enloquezco al pensar en ello.

Duquesa
¿Quién no se vengaría de un padre así, incluso por el peor de los procedimientos? Yo agradecería el pecado que más pudiera dañarlo, y colaboraría con él. ¡Qué doloroso es que un hombre no viva sino una vez en este mundo y tenga que hacerlo como bastardo, como maldición ya en el seno materno, como un ladrón de la naturaleza, engendrado en contra del séptimo mandamiento, medio condenado ya en su concepción por la justicia de esa ley insobornable y eterna!

Spurio
¡Ay, tuve por padre a un diablo de lascivia!

Duquesa
¿No es acaso como para enloquecer a la misma paciencia, para encender la sangre? ¿Quién sino un eunuco dejaría de pecar tras habérsele despojado de su cuna por un solo minuto de engaño?

Spurio
(Aparte) . Sí, esa es la venganza en que me envolvieron al nacer. De todo he de vengarme. Es la hora de mi odio. Y no más que un pecado venial será para mí el infamante incesto.

Duquesa
¿Frío aún? ¿Será entonces en vano el cortejo de una duquesa?

Spurio
Me ruborizo, señora, al decir lo que voy a hacer.

Duquesa
Un dulce consuelo me procuran esas palabras. (Lo besa) Esto en prenda, y adiós.

Spurio
Ay, un solo beso incestuoso basta para asomarme a las puertas del infierno.

Duquesa
Prepárate, viejo duque, mi venganza va a alcanzar ahora las cumbres más altas, pues con blasón de mujer voy a armarte la frente.

(Vase)

Spurio
Me habéis agraviado, duque, y por lo que habéis hecho el adulterio es ahora mi naturaleza. Estoy seguro de que, si la verdad pudiera saberse, fui engendrado tras una opípara cena, y fue mi primer padre algún plato muy especiado, en la hora en que corren los vasos llenos para el brindis y las mejillas de las damas enrojecen por el vino, y de la boca, tan balbuciente e insegura, como los pies, salen palabras dulces y confusas; y luego, cuando se levantan, lo hacen animosamente dispuestas a caer de nuevo. Fue en esa hora de susurro y retirada, en la que despreciables alcahuetes montan guardia en lo alto de la escalera, cuando yo fui robado en silencio. ¡Ah, maldito sea el pecado de los banquetes, el adulterio de los ebrios! Es lo que me inflama. Mi venganza es de justicia, pues me concibieron en la desvergüenza del vino y la lujuria. Consentiré a los deseos de mi madrastra. Su maldad me place, pero a ella la odio, como odio a esos tres cachorros que son sus hijos, para los que desearía por epitafio la confusión, la muerte y la desgracia. En cuanto a mi hermano, el único hijo del duque, cuyo nacimiento tienen en mayor consideración que el mío –pese a ser fruto quizás de una siembra no menos falsa (pues no debe confiarse en las mujeres en tal cuestión)–, perderé mis días en él, yo que soy todo odio. En cuanto al duque, en su frente dibujaré mi bastardía, pues es del todo natural que un bastardo haga cornudos, ya que de un hacedor de ellos es hijo.

(Vase)

Acto primero

Escena tercera

(Entran Vindice e Hippolito, el primero disfrazado para presentarse ante Lussurioso, el hijo del duque)

Vindice
Dime, hermano, ¿estoy lo bastante distinto de como en realidad soy?

Hippolito
Como si a otro hombre se hubiera enviado al mundo y nadie se explicara su venida.

Vindice
Ello no hará sino afianzarme en mi audacia, a mí que soy hijo de la corte. Que los rubores se queden en el campo. Y tú, desvergüenza, diosa del palacio, amante de amantes, a quien suplican los que se ponen costosos perfumes, golpea mi frente y conviértela en impasible mármol, y mis ojos en impertérritos zafiros. Múdame el rostro, y, si ha de atacarme la vergüenza, que enrojezca hacia adentro, de modo que esta época inmodesta no pueda adivinar la presencia en mis mejillas de esa novicia estúpida, esa doncella de los viejos tiempos cuya pudorosa gracia no permitía bellos atuendos. Nuestras doncellas son ahora más sabias, y menos avergonzadas. Salvo la de la alcahueta, hoy no es frecuente oír hablar de otras lindezas.

Hippolito
Sí, hermano, has superado todo lo imaginable. ¡Viene el hijo del duque! Compón tu aspecto.

Vindice
Ten confianza en mí, te lo ruego.

(Entra Lussurioso)

Hippolito
Mi señor…

Lussurioso
Hippolito… (Vindice se aparta a un lado) (a Vindice) Sal y déjanos a solas.

Hippolito
Mi señor, tras larga búsqueda, cautelosas pesquisas y astutas y secretas averiguaciones, me incliné por el hombre que estaba conmigo, y al que considero excelente para muchos y graves empleos. Nuestra época corre por sus entrañas, y de no ser porque tiene más pelo, podría tomársele por el propio Tiempo, tan afín es a la hora que vivimos.

Lussurioso
Bien. Te quedo agradecido. Pero las palabras de los poderosos no son más que billetes en blanco. La mejor gratitud es la del oro, por mudo que parezca.

(Le da unas monedas)

Hippolito
¡Sois muy generoso, mi señor! Es un tipo excelente.

Lussurioso
Déjame con él, pues. (Vase Hippolito)
Sed bienvenido, y no os pongáis tan lejos, que hemos de conocernos mejor. Y no tengáis reparo conmigo, dadme la mano.

Vindice
Con todo mi corazón, por dios. ¿Cómo van las cosas, mi dulce zorra? ¿Cuándo vamos a acostarnos juntos?

Lussurioso
(Aparte) ¡Sorprendente rufián! Le mueves a que deje a un lado las formalidades y, pardiez, el bellaco ya se comporta con la familiaridad de una fiebre, y me zarandea a su gusto.

Vindice
Muy bien, señor. Reconozco mi insolencia. (A Vindice) En privado, amigo mío, puedo olvidarme de quién soy, pero en los demás sitios os ruego que lo tengáis presente.

Lussurioso
¿Qué habéis sido? ¿Qué oficio os ha ocupado?

Vindice
El de ensalmador.

Lussurioso
¿Ensalmador?

Vindice
Alcahuete, señor, el que junta los huesos de los demás.

Lussurioso
¡Notable brusquedad la suya! Pero me parece muy adecuado para lo que pretendo, instrumento idóneo para mis fines. Y decidme ¿habéis intervenido entonces en muchas rufianerías?

Vindice
En muchas, señor, en muchas. He sido testigo de la rendición de un millar de vírgenes, y no es eso todo. He asistido al naufragio de muchos patrimonios, he visto vergeles convertirse en arenales, y perderse todo un mundo de hectáreas hasta no quedarle al heredero el polvo suficiente para secar la tinta de un suplicatorio.

Lussurioso
(Aparte) . ¡Menudo bribón! Me gusta, y mucho, pues parece hecho para mi propósito.

Vindice
Sí, y la más excesiva es la lujuria de los holandeses, la procreación beoda que tantos borrachos engendra… También la del padre que, tras marchar a la cama envinado, no teme escaparse de la madre y prenderse en la nuera, la del tío que adultera con la sobrina, la del hermano con la mujer del hermano. ¡Ah, es la hora del incesto! En ella cualquier pariente, casi incluso hasta la mismísima hermana, es carne de los hombres de estos días; y por la mañana, ya en pie y vestidos, con la máscara puesta, ¿quién podría advertirlo? –a excepción de la mirada eterna, que ve a través de la carne y de todas las cosas–. En fin, si algo va a condenarse, será a la medianoche; no, no se escapa a las doce: son el Judas de las horas, cuando hasta la honesta salvación se ve arrastrada al pecado. (A Vindice) Habréis conocido, entonces, singulares casos de lujuria…

Lussurioso
Así es, en efecto, pero dejemos ya esta conversación. Errar está en nuestra sangre, aunque el infierno abra amenazante sus puertas. Las mujeres saben que Lucifer cayó, y a pesar de ello siguen siendo altivas. Veamos, señor: si tuvierais tanto de discreto como tenéis de astuto, e igualmente de buen conocedor de todos los estamentos, os contrataría para un empleo que me atañe muy de cerca. Nadaríais en dinero de tal modo que los tullidos se postrarían a vuestros pies en busca de limosna.

Vindice
¿Discreto, señor? No heredé de mi madre la enfermedad contraria, mi padre sea loado. Pues, ¿qué otro motivo tienen los hombres para ser reservados si no es para mejor guardar sus pensamientos? Una cosa sí os concedo: contadle un secreto a una mujer por la noche, y por la mañana lo hallará el médico en el orinal. Pero mi señor…

Lussurioso
De acuerdo. Ya tenéis mi confianza, y de este modo os contrato.

(Le da dinero)

Vindice
Este diablo de las Indias entra con facilidad en cualquiera –menos en los usureros, que lo evitan entrando antes en el demonio–.

Lussurioso
Atended: me encuentro hundido en la pasión… y o nado o me ahogo. Todos mis deseos apuntan a una doncella que vive no lejos de la corte, a la que he enviado con mensajeros numerosas cartas selladas, llenas de mi ardor más puro, junto con joyas que bastarían para llevarla al éxtasis sin ayuda de hombre alguno. Pero todo eso, y más, lo devuelve ella, neciamente casta, y mis recaderos solo obtienen malas caras por respuesta.

Vindice
¿Es posible? Sea quien sea, es ave poco común. Si vuestro deseo es tan grande, y tanta su resistencia, de verdad os digo que vuestra mejor venganza sería casaros con ella.

Lussurioso
¡Bah! No tiene dote suficiente, ni en linaje ni en fortuna, aunque le sobran virtudes para pecar con ella. Me cuento entre los capaces de defender las bondades del matrimonio pero prefieren tener una amante. Procuradme un lecho furtivo, pues en él está el verdadero deleite. Pues ¿qué es lo que produce fastidio en el amor sino la sucesión de una noche tras otra?

Vindice
¡Excelente religión!

Lussurioso
Veamos por tanto: confiaré en vos para este asunto de mi corazón, pues veo que tenéis amplia experiencia en estos tiempos de lujuria que vivimos. Id entonces, y con suaves y encantadoras palabras embrujadle los oídos, y robadle todo su pudor; penetrad en esa parte de su alma –su honor– que ella llama castidad, y gastadla en el derroche, pues la honestidad es como una reserva de dinero que duerme: a poco que se rompa ya no hay forma de mantenerla.

Vindice
Ciertamente habéis dado en el clavo, señor. Dadme a conocer a esa dama, y mi cerebro hervirá con singulares invenciones. Me aplicaré hasta que muera de tanto hablar y no me quede una sola palabra para procurarme la salvación. Pero lo lograré…

Lussurioso
Os lo agradezco, y así lo recompensaré. Os digo su nombre: es la única hija de la señora Graziana, la que acaba de enviudar.

Vindice
(Aparte) ¡Oh, mi hermana, mi hermana!

Lussurioso
¿Por qué os apartáis?

Vindice
Estaba ya pensando, señor, en el mejor modo de abordarla. Por ejemplo: “Oh, señora…!”, o con otras mil formas. Hasta las agujas con que se sujeta el cabello podrían darme una entrada…

Lussurioso
Sí, o el movimiento de su cabello.

Vindice
No, eso mejor lo utilizaréis vos, señor.

Lussurioso
¿Sí? Eso me gusta. ¿Conocéis entonces a la hija?

Vindice
Oh, sí, muy bien, pero de vista.

Lussurioso
Fue su hermano quien os preparó el camino hacia mí.

Vindice
Así es, señor. Ya sabía yo que lo había visto en algún sitio…

Lussurioso
Y por ese motivo os ruego que tengáis para él vuestro corazón cerrado como una virgen.

Vindice
Desde luego, señor.

Lussurioso
Podemos reírnos de su juvenil inocencia…

Vindice
Ja, ja, ja…

Lussurioso
… al haberle convertido en el sutil instrumento para incitar a un buen tipo…

Vindice
Ese soy yo, señor.

Lussurioso
Sois vos, sí, para atraer y persuadir a su hermana.

Vindice
¡Una novicia pura!

Lussurioso
Bien ideado estuvo.

Vindice
Y llevado con finura. (Aparte) Vaya con el perfumado bribón…

Lussurioso
He pensado que si ella insiste en mostrarse casta e inamovible, podríais intentarlo con la madre. Sí, con presentes que yo os proporcionaré, empezad por ella.

Vindice
No, no, ese sería el peor comienzo, señor. Es simplemente imposible que una madre, cualquiera que sea el presente que le deis, oficie de alcahueta con su propia hija.

Lussurioso
No creo. Me parecéis ahora bisoño en el sutil misterio de las mujeres. No hay ya platos de difícil digestión. Ese nombre va tan asociado a la edad que a modo de eclipse cubre los tres cuartos de lo que es una madre.

Vindice
¿De verdad, señoría? Dejadme entonces que yo solo eclipse el cuarto restante.

Lussurioso
Bien, bien dicho. Vamos, os daré las cosas, pero antes juradme que me seréis leal en todo momento.

Vindice
¿Leal?

Lussurioso
Sí, juradlo.

Vindice
¿Jurar? Espero que su excelencia no ponga en duda mi fidelidad.

Lussurioso
Sea solo por darme gusto, pues me encantan los juramentos.

Vindice
Porque os encantan los juramentos, entonces lo juro.

Lussurioso
Bien, es suficiente. Antes de que pase mucho tiempo espero tener algo de mejor calidad.

Vindice
Sin duda, mi señor, lo tendréis.

Lussurioso
Servidme bien.

(Vase)

Vindice
¡Ya puedo estallar! He tomado un noble veneno. Ay hermano, que nos han convertido en extraños cómplices, en bribones inocentes. Montarás en cólera cuando oigas esto, ¿no crees? Sí, enfurecerás sin duda. ¡Jurar que voy a prostituir a mi hermana! Espada mía, ahora me atrevo yo a prometerte que te entregaré a ese canalla. Tú lo desheredarás, ese será tu honor. Y sin embargo, ahora que siento que en mí ha bajado la efervescencia de la ira, no sería mala decisión probar, con este disfraz, la fidelidad de ambas. Otro podría haber tenido esta misma misión, algún rufián, y podría haberla llevado a efecto de verdad, y…, ay, quizás las habría ganado. Es así que yo, al que creen de viaje, adoptaré este mismo aspecto, olvidaré mi naturaleza, como si no hubiera en mí parte alguna emparentada con ellas, y así las probaré…, aunque casi me atrevo a apostar, por la virtud de su sangre, las tierras que en el cielo me esperan.

(Vase)

Acto primero

Escena cuarta

(Entran el afligido señor Antonio, a cuya mujer ha violado el hijo menor de la duquesa, mostrándole su cuerpo muerto a algunos señores; [Piero] e Hippolito)

Antonio
Acercaos, señores, y sed tristes testigos de un bello y atractivo edificio que acaba de derrumbarse, pues minaron con el engaño sus cimientos. El abuso violento se ha apuntado una gloriosa hazaña. Ved, señores, este espectáculo, que me despoja de toda mi hombría.

Piero
¡Tan virtuosa dama!

Antonio
¡Modelo de esposas!

Hippolito
Causaba rubor en muchas mujeres, pues su casta presencia bastaba para que la vergüenza les subiera a las mejillas y para que las pálidas y lascivas cobraran buen color.

Antonio
¡Muerta! Su honor bebió primero del veneno, y a su honor se plegó su vida, pues convivían en la misma casa.

Piero
¡Ay, dolor para muchos!

Antonio
Aún no había reparado en una cosa: descansa su mejilla en un libro de oraciones. Era su precioso protector. Y tiene otro en la mano derecha, con una hoja doblada y una señal que nos dirige a estas palabras: Melius virtute mori, quan per dedecus vivere. Cierto y exacto es sin duda.

Hippolito
Mi señor, ya que nos invitáis a compartir vuestra pena, sintámosla con sinceridad para que con parecido consuelo al que nos consuela podamos aliviar vuestro infortunio. También vivimos ese dolor, pero es un dolor mudo: Curae leves loquuntur maiores stupent.

Antonio
Decís verdad. Prestadme ahora atención y resumiré tan prolongado dolor en breves palabras. La última noche de orgía, cuando las antorchas creaban un mediodía artificial en toda la corte, unos cortesanos ocultos tras máscaras –que en realidad mejoraban su auténtico semblante–, eufóricos con el engaño y el halago, se encontraban en una estancia del palacio, y entre ellos el hijo menor de la duquesa (esa polilla para el honor), el cual, como desde antiguo quería roerme el vestido, de entre todas las damas eligió a esta criatura querida, que siempre fue tan fría en la pasión como ahora lo es en la muerte (como bien sabía ese monstruo engendrado por la duquesa). Y así, en el punto culminante de la fiesta, cuando más alta se oía la música, más afanados estaban los cortesanos y más abiertamente reían las señoras –ah, instante del vicio, del que no se debería hablar si no fuera por relatarlo–, entonces, con gesto aún más insolente que el de su máscara, la violó rodeado de una multitud de rufianes, de esos que viven de una doble condenación, alimentando de ese modo al buitre voraz de su lujuria. ¡Oh, solo pensar en ello es la muerte! Y ella, forzado su honor, consideró que era mejor dote para su nombre morir envenenada que vivir avergonzada.

Hippolito
¡Dama excepcional, con singular fuego en su interior! De su nombre ha hecho, por esa acción, un emblema.

Piero
Señor, ¿qué sentencia le espera al culpable?

Antonio
Ah, ninguna. La cuestión se enfría y se aplaza.

Piero
¿Que se ha retrasado la sentencia por la violación?

Antonio
Debéis fijaros en quién es el que ha de morir: es el hijo de la duquesa, y ella querrá ser su salvadora. La justicia es en esta época pariente muy cercano del favor.

Hippolito
Adelante entonces, servidor insobornable.

Todos
Lo juramos, y así lo haremos. (Saca la espada). En este acero nos uniremos todos con firmeza. Que vuestros juramentos confluyan en esta espada, y que en ella se guarden y obtengan satisfacción. Y si no, que se peguen a su hoja como el orín y la cubran de vergüenza. Sumaos a mi promesa de que, si en la próxima sesión la sentencia habla con voz cubierta de oro y le perdona la sangre a una serpiente como esa, aun antes de que los jueces se levanten les arrancaremos esas almas que ya hace mucho que fueron halladas culpables en los cielos.

Antonio
Gentiles caballeros, en mi ira os lo agradezco.

Hippolito
Sería una lástima que las ruinas de tan hermoso monumento no se bañaran en la sangre del profanador.

Piero
Los funerales de vuestra esposa serán suntuosos, pues su fama merece un sepulcro de joyas. Señor Antonio, borradla por un tiempo de vuestros ojos. Habrá un día, cuando esté más próxima la hora de la venganza, en el que sin duda vuestro dolor y el nuestro le rendirán el debido homenaje.

Antonio
Ese es mi consuelo, caballeros, y una cosa me alegra sobre todas –y acabará por considerarse un milagro, y es que, siendo yo viejo, tuve tan casta esposa.

(Vanse)

Acto II

Escena primera

(Entra Castiza, la hermana de Vindice e Hippolito)

Castiza
¡Qué poco acoso sufren las doncellas cuya única fortuna está en sus pensamientos de fidelidad, que no han recibido otra herencia que su honor, que las mantiene modestas y sin posición! Las doncellas y su honra son como pobres principiantes. Menos pecadoras habría si no fuera rico el pecado. ¿Y por qué la virtud no tiene recompensa? Conozco el motivo, y es que se habría empobrecido el infierno.
(Entra Dondolo)
¿Qué hay, Dondolo?

Dondolo
Fuera espera, señora… cómo diría yo, una cosa de carne y hueso, un hombre me parece por su barba, que arde en deseos de boquearse con vos.

Castiza
¿Qué es eso?

Dondolo
Pues enseñar los dientes en vuestra compañía.

Castiza
No te comprendo.

Dondolo
Pues hablar con vos, señora.

Castiza
Entonces dilo así, loco, y ahórrame ese desagradable rodeo. ¿No habría sido mejor decir, con palabras comunes, que alguien quería hablar conmigo?

Dondolo
Ja, ja. Eso es tan común como una moneda de dos chelines… Quería hacerme valer un poco en mi puesto: ¡un portero que es caballero ha de despreciar las expresiones y maneras que usan los criados!

Castiza
Las vuestras son las vuestras, señor. Venga, hazlo pasar. (Vase Dondolo)
Espero que sean felices nuevas de mi hermano, que hace poco marchó de viaje, y al que ama mi corazón. Aquí llega.

(Entra Vindice, su hermano, disfrazado)

Vindice
Señora, los mejores deseos para las de vuestro sexo: hermosas pieles y vestidos nuevos.

(Le entrega una carta)

Castiza
Ellas os lo agradecerán, señor. ¿De quién viene esto?

Vindice
De un querido y noble amigo, y ¡poderoso!

Castiza
¿De quién?

Vindice
¡Del hijo del duque!

Castiza
Pues tomad… (Le da una bofetada) Juré que cargaría de ira mi mano y sobrepasaría mi mesura de doncella contra el siguiente que viniera con ese vil empleo, el de ser abogado de su pecado. Llevadle ese signo de mi odio en vuestra mejilla, ahora que está reciente, y os recompensaré por ello. Decidle que mi honor tendrá fama excelente, mientras que varias putas compartirán la suya con indignidad. ¡Adiós y saludadlo de mi parte y con mi odio!

(Vase)

Vindice
¡Es la torta más dulce que jamás pasó por mi olfato! ¡Y que bello encaje el de ese puño, el más fino que pueda llevarse! Siempre amaré este golpe, y de las dos esta será a partir de ahora mi mejilla preferida. ¡Ah, no me sirven las palabras para expresar lo que siento! Hermana, me has mostrado con firmeza toda tu noble honestidad. Muchas hay que, sin tenerlo, son famosas por su honor. Tienes en mi pensamiento, y para siempre, mi aprobación. Y sin embargo, para salvar mi juramento, y también mi anterior resolución en este punto, asediaré con dureza a mi madre, aunque sé que los cantos de sirena no son capaces de hechizarla. Vaya, aquí viene, a mi conveniencia. Menos mal que tengo mi disfraz. Buenas tardes, señora.

(Entra Gratiana)

Gratiana
Sed bienvenido.

Vindice
El futuro de Italia os saluda: nuestra gran esperanza, el hijo del duque.

(Le entrega una carta)

Gratiana
Me considero muy honrada de que a él le plazca tenerme entre sus pensamientos.

Vindice
Bien podéis sentiros así, señora. El que, de pronto un día, va a ser nuestro duque –pues la corona lo anhela sin descanso–, el que entonces será quien a todos nos gobierne… Pensad en él, pensad en lo afortunados que serán los que ahora lo complacen, aunque sea casi a cualquier precio.

Gratiana
¡Ay, excepto al precio de su honor!

Vindice
Bah, también podría perderse un poco de honor y nunca se sabría, nunca se sabría, fijaos… Yo cerraría los ojos y dejaría hacer…

Gratiana
Por Dios, que no…

Vindice
Por Dios que sí, como espero que haríais si tuvierais aún esa sangre que le disteis a vuestra hija. Pero es ella la señalada por la rueda. Ese hombre que ha de ser todo lo que hemos dicho, y quizás lo sea antes de mañana (pues su canoso padre se encamina a su ruina), hace mucho que desea a vuestra hija…

Gratiana
¿Que la desea?

Vindice
Sí, pero escuchadme: ahora es un deseo lo que después va a ser una orden. Actuad sabiamente, por lo tanto; hablo, señora, más movido por mi amistad hacia vos que por la que siento hacia él. Sé que sois pobre y, ¡maldición!, ya hay demasiadas damas pobres. ¿Por qué queréis incrementar aún más su número? Se las desprecia. Vivid en la riqueza, entended bien el mundo y expulsad a esa necia campesina que acompaña a vuestra hija y que se llama castidad.

Gratiana
¡Basta, basta, las riquezas del mundo no pueden comprar a una madre para una misión tan contraria a la naturaleza!

Vindice
No, pero sí que puede hacerlo un millar de ángeles. Los hombres no tienen poder suficiente, pero los ángeles os moverán a hacerlo. El mundo se ha rebajado a cometer acciones tan indignas que de cuarenta ángeles pueden salir ochenta diablos. Sé que seguirá habiendo necios, siempre los habrá. ¿Cómo podría ser pobre, vivir rebajada y despreciada por los poderosos, expulsada de palacio, viendo a las hijas de otras florecer con el rocío de la corte, si la mía fuera objeto del deseo y del amor del… hijo del duque? No lo haría, no, sino que sobre su pecho construiría el edificio de mi fortuna, y tendría a sus ojos por inquilinos; a sus mejillas confiaría mi pensión anual; de sus labios obtendría carruajes; criados y criados mantendría el conjunto de sus bellezas, y yo iría de placer en placer. Ya sufristeis grandes penas por ella cuando hizo falta; dejad ahora que ella os lo devuelva, aunque solo sea en parte. Vos la sacasteis adelante, bien puede ella ahora hacer lo mismo por vos.

Gratiana
¡Oh, cielos, vencida me siento!

Vindice
(Aparte) ¡Confío en que aún no!

Gratiana
(Aparte) Esto es demasiado fuerte para mí. Los hombres que nos conocen lo saben: somos tan débiles que sus palabras pueden hacernos caer. Muy hondo me ha llegado este, y ha logrado debilitar mi virtud cuando se refirió a mi pobreza.

Vindice
(Aparte) Tiemblo solo ante la idea de seguir, y siento que me falta agudeza. Temo que pierda su naturaleza de madre, pero me arriesgaré. Esta mujer es todo varón, nadie puede conquistarla. (A ella) ¿Qué pensáis ahora, señora? Decidme, ¿habéis comprendido ya? ¿Qué os dijo la idea del ascenso a la fortuna? Dijo esto: la caída de la hija eleva la cabeza de la madre. ¿Tengo razón? Juraría que es así en muchos casos. Bah, la época que vivimos no es para temer a nadie. No hay vergüenza en ser malo, pues es corriente.

Gratiana
Sí, ese es mi consuelo.

Vindice
(Aparte) ¿Su consuelo? Para el final guardo lo mejor. ¿Puede esto persuadiros para que os olvidéis el cielo y…

(Le ofrece dinero)

Gratiana
Sí, esto es…

Vindice
¡Ay!

Gratiana
… lo que hechiza a nuestro sexo, el medio que gobierna nuestros afectos. La mujer que ve tu agradable brillo ya no siente acosada su conciencia de madre. Me ruborizo al pensar lo que voy a hacer por vos.

Vindice
(Aparte) ¡Oh, cielos sufrientes, haced ahora mismo, con dedo invisible, que los globos preciosos de mis dos ojos se vuelvan hacia adentro para que no pueda verme a mí mismo.

Gratiana
Atended, señor.

Vindice
¿Qué?

Gratiana
Para recompensar vuestros desvelos…

(Le da dinero)

Vindice
Sois muy amable.

Gratiana
Y veré qué puedo hacer.

Vindice
Vuestras palabras la herirán.

Gratiana
Si insiste en ser casta, dejaré de llamarla mía.

Vindice
(Aparte) Eso es más cierto de lo que creéis.

Gratiana
¡Castiza, hija!

(Entra Castiza)

Castiza
Madre…

Vindice
Ahí la tenéis. Abordadla ahora. (Aparte) Milicias de soldados celestiales guarden su corazón, aunque hay diablos bastantes en el bando de su madre.

Castiza
Señora, ¿qué hace en vuestra presencia un hombre con tan vil embajada?

Gratiana
¿Por qué lo dices?

Castiza
Hace muy poco que me trajo del hijo del duque una inmodesta misiva, con la que me tentaba a cometer actos deshonestos.

Gratiana
¿Actos deshonestos? Ah, mi necia y virtuosa hija, quieres ser virtuosa simplemente por serlo, sin razón alguna más que tu propia voluntad. Es cierto que ello tiene buena reputación, y que es muy encomiado, pero, dime, ¿entre quiénes? Entre pobres hombres, entre ignorantes. Los mejores, estoy segura, son de otra opinión. ¿Y qué norma ha de regir nuestras vidas si no es lo que hacen los mejores? Ah, si supieras lo que es perder la virtud, dejarías de conservarla. Hay sin embargo una fría maldición sobre todas las doncellas: mientras las que no lo son se agarran al sol, ellas se abrazan a las sombras. La virginidad es el paraíso, pero bien cerrado. No puedes entrar sola en él, hay que pagar un impuesto, y está ordenado que sea el hombre el que guarde la llave. ¡Negarte al ascenso, a la fortuna, al hijo del duque!

Castiza
Os ruego que me perdonéis, señora, pues os tomé por otra. ¿Habéis visto a mi madre? ¿Qué camino tomó? ¡Quiera Dios que no la haya perdido!

Vindice
(Aparte) Muy bien lo ha desviado.

Gratiana
¿Tan altiva te muestras conmigo como desdeñosa con él? ¿No me conoces ahora?

Castiza
Ah, pero ¿es que sois ella? Está tan cambiado el mundo, una forma por otra, que muy sabio es el hijo que hoy reconoce a su madre.

Vindice
(Aparte) A fe mía que habla con toda razón.

Gratiana
Por esa osadía tuya mi mano debiera ponerte en la cara, pero lo olvidaré. Vamos, deja ya ese comportamiento infantil y comprende lo que este momento te trae. La fortuna corre hacia ti. ¿Vas a dejar ya de ser una niña? Si todos los que ven olas en el mar temieran ahogarse, el oro sería rico, y pobres todos los comerciantes.

Castiza
Es una bonita frase, propia de una persona malvada, pero me parece que no queda bien saliendo de vuestra boca. Más le cuadra a vuestro acompañante.

Vindice
(Aparte) Igualmente mal sonaría en ambos si yo hablara en serio, que es como sin duda parece. (A Castiza) Me sorprende que no aceptéis de buen grado las palabras de vuestra propia madre, y que no las sigáis en todo su sentido. Es decencia lo que alegáis una y otra vez. Y ¿qué es la decencia? Nada más que el mendigo de los cielos, y ¿acaso no llamaríamos necia a la mujer que guarda la honestidad y no es capaz de guardarse a sí misma? No, más sabios son los tiempos y no sentirán tanto el peso de esa carga. Las doncellas que tienen poca dote no dudan hoy en dejar su casa y vivir a costa de amigos. ¡Qué bendición para vos, ser la única elegida por la felicidad! Otras han de ceder ante miles de hombres, y vos solamente ante uno, ante uno que basta para que vuestra frente enjoyada llene el mundo de destellos y para que los pedigüeños se revuelvan ante vuestra presencia.

Gratiana
¡Oh, qué arrebato si yo fuera joven!

Castiza
Sí, para que os arrebataran el honor.

Vindice
Vaya, ¿cómo vais a perder el honor tratando con la graciosa persona de mi señor? Con su título, él añadirá honor al honor. Vuestra madre os explicará cómo.

Gratiana
Así lo haré.

Vindice
Pensad en las delicias de palacio: bienestar y posición asegurados, manjares estimulantes, listos para abandonar los platos y producir una inmediata excitación, banquetes al aire libre, a la luz de las antorchas, música, juegos, vasallos de cabeza desnuda –pues no tuvieron la suerte de poder conservar el sombrero, obligados a dejarlo sobre los cuernos–, nueve coches esperando… vamos, vamos.

Castiza
Sí, para llevarme hasta el diablo.

Vindice
(Aparte) Sí, para llevarte hasta el diablo. (A ella) Hasta el duque, por Dios.

Gratiana
Sí, hasta el duque. Hija, despreciarías todo pensamiento sobre el diablo en cuanto estuvieras allí.

Vindice
(Aparte) Cierto, pues la mayoría de los que hay allí son, a fe, tan orgullosos como él. (A Castiza) ¿Cómo vais a quedaros sentada en casa, en una habitación olvidada, dejando vuestra efímera belleza para los retratos –que son inútiles como los hombres viejos–, mientras otras más pobres de rostro y de fortuna andan con un centenar de acres en la espalda y hermosas praderas como verdes ceñidores? Pues la más grande bendición que jamás les sucediera a las mujeres fue que los hijos de los hombres del campo acordaran, y muy en firme, lavarse las manos y convertirse en caballeros. Ese fue el momento en que empezó a florecer la comunidad. Tierras que se medían por varas, con ahorro de ese trabajo, se calculan ahora por centímetros en manos de los sastres. Los hermosos árboles, esos atractivos rizos del campo, se cortan para mantener tocados… y mucho más que podría seguir. Todo prospera, menos la castidad, que allí permanece fría. Dejadme que me acerque más a vos. Fijaos solamente en esto: ¿por qué hay tan pocas mujeres honestas si no es por ser la profesión más pobre? Más se considera lo que más se persigue; cuanto menos se comercia con una cosa, menos de moda está. Y así ocurre con la honestidad, creedme: no tenéis más que advertir qué bajo y devaluado está su precio. Cuando una perla se pierde, la buscamos y no nos resignamos a su pérdida. Pero la honestidad, una vez que nos abandona, ¿quién estaría tan loco para pensar en su búsqueda?

Gratiana
A fe mía que dice verdades.

Castiza
Falsedades más bien. Yo a ambos os desafío. Con oreja de fuego os he estado soportando, pues vuestras palabras han sido como hierros candentes sobre mi rostro. ¡Salid, madre, de esa venenosa mujer!

Gratiana
¿De dónde?

Castiza
¿Es que no la veis? Entonces es que está demasiado dentro. (A Vindice) Canalla, ojalá en este oficio halléis la muerte. Oh cielos, os ruego que desde ahora hagáis de mi madre una enfermedad y que sea yo su primera víctima. Ya la he pasado, sin embargo.

(Vase)

Vindice
(Aparte) ¡Oh, ángeles, entrechocad vuestras alas en los cielos y dedicad a esta virgen aplausos de cristal!

Gratiana
¡Qué obstinada, desdeñosa y necia! Llevad sin embargo esta respuesta: Su Señoría será muy bienvenido cuando su gusto le dirija por este camino. Yo seguiré por el mío; las mujeres se entienden mejor entre ellas estando a solas.

(Vase)

Vindice
Eso le diré, ciertamente. ¡Ah, criatura más bárbara y menos natural que esas de inmundo nombre que miran al suelo! ¿Por qué el cielo no se torna negro o deshace el mundo con un gesto adusto? ¿Por qué no se alza la tierra y destruye los pecados que pisan sobre ella? Ah, no habría condenación si no fuera por el oro y las mujeres, y el infierno parecería una gran cocina señorial desprovista de fuego, pero antes de que se iniciase el mundo se ordenó que tales fueran los anzuelos que atraparan a los hombres.

(Vase)

Acto segundo

Escena segunda

(Entra Lussurioso acompañado de Hippolito, el hermano de Vindice)

Lussurioso
Mucho aplaudo vuestra elección. Sí, estáis perfectamente instruido en lo que a vuestros semejantes se refiere, y el estudio del hombre es la más profunda de las disciplinas. Una cosa que aprendí –y es algo que no se enseña en las escuelas–es que el mundo se divide en rufianes y necios.

Hippolito
(Aparte) Rufián en vuestra presencia, señor, porque por detrás…

Lussurioso
Y mucho os agradezco que me hayáis recomendado a una persona de buena conversación y bien constituida, y cuyo cerebro el tiempo ha madurado.

Hippolito
Así es, señoría. (Aparte) También nosotros hallaremos un día el momento maduro, espero. Ah, villano, hacer de mí tan antinatural rufián, pero…

Lussurioso
Vaya, aquí llega.

(Entra Vindice disfrazado)

Hippolito
(Aparte) Y ahora tendré ocasión de despedirme.

Lussurioso
Habéis de dejarme ya.

Hippolito
(Aparte) Suponía bien. Tengo que irme, pero tú te quedas, hermano. ¡Ay, henos aquí convertidos en alcahuetes del más moderno estilo!

(Vase)

Lussurioso
Somos ya un número par, y un tercero es peligroso, especialmente cuando es el hermano de ella. Decidme, hablad con libertad. ¿Está próximo mi placer?

Vindice
Señor…

Lussurioso
Embelesadme con vuestra respuesta. Veamos esas raras virtudes vuestras. ¿Ya la habéis despojado, con el engaño, de su salvación? ¿Le habéis recubierto de miel el infierno? ¿Es ya una mujer?

Vindice
En todo menos en el deseo.

Lussurioso
En nada lo es entonces. Decrece ya mi ardor.

Vindice
Las palabras que le llevé podrían haber corrompido a mujeres de honestidad común. Pues las mujeres que son francamente buenas en esta época se convierten en dinero blanco con mucho menos esfuerzo; y con más fácil trabajo muchas doncellas se han vuelto hacia Mahoma. Me atrevo a comprometerme, poniendo mi vida por prueba y apuesta, a tumbar a la esposa de un puritano con la mitad de esas palabras… Pero ella es impenetrable y buena. No obstante, una duda existe ya. ¡Ah, la madre, la madre!

Lussurioso
Nunca hasta este momento había pensado que alguien de su sexo pudiera sorprenderme así. ¿Qué fruto habéis obtenido de la madre?

Vindice
(Aparte) ¿Debo ahora censurar mi ánimo, cometer perjurio, o deshonrar a la mujer que me dio el primer saludo? Seré sincero, ya que él no vivirá para proclamarlo. Pues no deshonra la deshonra que se cuenta a un moribundo. (A Lussurioso) ¡Señoría!

Lussurioso
¿Quién es?

Vindice
Aquí no hay nadie más que yo, señor.

Lussurioso
¿Qué tenéis tanta prisa en decirme?

Vindice
Palabras de consuelo.

Lussurioso
Bienvenidas sean.

Vindice
Viendo a la doncella tan poco entusiasmada, y sin intención alguna de viajar a regiones desconocidas, lo que a hice continuación fue espolear a la madre. Con espuelas de oro que la pondrán en un abrir y cerrar de ojos al galope de la falsedad.

Lussurioso
¿Es posible que en este asunto vaya a condenarse antes la madre que la hija?

Vindice
Es la buena educación, señoría. La madre debe pasar la primera por razón de su edad, ya sabéis.

Lussurioso
Decís bien. Pero, ¿dónde está mi consuelo?

Vindice
En buen lugar, señoría: esa madre antinatural acosó el honor de su hija con palabras tan fuertes que la pobre necia se vio sumida en un silencioso asombro. Pero seguía estando fría y casta, como una vela sin prender, salvo en que el aliento materno había encendido con fuego sus mejillas. La doncella se fue, pero la buena anciana, casi enloquecida, me lanzó estas palabras prometedoras, de las que tomé nota con gran cuidado: “Su señoría será muy bienvenido…”

Lussurioso
Gracias le doy por ellas, sí.

Vindice
“… cuando su gusto le dirija por este camino”.

Lussurioso
Lo que ocurrirá pronto, ciertamente.

Vindice
“Yo seguiré por el mío”.

Lussurioso
Sabia actitud que merece mi reconocimiento.

Vindice
“Las mujeres se entienden mejor entre ellas estando a solas”.

Lussurioso
Así es, en efecto. Concedámoslo en justicia. En eso no somos los hombres comparables a ellas.

Vindice
No, cierto, pues una sola mujer puede tejer en una hora lo que cualquier hombre emplearía veintisiete años en destejer de nuevo.

Lussurioso
Son ahora felices mis deseos, y voy a liberarlos muy pronto de su esclavitud. Sois muy valioso para mí. En verdad que os aprecio. Sed listo y sabed convertirlo en recompensa. Pedid, suplicad: ¿qué empleo ambicionáis?

Vindice
¿Empleo, mi señor? Ay, si pudiera cumplirse mi deseo, sería uno que aún no se ha solicitado nunca.

Lussurioso
Ninguno en tal caso.

Vindice
Sí, señoría, aún hay uno, que me permitiría mantener caballo y prostituta.

Lussurioso
Hablad pues, os lo ruego, con toda franqueza.

Vindice
De acuerdo, solamente es esto, señor: hacerme con las comisiones que se conceden tras los tapices y con los miriñaques que, a medianoche, se dejan caer sobre el suelo.

Lussurioso
Sois un rufián ansioso… ¿Pensáis que de ello vais a obtener gran beneficio?

Vindice
Oh, eso no se sabe, señor. Me sorprende que durante tanto tiempo se haya desperdiciado…

Lussurioso
Bien, esta noche la visitaré, y el tiempo que falta será como un año para mis deseos. Adiós. Esperad: confiad en mí en cuanto a vuestro ascenso.

(Vase)

Vindice
Mi amado señor… (Sacando la espada) ¿He de matarlo ahora por la espalda? No, espada mía, nunca fuiste traicionera. No, lo atravesaré de cara. Morirá mirándome. Sus venas están hinchadas de lujuria, y esto las vaciará. Dioses serían los poderosos si los mendigos no pudieran matarlos. ¡Perdonadme, oh cielos, por haber llamado malvada a mi madre! Y no acortéis mis días sobre la tierra, pues no puedo honrarla. Estoy temiendo ya que su lengua haya convertido a mi hermana a la prostitución. Fue miserable por mi parte no cometer perjurio ante el lujurioso heredero. Pues los abogados, los mercaderes y algunos teólogos, todos consideran el perjurio, cuando es para bien, como un leve pecado. Aunque las cosas se pongan más difíciles, guardaré su honor y vigilaré las puertas.

(Entra Hippolito)

Hippolito
¿Cómo van las cosas, hermano? Espero tus noticias, pero a la vez tengo otras que darte.

Vindice
¿Sí? ¿Palabras de villanía?

Hippolito
Ciertamente. Al viejo y vicioso duque lo están vejando como se merece. La pluma de su bastardo le está pintando buenos cuernos.

Vindice
¿Su bastardo?

Hippolito
Sí, créeme. Se citó con la duquesa por la noche, en la intimidad. Lo vieron algunos alcahuetes de los que vigilan al pie de las escaleras.

Vindice
¡Ah, pecado profundo e infame! Cuando el duque duerme se cierran los ojos ante las mayores faltas. Mira, aquí viene Spurio.

(Entra Spurio con dos criados)

Hippolito
¡Monstruo de lujuria!

Vindice
Viene desabrochado. Y con él dos de sus valientes alcahuetes. Se oye un murmullo de maldad; el infierno está en sus oídos. Espera, observaremos su paso.

Spurio
¿Sí? ¿Pero estás seguro?

Primer criado
Del todo, mi señor, pues me lo dijo una persona que conoce muy de cerca la lujuria del hijo del duque: que en esta hora trata de hacerse con la hermana de Hippolito, cuya casta vida ha corrompido su madre para disfrute del heredero.

Spurio
¡Noticia afortunada la que me das! ¡Y afortunada ocasión! A fe mía, hermano, que te desheredaré con tanta rapidez y urgencia como las que hubo para engendrarme. Te condenaré en el momento del placer. ¡Será un hecho extraordinario! Bien vendrá la sangre después de la lujuria. Vamos, pero que nuestro paso sea silencioso y precavido.

(Vanse Spurio y sus criados)

Vindice
Mira, mira cómo va, a ver a la duquesa. Este su segundo encuentro va a renovar y hacer crecer los cuernos del duque. Noche, tú que te pareces a las negras colgaduras de los funerales, que se echan abajo al levantar el día, así caes justamente para honrar aquellos pecados que carecen de cualquier honra. Está alta la marea en los lechos del mundo; por todas partes se ve el engaño. Las hay que eran doncellas incluso al atardecer y ahora ya están a lo mejor en la lista de las que se venden. Esa mujer en ligero e inmodesto atuendo deja entrar en su casa a su amigo que viene por el agua. Allí otra dama que, astuta, clava en su puerta bisagras de cuero para evitar ruidos delatores. Son momentos, aprisa, aprisa, de moldear cornudos, aprisa, aprisa. Y las rameras hilan con celo nocturno la hebra que será su mantenimiento después del alba, y también el de sus alcahuetes.

Hippolito
Bien discurrido, hermano.

Vindice
Bah, y eso sin entrar en profundidades, pues soy indulgente y moderado en exceso. ¿Quieres que te diga una cosa? Si se contaran todas la tretas que se urden de noche, pocos habría que no sintieran subírseles el color a la cara.

Hippolito
Estoy de acuerdo contigo.

Vindice
¿Quién es ese que viene? (Entra Lussurioso)
¿Levantado el hijo del duque a hora tan tardía? Ocúltate ahí, hermano, y algo malo aprenderás. Mi buen señor…

Lussurioso
¡Piato! Bien, bien, es a quien deseaba ver. Venid, he elegido esta hora como la más apropiada para gustar de esa joven dama.

Vindice
(Aparte) ¡El diablo me lleve!

Hippolito
(Aparte) ¡Maldito sea el canalla!

Vindice
(Aparte) No me queda ya otra forma de oponerme que matarlo.

Lussurioso
Venid: vos y yo solamente.

Vindice
¡Mi señor, mi señor!

Lussurioso
¿Por qué ese sobresalto?

Vindice
Casi me había olvidado… ¡el bastardo!

Lussurioso
¿Qué ocurre con él?

Vindice
Esta noche, a esta hora, en este mismo minuto… ahora…

Lussurioso
¿Qué, qué?

Vindice
… está cubriendo a la duquesa.

Lussurioso
¡Ah, palabra terrible!

Vindice
Y, como un poderoso veneno, roe la frente del duque vuestro padre.

Lussurioso
¡Oh!

Vindice
En cornudo real lo está convirtiendo.

Lussurioso
¡Innoble villano!

Vindice
Es el fruto de dos lechos.

Lussurioso
Estoy enloqueciendo.

Vindice
Con gran cautela recorrió el camino hasta ella.

Lussurioso
Sí, en efecto.

Vindice
Haciendo callar a sus esbirros a cada paso.

Lussurioso
¿Sus esbirros? Sentirán mi maldición.

Vindice
Cogedlo a punto, ahora es el momento.

Lussurioso
No me lo impedirá la puerta de la cámara de la duquesa.

(Vanse Lussurioso y Vindice)

Hippolito
Buen desenlace, feliz y rápido. Hay pólvora en la corte, y el fuego se extenderá por ella en la medianoche. En su ira incontrolada puede mostrar una violencia tal que se vuelva contra sí mismo. Veré qué rumbo toman los acontecimientos.

(Vase)

Acto segundo

Escena tercera

(Entran de nuevo Lussurioso, con la espada desenvainada, y Vindice. El duque y la duquesa, en la cama, ocultos)

Lussurioso
¿Dónde está ese villano?

Vindice
Sin tanto ruido, señor, y podréis cogerlos abrazados.

Lussurioso
No me preocupa el modo.

Vindice
Sería una gloria matarlos unidos, cuando esté uno encima del otro. Avanzad con sigilo, señor.

Lussurioso
Dejadme, que mi furia no es perezosa. Así, así es como voy a abrirles los ojos con un golpe de mi espada para cerrarlos después para siempre. ¡Villano! ¡Puta!

(Descubre en el lecho al duque y a la duquesa)

Duque
¡Defendednos, mis guardias, los de ahí fuera!

Duquesa
¡Traición, traición!

Duque
¡Ah, no me mates durante el sueño! Tengo grandes pecados, y he de tener días, ay, meses, hijo querido, para gemir en mi penitencia y librarme de ellos. No quiero morir en pecado. De lo contrario, me matarás también en el cielo.

Lussurioso
¡A mí sí que me hace morir el asombro!

Duque
¡Malvado, traidor! No hay epíteto tan bajo que pueda calificarte. Te agarraré aunque sea con la fuerza que da la ira y arrojaré tu cabeza a manos de los abogados. ¡A mí la guardia!

(Entra un guardia y apresa a Lussurioso)
(Entran Hippolito, unos nobles y Ambitioso y Supervacuo, hijos de la duquesa)

Primer noble
¿Cómo es que se ha perturbado el descanso de su señoría?

Duque
Ese muchacho, que debería ser lo que yo soy después de mí, quería serlo antes, y, en el calor de esa ambición, irrumpió con la sanguinaria intención de deponerme en mi mismo lecho.

Segundo noble
¡Que su deber y su lealtad natural se lo impidan!

Duquesa
Villano llamó a su padre, a mí puta, que es palabra con la que odio ensuciar mis labios.

Ambitioso
No está bien lo que has hecho, hermano.

Lussurioso
Me han engañado… Pero sé que ahora no hay excusa que pueda librarme.

Vindice
(Aparte) Buena política será apartarme de su vista. Su vicioso propósito respecto al honor de nuestra hermana está ya frustrado, y mucho más de lo que podíamos imaginar.

Hippolito
(Aparte) No pensabas que su padre dormía allí.

Vindice
(Aparte) Sí, estaba muy lejos de sospecharlo. Pero ya que así sucedió, podría haberlo matado de no proferir tan terribles palabras. Eso habría facilitado la tarea de nuestras espadas.

(Vindice e Hippolito simulan una huida y desaparecen)

Duque
Consolaos, duquesa: morirá.

(Vase la duquesa)

Lussurioso
¿Dónde está ahora ese alcahuete, dónde está el rufián? No lo veo, y él es el culpable de esta humillación.

(Entra Spurio con dos servidores, sus esbirros)

Spurio
¡Rufianes, fabuladores! Tenéis barbilla de bellaco y lengua de ramera. Mentís, y os voy a condenar a no hacer más que una comida al día.

Primer criado
¡Oh, mi buen señor!

Spurio
¡Se acabaron vuestras cenas, maldita sea!

Segundo criado
Os lo ruego, señor.

Spurio
¡Dejar que mi espada se enfríe de esta manera y ahora perderlo!

Primer criado
De verdad, señor, que él tenía intención de venir.

Spurio
¡Vaya, si está ahí! ¡Eh! ¿Qué nuevas hay? Ha de estar el cielo al revés para que sea mediodía a la medianoche. ¿Qué hace la corte en pie? ¿Por qué esa insolencia de la guardia llevándoselo por los codos?

Lussurioso
(Aparte) ¿El bastardo aquí? Sí, entonces quedará al descubierto la verdad de mis intenciones. (Al duque) Mi señor, padre mío, escuchadme.

Duque
Lleváoslo de aquí.

Lussurioso
Puedo ofreceros una justificación sincera…

Duque
¿Una justificación? ¡A prisión con el canalla! La muerte no tendrá que esperar por él.

Spurio
(Aparte) Excelente, sí. Entonces no van tan mal las cosas…

Lussurioso
Hermanos, mi liberación está en vuestras palabras. Os ruego que lo convenzáis por mí.

Ambitioso
Es nuestra obligación. No dudes de nosotros.

Supervacuo
Sudaremos defendiéndote.

Lussurioso
Y así pueda vivir yo para agradecéroslo.

(Vase entre guardias)

Ambitioso
El mejor agradecimiento será tu muerte.

Spurio
(Aparte) Se ha ido. Y yo tras él, para conocer su delito. Parecerá que comparto plenamente su desgracia, pero será con corazón falso.

(Vase)

Ambitioso
Ahora, hermano, que nuestro odio y nuestro amor se entrelacen tan sutilmente que, al decir una palabra en defensa de su vida, con tres aboguemos por su muerte. Pues es el abogado más listo el que más oro obtiene por respirar.

Supervacuo
Adelante, pues. Yo te seguiré de cerca.

Duque
¿Es posible que un hijo pueda ser tan irrespetuoso como para llegar a la espada? Es lo máximo. No puede irse más allá.

Ambitioso
Mi graciosa señoría, tened compasión…

Duque
¿Compasión decís, muchachos?

Ambitioso
Sí, aunque no querríamos provocar en exceso vuestra merced, pues sabemos que no hay perdón posible para su delito, negro, malvado, contrario a la naturaleza…

Supervacuo
¡Monstruoso en un hijo, ah!

Ambitioso
Sin embargo, mi señor, la suave mano de un duque puede acariciar la cabeza de la ley para quitarle sus asperezas.

Duque
Nunca hará eso mi mano.

Ambitioso
Como gustéis, señor.

Supervacuo
Hemos de reconocer que otro padre habría sentido una ira tan acerada que ante sus mismos ojos se habría llevado propiamente a cabo la ejecución, sin ningún favor corrompido.

Ambitioso
Pero, mi señor, podríais convertiros en la admiración de todas las épocas al perdonar un agravio para el que hasta ahora nadie ha osado suplicar perdón.

Duque
(Aparte) ¿Palabras dulces? ¿Cómo es esto?

Ambitioso
Perdonadlo, mi buen señor, es vuestro propio hijo –aunque he de añadir que fue una gran vileza la suya–.

Supervacuo
El es el futuro heredero, si bien una razón permanece cierta: no puede poseer quien a su padre desposee. Sed misericordioso.

Duque
(Aparte) No veo aquí el ingenio de la madrastra. Probaré en ambos su amor y su odio.

Ambitioso
Sed misericordioso, aunque…

Duque
Habéis vencido. Mi ira, al igual que cera a la que se aplica fuego, se ha consumido. Sé que fue una mala luna lo que influyó en él. Id, que sea puesto en libertad.

Supervacuo
(Aparte) ¡Maldición! ¿Y ahora qué hacemos, hermano?

Ambitioso
Su señoría gusta de hablar dejando a un lado su rabia. Que ello os haga feliz.

Duque
Vamos, pues, ponedlo en libertad.

Supervacuo
Oh, mi buen señor, sé que la falta es demasiado onerosa y se ha ganado el aborrecimiento general; demasiado inhumana, y, en opinión de todos, merecedora de la muerte.

Duque
También eso es cierto. He aquí entonces mi decisión: tomad este sello, habrá juicio. Llevadlo a los jueces, y morirá antes de que pasen muchos días. Apresuraos.

Ambitioso
Lo más deprisa que nos sea posible. Nos habría gustado que su carga no fuera tan penosa. Sabíamos que antes no hacíais más que aplazarlo.

(Vanse Ambitioso y Supervacuo)

Duque
He aquí el rencor envidioso pobremente oculto tras una fina careta, como la púrpura, que bajo un fino lino se adivina con facilidad. Es peligrosa esta ambición que les viene de su madre, y para nuestra seguridad habrá de purgarse. Me adelantaré a sus rencores. Sin duda había en mi hijo alguna furia confundida, y sobre ella desean encumbrarse estos jóvenes ambiciosos. Será liberado enseguida.

(Entran dos nobles)

Primer noble
Buenos días tenga su excelencia.

Duque
Sed bienvenidos, señores.

Segundo noble
Nuestras rodillas tomarán para siempre el empleo de nuestros pies a menos que su excelencia contemple con ojos de padre la sombría suerte de su hijo, y, movido por la compasión, le otorgue lo que da la felicidad a los hombres, aun a los malvados: la libertad.

Duque
(Aparte) ¡Con qué gravedad, y movidos por su amor y honorabilidad, suplican lo que yo estaba a punto de rogarles que hicieran! Lo cual… (A ellos) Levantaos, señores. Vuestras rodillas firman su liberación. Lo perdonamos libremente.

Primer noble
Os debemos mucha gratitud, y él gran lealtad.

(Vanse los nobles)

Duque
Bien está que el juez asienta a crímenes cuando él los comete aún mayores y sigue con vida; puedo perdonar un error de desobediencia, yo que espero ser perdonado por mi adulterio y que en mis días de vejez sigo siendo un joven para el deseo. A muchas bellezas he llevado el veneno por negarse, codiciosas de todo: el ardor en la vejez es como un monstruo digno de verse. Mis cabellos están blancos, pero mis pecados se conservan verdes.

(Vase)

Acto III

Escena primera

(Entran Ambitioso y Supervacuo)

Supervacuo
Hermano, deja que por una vez mi opinión logre persuadirte. Digo que lo mejor es que muera de la manera más rápida y segura. Si el sello del duque llega a manos de los jueces, entonces su juicio se aplazará por mor de las sesiones, días hábiles, jurados y demás. Las fidelidades se compran y se venden. Los juramentos no son en esta época sino la piel que recubre el oro.

Ambitioso
Así es, ciertamente.

Supervacuo
Hagamos, pues, caso omiso de los jueces, y vayamos a los oficiales; se trata simplemente de confundir las palabras del duque nuestro padre y, donde dijo “antes de que pasen muchos días”, olvidarlo, y hacer que muera por la mañana.

Ambitioso
¡Excelente! ¡Entonces seré yo el heredero… y duque al cabo de nada!

Supervacuo
(Aparte) No, pues si tu vejiga llega a inflarse, yo tengo la aguja para pincharla.

Ambitioso
¡Bendita ocasión! Tras deshacernos de él, idearemos alguna treta o ardid para sacar de prisión a nuestro hermano menor, que allí se halla por violación: la dama está muerta, y pronto se enterrarán también los recuerdos de la gente.

Supervacuo
Podremos hacerlo sin riesgo, y vivir y prosperar. Los hijos de la duquesa están demasiado altos para ver su sangre derramada.

Ambitioso
Sí, así hay que reconocerlo. Vamos, no nos entretengamos. Yo iré a ver a los oficiales. Ve tú por delante, y que el verdugo vaya afilando su instrumento.

Supervacuo
Me encargaré de que lo haga.

(Vase)

Ambitioso
¡Bien! Adiós. Yo seré el próximo duque. Me situaré justamente encima del punto de tu muerte: en tu cuello, mi gentil hermano. La caída de una cabeza asciende a otra.

(Vase)

Acto tercero

Escena segunda

(Entra Lussurioso, procedente de la prisión y acompañado por los nobles)

Lussurioso
Señores, mucho debo a vuestro afecto por esto, ah, por esta liberación.

Primer noble
Es simplemente nuestra obligación, mi señor, para con el futuro que crece en vos.

Lussurioso
Si algún día llego a ser duque, os lo agradeceré. ¡Ah, libertad, dama dulce y celestial! Para la prisión, por el contrario, demasiado suave es el nombre de infierno.

(Vanse)

Acto tercero

Escena tercera

(Entran Ambitioso y Supervacuo, con unos oficiales)

Ambitioso
Oficiales, aquí está el sello del duque, que es firme mandamiento para vosotros, y que trae la orden de proceder ahora mismo a la muerte de nuestro hermano, el hijo del duque. Nosotros lamentamos que se nos haya encomendado, en contra de lo que dicta la naturaleza, un empleo tan despiadado, mucho más apropiado para enemigos que para hermanos.

Supervacuo
Pero sabéis que la orden del duque ha de obedecerse.

Primer oficial
Así es, y así se hará, mi señor. Esta mañana, entonces… ¿tan pronto?

Ambitioso
Ay, pobre hermano. Tendrá que desayunar temprano, pues el verdugo está ya preparado para ejercer su cobarde valentía.

Segundo oficial
¿Ya?

Supervacuo
Sí, ya. Oh, señor, la destrucción va deprisa, y aquel que es el menos desvergonzado es el que muere primero.

Primer oficial
Sí, tenéis razón. Mi señor, nos vamos. Cumpliremos nuestro deber, y no nos retrasaremos ni la tercera parte de un minuto.

Ambitioso
Demostráis así que sois hombres excelentes y muy rectos oficiales. Os rogamos que le hagáis morir tan privadamente como sea posible. Hacedle ese favor, pues los espectadores no harían sino molestarlo en sus plegarias y moverlo a la maldición y el juramento, y así a morir en pecado. ¿Seréis tan amables de hacerlo así?

Primer oficial
Así se hará, mi señor.

Ambitioso
Bien, de verdad os lo agradecemos. Si vivo para ser duque, tendréis un puesto mejor.

Segundo oficial
Mi señor…

Supervacuo
Llevadle nuestras lágrimas al cadalso.

Primer oficial
Lloraremos, y le transmitiremos vuestro recuerdo.

(Vanse los oficiales)

Ambitioso
¡Que necios en su oficio!

Supervacuo
Las cosas van saliendo bien.

Ambitioso
Felizmente, sí. Vamos, hermano. Antes de que se cumpla la próxima hora su cabeza estará sobre el tajo del verdugo.

(Vanse)

Acto tercero

Escena cuarta

(En el interior de la prisión, Junior, el hijo menor de la duquesa)

Junior
¡Carcelero!

(Entra el carcelero)

Carcelero
Mi señor…

Junior
¿No hay noticia reciente de mis hermanos? ¿Es que no se acuerdan de mí?

Carcelero
Sí, mi señor, un mensajero acaba de llegar, y trajo esto de su parte.

(Le da una carta)

Junior
¿Nada más que consuelos de papel? Tendría que estar ya en libertad si hubieran sido fieles a su juramento… Dejadme, os lo ruego. (Vase el carcelero)
Veamos ahora qué decís; hablad, os lo ruego.
(Lee la carta) “Hermano, ten buen ánimo…” –Pardiez, empiezan como una prostituta, queriendo animarme– “… no serás prisionero mucho tiempo! –no treinta y cinco años, como si estuviera en bancarrota, ya lo creo– “Hemos pensado en una treta para sacarte” –¿mediante un truco? Al infierno con vuestra treta si es tan larga de jugar– “y así permanece en consuelo y contento, y espéralo en cualquier momento” –¡contento! ¡Que lo cuelguen y descuarticen tirando de sus extremos! ¡Voy a enloquecer! ¿No es extraño que un hombre esté todo un mes confinado por causa de una mujer? Bien, veremos con qué prontitud cumplen mis hermanos su promesa. He de esperar a su treta. No seré prisionero mucho tiempo. (Entra el carcelero)
¿Y qué ahora? ¿Qué noticias hay?

Carcelero
Malas, mi señor. Se me releva de vuestro cuidado.

Junior
¡Ah, villano! ¿Y a eso llamas malas noticias? Gracias, hermanos.

Carcelero
Lo serán, mi señor. Aquí vienen los oficiales en cuyas manos he de entregaros.

Junior
¿Qué? ¿Oficiales? ¿Cómo? ¿Para qué?

(Entran los oficiales)

Primer oficial
Debéis perdonarnos, señor. Nuestra orden ha de ser ejecutada con toda seguridad. Aquí está el mandamiento con el sello del duque. Vais a sufrir muy pronto.

Junior
¿Sufrir? Sufriré vuestra marcha, sufriré el no veros más… ¿qué es lo que queréis que sufra?

Segundo oficial
Mi señor, mejor será que cambiéis esas palabras por oraciones. Os queda muy poco tiempo. Preparaos a morir.

Junior
¡No puede ser, estoy seguro!

Tercer oficial
Demasiado cierto es, mi señor.

Junior
Os digo que no puede ser, pues el duque, mi padre, retrasó mi caso hasta la próxima sesión del tribunal. Y así espero mi liberación cada minuto, sesenta veces cada hora, gracias a una treta urdida por mis hermanos.

Primer oficial
¿Una treta, mi señor? Si esperáis tal consuelo, vuestra esperanza tendrá tan poco fruto como una mujer estéril. Pues fueron vuestros hermanos los infortunados mensajeros que trajeron la imperiosa orden de vuestra muerte.

Junior
¿Mis hermanos? No, no.

Segundo oficial
No mentimos, mi señor.

Junior
¿Mis hermanos trayendo el mandamiento de mi muerte? ¡Qué extraño!

Tercer oficial
No hay aplazamiento.

Junior
Solicitad su presencia aquí, llamadlos. ¿Mis hermanos? Ellos lo negarán en vuestro mismo rostro.

Primer oficial
Estarán ya lejos, mi señor, al menos en la corte, y al irse dejaron esta orden para su muy estricto cumplimiento. Con los ojos inundados por el dolor, se mostraron como verdaderos hermanos, desbordados por la intensa pena. Pero debe darse satisfacción al duque.

Junior
¿Satisfacción?

Primer oficial
Sus últimas palabras que guarda mi memoria fueron: “Llevadle nuestras lágrimas al cadalso”.

Junior
¡Que la peste seque sus lágrimas! ¿Qué hago yo con ellas? Las aborrezco más de lo que pueden aborrecer el agua salada los hijos de ciudadano. Hace un momento me llegó de ellos una carta, y solo un instante hacía que sus plumas dejaran de sangrar, pues la tinta apenas estaba coagulada. ¡Ojalá me hubieran roto en pedazos como yo hice con esa carta! Mirad, hijos de puta tan cumplidores, estas palabras de consuelo: “No serás prisionero mucho tiempo”.

Primer oficial
En eso dicen bien, señor, pues vuestra desgracia es inminente.

Junior
¡Qué ruin y sutil explicación dais a la carta, qué exposición de rufián! Mirad esto: “Hemos pensado en una treta para sacarte”, dice.

Segundo oficial
Eso puede tener sentido también, pues sabéis que una treta consiste generalmente en cuatro cartas, lo que significa los cuatro oficiales que somos.

Junior
Esta partida va de mal en peor.

Primer oficial
La hora nos reclama. El verdugo espera. Elevad los ojos al cielo.

Junior
Muchas gracias por tan bonito y saludable consejo, bah. Yo he de levantar los ojos al cielo, como decís, mientras por detrás él me hace la trampa a costa de mi cabeza. Sí, esa es la treta.

Primer oficial
Os demoráis en exceso, mi señor.

Junior
Esperad, obedientes bastardos del poder. Puesto que he de morir pasando por el perjurio de mis hermanos, dejadme que su alma envenene con maldiciones.

Primer oficial
No es hora de maldiciones, venid.

Junior
¿He de derramar mi sangre, entonces, sin el honor de un gesto? Mi falta fue la dulce diversión, que el mundo aprueba. Y así muero por lo que toda mujer ama.

(Vanse)

Acto tercero

Escena quinta

(Entra Vindice, disfrazado, con Hippolito, su hermano)

Vindice
¡Oh, dulce, delicioso encantamiento! ¡Extraña y feliz ocasión!

Hippolito
¿Por qué? ¿Qué ocurre, hermano?

Vindice
Se puede lograr que un hombre se alce como un resorte y se golpee la frente contra ese techo de plata.

Hippolito
Cuéntame, por favor, ¿Por qué no lo compartes conmigo? En una ocasión prometiste hacerme partícipe de todos tus trágicos pensamientos.

Vindice
Por todos los diablos, creo que tienes razón. Así lo haré, pues. El viejo duque, creyendo que mi forma externa y el fondo de mi corazón están cortados de la misma pieza (pues aquel que cuenta sus secretos pone al descubierto su corazón), ha comprado mis servicios para que lo cite con una dama en algún lugar apropiado, oculto de las miradas de la corte, en algún lugar oscuro y sin rubor que fuera cómplice de los excesos de sus antepasados y de las orgías de los poderosos. A ello, y para mantener mi papel, yo accedí enseguida, y le pedí a su desvergonzada excelencia que viniera a hallarla aquí, a este sombrío pabellón, donde es de noche al mediodía. Y elegí este lugar porque, tormento de su espíritu, el bastardo y la duquesa han fijado también su encuentro en esta lujuriosa glorieta, espectáculo tan doloroso que le matará los ojos antes de que nosotros acabemos con el resto de su persona.

Hippolito
Así será, en efecto. Lo que has urdido es como para causar miedo. No veo cómo pudiste prescindir de mí, hermano.

Vindice
Es cierto, pero la violencia de mi alegría me hizo olvidarlo.

Hippolito
¿Y dónde está ahora esa dama?

Vindice
Ah, esa palabra me vuelve a trastornar. Aún no puedo informarte de todo. Me hallo rodeado de una multitud de felices augurios. Él busca una dama, y yo me he cuidado de encontrar unos labios deliciosos y unos ojos centelleantes. Tú vas a ser testigo de todo. Estate preparado, con el sombrero en la mano.

(Vase)

Hippolito
Me pregunto quién podrá ser esa dama. Aunque no es nada extraño, ahora que lo pienso, que una dama se rebaje ante un duque que se rebaja ante sus hombres. El vicio público en el mundo. Y hay más pecados secretos, privados pero públicos, de los que se conocen por un nombre y un precio. Es deber de mi condición de vasallo permanecer descubierto ante la concubina del duque. Y hela que aquí llega.

(Entra Vindice, con la calavera de su amada vestida y enmascarada)

Vindice
Señora, su excelencia no tardará en venir. ¿En secreto? No dudéis nunca de nosotros, señora. Esto os valdrá tres vestidos de terciopelo. ¿Qué se sabrá? Pocas damas se preocupan por eso. ¿La deshonra? Es pura apariencia. Hacerlo bien es la mejor gracia que podéis tener. Os ahorraré el trabajo de descubrirnos y lo haré yo mismo.

Hippolito
Pero, ¡hermano, hermano!

Vindice
¿Ya te ha seducido? Pardiez, en este juego del escondite esta dama podría seducir a hombres más listos que tú. ¿No crees que le he hallado al viejo seductor una espléndida belleza? La edad y los huesos desnudos actúan siempre aliados. He aquí unos ojos capaces de mover a un gran hombre… a servir a Dios, unos preciosos labios abiertos que ya han olvidado el arte de fingir. Y esta boca, que haría temblar a un blasfemo, y apretar los dientes a un borracho, sin separarlos para dejar que corra por ellos el líquido condenador. He aquí una mejilla que conserva su color, ajena al viento que silba. Cae, lluvia, que no te tememos; haga calor o frío, todo es lo mismo, pues ¿no es acaso absurdo que la fortuna de muchas mujeres descanse en su rostro y que no teman a otro dios que al viento y al agua?

Hippolito
Bien has hablado, hermano. ¿Es esa la forma que, en vida, brillaba con tanta fuerza?

Vindice
La misma es. Creo que incluso tendría que reprenderme a mí mismo por adorar su belleza, aunque su muerte va a ser vengada de manera nada común. ¿Es por ti por quien desarrolla su dorada labor el gusano de seda? ¿Es por ti que luego se consume? ¿Se venden señoríos para mantener a las damas por el pobre beneficio de un minuto de embeleso? ¿Por qué ese salteador torna peligrosos los caminos y pone su vida a merced de los jueces? ¿Solamente para acceder a un placer de amor más refinado? ¿Solo por ellas mantiene hombres y caballos, a los que extenúa en su servicio? Seguramente todos estamos locos, y no solo los que creemos que lo están: nos equivocamos, pues nosotros estamos locos en el sentido, y ellos solo en la apariencia.

Hippolito
También nosotros en la apariencia, para ser justos.

Vindice
¿Para esto se alcanfora la cara la dama altiva y egoísta? Y afligen a su hacedor con pecaminosos baños de leche, cuando muchos recién nacidos mueren de hambre por ese adorno innecesario, ¿todo para esto? ¿Quién te ofrece a ti ahora veinte libras por una noche, quién prepara música, perfumes y dulces? Todo eso está ahora en silencio; ahora puedes ser casta. Estaría bien, pienso, poder verte en las orgías, en las fiestas que borran la memoria y limpiando los sucios burdeles. Atemorizarías sin duda a los pecadores, convirtiéndolos en cobardes, sacarías a los vividores de su grotesco deambular y dejarías a los sibaritas con los platos vacíos. Aquí podrían mirarse y estudiarse bien las mujeres que son presas de la ambición y el desdén. Ved, señoras, cómo con falsas apariencias engañáis a los hombres, pero no podéis engañar a los gusanos. Bueno, pasemos ya a mi trágico asunto. Mira, hermano, no he ideado esto solamente para la función, como atrezo para la escena, no, pues va a desempeñar un papel en su propia venganza. Esta misma calavera, a cuya dueña envenenó el duque, será igualmente vengada con esta droga, maldición mortal de la tierra, pues besará los labios del duque hasta matarlo. Llegará a sentirse como esta muda calavera, y si el veneno fallase lo suplirá el acero.

Hippolito
Aplaudo, hermano, tu perseverante venganza y el ingenio de tu malicia, que va más allá de todo lo imaginable.

Vindice
(Poniendo el veneno en la boca de la calavera). Ya está. Venid, pues, duque, y sed bienvenido. Aquí la tengo para vos. Y en serio te digo, hermano, que compone una figura en mi opinión casi tan lograda como la de una vieja dama con su peluca. (Le pone una máscara a la calavera). Esconde tu rostro por vergüenza, así que necesitas una máscara. Esta es vana cuando la belleza fluye, pero, cuando huye, tu rostro está mejor en el sepulcro que en la calle.

Hippolito
Coincido en ello. ¡Calla, que llega el duque!

Vindice
Silencio, veamos qué compañía trae y cómo la despacha, pues bien sabes que querrá estar totalmente solo. Aléjate un poco, hermano, y llévate a la dama de hueso.

Hippolito
Al punto.

Vindice
Así que… ¡por fin se concentra en un minuto una venganza de nueve años!

(Se apartan cuando entra el duque, con unos caballeros)

Duque
Tenéis permiso para dejarnos, pero con este deber, en el que lleváis la vida: si la duquesa o alguno de los nobles advierte nuestra ausencia, diréis que hemos salido a caballo para un asunto privado.

Vindice
(Aparte) ¡Ah, qué felicidad!

Duque
Con unos pocos y honorables caballeros, podéis añadir. Y dar los nombres de los que están lejos de la corte.

Caballeros
Vuestra voluntad y deseo serán satisfechos, mi señor.

(Vanse los caballeros)

Vindice
(Aparte) Que ha salido a caballo para un asunto privado… ¡Quiere andar con paso seguro! (Al duque) Su excelencia…

Duque
Bien, bien, Piato. ¿La habéis traído? ¿Qué dama es?

Vindice
Sí, mi señor, es una dama del campo, un poco tímida al principio, como son allí la mayoría. Pero, tras el primer beso, mi señor, lo peor habrá pasado. Su excelencia ya sabe lo que tiene que hacer. Tiene ella un aire grave, pero…

Duque
Mejor, traedla.

Vindice
(Aparte) ¡Vayamos hasta el final!

Duque
Con grave aspecto parecen menores las faltas mayores. Dadme a mí el pecado que esté vestido de santidad.

Vindice
Retira la antorcha, hermano, y aviva los perfumes.

Duque
¡Qué dulces aromas puede respirar un duque! La edad no menoscaba el olfato, y puede hallarse el placer en una bruma de perfumes. Señora, mucho me complace conocerla. De la corte vengo y debo ser audaz con vos (Besa la calavera.) ¡Oh! ¿Qué es esto? ¡Ah!

Vindice
¡Canalla de sangre real, diablo blanco!

Duque
¡Ah!

Vindice
Hermano, acerca la antorcha para que los globos de sus ojos, aterrorizados, busquen estas órbitas. Duque, ¿conocéis esta horrible máscara? Miradla bien. Es la calavera de Gloriana, la última víctima de vuestros envenenamientos.

Duque
¡Ah, me ha envenenado!

Vindice
¿Hasta ahora no lo habéis sabido?

Duque
¿Quiénes sois vosotros dos?

Vindice
¡Canallas los tres! Ya han tenido cumplida venganza estos huesos mellados.

Duque
¡Ah, Hippolito! ¡Gritad traición!

Hippolito
Sí, mi buen señor, ¡traición, traición, traición!

(Pisoteándolo)

Duque
He sido entonces traicionado…

Vindice
Ay, pobre sátiro: en manos de unos canallas, un duque envilecido está más sometido que sus propios esclavos.

Duque
El veneno me roe los dientes.

Vindice
¿Pero aún os queda alguno?

Hippolito
Solo unos pocos, creo.

Vindice
Así son comidos los que comían.

Duque
¡Ah, mi lengua!

Vindice
¿Vuestra lengua? Esto os enseñará a dar besos más íntimos, no como los borrachos holandeses. Aún tenéis ojos, así que mirad, monstruo, en qué convertisteis a quien un día iba a ser mi esposa.

(Se quita el disfraz)

Duque
¿Eres tú, canalla? Pero entonces…

Vindice
Soy yo, Vindice, soy yo.

Hippolito
Y que esto os consuele: nuestro padre y señor cayó enfermo, contagiado por la infección de vuestro ceño, y murió lleno de tristeza; que esa sea vuestra esperanza de vida.

Duque
¡Ah!

Vindice
Conservaba la lengua, pero el dolor le hizo morir sin habla. Pero aún es pronto, así que empezaré a infligiros heridas que os traspasarán el alma. Haré de vuestro espíritu una dolorosa llaga y así no hallará descanso, sino que, como el de un hombre afectado por la peste, se revolverá en vuestro pecho… Escuchadme, duque: sois un gran cornudo, un famoso y poderoso cornudo.

Duque
¡Ah!

Vindice
Vuestro bastardo os está sembrando de cuernos la frente.

Duque
¡Una y mil veces muerto!

Vindice
Y, para haceros sufrir más, os diré que es en este mismo pabellón donde se encuentran para consumar su unión maldita. Con vuestros propios ojos veréis el incesto en sus labios.

Duque
¿Habrá un infierno después de esto, canallas?

Vindice
Vos sois el canalla. El cielo es justo, y el desprecio se paga con desprecio. No he conocido nunca a un adúltero que no tuviera cuernos.

Hippolito
Y antes de su muerte siempre hallamos el desquite.

Vindice
Escuchad esa música. Su banquete está dispuesto. Ya vienen.

Duque
¡Ay, no me hagáis morir viendo esa escena!

Vindice
Ni por todo vuestro ducado habríais de perdérosla.

Duque
¡Traidores, asesinos!

Vindice
¿Cómo? ¿Aún no te han comido la lengua? Hagamos pues un silencio. Hermano, apaga la antorcha.

Duque
¡Traición, asesinato!

Vindice
Bueno, tendremos que hacerte callar. Clávale la lengua con tu daga, y la mía se apoderará de su corazón. Si jadea, es que va a morir. No temamos la muerte como desagravio. Pero si lo único que hace es cerrar los ojos para no soportar el infame espectáculo, entonces con las manos libres le rasgaremos los párpados, y así haremos que sus ojos brillen, como si fueran cometas, a través de la sangre. Buena es la tragedia cuando corre la sangre de los malvados.

Hippolito
Calla, hermano, la música toca nuestros oídos. Ya llegan.

(Entra el bastardo Spurio, que se reúne con la duquesa. Se besan. A un lado, criados con luces)

Spurio
Sería dulce este beso si no tuviera gusto a pecado.

Duquesa
No hay dulces placeres sin pecado.

Spurio
Cierto, esa amarga dulzura nos ha deparado el destino, y la que es nuestra mejor suerte es para el cielo la peor.

Duquesa
Vamos, es solo por el viejo duque, tu dudoso padre. Pensar en él te trae el recuerdo del cielo y lo interpone en tu camino. Pero te prometo, por ese fuego de antorchas, que lo envenenaré si no lo olvidas.

Spurio
Te refieres, mi señora, a un pensamiento que nunca tuvo vida. Tanto lo aborrezco por causa de mi nacimiento que si él me hallara en abrazo contigo en este su lecho, el crimen sumaría al adulterio, y con mi espada entregaría sus años a la muerte.

Duquesa
Bien, ya te veo más afable: entremos y disfrutemos. Que suene muy alta la música; el placer es el invitado de este banquete.

(Vanse la duquesa, Spurio y los criados)

Duque
Ya no puedo soportar más lo que estoy viendo…

(Muere)

Vindice
Una visión que se ha teñido de sangre.

Hippolito
Gracias a la potente música.

Vindice
Fue nuestra amiga, en efecto. No carece de solemnidad el que un duque se desangre entre sonidos de la música. El ducado necesita una cabeza, aunque aún no sabemos cuál: vayamos cortándolas tan pronto como asomen.

(Vanse)

Acto tercero

Escena quinta

(Entran Ambitioso y Supervacuo, hijos de la duquesa)

Ambitioso
¿No tramamos perfectamente su ejecución? Ahora somos nosotros los hijos del duque.

Supervacuo
Bien puedes agradecer mi argucia para conseguirlo.

Ambitioso
¿Tu argucia?

Supervacuo
Claro, ¿no fue mía la idea, hermano, de cómo eludir a los jueces? Y ¿no tracé, al menos en sus líneas generales, el plan de su muerte, aconsejándote oficiales expeditivos e incluso una ejecución inmediata?

Ambitioso
Sin duda, pero yo también lo había pensado de ese modo.

Supervacuo
¿Qué tú también pensaste en ello? Por Dios, no calumnies tus pensamientos con mentiras de gloria; sé que no se te había ocurrido.

Ambitioso
Te digo que todo estaba en mi cabeza.

Supervacuo
Claro, en tu sesera: nunca saldrá nada de ella mientras vivas.

Ambitioso
Por todos los diablos, quieres el honor de que fue tu ingenio lo que lo llevó al cadalso.

Supervacuo
Así lo haré saber como es mi obligación, aunque sea a tu pesar.

Ambitioso
Eres demasiado osado. ¿Por qué no me tienes más en cuenta, hermano, si al final voy a ser el próximo y honorable duque?

Supervacuo
(Aparte) Sí, es tan fácil que tú seas duque como que seas honrado, O sea, que no lo lograrás nunca.

Ambitioso
Basta, Ahora ya debe de estar frío. Y como ambos somos ambiciosos, hallemos en ello nuestra concordia y repartamos la gloria por igual.

Supervacuo
Me parece bien.

Ambitioso
Esta noche saldrá de prisión nuestro hermano menor. Tengo un plan.

Supervacuo
¿Un plan? ¿Cuál es? Te lo ruego…

Ambitioso
Lo sacaremos adelante mediante una treta.

Supervacuo
¿Qué treta? Dímelo, por favor.

Ambitioso
No, no la conocerás hasta que esté cumplida. De lo contrario jurarías que la idea es tuya.

(Entra un oficial)

Supervacuo
Y este, ¿quién es?

Ambitioso
Uno de los oficiales.

Supervacuo
Con las deseadas noticias.

Ambitioso
¿Qué hay, amigo?

Oficial
Solicito vuestro perdón, señores, pues se me ha asignado la ingrata misión de presentaros la cabeza aún sangrante…

Supervacuo
(Aparte) ¡Ah, excelente!

Ambitioso
(Aparte) Ya todo es nuestro. Hermano, ¿te crees capaz de verter algunas lágrimas? Sería un buen adorno para lo que en realidad pretendíamos. Piensa en algunas damas, y aprende de ellas a disimular.

Supervacuo
(Aparte) Ya lo he pensado. Ahora te toca a ti.

Ambitioso
Nuestra pena fluye de tal modo que los ojos inundan la lengua. Las palabras que decimos entre lágrimas son como el murmullo de las aguas: se oye fuerte su sonido, pero no se entiende.

Supervacuo
Decidme, ¿cómo murió?

Oficial
Oh, lleno de rabia y amargura.

Supervacuo
Murió con gran valor, entonces; nos alegra oírlo.

Oficial
Pero no pudimos conseguir que rezara una sola oración.

Ambitioso
En eso se comportó como un caballero, seamos justos con él.

Oficial
Sino que, en lugar de oraciones, profirió juramentos.

Supervacuo
Entonces sí que rezó, querido amigo, aunque no lo entendierais.

Oficial
Mis señores, en su última hora, y perdonadme por decirlo, os maldijo a los dos.

Supervacuo
¿Nos maldijo? ¡Sí, bien hecho!

Ambitioso
No fue decisión nuestra, sino del gusto del duque. (Aparte) Los dos hemos disimulado bien. ¡Ah, dulce destino! ¡Feliz ocasión!

(Entra Lussurioso)

Lussurioso
Os saludo, señores…

Ambitioso y Supervacuo
¡Oh!

Lussurioso
¿Por qué me evitáis, hermanos? Podéis acercaros, que ya me ha abandonado el olor de la prisión. Soy libre ahora, gracias a caballeros tan gentiles como vosotros.

Ambitioso
¡Vivo!

Supervacuo
¡Sano!

Ambitioso
¡Libre! La alegría de verte nos dejó boquiabiertos.

Lussurioso
Tengo mucho que agradeceros.

Supervacuo
Sí, no escatimamos palabras ante nuestro señor el duque.

Ambitioso
Sé que tu liberación, hermano, no habría sido ni la mitad de rápida de no ser por nosotros.

Supervacuo
Sí, ¡como imploramos!

Lussurioso
¡Mis muy meritorios hermanos! No lo olvidaré cuando llegue el momento.

(Vase)

Ambitioso
¡Oh, muerte y venganza!

Supervacuo
¡Infierno y tormento!

Ambitioso
Bribón, ¿viniste para engañarnos?

Oficial
¿Para engañaros, señores?

Supervacuo
Sí, bribón, ¿dónde está la cabeza?

Oficial
Pues aquí, mi señor; nada más producirse su liberación, ambos vinisteis a mí con el mandamiento del duque de decapitar a vuestro hermano.

Ambitioso
Sí, a nuestro hermano, al hijo del duque.

Oficial
El hijo del duque, mi señor, ya había sido liberado antes de que llegarais.

Ambitioso
¿De quién es entonces esa cabeza?

Oficial
Del hombre al que la orden se refería, de vuestro propio hermano.

Ambitioso
¿De nuestro hermano? ¡Oh, furias!

Supervacuo
¡Pestes!

Ambitioso
¡Confusión!

Supervacuo
¡Tinieblas!

Ambitioso
¡Demonios!

Supervacuo
¿Cómo pudo suceder algo tan maldito?

Ambitioso
¿Tan condenado?

Supervacuo
¡Bellaco, voy a romperte la cabeza con ella!

Oficial
¡Ay, mi señor!

(Vase)

Supervacuo
¡El diablo se apodere de ti!

Ambitioso
¡Ay, suceso fatal!

Supervacuo
¡Ah, siniestro portento para nuestro linaje!

Ambitioso
¡Y bien que disimulamos!

Supervacuo
¿Y por ti vertimos falsamente lágrimas de mujer?

Ambitioso
¿Y por ti reímos y nos regocijamos?

Supervacuo
¿Fue entonces de tu muerte de la que trajimos mandamiento?

Ambitioso
¿Y nos burlamos de tu cabeza?

Supervacuo
Tenías un plan, tenías una treta, ¡maldita sea!

Ambitioso
Que la peste se las lleve. Ninguna de esas cosas llegan nunca a buen final. Ahora veo que no hay nada seguro en la existencia mortal más que la propia muerte. Bueno, no más palabras, esto tendrá su venganza, como ha de ser. Vamos, hermano, despejemos las nubes y pensemos en la venganza, en un odio de raíces aún más profundas. Ocupa tu sitio, pues vamos a echarlo todo abajo, y al final caerás tú también.

(Vanse)

Acto IV

Escena primera

(Entra Lussurioso, con Hippolito)

Lussurioso
Hippolito…

Hippolito
Mi señor, ¿tiene algo que ordenarme?

Lussurioso
Dejadnos, os lo ruego.

Hippolito
¿Cómo así? ¿Venid, y dejadnos?

Lussurioso
Hippolito…

Hippolito
Señoría, estoy listo para lo que queráis encomendarme.

Lussurioso
¿Qué hacéis aquí, amigo mío?

Hippolito
(Aparte) ¡Bonito capricho de señor! Me manda presentarme, y ahora que me marche. Algo le ha picado en su honor.

Lussurioso
Venid, acercaos. No sois tan bueno, me parece. Estoy disgustado con vos.

Hippolito
¿Conmigo, señor? Eso me disgusta a mí conmigo mismo.

Lussurioso
Me recomendasteis a un buen hombre. Y fue una sabia elección, es cierto. Creí que era un rufián, y ha resultado un canalla para mí.

Hippolito
Lo elegí como el mejor, mi señor. Y gran pesar me produciría que alguna negligencia suya hubiera hecho nacer el descontento en vos.

Lussurioso
¿Una negligencia? Fue más bien su intención. Juzgadlo: vino muy decidido a relatarme un hecho increíble, de los que no deben pensarse, y aún menos hablarse, entre mi madrastra y el bastardo: ah, un asunto de placeres incestuosos entre ellos.

Hippolito
¡Qué vergüenza, mi señor!

Lussurioso
Y yo, por gentil lealtad a la frente de mi padre, hice de ello un arma desesperada, y preso de esa cólera cometí traición sobre su lecho lícito, llegando a rasguñar con la espada el pecho de mi padre. A punto estuve por esa razón de ser alcanzado por la zarpa de la muerte.

Hippolito
Bien que lo lamento. (Aparte) Maldición, justamente ahora se presenta mi hermano, instrumento a contrapié en esta orquesta. No puede salir de aquí buena música.

(Entra Vindice)

Vindice
Mi honorable señor…

Lussurioso
Fuera, dejadnos, os lo ruego. No os conozco de ahora en adelante.

Vindice
¿Qué no me conocéis? Su señoría no tiene elección.

Lussurioso
Fuera, digo. Sois un canalla lleno de falsedad.

Vindice
Esos son los más fáciles de conocer, mi señor.

Lussurioso
Os mostraré mi aspecto más cruel y con una sola palabra. Os haré prisionero para siempre, sujeto con grilletes.

Vindice
(Aparte) Uh, una sentencia que haría enmudecer hasta a una mujer… Habiendo fallado con el bastardo, y luego con él, el viento ha cambiado para mí. Ahora le toca a mi hermano quedarse, y a mí irme.

(Vase)

Lussurioso
Me ha enojado mucho.

Hippolito
Es muy culpable, ciertamente.

Lussurioso
Pero me repondré, y ello será su ruina. Se me ha dicho hace poco, no sé si con falsedad, que teníais un hermano.

Hippolito
¿Quién, yo? Sí, mi señor, tengo un hermano.

Lussurioso
¡Es curioso que no lo haya visto nunca en la corte! ¿Cuál es su natural? ¿En qué emplea sus horas?

Hippolito
Pues en maldecir el destino, el cual es a su parecer el responsable de su pobreza. Se recluye en su casa, lleno de necesidad y descontento.

Lussurioso
(Aparte) Hay esperanza entonces, pues el descontento y la necesidad son el mejor barro para modelar bribones. Hippolito, quiero que vuestro hermano venga a vernos. Si hay en él algo que plazca a nuestro temperamento, por vos le haremos ascender y convertiremos en buena su muy humilde fortuna, pues está en nuestro ánimo levantar torres donde solo había chozas.

Hippolito
Así será, señor. Visitará a su señoría, aunque es un hombre en el que habita mucha melancolía.

Lussurioso
Bueno, mejor. Traedlo a la corte.

Hippolito
Lo haré con gusto y celeridad. (Aparte) Ahora va a triunfar el mismo que acaba de ser despedido. Debes quitarte el disfraz, hermano. Ahora te presentaré con tu verdadera apariencia. Es extraño de qué modo él mismo se lleva a su propia ruina.

(Vase)

Lussurioso
Ese hombre me va a venir como anillo al dedo. Matará a ese otro canalla que abusó de mi cólera y la hizo crecer hasta cometer traición. Puse en él mucho de mi corazón, así que debe morir. Los que conocen los secretos de los grandes y se conducen de forma indigna de esa confianza, no llegan nunca a ver cómo se les blanquea la barba. Sí, uno matará a otro, y emplearé al hermano. Los canallas se parecen en eso a los clavos, y así uno sacará a otro. Si es de natural pesaroso, propicio a la necesidad y al descontento, la esperanza de ascender lo irá mellando hasta sacarle punta.

(Entran dos nobles)

Primer noble
Buenos días tenga su señoría.

Lussurioso
Lo mismo os deseo, gentiles caballeros.

Segundo noble
¿Habéis visto a nuestro señor el duque?

Lussurioso
¿A mi señor y padre? ¿Es que está fuera de la corte?

Primer noble
Sin duda debe de ser así, pero dónde haya ido, qué camino eligió su capricho es algo que ignoramos y que nadie sabe decirnos.

Lussurioso
Estos que llegan lo sabrán. (Entran más nobles)
¿Habéis visto a mi padre y señor?

Tercer noble
No desde dos horas antes del mediodía, mi señor. En ese momento se fue a caballo con un asunto privado.

Lussurioso
Ah, se ha ido a cabalgar.

Primer noble
Y con mucho secreto.

Segundo noble
No hay nadie en la corte que sepa nada más.

Lussurioso
Su excelencia el duque es viejo e irreflexivo. No es traición decir que mi padre ha tenido un capricho, o un antojo. Lo que en nosotros parecería ligereza, en él parece virtud.

Tercer noble
Son palabras de oráculo, mi señor.

(Vanse)

Acto cuarto

Escena segunda

(Entran Vindice, ya sin disfraz, e Hippolito)

Hippolito
Bien, bien, ya todo está como debe, y tú eres tú mismo.

Vindice
¡Cómo me hace cambiar de rumbo este grandísimo villano!

Hippolito
Ahora que eres tú mismo, el mismo que hace muy poco te despidió disfrazado te demostrará gran respeto.

Vindice
Será el más ingenioso de los engaños. Pero, hermano, espera, ¿para qué crees que requiere mis servicios?

Hippolito
No lo sé, y has de perdonármelo. Tiene alguna misión para ti, pero en qué consista solo lo saben él y su confidente el diablo.

Vindice
Bien, tendré que adecuar mi lengua a sus planes, sean del color que sean, con la esperanza de finalmente concentrar en su pecho todos mis deseos.

Hippolito
Él mismo indica el camino, ciertamente.

Vindice
Ahora que el duque ha muerto, el reino está vestido de arcilla. Y como su muerte no es sabida, la gente sigue siendo gobernada en su nombre. Y tú, su hijo, no vivirás largamente, no disfrutarás de su desaparición. Matarte sería hacerte un gran honor, pues todos creerían con firmeza que eras un hijo amoroso y que el dolor había sido la única causa de tu muerte.

Hippolito
Razonas bien, pero hablemos ahora del presente. Tendrás que presentarte de forma diferente, y también en tu atavío, para que todo eso sea posible. Si das un solo traspié, caeremos para siempre. No es buena política la de ser sospechoso. Tendrás que cambiar tu lengua, pues la primera que empleaste es ya conocida.

Vindice
Adoptaré una vena melancólica, templaré las cuerdas de tonos graves, como un instrumento que tocara tristemente un aire alegre.

Hippolito
Así es entonces como yo pensaba. Ya te anuncié a él como lleno de descontento.

Vindice
Me transformaré, y después…

Hippolito
Calla, que aquí viene. ¿Has pensado bien en ello?

Vindice
Salúdalo, y no temas por mí.

(Entra Lussurioso)

Lussurioso
Hippolito…

Hippolito
Señoría…

Lussurioso
¿Quién es aquel de allí?

Hippolito
Es Vindice, mi descontento hermano, al cual he traído a la corte conforme a vuestro deseo.

Lussurioso
¿Es ese vuestro hermano? Que el diablo me lleve si no tiene una buena presencia. Me sorprende que haya estado tanto tiempo fuera de la corte. Acercaos.

Hippolito
Hermano, el señor Lussurioso, el hijo del duque.

(Vindice se quita el sombrero y le hace una reverencia. Hippolito se mantiene un poco distante)

Lussurioso
Acercaos más… Sed bienvenido. Aún más próximo…

Vindice
Con Dios. ¿Qué tal estáis?

Lussurioso
Bien, gracias. ¡Qué extraño resulta ese tosco y llano saludo en palacio, donde nos saludamos nerviosos, con lengua ágil e impaciente! Si nombráramos a Dios en los saludos, no se entendería. Por los cielos, decidme, ¿qué es lo que os ha hecho tan melancólico?

Vindice
Bueno, pues recurrir a la ley.

Lussurioso
¿Y eso puede volver melancólico a un hombre?

Vindice
Sí, tanto tiempo viendo la tinta y el paño negro de los abogados… Me metí en juicios en el anno quadragesimo secundo, y no salí de ellos hasta el anno sexagesimo tertio.

Lussurioso
¿Cómo? ¿Veintitrés años metido en juicios?

Vindice
Los he conocido que han estado cincuenta y cinco, y todo por unos pollos y unos cerdos.

Lussurioso
¿Es posible que haya sobre la tierra hombres que compliquen tanto los procesos judiciales?

Vindice
Es para algunos su sustento, mi señor. Todavía hay viejos tan envenenados por la afectación de la jerga legal que lo habitual en ellos es hablar en latinajos. Así, no saben rezar sino en términos legales, y piden que se les perdonen los pecados mediante un recurso y que sus almas suban al cielo mediante una sentencia sin apelación.

Lussurioso
Muy extraño me parece todo eso. No obstante, todo el mundo coincide en la misma inclinación: allí donde está el corazón, allí da la lengua su consentimiento. ¿Cómo empleáis vuestro tiempo de estudio, amigo?

Vindice
¿De estudio? Pues pensando en cómo agoniza en su lecho el rico y poderoso, mientras el pobre zapatero remendón dobla las campanas por él; en cómo no puede dejar el mundo y en cómo ve ante él, acostado y ya sin habla, su gran cofre, y en cómo al punto os enseña todas sus cajas; en cómo cuando –según todos los comentarios– ya ha perdido la memoria, sigue pensando en confiscaciones y obligaciones, sí, cuando –y todo el mundo lo oye– emite los sordos ruidos de los últimos estertores, está atareado amenazando a sus pobres arrendatarios. Este último pensamiento me da para pensar unos siete años más o menos. Pero tengo sobre todo esto la ingeniosa idea de pintar un cuadro, que yo mismo dibujaré y regalaré a su señoría. Necesariamente habrá de pareceros bien, pues su señoría no me dará nada por él.

Lussurioso
Os equivocáis conmigo, entonces, pues es bien sabido que soy sumamente generoso. Probemos vuestra ingeniosa idea.

Vindice
¿En pintura, señor?

Lussurioso
Sí, en pintura.

Vindice
De acuerdo, sería así: un padre usurero va a quemarse en el fuego del infierno, y su hijo y heredero está bailando sobre él con una puta.

Hippolito
(Aparte) Ya lo ha desollado en vivo.

Lussurioso
La idea es en verdad bonita, pero –os lo digo con toda sinceridad– no creo que gustara.

Vindice
¿No? Estoy seguro de que la puta gustaría mucho.

Hippolito
(Aparte) Y a él mismo también, seguro, si estuviera fuera del cuadro.

Vindice
Y en cuanto al hijo y heredero, no será algo que ofenda a la vista de los jóvenes vividores, pues lo presentaré vestido con calzones de paño de oro.

Lussurioso
Os habéis metido en el bolsillo mi idea y ya no podéis sacarla. Este era mi pensamiento: ver el retrato de un pobre usurero quemándose en el fuego del infierno es algo que no les gustaría nada a nuestros ricos.

Vindice
Es cierto, y os ruego sinceramente que me perdonéis. Sé el motivo, y es que algunos de ellos preferirían ser condenados de verdad a serlo en los colores de un cuadro.

Lussurioso
(Aparte) ¡Tiene astucia el melancólico! Le sobra ingenio para asesinar a cualquiera, y yo voy a proporcionarle los medios. (A él) Creo que tenéis problemas de dinero…

Vindice
¿De dinero? ¡Ja, ja! Ha sido tan larga mi penuria que ahora ya me lo tomo a broma. Hasta el color de la plata he olvidado.

Lussurioso
(Aparte) Le duele tanto como yo imaginaba.

Vindice
De los que temen mi humor obtengo buenos vestidos, y en cuanto a la mesa, me alimento a costa de los que no pueden desembarazarse de mí.

Lussurioso
Tomad esto, que con todo os pondrá en pie.

(Le da dinero)

Vindice
¡Ay, mis ojos!

Lussurioso
¿Qué os pasa, amigo?

Vindice
Que casi me quedo ciego. Ese brillo potente y para mí desacostumbrado me resulta excesivo. No me atrevo a mirar hasta que el sol esté oculto tras una nube.

Lussurioso
Me parece que me va a gustar su melancolía. ¿Cómo están ahora vuestros ojos?

Vindice
Mejor gracias a vuestro interés.

Lussurioso
Aún estaréis mejor si seguís fielmente a mi plan. (Hace señas a Hippolito para que se acerque)
Ahora que ambos estáis presentes, les mostraré a vuestras espadas vengadoras a un villano tan secreto y privado que nunca se oyó de nadie igual, y que os ha traído grandes desgracias y a nosotros ha agraviado.

Hippolito
¿Grandes desgracias a nosotros?

Lussurioso
Sí, Hippolito. Yo lo guardaba aquí para que ahora rápidamente se unieran vuestras iras.

Vindice
Estoy ávido de conocer a ese villano.

Lussurioso
Lo conocéis, es ese canalla alcahuete llamado Piato, al que hace poco amenazamos con las rejas de una prisión perpetua.

Vindice
(Aparte) Todo eso va por mí.

Hippolito
¿Él es, mi señor?

Lussurioso
A vos os lo diré, que fuisteis quien me lo recomendó.

Vindice
¿Fuiste tu, hermano?

Hippolito
Yo fui, en efecto.

Lussurioso
Y el desagradecido canalla, para pagar esa amabilidad, intentó persuadirme, siendo como veis un hombre dado al placer, para que corrompiera con oro a vuestra hermana doncella.

Hippolito
¡Ah, canalla!

Vindice
Sin duda ha de morir quien eso hizo.

Lussurioso
Yo, lejos de pensar en hacer daño a virgen alguna, especialmente en este caso, pues sabía de ella que era tan casta como esa parte de la cara que apenas puede tocarse –el ojo–, no pude soportarlo.

Vindice
¿No pudisteis, mi señor? ¡Muy honorable fue vuestro comportamiento!

Lussurioso
Y así lo mantuve a distancia con algunos gestos adecuados.

Vindice
¡Fuera con él, canalla!

Lussurioso
¿Qué me hizo, por el contrario, a modo de venganza? Fue por cuenta propia a minar el honor de vuestra hermana, a la que yo honro con toda mi alma por su estima de la castidad; y no teniendo éxito en el asunto (pues no debía de ser sino una locura desesperada el intentarlo), por puro capricho, en el camino abordó a vuestra madre, cuya honra, cobarde al parecer, rindióse con poco esfuerzo.

Vindice
¡Qué cobardía!

Lussurioso
Y él, orgulloso de lo que pensaba que era una ventaja, me trajo esas noticias como buenas nuevas. Pero yo, cielos, y perdonadme por ello…

Vindice
¿Qué hizo su señoría?

Lussurioso
Lleno de furia lo aparté de mí, le pisé la garganta y, dándole patadas, lo cubrí de magulladuras. A decir verdad que fui cruel en exceso.

Hippolito
Fue un noble comportamiento.

Vindice
(Aparte) ¿No tiene oídos el cielo? ¿Se han agotado sus rayos?

Lussurioso
Si yo fui tan impaciente en una causa para mí pequeña, ¿cómo habíais de ser vosotros?

Vindice
Estamos totalmente fuera de nuestro ser; no vivirá para ver el cambio de luna.

Lussurioso
Anda por palacio; Hippolito, encaminad allí a vuestro hermano para que pueda tomar buena nota de él.

Hippolito
No será necesario, mi señor. Yo puedo llevar a mi hermano hasta él.

Lussurioso
Con todo, solo por mi odio, llevadlo a palacio, pues yo mismo quiero ver su sangre.

Hippolito
(Aparte) ¿Y ahora qué hacemos, hermano?

Vindice
(Aparte) Lo que desees, pero no tienes más remedio que obedecer su orden.

Hippolito
(Aparte) Juraría que es tarea imposible traer aquí a alguien que ya lo está.

(Vase)

Lussurioso
Decidme vuestro nombre, que lo he olvidado.

Vindice
Vindice, mi señor.

Lussurioso
Buen nombre.

Vindice
Sí, vengador.

Lussurioso
Denota valor. Debéis ser valiente y acabar con vuestros enemigos.

Vindice
Eso espero, mi señor.

Lussurioso
Y este canalla es uno de ellos.

Vindice
Lo sentenciaré.

Lussurioso
Y yo os elogiaré por ello. Cuanto más me complazcáis, más ascenso os procuraré.

(Entra Hippolito)

Vindice
Os lo agradezco de verdad.

Lussurioso
Y bien, Hippolito, ¿dónde está ese canalla y alcahuete?

Hippolito
Su señoría obtendría una despreciable impresión de él, algo muy desagradable. No está ahora en condiciones de ser visto, mi señor. Lo habita el peor de los pecados mortales, esa mezquina maldición que es la ebriedad.

Lussurioso
Doblemente canalla es entonces.

Vindice
(Aparte) Bien traído, con ese ingenio improvisado.

Lussurioso
Entonces, ¿estáis ambos firmemente decididos? Quiero verlo muerto con mis propios ojos.

Vindice
Por nuestras vidas.

Lussurioso
Encaminad a vuestro hermano para que tome buena nota de él.

Vindice
Así lo haré.

Lussurioso
Si subís en esto, no caeréis nunca.

Vindice
Somos vasallos de su señoría.

Lussurioso
(Aparte) Lo he llevado con habilidad. Con nuestra astuta política hemos hecho de ellos unos necios. Pues han de morir los villanos cuando tanto saben.

(Vase)

Vindice
¡Oh, poderosa paciencia! Me sorprende que un tipo como este, todo desvergüenza y maldad, no cayera fulminado por un rayo o reventado con violencia por una tempestad secreta. ¿Es que ya no existe el trueno divino o es que se guarda para una venganza más fulminante? Ah, aquí está…

(Suena un trueno)

Hippolito
Vamos a perdernos, hermano.

Vindice
No, que ya he hallado el camino. Y lo conservaremos, no lo dudes. ¡Gracias hay que dar al espíritu que lo ha mezclado con mis planes!

Hippolito
¿De qué se trata?

Vindice
Es un plan seguro y bueno, y tú participarás en él. Se me ha contratado para matarme a mí mismo.

Hippolito
Cierto.

Vindice
Presta atención: el viejo duque está muerto, pero aún no está enterrado. Ya se ha advertido su ausencia, y, ya sabes, el asesinato logra escapar hasta de la cáscara más cerrada.

Hippolito
Muy cierto.

Vindice
¿Qué opinas entonces de la idea de vestir el cuerpo del duque…

Hippolito
¿Con el atuendo que tú llevabas?

Vindice
Eres rápido; ya lo has cogido.

Hippolito
Me gusta de modo extraordinario.

Vindice
¿Y si, puesto que está bebido –como tú le has hecho saber–, lo recostáramos apoyado en el codo, como si lo hubiera atrapado el sueño, que tanto se interesa por los perezosos?

Hippolito
Aún mejor, pero tengo una duda: nosotros, que según el hijo del duque vamos a matar a ese alcahuete, pasaremos por asesinos del duque cuando este sea reconocido.

Vindice
Ninguna de las dos cosas, gracias a Dios. Todo está muy pensado. Pues, estando él vestido de ese disfraz que yo llevaba, se creerá que yo, al que él llama alcahuete, maté al duque y huí con su atuendo, dejándolo a él así vestido para evitar una persecución inmediata…

Hippolito
Cada vez lo hallo más seguro.

Vindice
No dudes. Está dibujado con trazo indeleble. Te garantizo que no se le va a ir el color.

Hippolito
A ello, pues.

Vindice
Por cierto, hermano, y ahora que pienso en ello, tenemos que expulsar de nuestra madre el inmundo demonio que la habita.

(Vanse)

Acto cuarto

Escena tercera

(Entra la duquesa, del brazo del bastardo, Spurio, que la mira con expresión lasciva. Detrás de ellos, Supervacuo, con un espada corta en la mano; su hermano Ambitioso lo detiene)

Spurio
Soltadme, señora. Vuestro brazo daría que sospechar.

Duquesa
¿Quién es el que se atreve a sospechar de este, o de estos? ¿Es que no podemos dispensar nuestros favores donde nos place?

Spurio
Confío en que sí podáis hacerlo.

(Vanse la duquesa y Spurio)

Ambitioso
Por Dios, hermano, espera.

Supervacuo
¿Vas a dejar que el bastardo nos llene de vergüenza?

Ambitioso
Espera, hermano, espera. Habrá un momento mejor que este.

Supervacuo
¿Mejor que ahora, cuando acabo de verlo?

Ambitioso
Demasiado se ha visto ya.

Supervacuo
Visto y sabido. Cuanto más noble es ella más se envilece.

Ambitioso
Y si ella sentía una inclinación hacia la lascivia –el pecado de las mujeres poderosas que duermen en blando lecho–, oh, muerte, ¿por qué tuvo que elegir, para empeorarlo todo aún más, a un pecador de tan baja cuna?

Supervacuo
¡Un bastardo! ¡El bastardo del duque! ¡Vergüenza sobre vergüenza!

Ambitioso
¡Qué desgracia! La mayoría de las mujeres tienen, en todo el mundo, el talle estrecho, pero sus deseos tienen un millar de millas de anchura.

Supervacuo
Vamos, no debemos quedarnos aquí. Vayamos tras ellos y evitémoslo. De lo contrario pecarán más deprisa de lo que nosotros podamos lamentarlo.

(Vanse)

Acto cuarto

Escena cuarta

(Entran Vindice e Hippolito, llevando a su madre por los hombros y con una daga cada uno)

Vindice
¡No hay nombre que sea demasiado malo para ti!

Gratiana
¿Qué vais a hacer, hijos míos? ¿Vais a matarme?

Vindice
¡Madre malvada y contraria a la naturaleza!

Hippolito
¡Demonio de mujer!

Gratiana
Ah, en monstruos se han convertido mis hijos. ¡Ayuda!

Vindice
En vano.

Gratiana
¿Tan salvajes sois como para poner pezones de hierro a los pechos que os amamantaron?

Vindice
Ese pecho se ha convertido en cuajada de veneno.

Gratiana
¡No acortéis así vuestros días! ¿No soy acaso vuestra madre?

Vindice
Ese título lo habéis usurpado mediante un fraude, pues bajo una apariencia de tal ha crecido una alcahueta.

Gratiana
¿Una alcahueta? ¡Oh, nombre con mucho más aborrecible que el del infierno!

Hippolito
Así habría de ser si conocieras bien tu deber.

Gratiana
Es cierto que odio ese nombre.

Vindice
Ah, ¿es posible? ¿Vos los decís? ¡Oh, poderes de lo alto, que las mujeres finjan hasta en el momento de morir!

Gratiana
¿Fingir?

Vindice
¿Acaso el hijo del duque no os envió a un hombre de mundana condición que corrompió todo lo que de bueno había en vos? ¿Y que os hizo olvidaros salvajemente de vos misma y lograr que nuestra hermana cediera a la lujuria?

Gratiana
¿Quién yo? Eso habría sido monstruoso. Desafío a ese hombre que tal cosa dice. Ni viviendo con toda pureza se puede evitar la calumnia. Hijo mío, no lo creas.

Vindice
Oh, ya dudo si soy yo mismo o no. Esperad, dejadme que mire esta cara de nuevo. ¿Quién se salvará si las madres no son virtuosas?

Hippolito
Hay algo que casi os hará desesperar.

Vindice
Yo era ese hombre. ¡Desafiadme ahora! Veamos, hacedlo con vuestra modestia.

Gratiana
¡Oh, mi alma es un infierno!

Vindice
Con ese disfraz, y enviado por el hijo del duque, yo os sometí a prueba y os hallé metal de inmunda ley. Lo mismo podría haber hecho cualquier villano.

Gratiana
Oh, no, solo tu lengua podría haberme hechizado de esa manera.

Vindice
Sois ágil para la condenación y rápida para la respuesta oportuna. Ningún demonio podría encender un fuego con tanta presteza. Con una palabra me quitasteis las esperanzas.

Gratiana
¡Oh, hijos, perdonadme! Seré más digna de mí misma. Ante vosotros que deberíais honrarme me arrodillo.

(Se arrodilla y llora)

Vindice
¡Que sea su madre quien encamine a una mujer al pecado!

Hippolito
Es cierto, hermano, que es una gran transgresión de lo natural, aunque son muchas madres que lo hacen.

Vindice
Vamos, madre, ya habéis llorado bastante. Id ahora a acostaros. La humedad provoca rubor en el hierro, que se torna de color rojo. Hermano, está lloviendo, y la lluvia va a estropearte la daga. Guárdala.

Hippolito
Ya está hecho.

Vindice
Es en verdad un chaparrón delicioso, y hará mucho bien. Los fructíferos campos y prados de su alma están desde hace mucho tiempo secos. ¡Desciende, rocío bendito! Levantaos, madre. Este agua os ha hecho crecer.

Gratiana
¡Oh, cielos! ¡Sacad de mi alma esta mancha contagiosa! La lavaré con siete aguas de mis ojos. Haced que mis lágrimas sean saladas con el sabor de la gracia. Llorar es algo que a las mujeres se nos ha dado por naturaleza, pero hacerlo con sinceridad es un don del cielo.

Vindice
Sí, voy a daros un beso. Bésala tú también, hermano. Atémosla a nuestras almas, en las que no hay lujuria, amémosla con respeto.

Hippolito
Que así sea.

Vindice
Pues las mujeres honestas son tan raras de encontrar y tan escasas que es bueno mimar a las pocas que tenemos. Mujer que estáis hecha de una cera maleable, ¡imaginad, ahora que la enfermedad os ha abandonado, qué signo de lepra habría impuesto esa tarea en vuestra frente! Todas las madres que tuvieran algún virtuoso pudor se habrían puesto máscaras para esconder su rostro ante el vuestro. Y también se habría llegado a que, al oír vuestro inmundo nombre, las doncellas aún verdes en su inmadurez enrojecieran de vergüenza.

Hippolito
Y además nuestra hermana, vendida y llena de bajeza…

Vindice
¡Otra vergüenza más! ¡La concubina del hijo del duque! Una prostituta de lujo, una puta con vestido de plata, a la que hay que sostenerle bien alta la cola mientras su alma se arrastra por la suciedad. Gran…

Hippolito
Lamentablemente grande: ser rica para ganarse la miseria eterna.

Vindice
¡Oh, locura general! Preguntad a la ramera de más éxito, en un momento de sangre fría, y os dirá que daría el mundo por recuperar su honor. Diréis quizás que es solamente con el hijo del duque, en privado. Siempre empieza por uno quien después se convierte en prostituta para un millar. Pues romped el hielo por un sitio, y se quebrará por muchos más.

Gratiana
Es muy cierta la comparación.

Hippolito
Hermano, estás olvidando nuestro asunto.

Vindice
Haces bien en recordármelo. La alegría es un duende sutil. Pienso que el hombre es más feliz cuando se olvida de sí mismo. Adiós, prado que una vez estuvo seco y que ahora está regado por agua santificada. Nuestros corazones, antes abrumados por el peso del plomo, se van ahora ligeros con su carga de plumas.

Gratiana
Una cosa te concedo, y es que nunca conocí a nadie que defendiera mejor que tú la causa del diablo, ni a nadie que mejor la atacara.

Vindice
Me hacéis sentirme orgulloso.

Hippolito
Saludad en la virtud a nuestra hermana.

Vindice
Sí, por el amor de Dios, a esa casta doncella.

Gratiana
Lo haré con mis mejores palabras.

Vindice
Ahora sí que ha hablado una madre.

(Vanse Vindice e Hippolito)

Gratiana
Me pregunto qué furia me transportó. Siento ahora cómo empiezan a asentarse en mí los buenos pensamientos. ¿Ay, cómo voy a mirarla con la cabeza alta, a ella, cuyo honor asalté de forma tan impía? Aquí viene.

(Entra Castiza)

Castiza
Madre, con tanta fuerza me habéis insistido que, por mi propio ascenso, y también para calmar la pena de vuestra lengua, estoy conforme.

Gratiana
¿Qué estás conforme? ¿Con qué?

Castiza
Con hacer lo que deseabais que hiciera: prostituir mi pecho al hijo del duque y entregarme al oficio público.

Gratiana
Espero que no vayas a hacerlo.

Castiza
¿Cómo? ¿Qué no lo haga? Esa no es la esperanza en la que pensabais hallar la salvación.

Gratiana
Cierto, pero así es.

Castiza
No os engañéis. Ahora soy como vos me sacasteis del mármol con vuestro esfuerzo. ¿Qué queréis ahora? ¿Es que aún no estáis satisfecha de mí? No obtendréis de mí más lascivia de la que yo quiera conceder.

Gratiana
No sigas helándome el alma.

Castiza
¿Cuántas veces me habéis exhortado, so pena de perder vuestra bendición, a convertirme en una mujer maldita? Cuando visteis que vuestra bendición no tenía fuerza suficiente para arrastrarme a la lujuria, echasteis sobre mí vuestra maldición. Y eso me hizo más. La maldición de una madre es algo que pesa mucho: cuando interviene en la lucha, el sol se nubla en tormenta y cualquier hija pierde su luz.

Gratiana
Niña querida, doncella mía, si queda dentro de ti alguna chispa de fuego espiritual del cielo, deja que soplando lo resucite hasta que aparezca la llama. No lo apagues del todo con necia obstinación de mujer. Ya he sanado de esa inmunda enfermedad que a tantas madres atormenta. Perdóname, hija querida, y no me hagas recaer ahora que estoy curada. Mis palabras vencieron cuando hablaban de maldad: ¡cuánto más ahora que son de bien y de justicia!

Castiza
No sé qué es lo que queréis decir, pues ¿no sois acaso aquella por cuyas corrompidas razones apenas pude pronunciar arrodillada mis oraciones, la que me enredó una serpiente negra de la que a duras penas consiguieron librarme tres horas de lectura?

Gratiana
Es estéril, y resulta tedioso repetirlo, hablar de lo pasado. Ahora soy tu madre de verdad.

Castiza
Bah, ya es demasiado tarde.

Gratiana
Reflexiona una vez más; no sabes lo que acabas de decir.

Castiza
¿Qué no? ¿Rechazar el ascenso y la fortuna, rechazar al hijo del duque?

Gratiana
Mira, yo pronuncié esas palabras, y ellas ahora me envenenan. ¿De qué sirven entonces los hechos? Ascenso, sí: ¡todo lo alto que puede alcanzar la vergüenza! ¿Fortuna? ¿Hubo alguna vez una prostituta rica? ¿O que pudiera construir, con el beneficio de sus pecados, un hospicio para todos sus bastardos? Y el hijo del duque… Ah, la que es cortesana en su juventud acaba siendo sin falta mendiga en la vejez. De conocer las miserias que experimenta la mayoría de las prostitutas, desearías no haber nacido el día de la pérdida de tu castidad.

Castiza
Oh, madre, permitidme que os abrace y os bese hasta fundir mi alma en vuestros labios. No hice todo esto sino para probaros.

Gratiana
¿Es cierto eso?

Castiza
Sí, por ese motivo lo hice, pues no hay lengua que tenga la fuerza necesaria para desviarme de la virtud. Si las doncellas quisieran, las palabras de los hombres no tendrían poder alguno. El honor de una virgen es una torre de cristal que, siendo frágil, está guardada por buenos espíritus. Hasta el momento en que cede con infamias, ningún mal la habita.

Gratiana
¡Hija bendita! En verdad que me ha salvado tu nobleza. ¡Entre un millar de hijas, la más bendita de todas! Que seas espejo de doncellas, y de madres yo.

(Vanse)

Acto V

Escena primera

(Entran Vindice e Hippolito con el cuerpo del duque, que lleva puesto el disfraz del primero; disponen el cadáver de forma que parece que está durmiendo)

Vindice
Así, así está bien tumbado. Ten cuidado, hermano, no vayas a despertarlo.

Hippolito
Te aseguro que no, y va mi vida por la tuya.

Vindice
Es esa una buena apuesta, pues he de matarme a mí mismo. Hermano, ese cadáver soy yo: está ocupando mi lugar, ¿te das cuenta? Y he de estar preparado para hacerme desaparecer; tengo que estar ahí sentado para ser el muerto. Y a la vez de pie para poder matarme. Podría haber al menos tres variaciones, pues este asunto tiene más vueltas que los entresijos de un tribunal de justicia.

Hippolito
Bastante es, por Dios.

Vindice
Pero, diablos, ¿es que no viene solo el hijo del duque?

Hippolito
No, maldita sea. No se lo permite su escasa confianza. Trae con él unos cuantos moscardones que zumban y revolotean en su torno a la hora de la cena y siempre que sale del palacio.

Vindice
¡Ah, que los haga pedazos el matamoscas de la venganza! Era esta la ocasión más propicia, la hora más adecuada para hacerle conocer mi venganza, mostrándole el cadáver del duque su padre, y la forma tan ingeniosa en que halló la muerte, como si fuera un intrigante de los que hacen las cosas en secreto y sin compartirlas con nadie. Y, como culmen de la catástrofe, asesinarlo sobre el pecho de su padre. ¡Ay, me desespera haber perdido tan feliz oportunidad!

Hippolito
Levanta el ánimo, te lo ruego. No hay por ahora solución a eso. ¿Es que no va a haber más adelante momentos de rostro tan favorable como este?

Vindice
Es posible, si es que saben maquillarlo bien.

Hippolito
Vamos, y ahora, para evitar toda sospecha, abandonemos esta habitación y vayamos al encuentro del hijo del duque.

Vindice
De acuerdo. Estoy dispuesto a lo que sea. ¡Espera, que aquí viene!

(Entra Lussurioso)

Hippolito
¡Mi honorable señor!

Lussurioso
¿Cómo? ¿Los dos aquí?

Vindice
Ahora llegamos, casi al mismo tiempo que su señoría. Se nos dijo que estaría por aquí, aunque muy posiblemente en un estado lamentable.

Hippolito
¿Vino a solas su señoría?

Lussurioso
Lo suficiente para este asunto. Apenas unos pocos aguardan mi salida.

Hippolito
(Aparte) ¡Que la muerte los pudra!

Lussurioso
Esperad, ahí está el canalla.

Vindice
Cierto, ahí está el rufián, mi señor. (Aparte) Menudo hijo está hecho, llamando canalla a su padre.

Lussurioso
Sí, ese es el villano, nuestro maldito villano. Despacio, andad sin hacer ruido.

Vindice
Contendremos la respiración, señor, os lo prometo.

Lussurioso
Perfecto. Bribón infame, estás durmiendo tu último sueño. (Aparte) Interesa matarlo mientras duerme, pues si despertara les revelaría todo a estos.

Vindice
Pero, mi señor…

Lussurioso
¿Qué? ¿Qué decís?

Vindice
¿Vamos a matarlo ahora que está ebrio?

Lussurioso
Sí, mucho mejor.

Vindice
Pero entonces nunca vivirá para estar sobrio.

Lussurioso
No importa, se irá al infierno dando tumbos.

Vindice
Mas, estando como está lleno de alcohol, temo que apague el fuego del infierno.

Lussurioso
Estáis loco…

Vindice
(Aparte) Y no dejará rescoldo para que su señoría se caliente las manos, pues el que muere ebrio cae al fuego del infierno como si fuera un cubo de agua, plas, plas…

Lussurioso
Vamos, estad prestos, desnudad las espadas y pensad en el modo en que este canalla os ha agraviado.

Vindice
(Aparte) . Es verdad que lo ha hecho, y bien que por ello ha pagado.

Lussurioso
A por él ahora.

Vindice
¿Estaréis con nosotros, mi señor?

Lussurioso
¿Creéis acaso que soy señor para nada? Ahora, rápido.

(Vindice e Hippolito apuñalan el cuerpo del duque)

Vindice
¡Ah, toma, ah! ¡Ya está, muerto!

Lussurioso
Lo habéis hecho con presteza. Pero… ¡oh, villanos, asesinos! ¡Es mi padre, el viejo duque!

Vindice
No bromeéis…

Lussurioso
¿Cómo? ¿Ya rígido y frío? Perdonadme entonces que os haya llamado por nombres que no os corresponden. No ha sido acción vuestra. Ha sido ese villano de Piato, al que ahora creíais matar, quien lo ha asesinado y así disfrazado lo ha dejado aquí.

Hippolito
No es improbable.

Vindice
¡Ah, canalla! ¡Y no le importó vestir al duque con un grasiento jubón!

Lussurioso
¡Quién sabe cuánto tiempo lleva frío y rígido!

Vindice
(Aparte) ¡Por Dios, yo sí que lo sé!

Lussurioso
Ni una palabra, os lo ruego, de lo que teníamos planeado.

Vindice
Por supuesto, señor.

Hippolito
Su señoría debe pensar que tenemos pocos motivos para irnos de la lengua.

Lussurioso
Dices bien. Al punto mandaré llamar a la corte a todos los nobles, al bastardo, a la duquesa, a todos, para decirles cómo, por milagro, lo hallamos muerto, y cómo ese infame huyó con su atuendo.

Vindice
Será la mejor manera, mi señor, de librarnos a todos nosotros; discurramos para vernos libres de toda sospecha.

Lussurioso
Aquí están Nencio, Sordido y los demás.

(Entran todos sus seguidores, entre ellos Sordido y Nencio)

Sordido
Mi señor…

Nencio
Mi señor…

Lussurioso
Sed testigos de un extraño espectáculo: habiendo escogido esta triste estancia para una conversación privada, encontramos a mi padre el duque petrificado en su propia sangre.

Sordido
¿A mi señor el duque? Corre Nencio, ve a sobresaltar a la corte con tan tremenda noticia.

(Vase Nencio)

Vindice
(Aparte) Así se ha visto lo mucho que puede hacer un astuto vengador, una vez que se ha descubierto el crimen, para pasar por el más libre de culpa. Estamos muy lejos de toda sospecha, y contemplamos su cadáver con mirada tan fría como la de los demás presentes.

Lussurioso
Mi ilustre padre, tan vilmente asesinado por un malvado canalla.

Hippolito
(Aparte) Escucha, de nuevo te llama canalla.

Vindice
(Aparte) Puede hacerlo, pues ha perdido.

Lussurioso
¡Oh, qué visión! Mirad, ved cómo sus labios se hallan roídos por el veneno.

Vindice
¿Cómo, sus labios? ¡Santo cielo, es verdad!

Lussurioso
¡Ah, villano! ¡Ah, bribón! ¡Ah, canalla! ¡Ah, truhán!

Hippolito
(Aparte) ¡Qué excelente engaño! Le devuelve parecidos términos.

(Entran unos nobles, y tras ellos Ambitioso y Supervacuo)

Primer noble
¿Dónde?

Segundo noble
¿De qué modo?

Ambitioso
¿Bajo qué techo se suspende esa cometa que amenaza con su llama fatal?

Lussurioso
Mirad, mirad, señores, el duque, mi padre, ha sido asesinado por un vasallo, por el dueño de estas ropas, y aquí abandonado bajo este disfraz.

(Entran la duquesa y Spurio)

Duquesa
¡Mi señor y esposo!

Segundo noble
¡Su excelsa majestad!

Primer noble
He visto esas ropas a menudo entre los que componían su séquito.

Vindice
(Aparte) Ese noble procede del campo, pues dice verdad.

Supervacuo
(A Ambitioso) Aprendamos de nuestra madre y disimulemos también. A mí me alegra su desaparición. Como a ti, supongo…

Ambitioso
(A Supervacuo) Sí, por supuesto.

Spurio
(Aparte) ¿Muerto mi viejo padre? Yo, que soy uno de los pecados de los que renegó, enviaré a los hados muy sentidos saludos de su propio hijo. Hasta que se agoten mis fuerzas bogaré en la nueva corriente por donde van las cosas.

Lussurioso
¿Dónde están esos dos que nos dijeron que mi señor el duque había salido a caballo para un asunto privado?

Primer noble
Tenéis que perdonarnos, señor. Él nos ordenó que, al precio de nuestras vidas, si se notaba su ausencia en la corte contestáramos de esa manera. Y no marchó cabalgando a lugar alguno, sino que lo dejamos aquí a solas con ese hombre.

Vindice
(Aparte) Ya está confirmado.

Lussurioso
¡Oh, cielos! Esa orden mentirosa significó su muerte. ¡Mendigos desvergonzados! ¿Cómo os atrevisteis a mantener en nuestra presencia esa respuesta falsa? Que se lo ejecute sin demora.

Primer noble
¡Mi señor!

Lussurioso
No insistáis más. En este caso, la excusa bien podría considerarse como la mitad del crimen.

Vindice
Justa es vuestra sentencia.

Lussurioso
Marchad, y ocupaos de que se cumpla.

(Vase, entre guardias, el primer noble)

Vindice
(Aparte) ¿No pudisteis callar? ¡Ved a lo que lleva confesar! ¿Quién no va a mentir cuando se cuelga a los que dicen la verdad?

Hippolito
(A Vindice) Hermano, la buena fortuna acompaña a nuestra venganza.

Vindice
(A Hippolito) Sí, y todo está más allá de la comprensión del común de los mortales.

Lussurioso
Que salgan hombres a caballo a apresar al villano, donde quiera que se encuentre.

Vindice
(Aparte) ¡Hombres a caballo! ¡Ja, ja!

Segundo noble
Mi señor, no dudamos en saber cuál es nuestro deber. Vuestro padre ha muerto por una circunstancia fortuita; ahora confluyen en vos los títulos que a él correspondían.

Lussurioso
¿Qué confluyen en mí? No tengo ahora tiempo, señor. Tengo muchos agravios que resolver… (Aparte) ¡Bienvenidos, dulces títulos! (A ellos) Habladme, señores, de sepulcros, de huesos de poderosos emperadores. Esos son los pensamientos que ahora me ocupan.

Vindice
(Aparte) Aquí puede verse cómo está el patio: los cortesanos calzan el nueve, pero para la lengua necesitarían un doce. Adulan a los duques, y estos se adulan a sí mismos.

Segundo noble
(A Lussurioso) Mi señor, es vuestro esplendor lo que debe consolarnos.

Lussurioso
Sí, mi esplendor reluce entre las lágrimas, como el sol de abril.

Sordido
Ahora veo en vos la gracia de los duques.

Lussurioso
¿La gracia de los duques? Vos también la tendréis.

Sordido
Pero solo os pertenece a vos.

Lussurioso
Entonces es que los cielos me conceden la gracia para serlo.

Vindice
(Aparte) Bien que reza por sí mismo.

Tercer noble
(A la duquesa) Señora, todas las penas recorren un camino circular y acaban en alegrías. Sin duda el tiempo hará que el asesino se delate.

Vindice
(Aparte) A fe mía que sería un asno si lo hiciera.

Tercer noble
Es ahora, en los peores momentos, cuando debemos pensar en las honras fúnebres que hemos de dedicar al cuerpo ya frío del duque, aunque recordando al mismo tiempo la nueva felicidad que se nos ofrece en su ilustre hijo. Señores, caballeros, preparad todo lo necesario para los festejos.

Vindice
(Aparte) ¿Para los festejos?

Tercer noble
El tiempo da muchas vueltas. El dolor despierta alegrías, y los festejos se imponen a los funerales.

Lussurioso
Vayamos entonces, señores, y tened todos mi favor. (Aparte) De la duquesa se sospechan sucias maniobras. ¡Empezaré mi ducado con su destierro!

(Vanse Lussurioso, los nobles y la duquesa)

Hippolito
(A Vindice) ¡Festejos!

Vindice
(A Hippolito) Sí, esa ha sido la palabra. Aún estamos seguros. Solo otro compás, y estará rematada nuestra ingeniosa sinfonía.

(Vanse Vindice e Hippolito)

Spurio
(Aparte) ¡Hay que apuntar siempre al mejor blanco! Eso es lo que dijo el duque cuando me engendró. Y si fallo el blanco de su corazón, o el de sus cercanías, entonces será en cualquier otro sitio. Los bastardos odian ser relegados.

(Vase)

Supervacuo
¿Te fijaste en Spurio, hermano?

Ambitioso
Sí, para vergüenza nuestra.

Supervacuo
No vivirá para que le crezca mucho el pelo. Este tiempo de fiestas es bueno para poner en pie alguna treta. ¿Ves esa luna nueva que tenemos? Pues mucho más ha de durar que el nuevo duque. Esta mano lo desposeerá de su posición, y después seremos poderosos. Una mascarada es la licencia de la traición que sobre ella se construye, pues la mejor cara del criminal es la que se oculta bajo una máscara.

(Vase)

Ambitioso
¿Sí, eh? Muy bien. ¿Y crees, mi buen hermano, que después vas a ser tú el duque? Tiene que haber juego limpio: si uno cae, el otro también por tierra.

(Vase)

Acto quinto

Escena segunda

(Entran Vindice e Hippolito con Piero y otros nobles)

Vindice
Señores, sed todo música, enviad los antiguos pesares a otras regiones, a aquellas en las que corre en exceso la leche y el hígado es débil y no se atreven a enfrentarse a la causa de su desgracia. Que estallen como el fuego o el relámpago nuestras llamas escondidas para arrasar este ducado infamante y afligido por el pecado. Templad pues de nuevo vuestras almas, y hacedlo al máximo.

Piero
¿Cómo?

Primer noble
¿De qué modo?

Tercer noble
De todos. Nuestros agravios son tales que, en justicia, nunca seríamos vengados en exceso.

Vindice
Habrá para todos. Se acercan unos festejos, y los pocos nobles que os han estado suplantando están ahora ocupados en la preparación de una mascarada, a la que pretenden dar un aire de diversión. Ya se están haciendo los disfraces para la ocasión. Y entonces, nos daremos satisfacción: copiaremos con todo detalle el modelo de esos atuendos, observando el color, el adorno y la factura para evitar la más mínima diferencia; después saldremos los primeros, para mantener como es debido el orden del espectáculo, y entre un acorde y otro hallaremos el momento para sacar con elegancia las espadas; y así, cuando se encuentren satisfechos entre tantos placeres y alegrías, haremos que suspiren en un baño de sangre.

Piero
Muy convincente y de gran eficacia.

Tercer noble
Antes de que salgan los otros actores…

Vindice
Nos habremos ido, con la misión cumplida y culminada.

Piero
Mas, ¿y la guardia del duque?

Vindice
Olvidaos de ella. Uno a uno, el alcohol habrá ido agotando a los que la componen.

Hippolito
Y hay en el festejo cinco centenares de caballeros, que se pondrán en acción y no permanecerán parados.

Piero
¡Unámonos en un abrazo!

Vindice
Vamos, señores, preparémonos para actuar y dejemos las palabras para otra ocasión.

(Vanse)

Acto quinto

Escena tercera

(En una pantomima, se ve la toma de posesión del nuevo duque, Lussurioso, al que acompañan todos sus nobles. Después empieza a sonar la música. Traen una mesa preparada para comer. Entran el duque y sus nobles y se acercan al banquete. Aparece una estrella fugaz.)

Primer noble
Que muchas horas de armonía y los placeres más selectos llenen los años ilustres de vuestra vida.

Lussurioso
Nos complace daros las gracias por ello. (Aparte) Aunque sabemos que son deseos que ahora os corresponde tener como un deber.

Primer noble
Vuestro brillo nos hace felices a todos.

Tercer noble
(Aparte) Su excelencia frunce el ceño.

Segundo noble
(Aparte) Y sin embargo hemos de decir que sonríe.

Primer noble
(Aparte) Sí, lo mismo pienso yo.

Lussurioso
(Aparte) Ya hemos desterrado a la infame y viciosa duquesa. Y el bastardo no vivirá mucho. Cuando acaben estas fiestas inauguraré otras más singulares; en ellas él y mis hermanastros pagarán con su vida los primeros gastos. No debo torcer el gesto todavía, no vaya a ser que tenga que adelantar mis planes.

Primer noble
Señoría, os ruego que os preparéis para disfrutar de lo que sigue. La mascarada va a dar comienzo…

Lussurioso
Estamos listos. (A la estrella) ¡El cielo te confunda! ¿Qué es lo que eres? ¡Me haces estremecer! Se ha cometido una traición. ¡Una estrella fugaz!

Primer noble
¿Una estrella fugaz? ¡Oh! ¿Dónde, mi señor?

Lussurioso
Allí, mirad.

Segundo noble
Vedla, vedla, señores, es una estrella extraordinaria y terrorífica.

Lussurioso
No me agrada ese fuego deforme, esa estrella tupida y fulgurante. Pero, ¿acaso no soy ya el duque? No debería por tanto hacerme temblar. Si hubiera aparecido antes, entonces sí que habría habido razones para temer. Sin embargo los que unen el arte y el saber afirman que cuando las estrellas llevan cola están amenazando la cabeza de los poderosos. ¿Es cierto eso? Decidme, señores, pues sois personas de gran saber.

Primer noble
Ojalá plazca a su excelencia: indica una enorme furia.

Lussurioso
A su excelencia no le place.

Segundo noble
Hay no obstante un consuelo, mi señor, y es que muchas veces, cuando más próxima parece hallarse, pone su amenaza sobre un punto muy lejano.

Lussurioso
Eso pienso yo también, ciertamente.

Primer noble
Además, mi señor, vuestro poder se apoya por gracia en el amor de todos vuestros súbditos. Y en cuanto a la muerte natural, espero que aún os falten sesenta años para recibirla.

Lussurioso
¿Cómo? ¿Solo sesenta?

Primer noble
No, veinte años más que eso, espero.

Segundo noble
Yo cuarenta más.

Tercer noble
Mi deseo, señor, es que no muráis nunca.

Lussurioso
Dadme vos la mano. A vos no quiero regañaros como a esos otros. Pues quien así piensa es la mejor compañía para un duque. Os sentaréis a mi lado. Ocupad vuestros lugares, señores. Ya estamos listos para la diversión; que esta dé comienzo. Y en cuanto a ti, ¡bien pronto te habremos olvidado!

Tercer noble
Ya los siento que vienen, mi señor.

(Entran disfrazados, los vengadores: los dos hermanos –Vindice e Hippolito– y otros dos caballeros)

Lussurioso
(Aparte) Bien, está bien. Mis hermanos y el bastardo van a bailar muy pronto en el infierno.

(Los vengadores bailan y, cuando terminan, sacan sus espadas y matan a los cuatro que están sentados a la mesa. Suena un trueno)

Vindice
¡Mirad, truena! ¡Conoces bien la indicación, pregonero de terrible voz! Pues los gemidos de un duque son la consigna del trueno.

Hippolito
Ya tenéis bastante, señores.

Vindice
Vamos, salgamos de aquí sin tardanza.

Hippolito
Seguidme, venid.

(Vanse todos los danzantes menos Vindice)

Vindice
Ningún poder de lo alto se enfurece cuando un pecador muere. Cuando el cielo aplaude con su trueno, es que lo ha complacido la tragedia.

(Vase)

Lussurioso
¡Ah, ah!

(Entra el otro grupo de conspiradores, dispuestos a matar a Lussurioso: sus hermanastros –Ambitioso y Supervacuo–, el bastardo –Spurio– y un cuarto personaje, que irrumpe bailando. El duque recobra un hilo de voz y llama entre gemidos: ¡guardia, traición! Ante lo cual, todos interrumpen su composición y, acercándose a la mesa, descubren que los han asesinado a todos).

Spurio
¿Por qué esos gemidos?

Lussurioso
¡Traición, guardia!

Ambitioso
¿Cómo? ¿Todos asesinados?

Supervacuo
¡Asesinos!

Cuarto noble
¡Y también sus nobles!

Ambitioso
Este trabajo nos han ahorrado, pues tenía la idea de acabar con su vida. Pero, pardiez, ¿cómo sucedió?

Supervacuo
Entonces yo me proclamo duque.

Ambitioso
¿Tú duque? Mientes.

(Mata a Supervacuo)

Spurio
Tú también, canalla.

(Mata a Ambitioso)

Cuarto noble
Villano despreciable, ¿has matado tú a mi amo y señor?

(Mata a Spurio)
(Entran Vindice, Hippolito y los demás del primer grupo)

Vindice
¡A las armas! ¡Traición! ¡Los han asesinado! ¡Ayuda, que la guardia proteja al señor duque!

(Entra Antonio con un guardia)

Hippolito
Apresad a este traidor

(El guardia detiene al cuarto noble)

Lussurioso
¡Ah!

Vindice
¡Ay, han asesinado al duque!

Hippolito
Y a los nobles.

Vindice
¡Cirujanos, cirujanos! (Aparte) ¿Cómo es que aún respira?

Antonio
Es una lastimosa tragedia, capaz de hacer brotar lágrimas de sangre de los ojos de un anciano.

Lussurioso
¡Ah!

Vindice
Mirad a mi señor duque. (Aparte) Ahogado por una venganza… (Al noble) Confesad, hombre impío y asesino, ¿los matasteis vos a todos?

Cuarto noble
No, solamente al bastardo.

Vindice
¿Cómo se produjo entonces la muerte del duque?

Cuarto noble
Así lo hallamos.

Lussurioso
¡Ah villano…!

Vindice
Esperad.

Lussurioso
Esos así disfrazados fueron los autores del crimen.

Vindice
¡Santo cielo, señor! ¡Qué desvergüenza impasible como el mármol! ¿Vais a confesar ya?

Cuarto noble
Maldita sea, todo eso es falso.

Antonio
Lleváos a este monstruo indigno, que está bañado por la sangre del príncipe.

Cuarto noble
¡Por Dios, es mentira!

Antonio
Que sea ejecutado sin miramientos.

(Vase, entre guardias, el cuarto noble)

Vindice
(Aparte) ¡Nuevas energías! No puedo expresar lo que siento. ¿Cómo va el señor duque?

Lussurioso
Adiós a todos. Mayor es la caída de los que antes más alto llegaron. Ya no me obedece la lengua.

Vindice
¡Aire, caballeros, aire!
(Diciéndole al oído al duque) Ahora que ya no puedes contarlo, te diré que fue Vindice quien te mató…

Lussurioso
¡Ah!

Vindice
… y quién mató a tu padre.

Lussurioso
¡Ah!

Vindice
Y yo soy Vindice. No lo digas a nadie. (Muere el duque.)
(A los demás) Ya nos ha abandonado el duque.

Antonio
Fue una mano certera la que lo hirió. Y todos los que tras su muerte podrían sucederle en el gobierno han desaparecido también.

Vindice
Mi señor prometía poco…

Hippolito
Ahora la esperanza de Italia reside en vuestra edad venerable.

Vindice
Vuestro cabello cano va a traer de nuevo esa edad de plata en que los hombres no eran tantos pero sí más virtuosos.

Antonio
La carga es pesada, y mis años acusarán su efecto. ¡Ojalá pueda gobernar de modo que el cielo proteja la corona!

Vindice
La violación de vuestra buena esposa ha tenido el pago de una muerte sobre otra.

Antonio
¡Justa es la ley de lo alto! Pero, de todo lo que ha ocurrido, sigo preguntándome cómo llegó a suceder la muerte del viejo duque.

Vindice
¡Ah, señor!

Antonio
Fue un crimen llevado a cabo de la manera más extraña, como no había oído nada parecido.

Hippolito
Todo se hizo con el mejor fin, mi señor.

Vindice
Sí, todo por vuestro bien. Ahora ya podemos atrevernos a decirlo. Tuvo su ingenio cierto, aunque seamos nosotros quienes lo digamos, pues fuimos nosotros dos los autores del hecho.

Antonio
¿Vosotros dos?

Vindice
Ningún otro, mi señor, es cierto. Sí, fue una obra bien hecha.

Antonio
Apresad a estos villanos.

(La guardia detiene a Vindice y a Hippolito)

Vindice
¿Cómo? ¿A nosotros?

Antonio
Que sean ejecutados inmediatamente.

Vindice
¡Maldición! ¿No fue acaso para vuestro bien?

Antonio
¿Para mi bien? ¡Lleváoslos! ¡A un hombre de su edad! Si fuisteis capaces de matarlo, lo mismo haríais conmigo.

Vindice
¿Es este entonces el desenlace?

Hippolito
Por todos los demonios, hermano, tú lo empezaste.

Vindice
¿Es que vamos a acabar como el hijo del duque? ¿No tenéis conciencia? ¿No se nos va a vengar? ¿Acaso queda entre todos esos un solo enemigo vivo? Nos llega la muerte cuando nos hemos convertido en enemigos de nosotros mismos. Cuando los asesinos mantienen bien en secreto lo que han hecho, esta maldición los acecha: si nadie los descubre, ellos mismos lo hacen. Este crimen habría permanecido en el silencio de las tumbas de no ser por nosotros, y el mundo habría seguido por siempre ignorante. Ahora recuerdo una sentencia infamante que una vez aquí mismo pronunció Piato: no hay duda, dijo, el tiempo hará que el asesino se dé a conocer por sí solo. Bien estuvo que muriera, pues era un brujo. Y ahora, mi señor, puesto que ya estamos metidos en esto, esta fue nuestra obra, y qué otros podrían haberla llevado a cabo, y, de haber querido, podríamos haber destruido a los nobles y seguir nuestra existencia de mendigos. Pero odiamos derramar sangre de modo tan cobarde. Ya hemos tenido bastante, ciertamente. Estamos bien, nuestra madre se ha arrepentido y nuestra hermana es aún casta. Y nosotros morimos tras una nidada de duques. Adiós.

(Vanse, entre guardias, Vindice e Hippolito)

Antonio
¡Con qué sutil secreto se llevó a cabo este crimen! Llevaos esos cuerpos trágicos. Vivimos un tiempo penoso. ¡Quiera Dios que su sangre lave toda traición!

(Vanse todos)