William Shakespeare, The Tragedy of Romeo and Juliet

Romeo y Julieta Tragedia





Edición filológica utilizada:
Romeo y Julieta. Tragedia. Novísima traducción literal y directa del inglés por J. Roviralta Borrell, in Teatro antiguo y moderno, Vol.44, tra. José Roviralta Borell. Barcelona: Libreria de Antonio López, 1908.
Procedencia:
Biblioteca de la Universitat de Barcelona
Edición digital a cargo de:
  • Ureña Tormo, Clara

Elenco

Escalo, Príncipe de Verona.
Páris, joven noble, pariente del Príncipe.
Montesco, jefes de las dos familias enemistadas entre sí.
Capuleto, jefes de las dos familias enemistadas entre sí.
Un anciano, pariente de Capuleto.
Romeo, hijo de Montesco.
Mercucio, pariente del Príncipe y amigo de Romeo.
Benvolio, sobrino de Montesco y amigo de Romeo.
Tibaldo, sobrino de la señora de Capuleto
Fray Lorenzo, frailes franciscanos.
Fray Juan, frailes franciscanos
Baltasar, criado de Romeo.
Sansón, criados de Capuleto
Gregorio, criados de Capuleto.
Pedro, escudero de la Nodriza de Julieta
Abraham, criado de Montesco.
Un boticario
La Señora de Montesco
Julieta, hija de Capuleto.
La Señora de Capuleto
La Nodriza de Julieta
Un criado, (El clown ó gracioso).
Tres músicos
El paje de Páris
El paje de Mercucio
Un cabo de ronda.
Ciudadanos de Verona
Varios parientes y parientas de ambas familias
Máscaras
Guardias
Celadores
Acompañamiento

PRÓLOGO

EL CORO.
– En la hermosa Verona, lugar
de nuestra escena, dos familias, iguales
ambas en nobleza, impulsadas por antiguos
rencores, se arrojan á nuevos disturbios en
los que la sangre civil tiñe civiles manos.
Del seno fatal de estas dos familias enemigas
nacieron bajo fatídica estrella dos
amantes, cuya azarosa y lamentable ruina
sepulta con la muerte de ellos la enemistad
paterna. Los trágicos incidentes de sus
amores, marcados con el sello de la muerte,
y el obstinado encono de los padres,
que, fuera del triste fin de sus hijos, nada
pudo extinguir, va á ser durante estas dos
horas el asunto de nuestra representación.
Si atentamente la escucháis con benévolo
oído, nos esforzaremos en reparar con
nuestro celo las faltas que en ella hubiere.


ESCENA PRIMERA

Una plaza de Verona.
Entran SANSÓN y GREGORIO de la casa de Capuleto, armados con espadas y broqueles.

SANSÓN.
– A fe mía, Gregorio, que no dejaremos
que nos echen una alabarda.

GREGORIO.
– Claro que no, porque entonces
nos tomarían por acémilas.

SANSÓN.
– Quiero decir que si montamos en
cólera, sacaremos á relucir la herramienta.

GREGORIO.
– Procura que en tu vida se te ponga
tal cosa en la cabeza.

SANSÓN.
– Yo pego al punto cuando me mueven.

GREGORIO.
– Pero tú no te sientes pronto movido
á pegar.

SANSÓN.
– Un perro de la casa de Montesco basta
á moverme.

GREGORIO.
– Moverse es largarse de un sitio, y
ser valiente es aguardar á pie firme; así
que, si estás movido, echas á correr.

SANSÓN.
— Un perro de la casa esa me moverá
á mantenerme en mi puesto. Yo le tomaré
la acera á todo criado ó doncella de la casa
de Montesco.

GREGORIO.
— Eso muestra que eres un débil
ganapán, puesto que el más débil es quien
se arrima á la pared.

SANSÓN.
— Cierto, y por eso las mujeres, como
son vasijas más débiles, son empujadas
siempre hacia la pared. Por consiguiente,
yo echaré de la pared á los criados, y arrimare
á ella las muchachas.

GREGORIO.
— La palestra es sólo entre nuestros
amos, y entre nosotros sus criados.

SANSÓN.
— Lo mismo da; voy á mostrarme
tirano. Cuando me haya batido con los
hombres, seré cruel con las doncellas, y las
exterminaré cortándoles…

GREGORIO.
— ¿El pescuezo?

SANSÓN.
— El pescuezo ó lo que sea menester.
La cuestión es que no queden doncellas.
Tómalo en el sentido que tú quieras.

GREGORIO.
— Quienes han de tomarlo en algún
sentido son las que lo sientan.

SANSÓN.
— Pues me sentirán mientras me pueda
yo tener firme; y es cosa sabida que
soy un bonito pedazo de carne.

GREGORIO.
— Fortuna que no seas pez, porque
de serlo, hubieras sido un pedazo de
atún. Saca tu garrancha, que aquí vienen
dos de la casa de los Montescos.

(Desenvainan las espadas).
Entran ABRAHAM y BALTASAR.

SANSÓN.
— Ya está desnuda mi arma. Provócalos;
yo te guardaré las espaldas.

GREGORIO.
— ¡Cómo! ¿Volviendo las tuyas y
echando a correr?

SANSÓN.
— De mí no temas.

GREGORIO.
— No, pardiez: ¡yo tener miedo de
ti!

SANSÓN.
— Hagamos por tener la ley de nuestra
parte; que empiecen ellos.

GREGORIO.
— Frunciré el gesto al pasar, y que
lo tomen como les dé la gana.

SANSÓN.
— No tal, sino como se atrevan. Yo me
morderé el pulgar cuando pasé por su
lado, y será una mengua para ellos si lo
toleran.

ABRAHAM.
(A Sansón). —¿Es por nosotros que
os mordéis el pulgar, caballero?

(Con ironía).

SANSÓN.
— Ciertamente, yo me muerdo el
pulgar, caballero.

ABRAHAM.
— (Levantando más la voz y recalcando las palabras). ¿Es por nosotros que os
mordéis el pulgar, caballero?

SANSÓN.
— (Aparte a Gregorio). ¿Está de nuestra
parte la ley si digo que sí?

GREGORIO.
— No.

SANSÓN.
— (A Abraham). No, señor; yo no me
muerdo el pulgar por vosotros, pero lo
cierto es que me muerdo pulgar,
caballero.

GREGORIO.
— ¿Buscáis camorra, caballero?

ABRAHAM.
— ¿Camorra, decís? No tal señor.

SANSÓN.
—Si la buscáis, caballero, estoy á
vuestra disposición. Sirvo á un amo que
vale tanto como el vuestro.

ABRAHAM.
— Pero no vale más.

SANSÓN.
— Corriente, caballero.

Entra BENVOLIO á distancia

GREGORIO.
— (Aparte a Sansón). Di que vale
más; aquí viene un pariente de mi amo.

SANSÓN.
(A Abraham) Pues sí, señor: vale más.

ABRAHAM.
— Mentís.

SANSÓN.
— Desenvainad, si sois hombres.
Gregorio, no olvides tu ruidosa estocada.

BENVOLIO.
— (Avanzando). Separaos, majaderos.
Envainad las espadas. No sabéis lo que
estáis haciendo.

(Abate las espadas de ambos).
Entra TIBALDO.

TIBALDO.
— (A Benvolio). ¡Hola! ¿Con el hierro
desnudo entre esos cobardes canallas? Vuélvete,
Benvolio, y mira por tu vida.

(Desenvainando la espada.)

BENVOLIO.
— Ciñome a mantener la paz; con qué,
envaina tu acero, o bien empléalo para
ayudarme a separar esa gente.

TIBALDO.
— ¡Habrase visto! …¡Espada en mano
y hablar de paz! Odio esa palabra como
odio al infierno, á todos los Montescos y á
ti. ¡Defiéndete, cobarde!

(Pelean).
Entran varios individuos de uno y otro bando, que toman parte en la refriega; luego entran algunos ciudadanos armados con garrotes y picas.

CIUDADANO 1º.
— ¡Vengan garrotes, picas y
alabardas! ¡Pegad de firme! ¡Dad en tierra
con ellos! ¡Abajo los Capuletos! Abajo
los Montescos!

Entran CAPULETO, vestido con una bata, y la SEÑORA DE CAPULETO.

CAPULETO.
— ¿Qué algarabía es esa? ¡Hola!
Traedme mi larga espada.

SRA. DE CAPULETO.
— ¡Una muleta, una muleta!
¿Para qué pedís una espada?

CAPULETO.
—Mi espada, digo. Aquí llega el
viejo Montesco blandiendo su hoja para
causarme despecho.

Entran MONTESCO y la SEÑORA DE MONTESCO.

MONTESCO.
— Tú, menguado Capuleto…
(A la señora de Montesco y otros que le sujetan). No me detengáis, soltadme.

SRA. DE MONT.
— No permitiré que des un
solo paso para ir al encuentro de un
enemigo.

Entra EL PRINCIPE con su acompañamiento.

EL PRÍNCIPE.
— Súbditos revoltosos, enemigos
de la paz, profanadores de ese acero tinto
en sangre de vuestros conciudadanos…
¡Qué!...¿No me escucharán?¡Ea! Vosotros,
hombres, fieras, que apaguéis el fuego
de vuestra saña cruel con purpúreos manantiales
que brotan de vuestras venas,
bajo pena de tormento arrojad de esas manos
sangrientas vuestras mal templadas
armas, y oíd la sentencia de vuestro airado
Príncipe. Por ti, anciano Capuleto, y por
ti, Montesco, tres reyertas intestinas, originadas
de una palabra formada de aire,
han turbado por tres veces el sosiego de
nuestras calles, y los ancianos de la ciudad
de Verona hanse visto forzados a abandonar
los graves ornamentos propios de su
edad, para empuñar con sus viejas manos
partesanas igualmente viejas y corroídas
por la paz, a fin de despartir vuestro
odio venenoso. Si en lo venidero promovéis
nuevos disturbios en nuestras calles,
vuestras vidas pagarán el quebranto de la
paz. Por esta vez, retiraos todos, excepto
vos Capuleto, que vendréis conmigo, y
vos, Montesco, venid esta tarde á la
antigua Villafranca, nuestro habitual
punto de justicia, para informaros de lo
que tenga yo á bien resolver sobre
este caso. Lo repito, bajo pena de muerte,
retírese todo el mundo.

(Vanse todos, menos Montesco, la señora de Montesco y Benvolio).

MONTESCO.
- ¿Quién hizo estallar de nuevo
esta antigua discordia? Habla, sobrino,
¿estabas tú presente cuando empezó?

BENVOLIO.
- Aquí estaban los criados de vuestro
adversario y los vuestros peleando
cuerpo á cuerpo antes de que yo llegara;
eché mano á la espada con el fin de separarlos,
y en aquel preciso instante, con el
hacer dispuesto, acude el fogoso Tibaldo,
quien, lanzando provocaciones á mis oídos,
comenzó a blandir la espalda sobre su
cabeza rasgando los vientos, los cuales, sin
recibir el menos daño por sus golpes, silbaban
haciendo escarnio de él. Mientras
asó andábamos los dos á tajos y reveses, iba
acudiendo cada vez más gente, que peleaba
en favor de uno y otro bando, hasta que
llegó el Príncipe, y despartió las dos partes.

SRA. DE MONT.
- ¡Ah! ¿Dónde está ROMEO?
¿Le visteis hoy? ¡Mucho me huelgo de que
no se encontrara en esa refriega!

BENVOLIO.
- Señora, esta mañana, una hora
antes que el almo sol asomara por los áureos
balcones del Oriente, cierta inquietud
me impulsó á salir de casa; y allí, en el
bosquecillo de sicomoros que se extiende
al occidente de la ciudad, divisé á vuestro
hijo paseándose en una hora tan temprana.
Fuíme hacia él, pero advirtiendo ROMEO
mi presencia, se escabulló internándose en
lo más umbrío de la arboleda. Yo, juzgando
de sus afecciones por las mías, que entonces
más que nunca me hacían buscar
los parajes donde menos pudiera nadie encontrarme,
pues, de puro agobiado, érame
insoportable hasta mi propia compañía,
seguí mi propia inclinación dejando de
perseguir la suya y gustoso evité á quien
gustoso huía de mí…

MONTESCO.
- Más de una mañana se le ha visto
en tal sitio acrecentando con sus lágrimas
el fresco rocio matinal y añadiendo á
las nubes nuevas nubes con sus hondos
suspiros; mas, no bien el sol que todo lo
alegra y anima. Allá en los confines del
Oriente comienza á descorrer las sombrías
cortinas del lecho de la Aurora, mi apesarado
hijo, huyendo de la luz, vuelve furtivamente
al hogar, se aprisiona solo en su
aposento, cierra las ventanas, y sin dejar
que penetre la hermosa luz del día, se labra
así una noche artificial. Esta melancolía
tendrá un fin deplorable y funesto si un
buen conejo no logra extirpar la causa.

BENVOLIO.
- ¿Conocéis tal causa, mi noble tío?

MONTESCO.
- Ni la conozco, ni puedo conseguir
que él me la descubra.

BENVOLIO.
- ¿No le habéis apremiado por
algún medio?

MONTESCO.
- No solamente yo, pero también
muchos otros amigos. Mas él, confidente
único de sus propias afecciones, es para sí
mismo, no quiero decir cuán fiel, pero sí
tan reservado é impenetrable, tan lejos
está de dejarse sondear y de que se descubra
su pecho, como el capullo de una flor
roído por aleve gusano, antes que pueda desplegar
al aire sus perfumados pétalos ó
dedicar al sol su belleza. Si tan siquiera
alcanzáramos á saber de qué dimanan sus
cuitas, tanto empeño tendríamos en remediarlas
como en conocerlas.

Entra ROMEO, lentamente y con aire triste.

BENVOLIO.
- Vedle, ahí viene. Tened á bien
retiraros. O muy reservado se mostrará
conmigo, ó yo sabré cual es el quebranto
que le aflige.

MONTESCO.
- ¡Pluguiera á Dios fueses bastante
afortunado en tu porfía para oir una confesión
sincera! Venid, señora; retirémonos.

(Vanse Montesco y la Señora de Montesco.)

BENVOLIO.
- Felices días, primo. ¿Tan tempranito
por aquí?

ROMEO.
-¡Qué! ¿Tan poco entrado es el día?

BENVOLIO.
- Acaban de dar las nueve.

ROMEO.
- ¡Ay de mí! ¡Cuan interminables parecen
las horas tristes!... ¿No era mi padre
aquel que se alejaba de aquí con tal prisa?

BENVOLIO.
- Sí, lo era. ¿Qué pesadumbre es
esa que dilata las horas de ROMEO?

ROMEO.
- El no poseer aquello cuya posesión las abrevia.

BENVOLIO.
- ¿Estás enamorado?

ROMEO.
- Enajenado…

BENVOLIO.
- ¿De amor?

ROMEO.
- De verme privado de los favores de
aquella á quien adoro.

BENVOLIO.
- ¡Ah! Que el amor, tan dulce en la
apariencia, haya de ser tan cruel y tirano
en la prueba!

ROMEO.
- ¡Ah! ¡Que el amor, con llevar siempre
vendados los ojos, halle sin ayuda de
ellos camino abierto á su voluntad! …
(Con marcada transición.) ¿Dónde comeremos
hoy? … ¡Cielos! ¿Qué reyerta ha habido
aquí? … Pero no, no me lo digas, pues todo
lo he oído. Mucho da que hacer aquí el
odio, pero aun más el amor. ¡Oh, sí!
¡Amor pendenciero, odio amoroso, un todo
de nada creado, ligereza abrumadora, grave
vanidad, informe caos de formas seductoras,
pluma de lomo, resplandeciente
humo, fuego helado, salud enfermiza, sueño
siempre desvelador, que no es lo que es!
Tal es el amor que yo siento, sin sentir en
él amor alguno. ¿No te ríes, Benvolio?

BENVOLIO.
- No primo, antes lloro.

ROMEO.
- De qué, corazón compasivo?

BENVOLIO.
- Del agobio de tu tierno corazón.

ROMEO.
- Pues ahí verás: tal es el delito de la
amistad. Mis propios pesares abruman mi
pecho, y tú acabas de abrumarlo acreciendo
mis dolores con los tuyos. Ese afecto
que me has mostrado añade mayor pesadumbre
al exceso de la mía. El amor es
humo engendrado por el hálito de los suspiros;
si nada lo turba, es chispeante fuego
en los ojos de los enamorados; si lo contrarían,
es un mar nutrido con lágrimas de
amantes. ¿Qué más diré? Discretísima locura,
hiel que sofoca, almíbar que mantiene.
Adiós, primo mío.

BENVOLIO.
- Espera un momento. Quiero
acompañarte. Si de tal guisa me dejas, mal
te portas conmigo.

ROMEO.
- No digas eso. Yo me he perdido; no
estoy aquí. Este que aquí ves no es ROMEO;
ROMEO está en otra parte.

BENVOLIO.
- Dime con seriedad: ¿de quién
estás enamorado?

ROMEO.
- ¡Pues qué! ¿Tendré yo que decírtelo
gimiendo?

BENVOLIO.
- ¡Gimiendo! No tal, pero dime
seriamente quién es esa persona.

ROMEO.
- Pídele á un enfermo que haga seriamente
su testamento. ¡Ah! Qué palabra
tan mal traída á cuento para un hombre
que tan mal se halla! En serio y desgraciadamente,
primo, adoro á una mujer.

BENVOLIO.
- Había dado en el hito al suponer
yo que estabas enamorado.

ROMEO.
- ¡Excelente tirador! Y es muy expléndida
la mujer á quien amo.

BENVOLIO.
- Un blanco muy expléndido,
gentil primo, es muy fácil de acertar.

ROMEO.
- Pues mira, en eso no acertaste; no
hay manera de que la saeta de Cupido
haga blanco en ella. Tiene el espíritu de
Diana, y bien protegida con la resistente
armadura de su castidad, vive al abrigo del
infantil y endeble arco del Amor; no se
dejará ella asediar de propuestas amorosas,
ni aguardará el ataque de asaltadores ojos,
ni abrirá su seno al oro, que hasta á los
santos seduce. ¡Oh! Es rica en belleza, y
únicamente pobre en el sentido de que,
cuando ella muera, con su hermosura tendrá
fin su caudal.

BENVOLIO.
- Entonces habrá hecho voto
de vivir en perpétua castidad.

ROMEO.
- Así es; y en tal parsimonia hace un
gran derroche, pues marchitando su belleza
con tales rigores, priva de ella á toda la
posteridad. Es sobrado hermosa, sobrado
discreta, sobrado discretamente hermosa
para merecer la gloria siendo causa de mi
desesperación: ha jurado renunciar al amor,
y con tal voto, vivo yo muero, que sólo
vivo para contártelo en este momento.

BENVOLIO.
- Sigue mi consejo: no pienses más
en ella.

ROMEO.
- ¡Ah! Enséñame, pues, como pueda
yo dejar de pensar.

BENVOLIO.
- Dando libertad á tus ojos. Fíjate
en otras beldades.

ROMEO.
- Tal medio conduciría á que yo pensara
aun más en su exquisita é incomparable
belleza. Esos afortunados antifaces
que besan el rostro de las damas bellas,
nos recuerdan con su negro matiz la radiante
hermosura que encubren. Aquel
que ciega de golpe no puede olvidar el
preciado tesoro de su vista perdida; muéstrame
una dama de extremada belleza; ¿de
qué servirá esa belleza sino de escrito en
el cual pueda yo leer quien aventajó aquella
aventajada belleza? Adiós; tú no sabes
enseñarme á olvidar.

BENVOLIO.
- Yo te daré tal enseñanza, ó de lo
contrario moriré deudor.

(Vanse)

ESCENA II

Una calle.
Entran CAPULETO, PÁRIS y UN CRIADO.

CAPULETO.
- Pero Montesco está obligado como
yo, bajo igual pena; y no será difícil, según
imagino, para unos hombres tan caducos
como nosotros, el mantener la paz.

PÁRIS.
- Los dos gozáis de honrosa consideración,
y es harto sensible que hayáis vivido
tanto tiempo enemistados. Mas, hablando
de otra cosa, decidme, señor: ¿qué respondéis
á mi demanda?

CAPULETO.
- No haré sino repetir lo que dije
antes. Mi hija no conoce el mundo todavía;
no ha visto aún transcurrir catorce
primaveras. Dejad que otros dos veranos
se marchiten en su esplendidez antes de
creerla nosotros en sazón para ser
desposada.

PÁRIS.
- Otras más jóvenes que ella son ya madres
dichosas.

CAPULETO.
- Y demasiado pronto ajadas están
aquellas que tan precozmente han sido
madres. La tierra ha tragado todas mis
esperanzas, á excepción de ella; ella es la
futura señora de mis tierras. Pero galanteadla,
noble Páris, conquistad su corazón; mi
voluntad es sólo una parte de su asentimiento;
si ella accede su elección entraña
mi asenso y voto favorable. Siguiendo
una inveterada costumbre, doy esta noche
una fiesta para la cual he invitado á varias
personas de mi aprecio, y vos seréis muy
bien venido si con vuestra presencia aumentáis
el número de los concurrentes.
En mi humilde mansión aprestaos á contemplar
esta noche estrellas que pisan la
tierra eclipsando la luz del cielo. El deleite
que experimenta el lozano mancebo cuando
el engalanado Abril pisa los talones del
claudicante invierno, lo sentiréis vos en
mi casa esta noche rodeado de frescos capullos
femeniles. Escuchad á todas esas
beldades, examinadlas todas, y dad la
preferencia á aquella cuyo mérito sea mayor.
Entre ellas, si os fijáis con detención,
veréis á mi hija, que puede figurar en el
número, mas no debe entrar en la cuenta.
Ea, venid conmigo. (Al criado, dándole un escrito)
Ve, muchacho; recorre toda la
hermosa Verona; busca las personas cuyos
nombres están aquí inscritos y diles que
si en ello tienen placer, mi casa y
bienvenida les están aguardando.

(Vanse Capuleto y PÁRIS.)

EL CRIADO.
- ¡Busca las personas cuyos nombres
están aquí inscritos! Escrito está que
el zapatero se entienda con su vara de medir,
el sastre con su horma, el pescador
con sus pinceles y el pintor con sus redes.
Pero á mí me mandan á buscar aquellas
personas cuyos nombres están aquí escritos,
y el caso es que nunca sabré yo qué
nombres son esos que el escribiente ha escrito
aquí. Tendré que acudir á una persona
de saber… En buena ocasión llegan.

Entran BENVOLIO y ROMEO.

BENVOLIO.
- Desengáñate, querido. Un fuego
extingue el ardor de otro; un dolor se mitiga
con el sufrimiento de otro dolor; da
vueltas hasta que te acometa el vértigo, y
te aliviarás girando en dirección inversa;
un pesar extremado se remedia con la aflicción
que otro causara; deja que se inficione
de nuevo tu ojo, y desaparecerá la violenta
ponzoña del mal antiguo.

ROMEO.
- Para eso es excelente la joda de llantén.

BENVOLIO.
- ¿Para qué?

ROMEO.
- Para la espinilla rota.

BENVOLIO.
- Vaya, ROMEO; tú estás loco.

ROMEO.
- Loco, no, pero sí más fuertemente
atado que un loco, recluído en una prisión,
privado de mi sustento, azotado y atormentado
y… (Al criado, que se acerca á ROMEO, gorro en mano y saludando.) Buenas
tardes, buen hombre.

EL CRIADO.
- Buenas os las dé Dios. Permitidme, señor: ¿sabéis leer?

ROMEO.
- Sí, mi propio sino en mi desventura.

EL CRIADO.
- Eso quizá lo aprendisteis sin libro. Pero, permitidme:
¿sabéis leer todo cuanto véis?

ROMEO.
- Sí, dado caso que yo entienda los caracteres y la lengua.

EL CRIADO.
- Habláis como un libro.
¡Ea, divertirse!

(Yéndose.)

ROMEO.
- Esperad, hombre; sé leer. (Toma el papel y lee.)
El señor Martino, su esposa é hijas; el conde
de Anselmo y sus agraciadas hermanas; la señora
viuda de Vitruvio; el señor Placencio y
sus simpáticas sobrinas; Mercurio y su hermano
Valentín; mi tío Capuleto, su esposa é
hijas; mi encantadora sobrina Rosalina;
Livia; el señor Valencio y su primo Tibaldo;
Lucio y la vivaracha Elena.
(Devuelve el papel al criado.) ¡Brillante reunión!
¿Y á dónde hay que ir?

EL CRIADO.
- Allá arriba.

ROMEO.
- ¿Adónde?

EL CRIADO.
- A cenar; á nuestra casa.

ROMEO.
- Pero, ¿á casa de quien?

EL CRIADO.
- Pues á la de mi amo.

ROMEO.
- Verdaderamente, eso es lo primero
que debía yo haberte preguntado.

EL CRIADO.
- Ahora os lo diré sin que lo preguntéis:
mi amo es el riquísimo Capuleto,
y si no sois vos de la casa de los Montescos,
os ruego vengáis á vaciar una copa de vino. Vaya, ¡divertirse!

(Vase.)

BENVOLIO.
- En esta misma tradicional fiesta
de los Capuletos, juntamente con todas las
admiradas beldades de Verona, cena la
encantadora Rosalina, á quien tanto amas;
ve allá, y con ojos desapasionados compara
su rostro con algunos que voy á mostrarte,
y haré que acabes por creer que tu
cisne es un cuervo.

ROMEO.
- Cuando la devota religión de mis
ojos sostenga semejante falsedad, truéquense
mis lágrimas en llamas, y estos
diáfanos herejes, tantas veces anegados
sin poder morir jamás, sean quemados
como impostores. ¡Una mujer más bella que
mi amada! El sol que todo lo ve, nunca
vió su igual desde que el mundo empezó á
existir.

BENVOLIO.
- ¡Calla, calla! Tú la viste hermosa
porque no habiendo otra á su lado, se
equilibró ella sola en la balanza de tus
ojos; pero contrapesa en esas balanzas cristalinas
tu dueño adorado con alguna otra
doncella que yo te mostraré resplandeciente
en esa fiesta, y entonces apenas te
parecerá bien la que ahora te parece
superior.

ROMEO.
- Te acompañaré, no para que me
muestres el espectáculo de semejantes beldades,
sino para recrearme en el esplendor
de la mía.

(Vanse.)

ESCENA III

Sala en casa de Capuleto.
Entran la SEÑORA DE CAPULETO y la NODRIZA.

SRA. DE CAP.
- Ama, ¿dónde está mi hija?
Llámala y que venga.

NODRIZA.
- Pues por mi virginidad… cuando
tenía yo doce años, que ya le he dicho que
viniera. (Llamando.) ¡Eh, cordera! ¡Eh,
pimpollo!... ¡Quiera Dios que no le haya
pasado algo! Pero, ¿dónde estará esa chica?...
¡Eh, Julieta!

Entra JULIETA.

JULIETA.
- ¿Qué ocurre? ¿Quién me llama?

NODRIZA.
- Vuestra madre.

JULIETA.
- Heme aquí, señora. ¿Qué me mandáis?

SRA. DE CAP.
- Vas á saber de qué se trata.
Ama, déjanos solas un momento; tenemos
que hablar reservadamente… Pero no,
ama, vuelve acá, lo he pensado mejor, tú
oirás nuestro secreto. Bien sabes que mi
hija tiene una edad razonable.

NODRIZA.
- A fe que os puedo decir su edad sin
equivocarme de una hora.

SRA. DE CAP.
- No ha cumplido aún catorce
años.

NODRIZA.
- Apostaré catorce de mis dientes.
(aunque, con mucho pesar lo digo, tengo
sólo cuatro) á que ella no tiene catorce
años todavía. ¿Cuánto falta para el día
primero de agosto?

SRA. DE CAP.
- Día más, día menos, un par de
semanas.

NODRIZA.
- Pues venga á pares ó venga á nones,
cabalmente en ese día del año, la víspera
del próximo día primero de agosto por la
noche, cumplirá ella catorce años. Julieta
y Susana (Dios la tenga en su santa gloria)
tenían la misma edad. ¡Como ha de ser!
Susana está gozando de Dios; era demasiado
buena para mí. Pues como iba diciendo,
la víspera del día primero de agosto
por la noche cumplirá ella catorce años.
¡Vaya si los cumplirá! Lo recuerdo muy
bien. Del terremoto hace ahora once años,
y de todos los días del año justamente
aquel mismo día (nunca lo olvidaré) fué
cuando la destetamos; porque entonces yo
me había untado los pezones con ajenjo, y
estaba sentada al sol junto á la pared del
palomar. Mi amo y vos estabais á la sazón
en Mántua… ¡Qué, si la memoria que yo
tengo…! Pues, como decía, cuando la chiquilla
cató el ajenjo que había en la teta y
lo encontró amargo, ¡pobre angelito!,
era de ver el mohín que hizo y cómo se
enfurruñó con el pecho. En esto, el palomar
empezó á tambalearse. No hubo necesidad,
os lo juro, de que me dijeran que echase
yo á correr. Y desde aquel tiempo han pasado
once años, porque entonces ella ya
podía tenerse en pie solita, ¡qué digo! Por
mi santiguada, si ya podía correr y andar
como un pato de una parte á otra, porque
cabalmente el día antes se hizo ella un
chichón en la frente, y entonces mi marido
(de Dios goce su alma) – era un hombre
muy chusco, - levantó del suelo á la chiquilla,
y le dijo: ¡Vaya! ¿Te caes de bruces?
Cuando tengas más juico te caerás de espaldas.
¿No es eso Julia? Y por mi salvación,
la bribonzuela cesó de llorar en
seco, y dijo: . ¡A ver ahora como una
burla se convertirá en veras! Os aseguro
que aunque viviera yo mil años, nunca lo
olvidaría: ¿No es eso Julia? dijo él, y la
loquilla se reprimió y dijo: Si.

SRA. DE CAP.
- Basta de eso. Cállate, por favor.

NODRIZA.
- Ya, ya, señora. Pero no puedo
menos de reirme al pensar que ella dejó
de llorar y dijo: ; y eso que, os lo aseguro,
tenía en la frente un chichón tan grande
como una criadilla de gallo tierno, un
porrazo tremendo, y ella lloraba sin consuelo.
¡Vaya! dijo mi marido; ¿te caes de
bruces? Ya te caerás de espaldas cuando seas
mayor. ¿No es verdad, Julia? y la chiquilla se reprimió
y dijo: Si.

JULIETA.
- Y hazme el favor de reprimirte tú
también, ama, te digo.

NODRIZA.
- Sosiégate; ya he concluido. Dios te
favorezca con su gracia. Tú fuiste la criatura
más gachona que he criado jamás; y si
llegara yo á vivir bastante para verte algún
dia casada. Quedarían cumplidos mis
deseos.

SRA. DE CAP.
- Por cierto, que de casarla es
precisamente de lo que iba yo á hablar.
Dime, Julieta, hija mía: ¿sientes inclinación
a casarte?

JULIETA.
- Es un honor en que nunca había yo
soñado.

NODRIZA.
- ¡Un honor! Si no fuera yo tu única
nodriza, diría que habías mamado la sabiduría
en los pechos á que te criaste.

SRA. DE CAP.
- Pues bien, hora es ya de pensar
en el matrimonio. Aquí en Verona otras hay
más jóvenes que tú, señoras que gozan de
gran estimación, y ya son madres; yo misma,
según mis cuentas, era ya tu madre
mucho antes de esa edad en que tú eres
doncella todavía. Así, pues, te lo diré en
breves palabras: el arrogante Páris te
solicita por esposa.

NODRIZA.
- ¡Qué hombre, señorita! Señora, es
un hombre… vaya, ¡la mar! Digo, digo;
si es una figura de cera.

SRA. DE CAP.
- El estio de Verona no tiene
alguna flor que le iguale.

NODRIZA.
- ¡Vaya si es una flor! Una verdadera
flor, á fe mía.

SRA. DE CAP.
- ¿Qué dices? ¿Amarás á ese hidalgo?
Esta noche le verás en nuestra fiesta.
Lee en el libro del rostro del joven
Páris, y descubre allí el encanto escrito con
la pluma de la gentileza; examina la armonía
de todas sus facciones y como ellas se
prestan realce mutuamente; y si algo
obscuro hay en este hermoso libro, búscalo
escrito en el margen de sus ojos. Este
precioso libro de amor, este amante sin
enlace, para completar su belleza sólo
necesita una cubierta. El pez vive en el
mar, y es un grande orgullo para la belleza
exterior encubrir la belleza interior.
El libro que, encerrando una aurea leyenda,
está adornado con chapas de oro, participa
de la gloria de ellas á los ojos de multitud
de gente; así también tú, teniéndole
á él, participarás de todo cuanto posee, sin
recibir mengua alguna.

NODRIZA.
- ¿Mengua? ¡Quiá! ¡Aumento! Junto
á los hombres, las mujeres abultan más.

SRA. DE CAP.
- Habla sin rodeos. ¿Verás con
agrado el amor de Páris?

JULIETA.
- Veré de amarle, si es que el ver
mueve el amar; pero los dardos de mis
ojos no irán más allá de lo que consienta
la fuerza que á su vuelo preste vuestra
licencia.

Entra un CRIADO

CRIADO.
- Señora, han llegado ya los convidados;
la cena está servida; piden por vos;
preguntan por la señorita; en la despensa
están diciendo al ama, y todo está en
el colmo del movimiento. Yo tengo que
irme para servir, os ruego que vengáis sin
tardar.

SRA. DE CAP.
- Te seguimos.

(Vase el criado.)

NODRIZA.
- Ve, niña; busca felices noches á los días felices.

(Vanse.)

ESCENA IV

Una calle.
Entran ROMEO, en disfraz de peregrino, MERCUCIO, BENVOLIO con otras cinco ó seis máscaras y otras personas, algunas de ellas llevando hachones.

ROMEO.
– Y bien, ¿recitamos en descargo nuestro
este discurso, ó nos colamos dentro
sin andarnos en apologías ni requilorios?

BENVOLIO.
– Esas engorrosas arengas pasaron
ya de moda. No tendremos ningún Cupido
con una venda en los ojos y en la mano un
arco tártaro hecho de una lista de pintada
madera, asustando á las damas como si
fuera un espantajo; ni tampoco para entrar
tendremos ningún prólogo sin libro,
pronunciado con voz desmayada siguiendo
al apuntador. Que nos midan como ellos
quieran; por nuestra parte les mediremos
algún paso de danza, y luego nos marcharemos.

ROMEO.
– A mí dadme una antorcha; no estoy
yo por esos contoneos. Como estoy tan
sombrío, quiero llevar la luz.

MERCUCIO.
– ¡Quita, quita, querido ROMEO!
Queremos que bailes.

ROMEO.
– No, creedme. Vosotros lleváis zapatos
bailones de suela ligera; y yo tengo el
alma de plomo, que me deja clavado en el
suelo sin que pueda yo moverme.

MERCUCIO.
– Tú estás enamorado; pide á Cupido
te preste sus alas, y remóntate con ellas
á desusadas alturas.

ROMEO.
– Estoy demasiado cruelmente herido
por su saeta para remontarme con sus leves
alas, y, encadenado como estoy, no
puedo saltar un punto por encima de la
negra pesadumbre. Caigo agobiado bajo la
abrumadora carga del amor.

MERCUCIO.
– Y, á caerle tú encima, aplastarías
al Amor con tu peso: harto grande opresión
para un sér tan tierno.

ROMEO.
– ¿Tierno el amor? Es demasiado rudo,
demasiado brutal, demasiado violento, y
pincha como el abrojo.

MERCUCIO.
– Si Amor es rudo contigo, sé tú rudo
con él, y puesto que él te pica á ti, híncale
tú el pincho, y cátale rendido. Dadme
un estuche en que poner mi rostro.
(Poniéndose el antifaz). ¡Una careta para otra
careta! ¿Qué me importa á mí ahora que
algún ojo curioso advierta mis deformidades?
Aquí están estos mofletes de cartón que
se ruborizarán por mí.

BENVOLIO.
– ¡Ea! ¡Llamad, y adelante; y no
bien estemos dentro, que cada cual recurra
á sus piernas.

ROMEO.
—Una antorcha para mí. Los casquivanos
de corazón alegre hagan en buen
hora cosquillas con los pies á los insensibles
juncos; por mi parte, aténgome al
refrán del abuelo; yo tendré la luz, y miraré.
El juego nunca se presintió mejor, y yo
he concluído de jugar. Mis negros duelos
no se concilian con los regocijos de esta
noche.

MERCUCIO.
– ¡Bah! De noche todos los gatos
son pardos, como dijo el otro, y si eres
tú de un color parecido, te sacaremos de
ese lodazal (con perdón sea dicho) de tu
amor, en que te hallas hundido hasta las
orejas. Ea, ven; que estamos alumbrando
al sol.

ROMEO.
– No, eso no es cierto.

MERCUCIO.
– Quiero decir, caro amigo, que
con esas dilaciones, gastamos en vano
nuestras luces, como sí fueran lámparas
encendidas en pleno día. Toma mis palabras
en su verdadero sentido, puesto que
nuestra intención se halla cinco veces en él
antes que una sola vez en nuestras cinco
potencias.

ROMEO.
– Y nosotros tenemos buena intención
al concurrir á esta mascarada, pero es una falta de sentido ir á ella.

MERCUCIO.
– ¿Y puede saberse por qué?

ROMEO.
– Esta noche he tenido un sueño.

MERCUCIO.
– También yo.

ROMEO.
– Veamos, ¿qué soñaste?

MERCUCIO.
– Que los soñadores suelen mentir.

ROMEO.
– Sí, pero mientras están dormidos en la cama, sueñan cosas verídicas.

MERCUCIO.
– ¡Ah! Ya veo, pues, que te ha hecho
una visita la reina Mab. Ella es la partera
de las ilusiones, y en una figura no
mayor que la piedra ágata que brilla en el
dedo índice de un regidor, preséntase
arrastrada por un tronco de átomos diminutos
por las narices de los hombres mientras
están dormidos. Los rayos de las ruedas
de su coche son fabricados de largas
patas de araña; la cubierta, de alas de saltamontes;
los tirantes, de finísima telaraña;
los arneses, de húmedos rayos de la luna;
su látigo es un hueso de grillo; la traílla
de hebra sutil; su auriga es un pequeño
cinife de librea gris, que no es ni la mitad
tan grande como el redondo gusanillo que
con la punta de un alfiler se saca del perezoso
dedo de una doncella; su carroza
es una cáscara de avellana labrada por la
ardilla, maestra carpintera, ó por el viejo
gorgojo, que de tiempo inmemorial son los
artífices de carruajes de las hadas. Y con
ese fastuoso tren galopa noche tras noche
por los sesos de los enamorados, que luego
sueñan con amores; sobre las rodillas de
los cortesanos; que al punto sueñan con
reverencias; por los dedos de los abogados
que inmediatamente sueñan con honorarios;
por los labios de las damas, que acto
contínuo sueñan con besos, por esos labios
que á menudo la airada reina Mab infecta
de pupas, por haber ellas viviado su aliento
con aromáticos dulces. Ora galopa
por la nariz de un palaciego, y entonces
sueña él que anda husmeando una promoción;
ora viene ella, y con el rabo de un
lechón del diezmo hace cosquillas en la nariz
de un canónigo mientras duerme, y le
hace soñar con una nueva prebenda; ora
se pasea en su carroza por el cuello de un
soldado, y entonces sueña él con degüellos
de enemigos, brechas, emboscadas, hojas
toledanas, brindis y tragos sin fin; y á lo
mejor del caso toca ella junto á su oído un
redoble de tambor, con lo cual despierta él
sobresaltado, y con semejante susto en el
cuerpo reniega una oración ó dos, y se
queda otra vez dormido. Esta propia Mab
es la que durante la noche trenza las crines
de los caballos y conglutina las enmarañadas
greñas en feos y asquerosos nudos
de cabello, que una vez desenredados,
presagian grandes calamidades. Esta es la
bruja que cuando las doncellas están tendidas
boca arriba en la cama, las aprieta y
las enseña primero á resistir haciendo de ellas mujeres de
mucho aguante; esta es la que...

ROMEO.
– Basta, basta, Mercucio; no dices más
que vaciedades.

MERCUCIO.
– Es verdad, hablo en sueños, que
son los hijos de un cerebro ocioso, engendrados
tan sólo por la vana fantasía,
insubstancial como el aire y más variable
que el viento, que ahora acaricia el seno
helado del Norte, y una vez irritado, da
bufidos desde allí volviendo la faz al mediodía
destilador de rocío.

BENVOLIO.
– Ese viento de que estás hablando
nos arrastra lejos de nosotros mismos;
la cena habrá terminado ya, y llegaremos
demasiado tarde.

ROMEO.
– Yo creo que demasiado temprano,
porque mi corazón presiente que algún fatal
suceso, todavía suspendido en los astros,
va á comenzar amargamente su temible
curso con los bulliciosos regocijos de esta
noche, y pondrá término á esta odiosa vida
encerrada en mi pecho, con el golpe
aleve de prematura muerte. Pero que Aquel que
gobierna el timón de mi existencia
guie mi nave. Adelante, alegres
camaradas.

BENVOLIO.
– Bate, tambor.

(Vanse).

ESCENA V

Salón en casa de CAPULETO.
Unos MÚSICOS que están esperando. Entran dos CRIADOS con servilletas.

CRIADO 1.º
– ¿Dónde está Peroles, que no me
ayuda á quitar la mesa? ¿El cambiar un
plato? ¿El fregar un plato?

CRIADO 2.º
– Cuando el cuidado de una casa
está en manos de uno ó dos solamente, y
aun estás sin lavar, es un asco.

CRIADO 1.º
– ¡Afuera las banquetas plegadizas,
quita el aparador, ojo á la vajilla de plata!
Oye, mi buen amigo: resérvame un trozo
de mazapán, y puesto que me aprecias, haz
que el portero deje entrar á Susana
Asperón y á Leonor. (Llamando). ¡Antonio!
¡Peroles!

Entran otros DOS CRIADOS.

CRIADO 3.º
– Ya voy, chico.

CRIADO 1.º
– En el salón grande os necesitan,
os llaman, preguntan por vosotros y os
andan buscando.

CRIADO 3.º
– No podemos estar á la vez aquí y
allí.

CRIADO 2.º
– Vivo, vivo, muchachos; menearse
un poco, y el último que quede
arramble con todo.

(Se retiran hacia el foro).
Entran CAPULETO, JULIETA, TIBALDO y otras personas de la casa, disponiéndose á recibir á los convidados y máscaras, que entran por la parte opuesta.

CAPULETO.
– ¡Bien venidos, señores! Las damas
que no tengan callos en los pies se
dignarán dar unas vueltecitas con vosotros.
¡Ajajá, señoras mías! ¿Quién será de vosotras
que se niegue ahora á bailar? La que
se haga la melindrosa, de juro, es que tiene
callos. Que tal, ¿lo acerté?
(A otros invitados que van llegando.) Bien venidos seáis,
caballeros. En mis buenos tiempos también
me ponía yo antifaz, y sabía contar en voz
baja al oído de una hermosa dama algún
cuentecillo muy agradable; pero ¡se acabó,
se acabó, se acabó!...
(A ROMEO y sus compañeros.) Sed bien venidos, señores. Ea,
músicos, á tocar. ¡Plaza, plaza! Despejar un
poco, y á bailar con pie ligero, niñas.
(Los músicos tocan y empieza el baile.) Más luz,
muchachos. Retirad las mesas, apagad la
lumbre, que hace demasiado calor en este
salón. ¡Ah, compadre! Nos viene de perlas esta inesperada
fiesta. Vaya, sentaos, sentaos, querido
primo CAPULETO. Para vos y para mí ha
pasado ya el tiempo de bailar. ¿Cuánto
tiempo hará de la última vez que estuvimos
en un baile de máscaras?

CAPULETO 2.º
– ¡Virgen Santa! Treinta años.

CAPULETO 1.º
– ¡Qué estáis ahí diciendo, hombre!
No tanto, no tanto. De las bodas de
Lucencio, venga la Pascua tan aprisa como
quiera, hace veinte y cinco años, y entonces
nos disfrazamos.

CAPULETO 2.º
– Hace más tiempo, más tiempo.
Si su hijo tiene más edad, señor mío; su
hijo cuenta ya treinta años.

CAPULETO 1.º
¡Qué me decís á mí! Hace dos
años que su hijo no había salido aún de
tutela.

ROMEO.
– (A un criado, señalando á Julieta.) ¿Qué dama es aquella que enriquece la
mano de aquel caballero?

CRIADO.
– No sé decíroslo, señor.

ROMEO.
– ¡Oh! De ella debe aprender á brillar
la luz de las antorchas. Con su hermosura,
parece que cuelga en la mejilla de
la noche como una valiosa joya en la oreja
de una etíope. ¡Belleza harto exquisita para
gozar de ella; harto preciosa para la tierra!
Cual nívea paloma en medio de una bandada
de cuervos, se muestra esa dama entre
sus compañeras. Luego que termine el
baile, observaré donde vaya ella á colocarse,
y con el contacto de la suya haré venturosa
mi ruda mano. ¿Por dicha amó
hasta ahora mi corazón? Jurad que no,
ojos míos, pues hasta la noche presente jamás
ví la verdadera hermosura.

TIBALDO.
– (Aparte.) Por su voz ese hombre
debe de ser un Montesco. (A un paje.)
Tráeme acá mi espada, muchacho.
(Aparte.) ¿Cómo se atreve el menguado á venir
aquí, cubierto el rostro con grotesco antifaz,
para hacer befa y ludibrio de nuestra
solemne fiesta? A ser ello así, juro por mi
linaje y el honor de mi familia que no
tendría por pecado tenderle muerto á mis
pies.

CAPULETO 1.º
– ¡Hola! ¿Qué acontece, sobrino?
¿Por qué así te alteras?

TIBALDO.
– Tío, ese hombre es un Montesco,
un adversario nuestro, un villano que por
despecho ha venido aquí esta noche para
escarnecer nuestro brillante festín.

CAPULETO.
– ¿No es el joven ROMEO?

TIBALDO.
– El mismo, ese villano ROMEO.

CAPULETO.
– Sosiégate, caro sobrino, déjale
en paz, pues se porta cual noble caballero,
y á decir verdad, Verona está enorgullecida
de él por ser un joven virtuoso y de
intachable conducta. No quisiera yo, á trueque
de todas las riquezas de la ciudad, inferirle
aquí en mi casa el menor ultraje.
Así pues, cálmate, y no te ocupes más de
él. Esta es mi voluntad, y si tú la respetas,
muestra un aire afable y depón ese ceño,
ese talante fiero que tan mal cuadra en una
fiesta.

TIBALDO.
– Es el que mejor cuadra cuando entre
los concurrentes hay un canalla como
ése. No le sufriré.

CAPULETO.
– Le sufrirás. ¡Vaya unas ínfulas
gasta el nene! Le sufrirás, te digo.
¡Vaya! ¿Quién manda aquí, tú ó yo? ¡Vaya!
¿Que no le sufrirás? ¡Dios me perdone!
¿Vas á pomover un motín entre mis huéspedes?
Tú quieres tener mucho gallo y
echarlo todo á rodar. ¡Vamos! Que para
esas cosas eres aún muy niño.

TIBALDO.
– Pero tío, eso es una vergüenza...

CAPULETO 1.º
– ¡Anda, anda! Vete á paseo.
Eres un chiquillo impertinente. ¿Conque
es una vergüenza, eh? Cuidado no te cueste
la cosa, y bien sé lo que me digo.
¡Pues no faltaba más que vinieras á llevarme
la contra! Pardiez, ¡en buena ocasión!...
(A los que bailan.) ¡Bravamente, hijos
míos!... (A TIBALDO.) Eres un fachendoso.
Vamos, haya paz, ó de lo contrario...
(A uno de los criados.) ¡Más luz, más luz!
(A Tibaldo) ¡Eso es un escándalo! Pero yo te
bajaré los bríos. ¡Ea, animarse, hijos míos!

TIBALDO.
– La paciencia forzada chocando
con una voluntaria cólera hacen estremecer
mi cuerpo cada vez que se encuentran.
Voy á retirarme, pero esa intrusión que
ahora parece tan dulce, se trocará en amarguísima
hiel.

(Vase.)

ROMEO.
– (Tomando la mano de Julieta.) Si con
mi diestra por demás indigna profano yo
ese santo sagrario, sea esta la dulce expiación:
mis labios, cual dos ruborizados peregrinos,
están prestos á suavizar con un
tierno beso este rudo contacto.

JULIETA.
– Buen peregrino, injusto en demasía
sois con vuestra mano, que en esto sólo
muestra respetuosa devoción; pues los
santos tienen manos á quienes tocan las manos
de los peregrinos, y enlazar palma con
palma es el ósculo de los piadosos
palmeros.

ROMEO.
– ¿No tienen acaso labios los santos y
también los piadosos palmeros?

JULIETA.
– Si tal, peregrino: labios que han
emplear en la oración.

ROMEO.
– ¡Oh! Siendo así, santa adorada, permite
que hagan los labios lo que hacen las
manos; ellos te ruegan, accede tú, no sea
que la fe se mude en desesperación.

JULIETA.
– Los santos no se mueven, aun cuando
accedan á las súplicas.

ROMEO.
– Entonces no te muevas mientras
recojo el fruto de mis preces. Así, mediante
vuestros labios, los míos quedan limpios
de pecado.

(La besa.)

JULIETA.
– De esta suerte pasó á mis labios el
pecado que ellos han contraído...

ROMEO.
– ¿Pecado contraído de mis labios? ¡Oh
culpa deliciosamente transferida! Devolvedme,
pues, el pecado mío.

JULIETA.
– Vos besáis en toda regla.

NODRIZA.
– Señorita, vuestra madre desea
deciros dos palabras.

(Julieta se retira.)

ROMEO.
– (A la Nodriza.) ¿Quién es su madre?

NODRIZA.
– Pardiez, mancebo; su madre es la
señora de la casa, y es una buena señora,
prudente y virtuosa. Yo crié á su hija, esa
con quien estábais hablando, y os aseguro
que aquel que logre pescarla, tendrá no
poco din.

ROMEO.
– ¿Es Capuleto ella? ¡Oh, cuán cara
me sale la cuenta! Debo la vida á mi enemigo.

BENVOLIO.
– (A ROMEO.) ¡Afuera! Vámonos; la
fiesta ha llegado al colmo de su esplendor.

ROMEO.
– Así lo temo, y tanto mayor es mi
intranquilidad.

CAPULETO.
– Eh, señores; no os dispongáis
á salir. Nos espera un modesto é insignificante
refrigerio.
(ROMEO y sus amigos se excusan con ademanes.) ¿Conque insistís? Entonces
os doy las gracias á todos. Gracias, respetables
caballeros; adiós... ¡Más antorchas
aquí!... Adelante, pues; vámonos á
acostar. (A Capuleto 2.º.) Ah, querido!
A fe mía, va haciéndose tarde. Voyme á descansar.

(Vanse todos, menos Julieta y la Nodriza.)

JULIETA.
– Ama, ven acá. ¿Quién es aquel
caballero?

NODRIZA.
– Es el hijo y heredero del viejo
Tiberio.

JULIETA.
– ¿Quién es aquel que ahora sale de
la puerta?

NODRIZA.
– Pardiez, pienso que es el joven
Petruchio.

JULIETA.
– Y aquel que le sigue, que no quería
bailar, ¿quién es?

NODRIZA.
– Yo no sé.

JULIETA.
– Ve, pregunta su nombre. (Vase la nodriza.)
Si está casado, mi tumba ha de ser
probablemente mi lecho nupcial.

NODRIZA.
– (Volviendo.) Se llama ROMEO, y es
Montesco. Es el hijo único de vuestro mayor
enemigo.

JULIETA.
– ¡Mi único amor nacido de mi único
odio! ¡Harto pronto le vi sin conocerle, y
harto tarde le conocí! ¡Portentoso fruto del
amor es para mí, que tenga yo que amar
á un enemigo execrado!

NODRIZA.
– ¿Qué decís, qué decís?

JULIETA.
– Unos versos que acabo de aprender
de uno con quien bailaba.

UNA VOZ DENTRO.
– ¡Julieta!

NODRIZA.
– Al momento, al momento. Venid,
salgamos; todos los huéspedes se han ido
ya.

(Vanse.)

PRÓLOGO

Entra el CORO.

EL CORO.
– El antiguo deseo yace ahora en su
lecho de muerte, y una joven pasión aspira
á ser su heredera. Aquella beldad por quien
el amante suspiraba y quería morir,
comparada con la tierna Julieta, ha dejado de
ser bella. Ahora ROMEO es amado, y ama
él á su vez. Igualmente hechizados están
los dos amantes por el encanto de sus miradas;
pero él ha de expresar sus querellas
á la supuesta enemiga suya, y ella ha de
robar de temibles anzuelos el delicioso cebo
del amor. Considerado como adversario,
no puede él acercarse á su amada para
expresarle aquellos votos que suelen hacer
los amantes, y ella, igualmente enamorada,
cuenta aún con menos medios para verse
en alguna parte con su recién amado. Mas
la pasión les presta fuerza, y el tiempo medios
para encontrarse, suavizando con extremada
dulzura el extremado rigor de la
suerte.

(Vase.)

ESCENA PRIMERA

Una callejuela contigua al jardín de CAPULETO.
Entra ROMEO.

ROMEO.
– ¿Cómo ir más lejos cuando mi corazón
está aquí? Vuelve atrás, tierra inerte,
y encuentra tu centro.

(Escala el muro y salta al jardín.)
Entran BENVOLIO y MERCUCIO.

BENVOLIO.
– ¡ROMEO! ¡Caro primo ROMEO!

MERCUCIO.
– Es un chico muy sesudo, y por
mi vida, juraría que nos ha dado
esquinazo para irse á acostar.

BENVOLIO.
– Andaba apresuradamente por
aquí y ha saltado la tapia de este jardín.
Llámale, amigo Mercucio.

MERCUCIO.
– Más haré yo: le conjuraré también.
¡ROMEO! ¡caprichos! ¡insano! ¡pasión!
¡amante! Aparece en forma de suspiro; recita
un verso siquiera, y me doy por satifecho.
Exclama únicamente: ¡Ay de mí!
Aparea tan sólo anhelo y mi cielo; echa
un piropo á mi comadre Venus; inventa
un apodo para su ciego hijo y heredero, el
tierno Abraham Cupido, aquel que hizo
un disparo tan certero cuando el rey Cofétua
se enamoró de la joven mendiga...
Pero no oye, ni se agita, ni se mueve.
El pobrecillo estará bien muerto, y no habrá
más remedio que conjurarlo. ¡Por los brillantes
ojos de Rosalina, por su alta frente
y sus labios de coral, por su hechicero pie,
esbelta pierna, tremulento muslo y por los
territorios allí adyacentes, yo te conjuro
para que te nos aparezcas en tu propia
figura!

BENVOLIO.
– Si te oye le vas á disgustar.

MERCUCIO.
– No, esto no puede disgustarle; lo
que le causaría un disgusto sería hacer
surgir en el círculo de su ninfa un fantasma
de extraña naturaleza, y dejarle erguido
allí hasta que ella le hubiese abatido á
fuerza de exorcismos. Esto sí que le causaría
despecho; pero mi evocación es razonable
y honesta, y en nombre de su dama
tan sólo le conjuro para hacerle surgir
á él.

BENVOLIO.
– Vamos, se habrá escondido entre
estos árboles para estar en consorcio con la
vaporosa noche. Su amor es ciego, y en
ninguna parte se halla mejor que en la
obscuridad.

MERCUCIO.
– Si amor es ciego, no puede dar en
el blanco. Ahora se estará ROMEO sentado
al pie de un níspero deseando que su dama
sea esa especie de fruta que las muchachas
designan con un nombre muy expresivo
cuando bromean á solas. ¡Ah, ROMEO!
¡Si ella fuese, oh, si ella fuese un etcétera
abierto, y tú una pera poperina!... ROMEO,
buenas noches. Yo me voy á mi cama
de ruedas; este lecho de campaña es
demasiado frío para que pueda yo dormir.
Ea, ¿vámonos?

BENVOLIO.
– Vámonos, pues. Porque es trabajo
perdido buscar en este sitio á quien
no quiere que le hallen.

(Vanse.)

ESCENA II

El jardín de CAPULETO.
Entra ROMEO.

ROMEO.
– Ríese de las llagas quien nunca
recibió herida alguna. Aparece JULIETA en un balcón.
Pero ¡silencio! ¿Qué resplandor se abre paso
á través de aquella ventana? Es el oriente,
y Julieta el sol. Aparece, sol hermoso, y
mata la envidiosa luna, que ya languidece
y se pone pálida de sentimiento porque tú,
doncella suya, la aventajas mucho en belleza.
No la sirvas, puesto que es envidiosa;
su vestal exterior es enfermizo y verdoso,
como el color del vestido que llevan
los bufones; deséchalo. Es mi dueño; ¡oh, es
mi amor! ¡Ah! ¡si ella supiera que lo es!...
Habla, pero nada deja oir; mas ¿qué importa?
Hablan sus ojos; voy á responderles.
Pero soy harto presuntuoso; no es á
mí á quien habla: dos de las más hermosas
estrellas del firmamento, teniendo algún
quehacer, ruegan á sus ojos que resplandezcan
en sus esferas hasta su regreso. ¿Y
si estuviesen los ojos de ella en el cielo, y
las estrellas en su rostro? No; la brillantez
de su semblante avergonzaría aquellos astros,
como la luz del día avergüenza la de
una lámpara. Sus ojos, desde la celeste bóveda,
despedirían á través de la región etérea
unos rayos de luz tan esplendorosos,
que los avecillas empezarían á gorjear
pensando que no era de noche... ¡Ved cómo
apoya la mejilla en su mano! ¡Ah! ¡Si
fuera yo guante de tal mano para poder tocar
esa mejilla!

JULIETA.
– (Aparte.) ¡Ay de mí!

ROMEO.
– (Aparte.) Ella habla... ¡Oh, habla de
nuevo, ángel resplandeciente! Pues eres
tan esplendorosa esta noche, estando encima
de mi cabeza, como un alado mensajero
celeste ante los ojos puestos en blanco
y maravillado de los mortales que se inclinan
hacia atrás para contemplarle cuando
él, montado sobre las perezosas nubes, navega
en el seno del aire.

JULIETA.
– (Aparte.) ¡Ah, ROMEO, ROMEO!
¿Por qué eres tú ROMEO? Niega á tu padre
y desecha tu nombre; ó si esto no quieres,
júrame tan sólo que me amas, y al punto
dejaré yo de ser CAPULETO.

ROMEO.
– (Aparte.) ¿Seguiré escuchando, ó
responderé á sus palabras?

JULIETA.
– (Aparte.) Sólo tu nombre es mi
enemigo. Tú eres tú mismo, seas ó no
seas Montesco. ¿Qué es Montesco? No
es mano, ni pie, brazo, rostro ni otra parte
alguna de hombre. ¡Oh! ¡Sea otro tu nombre!
¿Qué hay en un nombre? Aquello que
llamamos rosa ¿no exhalaría con cualquiera
otra denominación el mismo grato perfume?
Así también ROMEO, aun cuando no
se apellidara ROMEO, conservaría sin tal
título las raras perfecciones que atesora.
ROMEO, abdica tu nombre, y á trueque de
ese nombre que no forma parte de ti, tómame
á mi entera.

ROMEO.
– Te cojo por la palabra. Llámame tan
sólo «amor mío», y seré de nuevo bautizado.
Desde este instante, nunca más seré
ROMEO.

JULIETA.
– ¿Quién eres tú, que así envuelto en
la noche, de tal modo sorprendes mi
secreto?

ROMEO.
– Con un nombre no sé cómo expresarte
quién soy. Mi nombre, santa adorada,
me es odioso porque es para tí un enemigo.
A tenerla escrita, rasgara yo tal
palabra.

JULIETA.
– Mis oídos no han bebido aún cien
palabras proferidas por esa lengua, y á pesar
de ello conozco el acento. ¿No eres tú
ROMEO y Montesco?

ROMEO.
– Ni uno ni otro, hermosa niña; si
te desplace cualquiera de los dos.

JULIETA.
– Pero dime: ¿cómo viniste aquí, y
para qué? Las tapias del jardín son altas y
difíciles de escalar, y el sitio es de muerte,
considerando quien eres tú, si alguno de
mis deudos te sorprende aquí.

ROMEO.
– Con ligeras alas de amor salvé estos
muros, pues no hay cerca de piedra que
pueda atajar el amor, y aquello que el
amor puede hacer, aquello que el amor osa intentar;
así que, tus deudos no son estorbo
para mí.

JULIETA.
– Te quitarán la vida si te descubren.

ROMEO.
– ¡Ah! Más peligro hay en tus ojos que
en veinte espadas de ellos. Mírame sólo
con amor, y estoy fuerte contra su
enemistad.

JULIETA.
– Por todo el mundo no quisiera yo
que te vieran en este sitio.

ROMEO.
– Tengo el manto de la noche para
ocultarme á sus miradas; y si no me amas,
déjales que me hallen aquí. Vale más terminar
mi vida siendo víctima de su odio,
que diferir la muerte, falto de tu amor.

JULIETA.
– ¿Quién fué tu guía para descubrir
este sitio?

ROMEO.
– Amor. El fué quien me incitó primero
á inquirir; prestóme él consejo, y yo
le presté mis ojos. No soy piloto, y á pesar
de ello, aunque estuvieras tan lejos como
la dilatada ribera que baña el más remoto
mar, no vacilaría yo en arriesgarme por
semejante mercancía.

JULIETA.
– Bien sabes que cubre mi rostro el
velo de la noche; de otra suerte, virginal
rubor teñiría mis mejillas por lo que me
oíste expresar esta noche. Gustosa quisiera
yo guardar las formas; gustosa, sí, muy
gustosa negar cuanto dije. Mas, dejémonos
de ceremonias. ¿Me amas de veras? Bien sé
que me dirás que sí, y yo te creeré sobre
tu palabra; además, si lo juras, puedes resultar
falso, y de los perjurios de los amantes
diz que Júpiter se ríe. ¡Oh! Dulce
ROMEO, si de veras me quieres, decláralo
sinceramente; ó si tú imaginas tal vez que
yo me dejo seducir sobrado pronto, me pondré
ceñuda, seré esquiva, y así tendrás empeño
en galantearme; de otra suerte, por nada
del mundo haría yo tal. A la verdad, gentil
Montesco la pasión me hace ser harto
indiscreta y por tal motivo acaso tacharás
de liviana mi conducta. Mas créeme,
noble doncel, yo daré pruebas de ser
más sincera que aquellas que tienen más
destreza en disimular. Sí; hubiera yo sido
más reservada, debo confesarlo, á no haber
tú oído por azar, y antes que yo lo advirtiera,
los apasionados desahogos de mi verdadero
amor. Perdóname, pues, y no achaques
á liviano amor esta flaqueza mía, que
así ha descubierto la obscura noche.

ROMEO.
– Dueño mío, por esa luna bendita
que platea las copas de todos estos árboles,
te juro...

JULIETA.
– ¡Ah! No jures por la luna, por la
inconstante luna que cada mes cambia al
girar en su órbita; no sea que tu amor resulte
igualmente variable.

ROMEO.
– ¿Por qué juraré, pues?

JULIETA.
– No jures en manera alguna; ó si te
empeñas, jura por tu agraciada persona,
que es el dios de mi idolatría, y te creeré.

ROMEO.
– Si el ardiente amor de mi pecho...

JULIETA.
– Bien, no jures. Aunque cifro mi dicha
en ti, no me dan gusto los esponsales
de esta noche; son asaz bruscos,
asaz temerarios, asaz repentinos; harto semejantes
al rayo, que se extingue antes que
uno tenga tiempo de nombrarlo. ¡Adiós,
mi bien! Este capullo de amor, madurado
por el ardiente hálito del estío, quizá esté
convertido en galana flor cuando nos veamos
otra vez. ¡Adiós! ¡Buenas noches! Tan
dulce descanso y sosiego llegue á tu corazón
como al que está dentro de mi pecho.

ROMEO.
– ¿Y asi me dejas tan poco satisfecho?

JULIETA.
– ¿Qué satisfacción puedes lograr
esta noche?

ROMEO.
– Cambiar con el mío el fiel juramento
de tu amor.

JULIETA.
– Te he dado ya mi palabra antes que
tú me la pidieras, y á pesar de ello, quisiera
tener que dártela aún.

ROMEO.
– ¿Pretenderías acaso retirarla? ¿A qué
fin, amor mío?

JULIETA.
– Sólo para ser franca, y dártela
una vez más; y con todo, no anhelo sino
aquello que ya poseo. Mi generosidad es
tan ilimitada como el océano, y como éste
es profundo mi amor. Cuanto más te doy,
tanto más tengo, pues lo uno y lo otro son
infinitos. (La Nodriza llama dentro.) Oigo
rumor allá dentro. Amor mío, adiós. – Al
momento, buena ama. – Dulce Montesco,
sé fiel. Espera un instante no más; vuelvo
en seguida.

(Vase.)

ROMEO.
– ¡Oh, bendita, bendita noche! Mucho
temo que siendo ahora de noche, todo
esto no sea más que un sueño demasiado
dulce y halagador para ser real.

Reaparece JULIETA en el balcón.

JULIETA.
– Dos palabras, querido ROMEO, y
adiós de veras. Si son honestas tus miras
amorosas, y tu designio es el matrimonio,
hazme saber mañana, por conducto de una
persona que yo procuraré enviarte, dónde
y á que hora quieres tú efectuar la ceremonia,
y poniendo mi suerte á tus pies, te
seguiré como á mi dueño y señor hasta el
fin del mundo.

NODRIZA.
– (Dentro.) ¡Señorita!

JULIETA.
– Voy al punto. (A ROMEO.) Mas si
no son puras tus intenciones, conjúrote...

NODRIZA.
– (Dentro.) ¡Señorita!

JULIETA.
– En seguida voy. (A ROMEO.) Conjúrote
pongas fin á tus galanteos, y me dejes
abandonada á mi dolor. Mañana enviaré.

ROMEO.
– Así logre mi alma la felicidad...

JULIETA.
– ¡Mil veces buenas noches!

(Vase.)

ROMEO.
– ¡Pésimas mil veces faltando la luz
tuya! El amor corre hacia el amor como
los escolares se alejan de sus libros; mas el
amor se aleja del amor como los niños se
dirigen á la escuela con ojos apesarados.

(Se retira lentamente.)
Reaparece JULIETA en el balcón.

JULIETA.
– ¡Pst! ROMEO, ¡pst!... ¡Ah! ¡Quién
tuviera la voz del halconero para atraer de
nuevo aquí este dócil terzuelo! La esclavitud
está enronquecida y no puede hablar
en alta voz; de otra suerte, haría yo estremecer
la caverna donde habita Eco, y
pondría su lengua aérea más ronca que la
mía a fuerza de repetir el nombre de mi
ROMEO... ¡ROMEO!

ROMEO.
– (Acercándose.) Es mi adorada la que
me llama por mi nombre. ¡Cuán dulce
y argetina suena en medio de la noche la
voz de los amantes, cual música suavísima
al atento oído!

JULIETA.
– ¡ROMEO!

ROMEO.
– ¡Mi dulce bien!

JULIETA.
– ¿A qué hora quieres que yo envíe
á ti mañana?

ROMEO.
– A las nueve.

JULIETA.
– No faltaré. Un siglo hay hasta entonces...
No recuerdo para qué te llamé.

ROMEO.
– Deja que yo permanezca aquí hasta
que lo recuerdes.

JULIETA.
– Lo olvidaría para tenerte siempre
ahí, recordando lo mucho que me place
tu compañía.

ROMEO.
– Y yo seguiré esperando siempre para
que tú sigas en tu olvido, sin acordarme
de otro hogar que éste.

JULIETA.
– Casi amanece ya. Quisiera que te
hubieses ausentado ya, pero no más lejos
que el pajarillo de una niña juguetona, que
lo suelta de la mano dejando que salte un
poco, cual infeliz preso aherrojado con sus
grillos, y luego con un hilo de seda lo trae
de nuevo hacia sí: ¡tan amorosamente celosa
está de su libertad!

ROMEO.
– Quisiera yo ser tu pajarillo.

JULIETA.
– También lo quisiera yo, amor mío;
pero te mataría á fuerza de caricias. ¡Adiós,
adiós! La despedida es un pesar tan dulce,
que me estaría yo repitiendo: ¡buenas noches!
Hasta que fuese llegando el día.

(Vase.)

ROMEO.
– ¡Asiéntese en tus ojos el sueño, y en
tu pecho el sosiego! ¡Quién me diera á mí
ser sueño y sosiego para reposar tan
dulcemente!... Desde aquí voyme á la celda de
mi padre espiritual para implorar su ayuda
y relatarle mi feliz suerte.

(Vase.)

ESCENA III

Celda de Fray Lorenzo.
Entra FRAY LORENZO con una cesta.

FRAY LORENZO.
– El alba de ojos grieses sonríe
á la ceñuda noche jaspeando con rayas
de luz las nubes del Oriente, y la moteada
obscuridad, tambaleándose como un beodo,
huye de la senda del día ante las ígneas
ruedas del carro de Titán. Ahora,
antes que el sol avance su ojo ardiente para
alegrar el día y secar el húmedo rocío de
la noche, debo llenar nuestra cesta de
mimbres con hierbas nocivas y flores
de precioso jugo. La tierra, que es madre
de la naturaleza, es también su tumba; lo
que es su hoya sepulcral, es su matriz; y
de su seno nacidas, y chupando el sustento
en su pecho maternal, encontramos criaturas
de diversa especie, muchas de ellas
excelentes por sus numerosas propiedades.
No hay una sola que no tenga alguna, y
sin embargo, todas son distintas. ¡Oh! Mucha
es la poderosa virtud que reside en las
hierbas, plantas, piedras, y sus verdaderas
cualidades; pues no vive en la tierra cosa
alguna tan despreciable que no proporcione
á la tierra algún especial beneficio, ni hay
cosa alguna tan buena que, desviada de su
debido uso, reniegue de su orígen verdadero
al caer en el abuso. La virtud misma, siendo
mal aplicada, se convierte en vicio, y
el vivio se ennoblece en algunos casos por
la acción. Dentro del tierno cáliz de esta
débil flor residen el veneno y una medicinal
virtud; pues, oliéndola, juntamente
con el olfato, recrea y anima cada una de
las partes del cuerpo; gustándola, mata los
sentido á la par que el corazón. En el
hombre, lo mismo que en las plantas, se
acampan siempre dos reinas bien opuestas:
la bondad y la malignidad. Cuando predomina
lo peor, muy pronto es devorada
aquella planta por la gangrena de la
muerte.

Entra ROMEO.

ROMEO.
– Buenos días, padre.

FRAY LORENZO.
Benedicite! ¿Qué matinal voz
me saluda tan dulcemente? Hijito mío arguye
una cabeza alterada despedirse tan
pronto del lecho. El cuidado vela de contínuo
en los ojos del anciano; y allí donde
se alberga el cuidado, jamás yacerá el sueño;
empero allí donde la juventud indemne,
con la cabeza libre de zozobras, se
tiende para proporcionar descanso á los
miembros, allí reina el dorado sueño. Así
que, tu madrugar es para mí seguro indicio
de que te ha despertado alguna inquietud;
ó bien, de no ser así (y en este caso
doy en lo justo), nuestro ROMEO no se ha
acostado esta noche.

ROMEO.
– Eso último es lo cierto; pero más
dulce reposo ha sido el mío.

FRAY LORENZO.
– ¡Perdone Dios el pecado!
¿Estuviste con Rosalina?

ROMEO.
– ¿Con Rosalina, padre? No tal; he
olvidado ese nombre y la amargura de ese
nombre?

FRAY LORENZO.
– Muy bien hiciste, hijo mío.
Pero, ¿dónde has estado entonces?

ROMEO.
– Voy á decírtelo antes que me lo
preguntes de nuevo. He estado en un festín
con mi contrario, y allí, de improviso,
me hirió una persona á quien yo herí á mi
vez. El remedio de ambos depende de tu
auxilio y santa medicina. No abrigo rencor
alguno, padre mío; porque, bien lo ves, mi
intercesión favorece igualmente á mi
enemigo.

FRAY LORENZO.
– Sé explícito, hijo mío, y llano
en lo que intentes decir. Una confesión
equívoca sólo encuentra un absolución
equívoca.

ROMEO.
– Pues lisa y llanamente, sabe que el
férvido amor de mi corazón está puesto en
la hermosa hija del acaudalado Capuleto;
y así como mi amor es para ella, el suyo es
para mí, y sólo falta, para que sea completa
nuestra unión, que nos unas tú en santo
matrimonio. Cuándo, dónde y cómo
nos vimos, nos enamoramos y cambiamos
nuestros juramentos, te lo relataré andando
nuestro camino. Pero lo que sí te ruego
es que consientas en desposarnos hoy
mismo.

FRAY LORENZO.
– ¡San Francisco bendito! ¡Qué
mudanza es ésa! ¿Tan pronto has olvidado
á Rosalina, á quien tan apasionadamente
amabas? Entonces el amor de los jóvenes
no está de fijo en el corazón, sino en los
ojos. Jesu Maria! ¡Qué raudal de amargo
llanto ha inundado tus pálidas mejillas
por causa de Rosalina! ¡Cuánta agua salobre
vertida inútilmente para sazonar un
amor, que ni gusto de ella tiene. Aun
no ha disipado el sol en el cielo las nubes
de tus suspiros; todavía resuenan en mis
viejos oídos tus antiguos lamentos; mira,
aquí en tu mejilla está el rastro de una antigua
lágrima que aun no se ha borrado.
Si algún día tú fuiste tú mismo y esas cuitas
eran las tuyas, tú y esas cuitas era todo
para Rosalina; ¿y estás cambiado? Pronuncia,
pues, esta sentencia: bien pueden caer
las mujeres, cuando en los hombres no hay
fortaleza.

ROMEO.
– Varias veces me reconveniste por
amar á Rosalina.

FRAY LORENZO.
– Por idolatrarla, no por amarla,
hijo mío.

ROMEO.
– Y me aconsejaste sepultar mi amor.

FRAY LORENZO.
– Mas no en una tumba en donde
enterraras un amor para hacer surgir
otro de ella.

ROMEO.
– Por favor, no me reprendas. Esta á
quien amo ahora paga fineza con fineza,
amor con amor. No obraba así la otra.

FRAY LORENZO.
– ¡Ah! Bien lo sabía ella: tu
amor recitaba de memoria sin saber deletrear.
Pero vamos, veleidoso mancebo,
vente conmigo. Por cierta razón quiero yo
asistirte, pues acaso resulte provechosa esta
alianza, trocando en puro afecto el rencor
de vuestras familias.

ROMEO.
– ¡Oh, partamos! Impórtame proceder
con toda urgencia.

FRAY LORENZO.
– Despacio y con tiento: los
que corren mucho dan tropezones.

(Vanse.)

ESCENA IV

Una calle.
Entran BENVOLIO y MERCUCIO.

MERCUCIO.
– ¿Dónde diablos se habrá metido
ese ROMEO? ¿No fué á su casa anoche?

BENVOLIO.
– A casa de su padre, no. He hablado
con su doméstico.

MERCUCIO.
– ¡Ah! Esa macilenta mujerzuela de
corazón empedernido, esa Rosalina le
martiriza de un modo tal, que á buen seguro
acabará él por volverse loco.

BENVOLIO.
– ¿Sabes que Tibaldo, el pariente
del viejo Capuleto, le ha mandado un billete
á casa de su padre?

MERCUCIO.
– Un cartel de desafío, por vida
mía.

BENVOLIO.
– ROMEO contestará á él.

MERCUCIO.
– Cualquiera que sepa escribir puede
contestar á un billete.

BENVOLIO.
– No; á su autor es á quien contestará
ROMEO de la manera atrevida que él
sabe, cuando se le atreve alguno.

MERCUCIO.
– ¡Ay, pobre ROMEO! Cátale ya
muerto. Herido por los negros ojos de una
descolorida mozuela; atravesado de parte
á parte el oído con canciones amorosas;
lacerado el mismo centro de su corazón por
la certera flecha del ciego arquerito, ¿es
hombre él para habérselas con Tibaldo?

BENVOLIO.
– Y bien, ¿qué es al fin Tibaldo?

MERCUCIO.
– Algo más que príncipe de los gatos,
puedo asegurártelo. ¡Oh! Es el más
valeroso capitán de etiquetas y ceremonias.
Se bate como cantarías tú una pieza con
nota: guarda tiempos, distancia y medida;
te da por descanso la pausa de una mínima:
una, dos, y la tercera ¡zas! en medio
del pecho. Es un verdadero matarife de
botones de seda; un espadachín, un
espadachín de primera; un caballero de
primissimo rango, de la primera y segunda
causa. ¡Ah! ¡El inmortal passado! ¡el
punto reverso! ¡El hai!...

BENVOLIO.
– ¿El qué?

MERCUCIO.
– ¡Mal tabardillo les dé á esos farolones
ridículos, ceceosos y pintureros; esos
nuevos afinadores de palabras!... ¡Jesús!
¡Es una excelente espada! ¡es un hombre de
copete! ¡una soberbia hetera!... Vaya, abuelo,
¿no es fuerte cosa que hayamos de
vernos molestados por esos moscones exóticos,
esos innovadores de modas, esos
pardonnez-moi,tan apegados á las nuevas
formas, que no pueden estar cómodamente
sentados en un banco viejo? ¡Oh!
¡sus bons, sus bons! ¡Sus huesos habrían de
pagarlo!

Entra ROMEO.

BENVOLIO.
– Acá llega ROMEO, acá llega ROMEO.

MERCUCIO.
– Que apenas se llama ROMEO y ha
venido á quedarse como arenque salado.
¡Ay, carne, carne! ¡Cómo te has vuelto pescado!
Ahora no está sino por los versos que
fluían de la lira de Petrarca. Laura, al lado
de su dama, no era más que una fregona;
pero eso sí: tenía ella un amante más hábil
para cantarla en sus rimas; Dido, una
zarrapastrosa; Cleopatra, una gitana; Helena
y Hero, mujerzuelas y rameras; Tisbe,
una chica de ojos garzos, ó cosa así,
pero que no le llega, ni con mucho. Signior
ROMEO, bon jour! Ahí va un saludo francés
en honor á tus gregüescos á la francesa.
Nos la pegaste muy lindamente anoche.

ROMEO.
– Buenos días, amigos. No sé de qué
me hablas.

MERCUCIO.
– Que hiciste como las monedas
falsas... ¿Todavía no caes?... Que te
escurriste sin que nos diéramos cuenta de
ello.

ROMEO.
– Perdona, buen Mercucio. Tenía un
quehacer de importancia, y en un caso tal
bien puede uno violar la cortesía.

MERCUCIO.
– Lo cual equivale á decir que un
caso como el tuyo fuerza á un hombre á
doblarse por las corvas.

ROMEO.
– Me refiero á la cortesía.

MERCUCIO.
– Lo encontraste muy oporunamente.

ROMEO.
– Es una explicación en extremo cortés.

MERCUCIO.
– Eh, yo soy la nata y flor de la cortesía.

ROMEO.
– Flor que pica...

MERCUCIO.
– Como las flores caladas de tus escarpines.

ROMEO.
– No; estas no pican. Las picó el que
las hizo.

MERCUCIO.
– Muy bien dicho. A ver si me sigues
ahora esta broma hasta que hayas
estropeado tus escarpines; para que cuando
su única suela esté echada á perder, la broma
quede, de puro gastada, sola y sin par.

ROMEO.
– ¡Oh chanza de una sola suela,
sola y sin par por la singularidad!

MERCUCIO.
– Llégate acá entre nosotros, amigo
BENVOLIO. Mis potencias desfallecen.

ROMEO.
– Látigo y espuelas, látigo y espuelas;
y sino, llamo otro competidor.

MERCUCIO.
– La verdad; si tus sentidos emprenden
la caza del ganso bravo, doyme
por vencido; pues tienes tú más de ganso
bravo en una sola de tus potencias que yo
en todas las cinco juntas, seguro estoy de
ello. ¿Te diste por aludido al hablar yo de
gansos?

ROMEO.
– No, porque quien hace siempre aquí
el papel de ganso eres tú.

MERCUCIO.
– Voy á pegarte un mordisco en la
oreja por esa chanza.

ROMEO.
– No, buen ganso; no muerdas.

MERCUCIO.
– Tu agudeza es una verdadera manzana
agridulce. Es una salsa muy picante.

ROMEO.
– ¿No es acaso la más adecuada para
el ganso dulce?

MERCUCIO.
– ¡Ah! Ved ahí una agudeza de
cabritilla, que se estira desde una pulgada
estrecha hasta una vara ancha.

ROMEO.
– Yo la estiro por esa palabra ancha,
que, aplicada al ganso, prueba que eres en
todos conceptos un ganso desmesurado.

MERCUCIO.
– ¡Ajajá! ¿No vale más eso que
estar ahí gimiendo de amores? Ahora sí que
eres sociable; ahora eres ROMEO; ahora eres
tú lo que eres, tanto por educación como
por naturaleza; puesto que ese amor estúpido
se parece á una insigne idiota que corre
de Ceca en Meca, sacando un palmo de
lengua, para esconder su chisme en un
agujero.

BENVOLIO.
– ¡Alto ahí, alto ahí!

MERCUCIO.
– Tú quieres que yo me detenga en
mi cuento á contrapelo.

BENVOLIO.
– Tú hubieras más bien alargado tu
cuento.

MERCUCIO.
– No, te engañas. Yo lo hubiera
acortado, pues había llegado al mismo fondo
de la cosa, y la verdad, no pensaba ocuparme
más en el asunto.

ROMEO.
– Donosa aventura tenemos.

Entran la NODRIZA Y PEDRO.

MERCUCIO.
– ¡Una vela, una vela!

BENVOLIO.
– Dos, dos: un sayo y una saya.

NODRIZA.
– ¡Pedro!

PEDRO.
– Allá voy.

NODRIZA.
– Mi abanico, Pedro.

MERCUCIO.
– Pedro amigo, dáselo para que se
tape el rostro con él, que es más bello que su cara.

NODRIZA.
– Buenos días os dé Dios, caballeros.

MERCUCIO.
– Buenas tardes os dé Dios, hermosa
dama.

NODRIZA.
– ¡Cómo! ¿Es ya más de medio día?

MERCUCIO.
– No es menos, os lo garantizo,
porque la deshonesta manecilla del reloj
señala en este momento las doce en punto.

NODRIZA.
– ¡Arre allá! ¡Jesús, qué hombre!

ROMEO.
– Un hombre, señora mía, que Dios
ha hecho para desfigurarse á si mismo.

NODRIZA.
– A fe mía, está muy bien dicho:
¿para desfigurarse á sí mismo, dice?...
Señores, ¿sabría decirme alguno de vosotros
en dónde puedo encontrar al joven ROMEO?

ROMEO.
– Yo sé decíroslo. Pero el joven ROMEO,
una vez le hayáis encontrado, será
más viejo que cuando le andabáis buscando.
Yo soy el más joven de tal nombre, á
falta de otro peor.

NODRIZA.
– Decís bien.

MERCUCIO.
– ¡Oiga! ¿Es bien lo peor? Perfectamente
discurrido, á fe mía. ¡Sublime!
¡Sublime!

NODRIZA.
– (A ROMEO.) Si sois ROMEO, señor,
desearía haceros una pequeña confianza.

BENVOLIO.
– Le invitará á una cena.

MERCUCIO.
– ¡Una alcahueta, una alcahueta,
una alcahueta!... ¡Ea, sus!

ROMEO.
– ¿Caza tenemos? ¿Y qué encontraste?

MERCUCIO.
– Ninguna liebre, amigo; como no
sea una liebre en empanada de cuaresma,
de esas que se pasan y enrancian antes
de acabarse.
(Canta.)
Una vieja liebre rancia,
Y una vieja liebre rancia,
Es manjar exquisito en cuaresma:
Pero una liebre que está rancia
5
Es sobrada comida para veinte,
Cuando se enrancia antes de acabarse.
ROMEO, ¿quieres ir á casa de tu padre? Allá
comeremos.

ROMEO.
– Os seguiré luego.

MERCUCIO.
– Adiós, vieja señora; adiós, señora,
señora, señora.

(Cantando.)
(Vanse Mercucio y BENVOLIO.)

NODRIZA.
– Vaya bendito de Dios. Decidme,
señor: ¿qué deslenguado mercachifle era
ése que tan surtido estaba de sus
truhanerías?

ROMEO.
– Un caballero, ama, que gusta de
escucharse á sí mismo, y habla más en un
minuto que no atenderá en un mes.

NODRIZA.
– Pues como se atreva á hablar mal
de mí, yo le dejaré apabullado; así fuera
más mocetón de lo que es y que veinte tunos
de su ralea. Y si yo no puedo, ya sabré
encontrar quienes lo hagan. ¡Pillastre sin
vergüenza! ¿Se habrá figurado que yo soy
alguna de sus mancebas ó alguno de sus
compinches? (A Pedro). ¿Y tú, has de
quedarte ahí como un estafermo, dejando
que cualquier bribón me trate á su
placer?

PEDRO.
– Yo no he visto que ningún hombre
os tratase á su placer; pues, á haberlo visto,
al punto hubiera yo desenvainado mi
arma, os lo aseguro; que á desenvainar
más pronto nadie me gana, con tal de que vea
yo ocasión para una buena querella y esté
la ley de mi parte.

NODRIZA.
– Tan irritada estoy ahora, y pongo
á Dios por testigo, que no hay parte de mi
cuerpo que no me tiemble. ¡Bellaco sin
vergüenza!... Permitidme, señor, una palabra.
Pues, como os decía, mi señorita me
ha mandado que os buscara, y tocante á lo
que ella me ha mandado deciros, eso me
lo guardaré para mí; pero dejadme antes
que os diga que si habéis de embobarla
con dedaditas de miel, como dice, sería
portarse peor que un arriero, como dicen;
porque la señorita es muy niña todavía,
y así es que si habéis de jugarle una
trastada, no hay duda que eso sería una
cosa muy fea que no dèbe hacerse á ninguna
señorita decente, y una conducta muy
indigna.

ROMEO.
– Ama, encomiéndome á tu señora y
dueña. Protesto ante ti...

NODRIZA.
– ¡Ah! ¡Qué buen corazón! A fe que
voy á decírselo todo. ¡Señor, señor, y poquito
contenta que se va á poner!

ROMEO.
– Pero ¿qué le dirás, ama, si no me
atiendes?

NODRIZA.
– ¿Qué le diré, señor? Que vos protestáis:
lo cual, á mi entender, es
portarse como caballero.

ROMEO.
– Dile que invente algún pretexto
para ir á confesar esta tarde, y allí en su celda,
fray Lorenzo la confesará y desposará.
Toma por tu trabajo.

(Entregándole unos dineros).

NODRIZA.
– De ningún modo, señor; ni una
sola parpalla.

ROMEO.
– Vamos, yo te lo mando.

NODRIZA.
– ¿Esta tarde; decís? Está bien: allí
estará.

ROMEO.
– Y tú, buena ama, quédate detrás de
la tapia del convento. Dentro de una hora
mi criado se avistará contigo y te traerá
unas cuerdas dispuestas á guisa de escala,
que durante la silenciosa noche han de
conducirme al pináculo de mi ventura.
Adiós. Sé fiel, y yo sabré recompensar tus
desvelos. Adiós. Mis recuerdos á tu señora.

NODRIZA.
– ¡Que desde el cielo Dios os
bendiga! Escuchad, señor.

ROMEO.
– ¿Qué quieres, buena ama?

NODRIZA.
– ¿Es callado vuestro sirviente? ¿No
habéis nunca oído decir que secreto entre
dos malo es de guardar?

ROMEO.
– Mi criado es fiel como el acero; yo te
lo garantizo.

NODRIZA.
– Bien, señor. Mi señorita es la criatura
más dulce de la tierra... ¡Señor,
Señor! Cuando ella era una chiquilla churrullera...
¡Ah! En la ciudad hay un noble caballero,
un tal Páris, que de buen grado
quisiera entrar al abordaje; pero ella, que
es un alma de Dios, con tanto gusto vería
un sapo, sí, señor, un verdadero sapo, como
le vería á él. Algunas veces la hago yo
rabiar diciéndole que Páris es más un buen
mozo; pero, podéis bien creerme, cuando
esto le digo, se pone ella más blanca
que el pañal más blanco de todo el mundo.
Decidme: ¿no empiezan con una misma
letra romero y ROMEO?

ROMEO.
– Sí, ama. ¿Á qué viene eso? Los dos
empiezan con R.

NODRIZA.
– ¡Ah, qué guasón! Ese es el nombre
del perro; la R es para el... No; ya sé
yo que empieza con otra letra. Y de esto,
de vos y del romero ha sacado ella unos
pensamientos tan bonitos, que os daría
gusto oírlos.

ROMEO.
– Encomiéndame á tu señora.

NODRIZA.
– ¡Oh, sí, mil veces!
(Vase Romeo.) ¡Pedro!

PEDRO.
– Ya voy.

NODRIZA.
– Pedro, toma mi abanico, y marcha
delante con paso ligero.

(Vanse.)

ESCENA V.

Jardín de CAPULETO.
Entra JULIETA.

JULIETA.
– Las nueve daba el reloj cuando envié
á la nodriza; ofrecióme ella volver en
media hora. Acaso no haya podido dar con
él. No, no es eso. ¡Ah! Es que ella cojea.
Los mensajeros de amor debieran ser
pensamientos, que corren diez veces más veloces
que los rayos del sol cuando ahuyentan
las sombras que se ciernen sobre las
brumosas colinas. Por esto tiran del carro
del Amor palomas de ligeras alas, y por esto
tiene alas Cupido raudo como el viento.
Ya está el sol en la suprema altura de la
jornada de este día. De nueve á doce han
transcurrido tres horas interminables, y á
pesar de todo ella no ha venido aún. ¡Ah!
Si tuviese afecciones y la ardiente sangre
juvenil, hubiérase ella movido con la presteza
de una pelota; mis palabras la hubieran
lanzado á mi dulce bien, y las de él
la hubieran lanzado á mí. Pero ¡los viejos!...
Muchos de ellos parece que estén
muertos: torpes en sus movimientos, tardíos,
pesados y pálidos como el plomo...
¡Oh, Dios! Aquí llega.

Entran la NODRIZA y PEDRO.

JULIETA.
– ¡Ay, amita mía! ¿Qué nuevas traes?
¿Le encontraste? Despide á tu escudero.

NODRIZA.
– Pedro, quédate á la puerta.

(Vase Pedro.)

JULIETA.
– Y bien, buena y dulce ama... ¡Ah,
Dios mío! ¿Por qué tienes ese aire tan
mohíno? Aunque sean tristes las nuevas,
anúncialas alegremente; si son faustas, tú
afeas la melodía de las gratas noticias
haciéndomela oir con tan hosco semblante.

NODRIZA.
– Estoy rendida. Dejadme respirar
un poco. ¡Ay! ¡Cómo me duelen los huesos!
¡Vaya una carrera la que he dado!

JULIETA.
– Holgárame yo de que tuvieras tú
mis huesos y tuviera yo tus nuevas. Vamos;
habla, por favor; ama de mi vida, habla.

NODRIZA.
– ¡Jesús! ¡Cuánta prisa! ¿No podéis
aguardar un instante? ¿No véis que estoy
sin aliento?

JULIETA.
– ¡Cómo! ¿Estás sin aliento, y tienes
aliento para decirme que te hallas sin él?
Más larga es la excusa que alegas para ese
retardo, que el relato que excusas hacer.
¿Son buenas ó malas las noticias? Responde
á esto; dime si son lo uno ó bien lo otro,
y luego esperaré con paciencia los detalles.
Dame ese contento: ¿son buenas ó
son malas?

NODRIZA.
– ¡Vaya, vaya, que habéis hecho una
elección muy desacertada! No sois entendida
en escoger marido. ¡ROMEO! No, no es
él. Verdad es que su cara es mejor que la
de otro hombre cualquiera; pero, en cambio,
su pierna aventaja á la de todos. Y en
cuanto á su mano y su pie y su talle, aunque
no vale la pena hablar de ello, están
sobre toda comparación. No es la nata
y flor de la galantería; pero, podéis bien
creerme, es tierno lo mismo que un corderito.
Anda, anda, picarona; sirve á Dios.
¡Qué! Se ha comida ya en casa?

JULIETA.
– No, no; pero todo eso ya lo sabía yo.
¿Qué dice él de nuestro casamiento? ¿Qué
dice sobre esto?

NODRIZA.
– ¡Ay, Dios mío! ¡Cómo me duele la
cabeza! No sé cómo la tengo: Siento en ella
unos latidos como si fuera á estallar en mil
pedazos. Y por añadidura, los riñones...
¡Ay, mis riñones, mis riñones! ¡Mal haya
vuestro corazón por enviarme de una parte
á otra, para que yo reviente con tanto
correr de aquí para allá!

JULIETA.
– Siento de veras tu desazón. Pero
dime, amita mía, amita de mi alma, ¿qué
dice mi amor?

NODRIZA.
– Vuestro amor dice, como honrado
caballero, y cortés y amable y gallardo, y
os lo garantizo, como virtuoso... ¿Dónde
está vuestra madre?

JULIETA.
– ¿Dónde está mi madre? Pues ahí
dentro estará. ¿Dónde había de estar? ¡Qué
extraña manera de responder! Vuestro
amor, dice, como honrado caballero, ¿dónde
está vuestra madre?

NODRIZA.
– ¡Válgame la Santa Virgen! ¿Tan
acalorada estáis? ¡Pardiez, idos á paseo!
¡Digo, digo! ¿Esa es la bizma para mis
huesos doloridos? De ahora en adelante,
llevaos vos misma los recados.

JULIETA.
– ¡Vaya un modo de alterarte! Vamos,
vamos, ¿qué dice ROMEO?

NODRIZA.
– ¿Tenéis ya permiso para ir hoy á
confesar?

JULIETA.
– Sí.

NODRIZA.
– Pues entonces, corred en seguida
á la celda de fray Lorenzo; en ella está
esperando un marido para hacer de vos una
esposa. Ahora se os sube la pícara sangre
á las mejillas, que se os pondrán al punto
como la escarlata al oir ciertas noticias.
Corred vos á la iglesia; yo debo tomar otro
camino para ir á buscar una escala,
subiendo por la cual vuestro amante ha de
alcanzar un nido de pájaro tan pronto
como anochezca. Yo me estoy aperreando
y sufriendo fatigas para vuestro gusto, pero
pronto seréis vos quien llevará la carga
en cuanto llegue la noche. Vaya, yo me
voy á comer, y vos corred á la celda...

JULIETA.
– ¡Corramos á la suprema dicha!
Buena ama, adiós.

(Vanse en dirección opuesta.)

ESCENA VI

Celda de Fray Lorenzo.
Entran FRAY LORENZO y ROMEO

FRAY LORENZO.
– Sonrían los cielos á este sagrado
acto, para que los venideros tiempos
no nos lo reprochen amargamente.

ROMEO.
– ¡Así sea, así sea! Pero vengan las
amarguras que vinieren, no pueden ellas
contrapesar el gozo que me causa un solo
instante de estar en presencia de mi amada.
Enlaza tú no más nuestras manos con
santas palabras, y que después la muerte,
devoradora del amor, haga lo que quiera.
Bástame sólo el que yo pueda llamarla
mía á Julieta.

FRAY LORENZO.
– Esos violentos deleites tienen
un fin igualmente violento, y en su triunfo
mueren, semejantes al fuego y la pólvora,
que al besarse se consumen. La más dulce
miel se hace empalagosa por su mismo
excesivo dulzor, y al gustarla embota el
paladar. Por lo tanto, ama con mesura: así
se conduce el amor duradero. Tan tarde
llega quien va harto aprisa como el que va
harto despacio. Aquí viene la dama. ¡Oh!
Nunca gastará un pie tan leve estas losas
perdurables. Un enamorado podía cabalgar,
sin caerse, en los tenuísimos filamentos
que flotan en el aire juguetón del verano:
tan ligera es la ilusión.

Entra JULIETA.

JULIETA.
– Buenas tardes, mi padre espiritual.

FRAY LORENZO.
– ROMEO te dará las gracias,
hija mía, por él y por mí.

JULIETA.
– Y otro tanto le deseo á el, pues de
lo contrario, sus gracias fueran demasiadas.

ROMEO.
– ¡Ah, Julieta! Si la medida de tu dicha
está colmada cual la mía, y si tienes
más arte para pregonarla, perfuma con tu
aliento este aire que nos rodea, y haz que
la melodiosa música de tu voz exprese la
soñada felicidad que experimentamos tú y
yo con motivo de este grato encuentro.

JULIETA.
– El pensamiento, más rico en materia
que en palabras, se evanece de su
esencia, no de su adorno. Simples mendigos
son aquellos que pueden contar sus
caudales; mas mi sincero amor hase acrecentado
hasta un extremo tal, que no alzcanzo
á sumar ni la mitad de mi riqueza.

FRAY LORENZO.
– Venid, venid conmigo; breve
será nuestra obra. Pues, con vuestro beneplácito,
no os permitiré estar solo hasta
que la santa Iglesia os haya incorporado á
los dos en uno.

(Vanse.)

ESCENA PRIMERA

Una plaza pública.
Entran MERCUCIO, BENVOLIO, un paje y criados.

BENVOLIO.
– Por favor, querido Mercucio,
retirémonos. El día es muy caluroso, los
Capuletos andan de aquí para allá, y si llegamos
á toparnos con ellos, no podremos
evitar una bronca; pues ahora, en esos días
de bochorno bulle la frenética sangre.

MERCUCIO.
– Tú eres como uno de esos que,
al poner los pies en una taberna, echan
con estrépito la tizona sobre la mesa diciendo:
¡Quiera Dios que no tenga yo necesidad
de ti! Y no bien produce su efecto el
segundo vaso, tiran de ella contra el mozo
cuando realmente menos necesidad había
de tal cosa.

BENVOLIO.
– ¿Conque yo soy como esos?

MERCUCIO.
– ¡Pues digo! Tú eres un simplón
tan impetuoso en tu furor como el que
más en Italia, y tan presto provocado á cólera,
como presto á montar en cólera para
sentirte provocado.

BENVOLIO.
– ¿Y á qué viene eso?

MERCUCIO.
– Nada, que si hubiese dos como
tú, muy pronto nos quedaríamos sin ninguno,
pues se matarían el uno al otro. ¡Tú!
Vaya, hombre, tú armarías camorra con
uno que tuviese en la barba un pelo más ó
un pelo menos que tú; reñirías con otro
que partiera avellanas, sin más razón que
el tener tú los ojos de color de avellana.
¿Qué ojos, sino unos ojos como esos, verían
en ello el motivo para tal quimera? Tan
atestada de causas de disputa se halla tu
cabeza, como de substancia un huevo; lo
cual no quita que á fuerza de querellas y
porrazos se te haya quedado tan huera como
un huevo huero. Un día tuviste una
pelotera con un hombre que tosía en la calle,
por la sencilla razón de que despertó á
tu perro que estaba durmiendo al sol. ¿No
la emprendiste una vez con un sastre por
llevar su jubón nuevo antes de Pascua, y
con otro porque llevaba atados con una
cinta vieja sus zapatos nuevos? ¡y á pesar
de todo pretendes ahora enseñarme á huir
de bronquinas!

BENVOLIO.
– Si fuera yo tan camorrista como
tú, cualquiera podría comprar la propiedad
de mi vida simplemente por una hora y
cuarto.

MERCUCIO.
– ¡Simplemente por una hora y
cuarto! ¡Ah, simplón!

BENVOLIO.
– Por mi cabeza, aquí vienen los
Capuletos.

MERCUCIO.
– Por mis talones, que me tiene
eso muy sin cuidado.

TIBALDO.
– (A los suyos.) Seguidme de cerca,
pues quiero hablarles.
(A Mercurcio y BENVOLIO.) Señores,
buenas tardes: una palabra con uno de vosotros.

MERCUCIO.
– ¿No más que una palabra con uno
de nosotros? Apareadla con algo, para que
resulten una palabra y un golpe á la vez.

TIBALDO.
– Harto dispuesto me hallaréis, caballero,
si me dáis ocasión para ello.

MERCUCIO.
– ¿Y si no sabríais tomar la ocasión
sin esperar á que os la dieran?

TIBALDO.
– Mercucio, tú estás de concierto con
ROMEO...

MERCUCIO.
– ¡De concierto! ¡Pues qué! ¿nos
tomas acaso por músicos? Si nos tomas por
músicos, no esperes oir otra cosa que disonancias.
He aquí mi arco de violín
(indicando la espalda); este es lo que os hará
bailar. ¡Voto á tal! ¡De concierto!...

BENVOLIO.
– Estamos disputando aquí en un
paraje público y de mucha concurrencia.
Retirémosnos á algún sitio apartado y
discutamos tranquilamente sobre vuestros
agravios, ó de lo contrario, separémonos.
Aquí toda la gente tiene los ojos fijos en
nosotros.

MERCUCIO.
– Para mirar se hicieron los ojos;
deja, pues, que nos miren. Yo no me muevo
de aquí por dar gusto á nadie, ea.

Entra ROMEO.

TIBALDO.
– (A Mercucio.) Bien está; idos en
paz, caballero. Aquí llega mi mozo.

MERCUCIO.
– Que me ahorquen, caballero, si
lleva él vuestra librea. Pero, voto á sanes,
no tenéis más que salir al campo, y él os
seguirá al punto. En este sentido sí que
vuestra señoría bien puede llamare su
mozo.

TIBALDO.
– ROMEO, el odio que te profeso
no puede sugerirme otra expresión mejor
que esta: eres un canalla.

ROMEO.
– Tibaldo, las razones que yo tengo
para quererte bien excusan en gran parte
el encono inherente á tal saludo. No soy un
canalla. Conque, adiós. Veo que no me
conoces.

(Volviéndose para marcharse.)

TIBALDO.
– Mozuelo, eso no puede excusar los
agravios que me inferiste. Así que, vuélvete,
y desnuda el acero.

ROMEO.
– Protesto que jamás te ofendí; antes
bien te aprecio mucho más de lo que nunca
podrás imaginar, hasta que sepas la razón
de mi afecto. Y así, buen Capuleto
(nombre que yo estimo tanto como el
mío), date por satisfecho.

MERCUCIO.
– ¡Vaya una sumisión más paciente,
deshonrosa y rastrera! Alla estoccata se
acaba con eso de una vez. (Desenvaina la espada.)
Tibaldo, cazador de ratones,
¿tienes ganas de bailar?

TIBALDO.
– ¿Qué es lo que quieres de mí?

MERCUCIO.
– Buen rey de los gatos, no quiero
sino una de vuestras nueve vidas, de la
que pienso hacer lo que me plazca, y según
la manera de portaros luego conmigo,
sacudiré de lo lindo las ocho restantes.
¿Queréis de una vez agarrar por las orejas
vuestra tizona y arrancarla de su zamarro?
Andad listo, no sea que antes de sacar vos
la vuestra, zumbe la mía á vuestros oídos.

TIBALDO.
– Estoy á vuestra disposición.

(Desenvainando la espada.)

ROMEO.
– Amigo Mercucio, envaina tu espada.

MERCUCIO.
– (A TIBALDO.) Ea, caballero, veamos
vuestro passado.

(Riñen.)

ROMEO.
– Desnuda tu acero, Benvolio; desarmémoslos.
¡Qué escándalo! ¡Señores, guardaos
de cometer tal desafuero! Tibaldo,
Mercucio, el Príncipe ha prohibido de un
modo expreso armar pendencias en las calles
de Verona. ¡Teneos, Tibaldo, buen Mercucio!

(Interponiéndose entre los dos adversarios para separarlos.)
(Tibaldo hiere á Mercucio por debajo del brazo de ROMEO, y luego huye con sus acompañantes.)

MERCUCIO.
– Estoy herido. ¡Mala peste á vuestras
familias!... Estoy despachado ya. ¿Y
él se ha escapado con el pellejo sano?

BENVOLIO.
– ¡Cómo! ¿Estás herido?

MERCUCIO.
– ¡Psé! Un rasguño, un rasguño;
mas, voto á cribas, ya es bastante. ¿Dónde
está mi paje? Anda, granuja, á buscarme
un cirujano.

(Vase el paje.)

ROMEO.
– ¡Valor, amigo! La herida no será
cosa de importancia.

MERCUCIO.
– No; no es tan profunda como un
pozo ni tan ancha como un portal de iglesia;
pero es lo suficiente, y ya producirá su
efecto. Preguntad mañana por mí, y me
encontraréis hecho un hombre de peso.
Por lo que toca á este mundo, estoy escabechado
ya, os lo aseguro. ¡Mala peste á
vuestras familias!... ¡Por vida de…! ¡Un
perrro, un ratón, una rata, un gato, matar
así á un hombre de un arañazo! ¡Un fanfarrón,
un canalla que se bate según las reglas
de la aritmética! (A ROMEO.) ¿Por
qué diablos te metiste? Ese bribón
me hirió por debajo de tu brazo.

ROMEO.
–Lo hice con el mejor intento.

MERCUCIO.
–Ayúdame a entrar en alguna casa,
BENVOLIO, ó me dará un soponcio. ¡Mala
peste á vuestras familias!... Han hecho de
mí pasto de gusanos... ¡Ya la pillé... y
buena!... ¡Vuestras familias!...

(Vase Mercucio sostenido por BENVOLIO. )

ROMEO.
– En defensa mía, este hidalgo, pariente
cercano del Príncipe y mi verdadero
amigo, ha recibido su mortal herida. Mi
reputación está manchada por el ultraje
de TIBALDO... ¡Tibaldo, que hace una hora
es mi primo!... ¡Ah, dulce Julieta, cómo
me han afeminado tus hechizos y han
ablandado en mi alma el acero del valor!

Entra de nuevo BENVOLIO.

BENVOLIO.
– ¡Oh, ROMEO, ROMEO, el bravo
Mercucio ha muerto! Ese noble espíritu
que en hora harto temprana ha desdeñado
vivir en la tierra, hase elevado á las nubes.

ROMEO.
– La negra fatalidad de este día está
suspendida sobre nuevos días. Este sólo
da principio á la desdicha; otros han de
darle fin.

BENVOLIO.
– Aquí viene de nuevo el furioso
TIBALDO.

ROMEO.
– ¡Vivo y triunfante! ¡Y Mercucio
muerto! Vete á los cielos, respetuosa blandura,
y sea esta vez mi guia la furia de
ardientes ojos. Entra de nuevo TIBALDO.
Ahora, Tibaldo, recobra el canalla que poco
ha me dirigiste. Puesto que el alma de
Mercucio se cierne muy próxima sobre
nuestras cabezas, aguardando que la tuya
vaya á hacerle compañía; fuerza es que ó
tú, ó yo, entrambos vayamos con él.

TIBALDO.
– Tú, mozalbete ruin, que le acompañas
aquí, tú irás con él.

ROMEO.
– (Sacando la espada.) Esto lo decidirá.

(Riñen. Tibaldo cae muerto.)

BENVOLIO.
– ¡Vete, ROMEO; huye! Los ciudadanos
están excitadísimos, y Tibaldo ha
muerto. No te estés así lleno de estupor.
Si te prenden, el Príncipe te condenará á
muerte. ¡Vete, vete, huye de aquí!

ROMEO.
– ¡Ah! ¡Soy juguete de la fortuna!

BENVOLIO.
– ¿Qué haces ahí parado?

(Vase ROMEO.)
Entran varios CIUDADANOS, etc.

CIUDADANO I.º
– ¿Por dónde ha huído el que
ha matado á Mercucio? Y Tibaldo, ese
asesino, ¿por dónde ha escapado?

BENVOLIO.
– Vedle aquí tendido á ese TIBALDO.

CIUDADANO I.º
– Ea caballero, seguidme. En
nombre del Príncipe os mando que
obedezcáis.

Entran EL PRINCIPE con su séquito, MONTESCO, CAPULETO, SUS RESPECTIVAS ESPOSAS y otros.

El PRÍNCIPE.
– ¿Dónde están los viles iniciadores
de esta refriega?

BENVOLIO.
– Noble Príncipe, yo puedo relatar
todo el desastrado curso de esta fatal reyerta.
Ahí yace, muerto por el joven ROMEO,
el que mató á tu deudo, el bravo Mercucio.

SRA. DE CAP.
– ¡Tibaldo, mi sobrino! ¡Oh,
hijo de mi hermano! ¡Oh, Príncipe!
¡sobrino mío! ¡esposo! ¡Funeste espectáculo!
¡Ay de mí! ¡Hase vertido la sangre de
mi amado pariente! ¡Príncipe, pues eres
justo, por la sangre nuestra derrámese la
sangre de Montesco! ¡Ah, sobrino,
sobrino mío!

EL PRÍNCIPE.
– Benvolio, ¿quién inició esta
sangrienta riña?

BENVOLIO.
– Tibaldo, aquí muerto, á quien
dió muerte la mano de ROMEO. Con lenguaje
cortés, ROMEO le rogó que reflexionara
cuán trivial era la porfía, y le expuso
á la par vuestro profundo enojo; todo ello
expresado con afable acento, mirada tranquila
y humildemente dobladas las rodillas,
no fué parte á mitigar la desenfrenada
cólera de Tibaldo, quien, por el
contrario, sordo á la paz, arremete con
penetrante acero contra el pecho del valeroso
Mercucio; éste, no menos airado,
opone el arma mortífera á la suya, y con
marcial desdén, desvía con una mano la
helada muerte, mientras con la otra la devuelve
á Tibaldo, cuya destreza la repele.
ROMEO dice á voces: ¡Teneos, amigos! ¡Amigos,
separaos! Y más rápido que su lengua,
con ágil brazo abate sus fatales armas y se
precipita entre los dos; empero, por debajo
de su brazo, una traidora estocada hiere
mortalmente al intrépido Mercucio. En
seguida Tibaldo emprende la fuga, mas de
allí á poco vuelve dirigiéndose hacia ROMEO,
quien empezaba tan sólo á acariciar
ideas de venganza, y á ella se arrojan como
el rayo, pues antes que yo tuviera tiempo
de desnudar mi acero para separarlos, caía
sin vida el animoso Tibaldo, y al verle
caer, volvió ROMEO las espaldas y dió á
huir. Esta es la verdad; de lo contrario,
Benvolio muera.

SRA DE CAP.
– Es allegado de Montesco, y el
afecto le hace ser falaz; no dice la verdad.
Una veintena de ellos peleaban en esta
atroz refriega, y todo esos veinte juntos
no han podido matar sino á un hombre
solo. Justicia imploro, que tú, Príncipe,
has de otorgar. ROMEO ha dado muerte á
Tibaldo; ROMEO no ha de vivir.

EL PRÍNCIPE.
– ROMEO ha matado á Tibaldo, y
Tibaldo á Mercucio: ¿quién ha de pagar,
pues, el precio de su estimada sangre?

MONTESCO.
– No será ROMEO, Príncipe, pues
era amigo de Mercucio. Su delito no ha
hecho sino terminar aquello á que la ley
debía poner fin: la vida de TIBALDO.

EL PRÍNCIPE.
– Y por tal ofensa, le desterramos
al punto de aquí. El curso que siguen vuestros
rencores también me afecta á mí; á
causa de vuestras rudas quimeras está corriendo
mi sangre; empero os impondré
tan fuerte multa, que todos lloraréis la
pérdida mía. Sordo seré á intercesiones y
disculpas; ni lágrimas ni súplicas podrán
reparar tales desmanes; así que, no apeléis
á unas ni á otras. Que no se ausente presuroso
ROMEO, pues, de lo contario, cuando se le
encuentre, aquella hora será la última de
su vida. Llevaos de aquí este cadáver, y
respetad nuestra voluntad. La clemencia
asesina cuando perdona á los que matan.

(Vanse.)

ESCENA II

Jardín de CAPULETO.
Entra JULIETA.

JULIETA.
– Galopad con presteza, bridones de
flamígeros pies hacia el lecho de Febo.
Un áuriga tal como Faetón os fustigaría
lanzándoos al ocaso, y traería al instante
la tenebrosa noche. Extiende tu velo tupido,
noche consumadora del amor. Ciérrense
los errantes ojos, y vuele ROMEO
á mis brazos, sin que nadie le descubra ni
de él se ocupe. Para celebrar su ritos amorosos
bástales á los amantes la luz de
sus propios atractivos; y si el amor es ciego,
aviénese mejor con la noche. Ven, noche
complaciente, matrona de negra y severa
vestidura, y enséñame á perder una
ganancial partida jugada por un par de
virginidades sin tacha. Cubre con tu negro
manto, á guisa de capillo, mi bravía sangre
virginal que se agita en mis mejillas,
hasta que el tímido amor, ya más osado,
estime como pura honestidad la consumación
del verdadero amor. Ven noche;
ven, ROMEO; ven, tú, que eres día en la
noche, pues que, sobre las alas de la noche,
aparecerás más blanco que la nieve
recién posada sobre un cuervo. Ven, noche
apacible; ven, amorosa noche de atezado
rostro; dame mi ROMEO; y cuando expire,
cógelo y divídelo en pequeñas estrellitas,
y hará él tan bella la faz de los
cielos que el mundo entero se prendará de
la noche y dejará de dar culto al sol
deslumbrador. ¡Ah! Yo he comprado una
mansión de amor, mas aun no he tomado
posesión de ella, y aunque vendida, todavía
no he sido yo gozada. Tan enojoso, tan
interminable es este día, como lo es la noche
que precede á una fiesta para el impaciente
niño que tiene un vestido nuevo y
no puede estrenarlo. ¡Oh! Aquí llega la
nodriza, que me trae nuevas, y toda lengua
que pronuncie tan sólo el nombre de
ROMEO, habla con elocuencia celestial. Entra la NODRIZA con una escala de cuerdas.
Y bien, ama, ¿qué nuevas hay? ¿Qué es lo
que traes? ¿Son las cuerdas que ROMEO te
encargó fueras á buscar?

NODRIZA.
– Sí, sí; las cuerdas.

(Tirándolas al suelo.)

JULIETA.
– ¡Cielos! ¿Qué ocurre? ¿por qué te
tuerces las manos?

NODRIZA.
– ¡Oh, qué desdicha! ¡Ha muerto,
ha muerto, ha muerto! ¡Estamos perdidas,
señorita, estamos perdidas! ¡Malaventurado
día! ¡Ya no existe, le han matado, está
muerto!

JULIETA.
– ¿Pueden ser tan crueles los cielos?

NODRIZA.
– ROMEO, sí; pero no los cielos. ¡Ah!
¡ROMEO, ROMEO! ¡Quién lo hubiera pensado
jamás! ¡ROMEO!

JULIETA.
– ¿Qué demonio eres tú, que así me
atormentas? Semejante tortura debiera sólo
expresarse con rugidos en el averno espantoso
¿Se ha dado muerte ROMEO? Dí sencillamente
, y esta sola sílaba será
más venenosa que el mortífero ojo del basilisco.
Dejo yo de existir si existe tal , ó
si están cerrados aquellos ojos que te
hacen responder . Si le han matado, dime
, y si no, no:esos breves sonidos decidan
de mi ventura ó de mi duelo.

NODRIZA.
– He visto la herida, la he visto con
mis propios ojos... ¡Dios nos libre! Aquí
en su pecho varonil. Un lastimoso cadáver,
un lastimoso cadáver ensangrentado, pálido,
pálido como la cera; todo él manchado
de sangre; todo él cubierto de sangre
cuajada. Yo me desmayé al verlo.

JULIETA.
– ¡Oh! ¡Quiébrate, corazón mío! ¡pobre
quebrado, quebrántate de una vez!
¡Aprisionaos, ojos míos, jamás penséis en
la libertad! Tierra vil, abandónate á la tierra;
cese aquí el movimiento, y que,
con vuestro peso cargado, un mismo féretro
os estreche á ti y ROMEO.

NODRIZA.
– ¡Oh, Tibaldo, Tibaldo, el mejor
amigo que yo tenía! ¡Oh, galante Tibaldo!
¡leal caballero! ¡Que haya de vivir yo para
verte muerto!

JULIETA.
– ¿Qué borrasca es ésa que sopla en
tan contrarias direcciones? ¿ROMEO ha sido
asesinado, y Tibaldo está muerto? ¿Mi
amado primo, y mi esposo aun más amado?
Entonces anuncia, pavorosa trompeta,
con tu sonido el juicio final; porque ¿quién
puede vivir si no existen ya estos dos?

NODRIZA.
– Tibaldo ha muerto, y ROMEO está
desterrado. ROMEO, que le mató á él, está
desterrado.

JULIETA.
– ¡Oh, Dios! ¿La mano de ROMEO ha
vertido la sangre de Tibaldo?

NODRIZA.
– Así es, así es. ¡Ay, qué día de fatalidad!
Así es.

JULIETA.
– ¡Oh, corazón de víbora, encubierto
con un semblante florido! ¡Hubo jamás
dragón que habitara un antro tan seductor?
¡Hermoso tirano! ¡demonio angelical! ¡cuervo
con plumas de paloma! ¡cordero con entrañas
de lobo! ¡detestable substancia de la
más divinal apariencia! ¡Exactamente lo
contrario de aquello que tú exactamente
pareces, santo condenado, honorable villano!...
¡Oh, naturaleza! ¿Qué sér tenías
tú destinado para el infierno, cuando
alojaste á un espíritu maligno en el mortal
paraíso de tan agraciado cuerpo? ¿Vióse
jamás tan ricamente encuadernado un libro
que contenga tan vil materia? ¡Ah! ¡qué
la impostura resida en tan suntuoso
alcázar!

NODRIZA.
– No hay confianza, ni fe, ni honradez
en los hombres. Todos ellos son unos
perjuros, todos falsos, todos inícuos, todos
hipócritas. ¡Ay! ¿Dónde está mi escudero?
Dadme un sorbito de aguardiente. Estos
disgustos, estos dolores, estas penas
me envejecen. ¡Caiga la vergüenza sobre
ROMEO!

JULIETA.
– Así se te llagara la lengua por semejante
deseo! ROMEO no ha nacido para la
vergüenza; sobre su frente la vergüenza se
avergonzaría de posarse, porque es un trono
en donde el honor puede ser coronado
rey único de toda la tierra. ¡Oh! ¡Cuán necia
fui yo en acriminarle!

NODRIZA.
– Hablaréis bien de aquel que mató
á vuestro primo?

JULIETA.
– ¿He de hablar mal de aquel que es
mi esposo? ¡Ay, pobre esposo mío! ¿Qué
lengua acaricia tu nombre, cuando yo,
que sólo hace tres horas soy tu esposa, lo
he ultrajado? Mas ¿por qué, pérfido, diste
muerte á mi primo? Sin duda, este pérfido
primo hubiera matado á mi esposo. ¡Atrás,
lágrimas insensatas, volved á vuestro nativo
manantial! Esas gotas, tributo que al
dolor pertenece, vosotras erradamente
las consagráis al regocijo. Vive mi esposo,
á quien Tibaldo quería matar, y
ha muerto Tibaldo, que pretendía dar
muerte á mi esposo: todo ello es un
consuelo. ¿A qué, pues, llorar? ¡Ah! Cierta
palabra escuché peor que la muerte
de Tibaldo, y esta palabra me ha asesinado.
Bien quisiera yo olvidarla, pero ¡ay! ella
oprime la memoria mía, como los negandos
crímenes oprimen la conciencia de los
delincuentes. Tibaldo ha muerto, y ROMEO
está... desterrado. Este desterrado, esta sola
palabra desterrado ha matado diez mil
Tibaldos. Bastante infortunio era la
muerte de Tibaldo, si el mal hubiese aquí
terminado. Si la acerba desventura se complace
en ir acompañada y debe forzosamente
juntarse con otros quebrantos, ¿por
qué, al decirme el ama: Tibaldo ha muerto,
no añadió: tu padre, ó tu madre, y hasta
diré ó entrambos, lo cual me hubiera causado
una aflicción ordinaria? Mas, como
epílogo de la muerte de Tibaldo añadir:
ROMEO está desterrado, decir eso es lo mismo
que padre, madre, Tibaldo, ROMEO,
Julieta, todos asesinados, todos muertos.
¡ROMEO está desterrado! No hay fin, término,
medida ni límite en la muerte que entrañan
estas palabras; no hay acentos
capaces de expresar toda la intensidad de
tal dolor. ¿Dónde están mi padre y mi madre,
ama?

NODRIZA.
– Llorando y gimiendo junto al cadáver
de TIBALDO. ¿Queréis ir adonde está?
Yo os acompañaré allí.

JULIETA.
– Laven ellos con lágrimas las heridas
de Tibaldo, y cuando se hayan secado
estas lágrimas, el destierro de ROMEO hará
verter las mías. Recoge esas sogas. ¡Pobre
escala! Tú y yo hemos sido burladas, pues
ROMEO está proscrito. ROMEO te fabricó
para servir de camino á mi lecho; mas yo,
virgen como soy, muero en virginal viudez.
Venid, cuerdas; ven, ama. Voy á mi
tálamo nupcial, y que la muerte, ya
que no ROMEO, coja mi virgínea flor!

NODRIZA.
– Corred á vuestro aposento. Yo iré
en busca de ROMEO para que os consuele.
Yo sé bien dónde está. Atended: vuestro
ROMEO vendrá aquí esta noche. Voy á
verle; está oculto en la celda de fray
Lorenzo.

JULIETA.
– ¡Ah! Ve á encontrarle! Entrega esta
sortija (sacándosela del dedo) á mi fiel
caballero, y ruégale que venga á darme su
postrer adiós.

(Vanse.)

ESCENA III

Celda de fray Lorenzo.
Entra FRAY LORENZO.

FRAY LORENZO.
– (Abriendo una puerta excusada.) Sal,
ROMEO; ven acá, hombre temeroso.
La aflicción se ha enamorado de tus
partes, y tú estás desposado con la desventura.

Entra ROMEO.

ROMEO.
– Padre mío, ¿qué nuevas hay? ¿Cuál
es la sentencia del Príncipe? ¿Qué duelo
desconocido aún para mí, ansia trabar
conocimiento conmigo?

FRAY LORENZO.
– Harto familiarizado está mi
caro hijo con tan cruel compañía. Te traigo
nuevas de la sentencia del príncipe.

ROMEO.
– ¿Qué menos que sentencia de muerte
es el fallo del Príncipe?

FRAY LORENZO.
– Más benigna sentencia ha
salido de sus labios: no es la muerte del
cuerpo, sino el destierro del cuerpo.

ROMEO.
– ¡Ah! ¡Destierro! Sé compasivo: di
muerte, porque, en su aspecto, el destierro
es más aterrador, mucho más que la muerte.
No profieras esa palabra destierro.

FRAY LORENZO.
– Desde ahora estás desterrado
de Verona. Ten calma, pues el mundo es
vasto y espacioso.

ROMEO.
– Fuera de los muros de Verona no
hay mundo, sino purgatorio, tortura y el
mismo infierno. Estar desterrado de aquí
es hallarme desterrado del mundo, y el destierro
del mundo es la muerte; así que, el
destierro es muerte bajo un falso nombre.
Al titular la muerte destierro, tú cortas
mi cabeza con una segur de oro, sonriendo
al darme el golpe que me asesina.

FRAY LORENZO.
– ¡Oh, pecado mortal! ¡Oh fiera
ingratitud! Tu delito nuestras leyes lo
califican de muerte, mas el bondadoso
Príncipe, interesándose por ti, ha torcido
la ley, y ha trocado en destierro esa negra
palabra muerte. Esta es verdadera merced,
y tú no lo reconoces.

ROMEO.
– Suplicio es, que no merced. El cielo
está aquí, donde vive Julieta; y cualquier
gato y perro y ratoncillo y cualquiera criatura
despreciable viven aquí en el cielo, y
pueden contemplarla; pero ROMEO no puede.
Mayor valimiento, más honrosa situación,
más cortesanía que en ROMEO, hay
en las moscas que viven en la podredumbre;
pueden ellas posarse en el blanco prodigio
de la mano de mi idolatrada Julieta
y robar una felicidad inmortal de sus labios,
que la pura y virginal modestia mantiene
constantemente ruborosos, cual si
creyeran ellos ser pecado sus recíprocos
besos. Pero ROMEO no puede hacer eso:
está proscrito. Las moscas pueden hacerlo,
mientras que yo debo huir de tal cosa; ellas
son libres, pero yo estoy desterrado. ¿Y
aun dices que el destierro no es la muerte?
¿No tenías, para matarme, alguna venenosa
mixtura, alguna afilada cuchilla, un rápido
instrumento de muerte cualquiera, si
bien menos infame que esa palabra desterrado?
¡Desterrado! ¡Oh, padre mío! Esa
palabra la profieren los condenados en el
infierno, acompañándola con aullidos.
¿Cómo, pues, tienes tú corazón, siendo un
sacerdote, un santo confesor que tiene el
don de perdonar los pecados y es mi amigo
declarado, para anonadarme con esa palabra
desterrado?

FRAY LORENZO.
– Escúchame un momento,
loco apasionado.

ROMEO.
– ¡Ah! De destierro vas á hablarme
otra vez.

FRAY LORENZO.
– Voy á ofrecerte una armadura
que te defienda de tal palabra: la filosofía,
dulce bálsamo de la adversidad.
Ella te proporcionará consuelo aun hallándote
proscrito.

ROMEO.
– ¿Todavía proscrito? ¡Váyase noramala
tu filosofía! A no ser que la filosofía
sea capaz de crear una Julieta, mudar de
sitio una ciudad, ó revocar la sentencia
de un Príncipe, para nada sirve, nada vale.
No me hables más de eso.

FRAY LORENZO.
– ¡Ah! Bien veo que los locos
no tienen oídos.

ROMEO.
– ¿Cómo han de tenerlos, cuando los
cuerdos no tienen ojos?

FRAY LORENZO.
– Permíteme que arguya contigo
sobre tu situación.

ROMEO.
– Tú no puedes hablar de aquello que
no sientes. Si tú fueras joven cual yo, si
fuera Julieta tu amor, si desde una hora
estuvieras casado y hubieras dado muerte
á Tibaldo, si cual yo amaras con delirio, y
cual yo te vieras extrañado, entonces podrías
tú hablar, entonces podrías mesarte
los cabellos y arrojarte al suelo como hago
yo ahora, tomando la medida de una fosa
no abierta todavía.

(Llaman dentro.)

FRAY LORENZO.
– ¡Levántate. Llaman. Buen
ROMEO, escóndete.

ROMEO.
– No haré tal; á menos que el hálito
de mis dolorosos suspiros, á guisa de niebla,
me envuelva sustrayéndome á escudriñadoras
miradas.

(Llaman cada vez más fuerte)

FRAY LORENZO.
– ¿No oyes como están llamando?
¿Quién va? Levántate, ROMEO;
que te van á prender. Aguardad un instante.
Alza del suelo. (Llaman.) Corre á mi
estudio. Al momento. ¡Poder de Dios!
¡Qué locura es esa! ¡Voy, voy! (Llaman.)
¿Quién llama tan recio? ¿De dónde venís?
¿Qué queréis?

NODRIZA.
– (Dentro.) Dejad que yo entre, y
sabréis el recado que traigo, Vengo de parte
de la señorita Julieta.

FRAY LORENZO.
– (Abriendo.) Entonces bien
venida seáis.

Entra la NODRIZA.

NODRIZA.
– ¡Oh, santo fraile! ¡Oh! Decidme,
santo fraile: ¿dónde está el marido de mi
señora? ¿En dónde está ROMEO?

FRAY LORENZO.
– Ahí en el suelo, embriagado
con su propio llanto.

NODRIZA.
– ¡Oh! Se halla en igual caso que mi
señora; exactamente en el caso de ella.

FRAY LORENZO.
– ¡Ah! ¡Dolorosa simpatía,
lastimero trance!

NODRIZA.
– Así mismo está ella: llorando y
gimiendo, gimiendo y llorando como una
Magdalena. (A ROMEO.) Levantaos, levantaos;
alzad, si sois hombre. Por amor de
Julieta, por su amor, levantaos y poneos
en pie. ¿Por qué habéis de caer en una desesperación
tan profunda?

ROMEO.
– ¡Ama!

NODRIZA.
– ¡Ah! ¡Señor, señor! ¡Qué le hemos
de hacer! La muerte es el fin de todo.

ROMEO.
– ¿Hablas de Julieta? ¿Cómo está? ¿No
piensa ella que soy un consumado asesino,
yo que acabo de manchar la infancia de
nuestra dicha con una sangre que tan poco
difiere de la suya? ¿En dónde está? ¿Cómo
se encuentra? ¿Y qué dice mi secreta
esposa de nuestro invalidado amor?

NODRIZA.
– ¡Ay! No dice una palabra, señor.
No hace sino llorar y más llorar, y ahora
se deja caer en su lecho, luego se levanta
sobresaltada, y llama á Tibaldo, y después
clama á ROMEO, y al fin vuelve á caer sin
aliento.

ROMEO.
– Diríase que ese nombre, disparado
por arma mortífera la mató, como la mano
maldita que lleva tal nombre dió muerte á
su primo. ¡Oh! Dime, padre mío, dime:
¿en qué vil parte de este cuerpo mísero
se aloja mi nombre? Dímelo, para que pueda
yo devastar la odiosa mansión.

(Desenvainando su daga.)

FRAY LORENZO.
– (Arrebatándole el arma.) Detén
tu diestra desesperada. ¿Eres hombre?
Tu figura pregona que lo eres; tus lágrimas,
empero, son de mujer; tus actos frenéticos
revelan el irreflexivo furor de la
fiera. Desfigurada mujer en una aparente
figura de hombre, ó mal semejado bruto
en una aparente semejanza de hombre y
mujer. Pasmado me dejas. Por mi santa
Orden, creía que era de más temple tu
carácter. Después de matar á Tibaldo, ¿quieres
ahora matarte á ti mismo y matar
igualmente á tu esposa que vive en ti,
desencadenando sobre ti mismo un odio
execrable? ¿Por qué ultrajas tu nacimiento, el
cielo y la tierra, pues nacimiento, cielo
y tierra, los tres en ti se aunan, y quisieras
tú perderlos á la vez? ¡Qué abominación!
Tú envileces tu figura, tu amor, tu razón;
tú que, como el avaro, abundas en todas
estas partes y no utilizas ninguna de ellas
para aquel verdadero uso que seguramente
daría realce á tu figura, á tu amor y á tu
razón. Tu noble figura no es más que una
imagen de cera desprovista de ardimiento
varonil; tus juramentos de tierno amor no
son sino vano perjurio, que matan aquel
amor que tú juraste guardar en tu pecho;
tu razón, ese ornamento de tu figura y de
tu amor, desviada en el gobierno de
entrambos, como la pólvora en el frasco de
inexperto bisoño, se inflama por tu propia
torpeza, dejándote mutilado tu propio medio
de defensa. ¡Ea, anímate, hijo mío!
Tu Julieta, por cuyo caro amor poco ha tú
morías, vive: en esto eres afortunado. Tibaldo
pretendía matarte, mas tú le diste
muerte á él; en esto también eres afortunado.
La ley, que amenazaba muerte, declárase
amiga tuya, y la conmuta en destierro;
en esto eres igualmente afortunado. Una
carga de bendiciones pesa suavemente sobre
tus espaldas; la fortuna te acaricia luciendo
sus mejores galas; pero tú, cual
descompuesta y arisca mujerzuela, pones
mal gesto á tu fortuna y á tu amor. ¡Cuidado,
cuidado! Porque quien tal hace muerte
miserablemente. Anda, vete á casa de tu
amada, según estaba decidido, subo á su
estancia y prodígale consuelos. Mas ten
cuidado de no detenerte allí hasta estar
montada la guardia, pues entonces no podrías
trasladarte á Mántua, en donde has
de residir hasta que encontremos coyuntura
para hacer público vuestro himeneo,
reconciliar á vuestras familias; impenetrar el
perdón del Príncipe y llamarte para que te
restituyas aquí con mil y mil veces más
alborozo que gemidos exhales al partir. Ve
delante, ama. Ofrece mis respetos á tu señora,
y ruégale que dé prisa á toda la casa
para recogerse, á lo cual todos estarán dispuestos
por razón de su intenso pesar.

ROMEO va en seguida.

NODRIZA.
– ¡Dios mío! De buena gana me hubiera
pasado yo aquí toda la noche oyendo
tan buenos consejos. ¡Ah! ¡Lo que es el
saber! (A ROMEO.) Caballero, anunciaré á mi
señora que vos vendréis.

ROMEO.
– Hazlo así, y dile á mi amada que se
apreste á reñirme.

NODRIZA.
– He aquí, señor, una sortija que ella
me encargó os entregara. Daos prisa, no
perdáis tiempo, pues se hace muy tarde.

(Vase.)

ROMEO.
– ¡Cómo reanima esto mi espíritu!

FRAY LORENZO.
– Vete; buenas noches. De esto
depende toda tu suerte: ó te pones en
camino antes de estar montada la guardia, ó
bien sales de aquí disfrazado al rayar el alba;
permaneces en Mantua; yo iré en busca
de tu criado, y él te notificará de cuando
en cuando todo suceso que aquí ocurra
favorable para ti. Dame tu mano; es tarde
ya. Adiós, felices noches.

ROMEO.
– Si una dicha superior á toda dicha
no me llamara á otro sitio, fuera un pesar
separarme tan presto de ti. Adiós.

(Vanse.)

ESCENA IV

Sala en casa de CAPULETO.
Entran CAPULETO, la SEÑORA DE CAPULETO y PARIS.

CAPULETO.
– Tan deplorables sucesos han acontecido,
señor mío, que no hemos tenido
tiempo de persuadir á nuestra hija. Considerad
que ella quería entrañablemente á
su primo Tibaldo, y yo no menos que ella.
Pero ¿qué remedio? Todos hemos nacido
para morir. Es ya muy tarde; Julieta no
bajará esta noche, y os aseguro que, á no
ser por vuestra compañía, hace una hora
que ya estaría yo acostado.

PÁRIS.
– Estas horas de amargura no dan tiempo
á los galanteos. Señora, buenas noches.
Ofrecer mis recuerdos á vuestra hija.

SRA. DE CAP.
– Con mucho gusto, y mañana
temprano sabré yo su modo de pensar.
Esta noche está ella encerrada con su
pesadumbre.

CAPULETO.
– Señor Páris, me atrevo á responderos
del amor de mi hija. Imagino que
ella se dejará gobernar por mí en todos
conceptos; mejor diré, no dudo de ello.
Esposa mía, id á verla antes de recogeros.
Instruídla al punto del amor de mi hijo.
Páris, y hacedle saber, advertidlo bien,
que el miércoles próximo... pero ¡calla!
¿Qué día es hoy?

PÁRIS.
– Lunes, señor.

CAPULETO.
– ¿Lunes? ¡Ah! Sí, el miércoles es
demasiado pronto; será el jueves. Decidle
que el jueves habrá ella de enlazarse con
este noble conde. ¿Estaréis vos dispuesto?
¿No os place tal precipitación? No haremos
gran ruido, … un amigo ó dos, pues
ya comprenderéis que siendo tan reciente
la muerte de Tibaldo, podrían pensar que
hacíamos poco aprecio del que era nuestro
pariente, si nos entregáramos á bulliciosos
regocijos. Así pues, convidaremos á media
docena de amigos, y asunto concluído.
Mas ¿qué decís vos á que esto sea el jueves?

PÁRIS.
– Señor, que me holgaría de que el jueves
fuera mañana.

CAPULETO.
– ¡Magnífico! Podéis retiraros. Sea,
pues, el jueves. Id, esposa mía, á ver á Julieta
antes de acostaros, y preparadla para
el día de la boda. Adiós, caballero. ¡Hola!
que traigan luz á mi aposento. ¡Por mi
vida! Es ya tan tarde, tan tarde, que de
aquí á poco podremos decir que es temprano.
¡Buenas noches!

(Vanse.)

ESCENA V

Aposento de Julieta, con un balcón que da al jardín.
ROMEO y JULIETA.

JULIETA.
– ¿Quieres irte ya? No está aún cercano
el día. Era el ruiseñor, y no la alondra
quien hirió tu temeroso oído. Todas
las noches trina en aquel granado. Créeme,
amor mío, era el ruiseñor.

ROMEO.
– Era la alondra, el heraldo de la mañana,
no el ruiseñor. Mira, bien mío, que
envidiosas franjas de luz ribetean las rasgadas
nubes allá en el Oriente. Las candelas
de la noche hanse consumido ya, y el
día placentero asoma de puntillas en la
brumosa cima de las montañas. Es menester
que yo me ausente y viva, ó me quede
y muera.

JULIETA.
– Aquella lejana claridad no es la luz
del día, bien lo sé. Es algún meteoro
luminoso que exhala el sol para que te
sirva de porta-antorcha y te alumbre esta
noche en tu camino de Mantua. Quédate,
pues; aun no tienes precisión de
marcharte.

ROMEO.
– Que me prendan, que me hagan morir;
contento estoy si tú lo quieres. Diré
que aquel tinte gris no es el semblante de
la aurora, sino el pálido reflejo del rostro
de Cintia, y que no son tampoco de
la alondra esas notas que hieren la bóveda
celeste tan alto por encima de nuestras cabezas.
Mayor afán tengo yo de quedarme
que voluntad de partir. ¡Ven, muerte, bien
venida seas! Julieta así lo quiere. Pero,
¿qué te pasa, vida mía? Platiquemos, aun
no ha llegado el día.

JULIETA.
– ¡Oh, sí, sí! ¡Huye al punto, vete,
vete de aquí! Es la alondra que canta de
un modo tan desentonado lanzando estridentes
disonancias é ingratos chirridos. Diz
que la alondra, al emitir sus notas, hace
una dulce separación; pero no es así,
pues ella nos separa á nosotros. Dicen que
la alondra y el repugnante sapo cambian
los ojos. ¡Ay! ¡Ojalá hubiesen ellos trocado
ahora también la voz! puesto que
esa voz nos llena de temor y te arranca de
mis brazos ahuyentándote de aquí con su
claro manantial. ¡Oh, parte ahora mismo!
Clarea cada vez más.

ROMEO.
– ¡Clarea cada vez más! Cada vez más
se ennegrecen nuestros duelos!

NODRIZA.
– (En voz baja.) ¡Señorita!

JULIETA.
– ¿Qué hay, ama?

NODRIZA.
– Vuestra señora madre se dirige á
vuestro aposento. Ha despuntado el día.
Andad con mucha cautela, y ojo alerta.

(Vase.)

JULIETA.
– Entonces, balcón, deja entrar la
luz del día y salir mi vida.

ROMEO.
– ¡Adiós, adiós! Un beso, y voy á bajar.

(Desciende por el balcón.)

JULIETA.
– ¿Así me dejas, amor y dueño mío,
esposo, amigo? Necesito saber de tí cada
día de cada hora, pues en un minuto
hay muchos días. ¡Oh, según esta cuenta
habré yo envejecido antes que torne á ver
á mi ROMEO!

ROMEO.
– ¡Adiós! No malograré ocasión alguna
para enviarte mis recuerdos, amor mío.

JULIETA.
– ¡Ah! ¿Piensas tú que volveremos á
vernos algún día?

ROMEO.
– No lo dudo, y todos estos sinsabores
nos servirán de tema para dulces coloquios
en nuestros días venideros.

JULIETA.
– ¡Ah, Dios mío! ¡Abriga mi alma tan
negros presentimientos!... Se me figura
verte, ahora que estás abajo, semejante á
un cadáver en el fondo de la tumba. O tengo
turbada la vista, ó tú estás pálido.

ROMEO.
– Y créeme, amor mío; á mis ojos
también lo estás. Los áridos tormentos
beben nuestra sangre. ¡Adiós, adiós!

(Vase.)

JULIETA.
– ¡Oh fortuna, fortuna! Todos te llaman
veleidosa. Si eres tal, ¿qué tienes tú
que ver con quien goza de renombre por
su fidelidad? Sé tornadiza, fortuna, porque
entonces, según espero, no le retendrás
mucho tiempo, antes lo restituirás pronto
á mi lado.

SRA. DE CAP.
– (Dentro.) Eh, hija mía, ¿estás
ya levantada?

JULIETA.
– ¿Quién me llama? ¿Es mi señora
madre? ¿Será que no se ha recogido aún
en hora tan avanzada, ó que ya se ha levantado
tan de mañana? ¿Qué insólita
causa la conduce aquí?

Entra la SEÑORA DE CAPULETO.

SRA. DE CAP.
– Y bien, ¿qué es eso, Julieta?

JULIETA.
– No me siento bien, señora.

SRA. DE CAP.
– ¿Llorando siempre la muerte
de tu primo? ¡Qué! ¿Pretendes acaso arrancarle
de la tumba á fuerza de lágrimas? Y
aun cuando eso lograras, no podrías tú
volverle la vida. Así pues, cesa de llorar.
Un sentimiento moderado muestra un amor
grande, mientras que un exceso de sentimiento
es siempre indicio de falta de sensatez.

JULIETA.
– Así y todo, dejadme que llore una
pérdida tan sensible.

SRA. DE CAP.
– De esta suerte tú sentirás la
pérdida, mas no sentirás junto á ti al amigo
por quien lloras.

JULIETA.
– Sintiendo tan vivamente la pérdida,
no puedo menos de llorar sin tregua al amigo.

SRA. DE CAP.
– Bien lo veo, hija mía: tú lloras
no tanto por su muerte, como porque vive
aún el infame que le asesinó.

JULIETA.
– ¿Qué infame, señora?

SRA. DE CAP.
– Ese infame de ROMEO.

JULIETA.
– Entre un infame y él, ¡cuántas y
cuántas millas de distancia! ¡Dios le
perdone como de todo corazón le perdono
yo! Y eso que ningún hombre aflige tanto
mi corazón como él.

SRA. DE CAP.
– Sí, ello es porque vive aún el
pérfido asesino.

JULIETA.
– Ciertamente, señora; porque vive
lejos del alcance de estas mis manos. Quisiera
que nadie sino yo vengara la muerte
de mi primo.

SRA. DE CAP.
– Tomaremos venganza de ella,
no temas. Así pues, cese tu llanto. Enviaré
cierta persona á Mantua, donde vive
ese desterrado vagabundo, á quien propinará
una singular bebida que le mandará presto
á hacer compañía á Tibaldo; y entonces,
como espero, tú estarás satisfecha.

JULIETA.
– A la verdad, de ROMEO jamás quedaré
satisfecha hasta que yo le vea... muerto...
está mi pobre corazón de tal manera
torturado por la muerte de un deudo.
Señora, si encontráis vos tan siquiera un
hombre para llevar el tósigo, yo misma lo
prepararé, de suerte que, no bien lo
haya tomado, presto duerma ROMEO en
paz. ¡Ay! ¡Cuánto detesta mi corazón el
oirle nombrar y no poder encaminarme
adonde él está, para hacer sentir el
amor que yo profesaba á mi primo Tibaldo,
en el cuerpo de aquel que le quitó la
vida!

SRA. DE CAP.
– Descubre tú los medios, y yo
encontraré tal hombre. Mas ahora vengo á
comunicarte alegres nuevas, hija mía.

JULIETA.
– Bien viene la alegría en una ocasión
que tan necesitada está de ella. ¿Qué
nuevas son esas, señora? Decidlo, por favor.

SRA DE CAP.
– Vaya, vaya, que tienes un padre
que se interesa mucho por ti, hija mía;
un padre que por sacarte de tu desolación,
ha ideado un imprevisto día de regocijo,
que ni tú esperabas ni yo me prometía.

JULIETA.
– En hora feliz, madre mía. ¿Qué día
es ése?

SRA. DE CAP.
– Sábete, hija mía, que el próximo
jueves, muy de mañana, el galante,
joven y noble hidalgo, el conde Páris, tendrá
la dicha de hacer de ti una feliz esposa
en la iglesia de San Pedro.

JULIETA.
– Pues, por la iglesia de San Pedro y
aun por San Pedro mismo, él no hará de
mí una feliz esposa. Me admira su prisa, y
que yo me haya de desposar antes que venga
á hacerme la corte el que ha de ser mi
esposo. Os ruego, señora, digáis á mi padre
y señor que no intento casarme todavía;
y que, de hacerlo, os juro que será con
ROMEO, á quien vos sabéis que odio, antes
que con PÁRIS. ¡Vaya unas nuevas, á fe mía.

(Rompe á llorar.)

SRA. DE CAP.
– Aquí llega vuestro padre. Contádselo
vos misma, y veréis como lo va á
tomar al oiros.

Entran CAPULETO y la NODRIZA.

CAPULETO.
– Cuando se pone el sol, el aire
destila rocío; mas por el ocaso del hijo de
mi hermano, llueve á chorros. ¿Qué es
eso? ¿Un caño, muchacha? ¡Qué! ¿Has de
estar siempre bañada en llanto y llorando
eternamente á mares? En tu pequeño cuerpo
tú remedas una barca, el océano y el
huracán; pues contínuamente tus ojos, que
bien puedo yo llamar océano, tienen flujo
y reflujo de lágrimas; tu cuerpo es la barca
que navega en ese piélago salobre; tus suspiros
con tus lágrimas, y éstas con éllos, si
no sobreviene una súbita calma, harán zozobrar
tu cuerpo combatido por la tempestad.
Y bien, esposa, ¿habéisle notificado
nuestra determinación?

SRA. DE CAP.
– Si, señor; mas ella rehusa; os da
las gracias. ¡Así se casara esa necia con su
tumba!

CAPULETO.
– ¡Tate! Explicaos, explicaos, esposa.
¡Cómo! ¿No quiere? ¿no nos lo agradece?
¿no se siente enorgullecida? ¿no tiene
á dicha, por muy indigna que de ello sea,
el que nosotros le hayamos procurado para
novio de un tan noble hidalgo?

JULIETA.
– Orgullosa, no; pero sí agradecida,
notadlo bien. Jamás puedo estar orgullosa
de lo que yo detesto; pero sí estoy agradecida
hasta por lo que odio cuando se hace
con amoroso designio.

CAPULETO.
– ¡Cómo se entiende, cómo se entiende,
zurcidora de retóricas! ¿Qué significa
eso? Estoy orgullosa y os lo agradezco,
y no os lo agradezco, y sin embargo, no estoy
orgullosa... Lo que habéis de hacer
vos, deslenguada señorita, es dejados de
esas jerigoznas de agradecimientos y orgullos,
y aprestar vuestras finitas piernas para
el próximo jueves, á fin de ir con Páris á
la iglesia de San Pedro, ó de lo contrario,
te llevaré arrastrando hasta allí sobre un
zarzo. ¡Quítate de mi presencia, encarroñada
clorótica! ¡Fuera de aquí, ramera,
cara de acelga!

SRA. DE CAP.
– ¡Callad, callad! ¿Estáis loco?

JULIETA.
– Mi buen padre, os lo pido de hinojos.
Oídme con benevolencia; una palabra no más.

CAPULETO.
– ¡Vete con mil demonios, rapazuela
perdida, criatura ruin y desobediente!
Escucha bien lo que te digo: ó te vas á
la iglesia el jueves, ó nunca más me mires á
la cara. (Julieta hace ademán de querer hablar.) Ni una palabra,
no repliques, no respondas. Siento una comezón en los
dedos... ¡Ah, esposa mía! Apenas nos creíamos
felices por no habernos Dios concedido
más que esta hija; pero ahora veo que
con esta hija única hay de sobra, y que con
ella nos ha caído encima una maldición.
¡Apártate de mi vista, mujerzuela.

NODRIZA.
– ¡Que Dios desde el cielo la bendiga!
Hacéis muy mal, señor, en regañarla
así.

CAPULETO.
– ¿Y por qué, señora marisabidilla?
Cerrad el pico, madre prudencia. Idos á
cotorrear con vuestras comadres.

NODRIZA.
No digo ninguna cosa mala.

CAPULETO.
– ¡Eh, vaya con Dios!

NODRIZA.
– (Refunfuñando.) ¿No puede una hablar?

CAPULETO.
– Callaos, necia gruñona; id á verter
vuestra prosopopeya en el tazón de una
comadre, que aquí no hace falta ninguna.

SRA. DE CAP.
– Estáis muy acalorado.

CAPULETO.
– ¡Por la Hostia sacrosanta! Eso me
vuelve loco. De día, de noche, á todas horas,
en toda ocasión, á cada momento, trabajando,
divirtiéndome, solo, en compañía,
siempre fué mi anhelo verla desposada; y
ahora que le habíamos deparado un caballero
de noble alcurnia, de pingüe patrimonio,
joven y educado con el mayor esmero,
henchido (como dicen) de honrosas cualidades,
un hombre; en fin, tan cumplido
como pudiera uno desear; venirnos una miserable
y estúpida quejicosa, una muñeca
llorona, que, al sonreirle la fortuna, diga
por toda respuesta: yo no quiero casarme;
yo no puedo amar; soy demasiado niña; os
ruego me perdonéis. Pero si no queréis casaros,
bueno será mi perdón: ido á pacer
donde os plazca, que en mi casa no pondréis
más los pies. Miradlo bien, pensadlo
bien; yo no acostumbro chancearme. El
jueves se acerca; poneos la mano sobre el
corazón, y reflexionad. Si sois mi hija, os
daré á mi amigo; si no lo sois, ahorcaos,
mendigad, consumíos de hambre y miseria,
morid como un perro en medio de la
calle; pues, por mi alma lo juro, nunca os
reconoceré, ni jamás os aprovechará lo
mío. Tenedlo por seguro, meditadlo bien;
yo no quebrantaré mi palabra.

(Vase.)

JULIETA.
– ¿No hay clemencia en los cielos, que
mire hasta el fondo de mi dolor? ¡Oh, dulce
madre mía, no me rechacéis! Diferid
esta boda un mes, una semana, y donde
no, aparejad mi lecho nupcial en aquel
sombrío panteón do yace TIBALDO.

SRA. DE CAP.
– Nada me digas, porque no hablaré
ni una palabra. Obra como gustes,
pues todo ha concluído entre las dos.

(Vase.)

JULIETA.
– ¡Dios mío! – ¡Ay, ama! ¿Cómo se
remediará esto? Mi esposo está en la tierra,
mi fe en el cielo: ¿cómo volverá de nuevo
esta fe á la tierra, á no ser que mi esposo,
abandonado en este mundo, me la envíe
desde el cielo? Consuélame, aconséjame.
¡Ah, que haya de emplear el cielo artificios
contra un sér tan débil como yo! Pero
¿qué dices tú? ¿No tienes ni una sola palabra
de alegría? Dame algún consuelo, ama.

NODRIZA.
– A fe mía, helo aquí. ROMEO está
desterrado, y apostaría yo el mundo entero
contra nada, á que nunca más él se atreve
á volver aquí para reclamaros; y, de hacerlo,
ha de ser forzosamente de tapadillo.
Estando, pues, las cosas como están ahora,
creo yo que lo mejor será que os caséis con
el conde. ¡Oh! Es un galante caballero. A
su lado, ROMEO es un estropajo. El águila,
señorita, no tiene unos ojos tan verdes,
tan vivos, tan bellos como los de PÁRIS.
Mal haya mi propio corazón si no creo que
seréis dichosa en este segundo matrimonio,
puesto que aventaja al primero; y cuando
no, vuestro primer marido ha muerto, ó
tanto monta como si lo estuviera, teniéndole
vivo y no poder serviros de él.

JULIETA.
– ¿Hablas tú de corazón?

NODRIZA.
– Y con toda mi alma también; y
si no es así, malditos sean los dos.

JULIETA.
– ¡Amén!

NODRIZA.
– ¿Qué?

JULIETA.
– Nada, que me has consolado
admirablemente. Vete, y di á mi madre y señora
que, por razón del enojo que causé á mi
padre, he ido á la celda de fray Lorenzo
para confesarme y recibir la absolución.

NODRIZA.
– ¡Mucho que sí! ¡Y hacéis muy bien.

(Vase.)

JULIETA.
– (Mirando á la Nodriza que se aleja.) ¡Vieja condenada! ¡Demonio maldito!
¿Cuál es mayor pecado: tentarme de tal
guisa á ser perjura, ó vituperar á mi esposo
con esa misma lengua con que mil y mil
veces le había ensalzado sobre toda comparación?
Vete, consejera; de hoy más, tú y mi
corazón estaréis divididos. Voyme á ver
qué remedio me da mi confesor. Si fracasan
todos los restantes medios, por mi
parte quédanme alientos para morir.

(Vase.)

ESCENA PRIMERA

Celda de Fray Lorenzo.
Entran FRAY LORENZO y PÁRIS.

FRAY LORENZO.
– ¿El jueves, señor? El plazo es
muy breve.

PÁRIS.
– Así lo quiere mi padre Capuleto; y
no soy tardo ni perezoso para que vaya yo
á moderar su prisa.

FRAY LORENZO.
– Según decís, no conocéis vos
todavía la inclinación de la dama. Irregular
es la manera de proceder y no la apruebo.

PÁRIS.
– Julieta llora sin tasa por la muerte de
Tibaldo, y así es que poco le hablé de
amor, pues Venus no sonrie en una mansión
de lágrimas. Pues bien, su padre juzga
peligroso que ella dé así rienda suelta á
su dolor, y con prudente acuerdo acelera
nuestro himeneo á fin de atajar tal inundación
de llanto. Ese pesar que absorbe
en demasía su ánimo en la soledad, tal vez
se aparte de ella mediante la compañía.
Ahora sabéis la razón de tal premura.

FRAY LORENZO.
– (Aparte.) ¡Ojalá no supiera
yo porque ello debe retardarse. (Alto.)
Ved, caballero, aquí viene la dama hacia
mi celda.

Entra JULIETA.

PÁRIS.
– Feliz encuentro, señora y esposa mía.

JULIETA.
– Eso podrá ser, caballero, cuando
sea yo esposa.

PÁRIS.
– Ese podrá ser ha de ser, amor mío,
el próximo jueves.

JULIETA.
– Lo que ha de ser será.

FRAY LORENZO.
– Cierto es el texto.

PÁRIS.
– ¿Venís á confesaros con este buen
padre?

JULIETA.
– Responder á eso sería confesarme
con vos.

PÁRIS.
– No le neguéis que me amáis.

JULIETA.
– Os confesaré que yo le amo.

PÁRIS.
– Como le confesaréis, seguro que estoy de
ello, que vos me amáis.

JULIETA.
– Si eso hago, más valor tendrá
semejante confesión siendo hecha á espaldas
de vos, que si lo fuera á vuestra faz.

PÁRIS.
– ¡Pobrecilla! ¡Cómo han maltratado las
lágrimas tu rostro!

JULIETA.
– Mezquina victoria han logrado las
lágrimas con eso, pues bastante marchito
estaba antes de sentir sus rigores.

PÁRIS.
– Mayor daño le haces con tales palabras
que con tu llanto.

JULIETA.
– No es calumnia, caballero, lo que
es verdad; y lo que digo yo, lo digo á mi
cara.

PÁRIS.
– Tu cara es mía, y tú la calumniaste.

JULIETA.
– Podría ser, pues no me pertenece.
(A Fray Lorenzo) ¿Estáis desocupado al
presente, buen padre, ó volveré á la misa
de la tarde?

FRAY LORENZO.
– Tengo ahora tiempo disponible,
acongojada hija mía. (A PÁRIS.) Caballero,
os suplicamos nos dejéis solos un
momento.

PÁRIS.
– ¡Líbreme Dios de turbar la devoción!
Julieta, el jueves, temprano, iré á despertaros.
Hasta entonces, adiós; y recibid este
santo beso.

(Vase.)

JULIETA.
– ¡Oh! Cierra la puerta, y luego de
hacerlo, ven á llorar conmigo. No hay esperanza,
ni remedio, ni auxilio para mí.

FRAY LORENZO.
– ¡Ah, Julieta! Conozco ya tu
pesadumbre, que me saca de tino. He sabido
que el jueves próximo, sin que baste
nada á diferirlo, debes enlazarte con ese
conde.

JULIETA.
– No me digas que esto sabes, padre
mío, si no me dices cómo puedo yo evitarlo.
Si en tu sabiduría no logras darme un
remedio, aprueba al menos mi determinación,
y con esta daga remediaré al punto mi mal.
Dios unió mi corazón al de ROMEO,
tú enlazaste nuestras manos, y antes
que mi diestra, que tú sellaste para ROMEO,
sea el sello de otro contrato: antes
que con pérfida deslealtad mi fiel corazón
se dirija a otro, este acero acabará con entrambos.
Así que, dame al instante un
consejo nacido de tu dilatada experiencia,
ó de lo contrario, entre mí y el rigor de
mi suerte esta daga sedienta de sangre decidirá
la cuestión arbitrando lo que la autoridad
de tus canas y de tu saber no pudo
llevar á honroso término... No seas tan
tardo en hablar; tárdame el morir si lo que
vas á expresar no habla de remedio.

FRAY LORENZO.
– Atiende, hija mía. Vislumbro
cierta esperanza que exige una resolución
tan desesperada, como desesperado es
el mal que intentamos prevenir. Si, antes
que dar la mano al conde Páris, tiene suficiente
fuerza de voluntad para quitarte
la vida, es probable que te resuelvas á
arriesgarte á un simulacro de muerte para
rechazar semejante deshonor, tú que, para
huir de él, te arrojas á la muerte misma.
Si á ello te atreves, yo te daré el remedio.

JULIETA.
– Ordéname, antes que casarme con
Páris, que me arroje yo de lo alto de las
almenas de un torreón; que me pasee
por los caminos infestados de bandoleros; dime
que vaya á echarme entre ponzoñosas serpientes;
encadéname junto con rugientes
osos; enciérrame de noche en un osario
todo cubierto de crujientes huesos de
difuntos, de ennegrecidas canillas y armarillentas
calaveras descarnadas; mándame
que vaya á meterme en una huesa recién
cavada, y que me amortaje juntamente con
un cadáver; cosas que, al oírlas, me horripilaban,
y yo lo haré, sí, lo haré sin temor
ni vacilación alguna, á trueque de vivir
como esposa sin mancilla de mi dulce
amor.

FRAY LORENZO.
– (Cogiendo enternecido las manos de JULIETA. Pausa.) Atiende, pues. Vete
á tu casa; muéstrate jovial, y consiente en
casarte con PÁRIS. Mañana es miércoles;
mañana por la noche procura recogerte
sola, no permitas que tu nodriza se quede
contigo en tu estancia. Luego que te hayas
acostado, toma este pomito y bebe hasta la
última gota este destilado licor. Al punto
correrá por tus venas todas un humor frío
y letárgico, que se apoderará de tus espíritus
vitales. Así es que ningún pulso
conservará su movimiento natural, antes
dejará de latir; ni calor ni aliento testificarán
que tú vives; las rosas de tus labios y
mejillas se marchitarán hasta quedar cual
pálida ceniza; las ventanas de tus ojos se
cerrarán como cuando las cierra la muerte
á la luz de la vida. Cada uno de tus miembros,
privado de flexible gobierno, quedará
yerto, rígido y frío como el de un cadáver;
y en tal simulada apariencia de contraída
muerte permanecerás por espacio de cuarenta
y dos horas, y luego despertarás como
de un plácido sueño. Ahora bien, cuando
por la mañana vaya el novio á hacerte levantar
del lecho, te encontrará muerta.
Entonces, según la usanza de nuestro país,
ataviada con tus mejores galas y descubierta
en el féretro, serás conducida á la
antigua cripta en donde reposa toda la familia
de los Capuletos. En el interín, antes
que tú despiertes, ROMEO se informará
por cartas mías de nuestro plan, y vendrá;
él y yo esperaremos antentos tu despertar,
y aquella noche misma ROMEO te llevará
á Mantua. Esto te librará de esa inminente
deshonra, si algún efímero capricho o algún
temor mujeril no abate tu ánimo en
el momento de obrar.

JULIETA.
– ¡Dame, dame! ¡Ah! o me hables
de temor.

FRAY LORENZO.
– (Dándole el pomito.) Toma,
pues, y retírate. Sé firme y afortunada en
tu resolución. Yo despacharé sin tardanza
un fraile á Mantua, con cartas mías para
tu esposo.

JULIETA.
– ¡Amor, préstame fortaleza,
y la fortaleza me proporcionará remedio! Adiós,
amado padre.

(Vase.)

ESCENA II

Sala en casa de CAPULETO.
Entran CAPULETO, la SEÑORA DE CAPULETO, la NODRIZA y dos CRIADOS.

CAPULETO.
– (Entregando un papel al Criado I.º) Invita á todos cuantos están inscritos aquí. (Vase el Criado I.º)
(Al Criado 2º) Y tú, buena pieza, ve á ajustarme
veinte hábiles cocineros.

CRIADO 2.º
– No habrá ninguno malo, señor,
pues yo experimentaré si se chupan los dedos.

CAPULETO.
– ¿Cómo puedes tú experimentarlos
así?

CRIADO 2.º
– Pardiez, señor; mal cocinero es
aquel que no se chupa los dedos; y así,
aquel que no se chupe los dedos no me lo
llevo conmigo.

CAPULETO.
– Está bien; vete. (Vase el Criado 2.º)
La fiesta nos va á coger muy
desprevenidos esta vez. – Y bien, ¿fué mi hija
á ver á fray Lorenzo?

NODRIZA.
– Sí, por cierto.

CAPULETO.
– Perfectamente. Acaso él obre en
ella algún bien. ¡Pero qué díscola y voluntariosa
es la muy bribona!

NODRIZA.
– Vedla ahí que viene de confesar.
¡Qué cara más risueña!

Entra JULIETA.

CAPULETO.
– Vamos á ver, testaruda, ¿adónde
fuiste á corretear?

JULIETA.
– Allí donde aprendí á arrepentirme
del pecado de desobediente oposición á
vos y á vuestros mandatos, y según me lo
ha prescrito el santo fray Lorenzo, vengo á
postrarme á vuestras plantas implorando
perdón. ¡Perdonadme, os lo ruego! En lo
sucesivo me dejaré siempre gobernar por
vos.

CAPULETO.
– Enviad á buscar al conde; id á
informarle de esto. Mañana por la mañana
quiero tener anudado este nudo.

JULIETA.
– Encontré al joven conde en la celda
de fray Lorenzo, y le ofrecí el afecto que
buenamente podía yo ofrecerle sin rebasar
los límites de la honestidad.

CAPULETO.
– ¡Ajajá! Me alegro de veras; esto
marcha á las mil maravillas. Levántate; la
cosa va en toda regla. Quiero ver al conde.
Sí, pardiez; id, digo, y traedle acá. Juro á
Dios que toda esta ciudad queda muy obligada
á este venerable y santo religioso.

JULIETA.
– Ama, ¿quieres venir conmigo á mi
gabinete para ayudarme á escoger aquellas
indispensables galas que tú creas convenientes
para ataviarme yo mañana?

SRA. DE CAP.
– No, no es hasta el jueves; hay
tiempo suficiente.

CAPULETO.
– Id, ama, id con ella; mañana iremos
á la iglesia.

(Vanse Julieta y la Nodriza.)

SRA. DE CAP.
– Nos veremos apurados para
terminar nuestros preparativos. Ya es casi
de noche.

CAPULETO.
– ¡Calla, calla! No me daré paz ni
reposo, y todo marchará bien; yo te lo garantizo,
esposa mía. Vete al cuarto de Julieta,
ayúdala á engalanarse. Yo no me
acostaré esta noche; dejadme solo y á mi
gusto; por esta vez quiero hacer de ama de
casa. ¡Hola! ¡eh!... Todos se fueron: No importa,
iré yo mismo á ver al conde Páris,
a fin de prevenirle para el día de mañana.
Mi corazón se ha regocijado de un modo
prodigioso desde que esa díscola rapazuela
se ha amansado así.

(Vanse.)

ESCENA III

Aposento de Julieta.
Entran JULIETA y la NODRIZA.

JULIETA.
– Sí, esos atavíos son los mejores; mas
te ruego, buena ama, que me dejes sola
esta noche, pues necesito orar mucho para
mover a los cielos a sonreirme en mi situación,
que, bien lo sabes tú, es azarosa y
llena de pecado.

Entra la SEÑORA DE CAPULETO.

SRA. DE CAP.
– ¡Qué! ¿Estáis muy atareadas?
¿necesitáis de mi ayuda?

JULIETA.
– No, señora; hemos escogido todo lo
menester que exige mañana nuestra condición.
Y así, tened á bien dejarme ahora
sola, y permitid que esta noche el ama la
pase con vos, pues seguro estoy de que
vuestras manos no estarán un punto ociosas
en esa tan apremiante tarea.

SRA. DE CAP.
– Buenas noches. Vete á recoger
y descansa, que bien lo necesitas.

(Vansela Sra. de Capuleto y la Nodriza.)

JULIETA.
– Adiós.(Aparte.) Sabe el cielo cuando
volveremos á vernos. (Cierra la puerta.)
Siento un vago y glacial temor que me da
estremecimientos al correr por mis venas,
y casi hiela en mí el calor de la vida. Voy
á llamarlas á mi lado para que me infundan
valor. ¡Ama!... Pero ¿qué ha de hacer
ella aquí? Forzoso es que yo sola represente
mi tremendo drama... Ven, redoma... ¿Y
si este brebaje no obra efecto alguno? ¿Será
preciso entonces desposarme yo mañana con
el conde? No, no; esto lo impedirá. Quédate aquí. (Sacando una daga de su seno, y dejándola junto al lecho.)
¿Y si fuera esto una
ponzoña que arteramente me hubiese proporcionado
el fraile para darme la muerte
por miedo á la deshonra que le causaría
esta boda después de haberme casado él
con ROMEO? Recelo que sí... pero no, imagino
que no debe de serlo, pues siempre
ha dado él pruebas de ser un santo varón.
No quiero abrigar pensamiento tan
ruin..... ¿Y si una vez depositada en la
tumba, me despierto antes de venir ROMEO
á libertarme? ¡Trance horrendo! ¿No habré
de ahogarme entonces en aquel antro
subterráneo, por cuya infecta y espantosa
boca ningún aire salubre penetra, y morir
sofocada antes de llegar mi ROMEO? Y dado
que yo viva, ¿no es muy probable que
la aterradora idea de la muerte y de la
noche, juntamente con el pavor que inspira
aquel sitio, una cripta, un antiguo calavernario,
en donde por espacio de muchos
centenares de años se han ido hacinando
las osamentas de todos mis sepultos antepasados;
allí donde, cubierto de sangre y
recién enterrado, yace Tibaldo pudriéndose
en su mortaja; adonde, según cuentan,
á ciertas horas de la noche concurren los
espíritus... ¡ay! no es probable que yo, al
despertarme tan presto, entre pestilentes
emanaciones y unos chillidos semejantes
á los de la mandrágora al ser arrancada de
la tierra, que enloquecen á los mortales que
los oyen, ¡oh! si entonces me despierto,
no se trastornará mi razón al verme yo
cercada de todos esos espeluznantes horrores?
¿No sería posible que en mi delirio
jugara yo con los restos de mis antepasados
y arrancara de su mortaja al desfigurado
Tibaldo, y que, poseída de tal frenesí, con
un hueso de alguno de mis abuelos, á guisa
de clava, me hiciera saltar los desesperados
sesos? ¡Ah! ¿Qué es lo que miro?
Paréceme que veo el espectro de mi primo
acosando á ROMEO, que atravesó su cuerpo
con la punta de una espada... ¡Tente, Tibaldo,
tente!... ¡ROMEO, ROMEO! Voy á
reunirme contigo. Aquí está el licor: ¡lo
bebo á tu salud!

(Bebe y cae sobre el lecho detrás de las cortinas.)

ESCENA IV

Sala en casa de CAPULETO.
Entran la SEÑORA DE CAPULETO y la NODRIZA.

SRA. DE CAP.
– Oye, nodriza; toma estas llaves,
y tráeme más especias.

NODRIZA.
– En la repostería piden dátiles y
membrillos.

Entra CAPULETO.

CAPULETO.
– ¡Ea, menearse, menearse! El gallo
ha cantado ya por segunda vez, y ha sonado
la campana de la queda; son las tres.
Cuida de los pasteles, buena Angélica,
y no repares en gastos.

NODRIZA.
– Vaya, señor cominero, idos á la
cama. A buen seguro mañana os váis á
sentir mal por haber trasnochado.

CAPULETO.
– ¡Quiá! Ni pizca. ¡Qué disparate!
Otras veces, con menos motivo, he pasado
en vela toda la noche, y nunca me sentí
mal.

SRA. DE CAP.
– Sí, sí. ¡Buen cazador de aves
nocturnas habéis sido en vuestro tiempo!
Pero ya os vigilaré yo para que no
veléis ahora así.

(Vanse la Señora de Capuleto y la Nodriza.)

CAPULETO.
– ¡Celos! ¡Celos!

Entran tres ó cuatro CRIADOS con asadores, haces de leña y canastas.

CAPULETO.
– Eh, muchacho, ¿qué traes ahí?

CRIADO I.º
– Cosas para el cocinero, señor; pero
no sé qué cosas son.

CAPULETO.
– Pues, vivo, vivo, no te detengas. – (Al Criado 2.º) Tú,
galopín, anda á buscar fogotes más secos. Llama
á Pedro, y te dirá en dónde los hay.

CRIADO 2.º
– Tengo yo una cabeza, señor, que
sabrá encontrar los fogotes sin necesidad
de molestar á Pedro por tal cosa.

(Vase.)

CAPULETO.
– Muy bien dicho, pardiez. Ved
ahí un hideputa bien chusco. ¡Ja, ja! A
este paso acabarás por ser un zoquete de
pies á cabeza... Por mi santiguada, que
es ya de día, y el conde va á llegar de un
momento á otro con la música, según lo
prometió... (Suena música dentro) Oigo
que se acerca. ¡Eh! ¡ama! ¡esposa!... ¿No
oís? ¡Eh, ama, digo!

Entra la NODRIZA.

CAPULETO.
– Id á despertar á Julieta, id y
engalanadla bien. Yo voy á charlar con PÁRIS.
Corred, daos prisa, daos prisa, que ya
está aquí el novio. Despachad, digo.

(Vanse.)

ESCENA V

Aposento de Julieta.
JULIETA, tendida en su lecho detrás de las cortinas.
– Entra la NODRIZA.

NODRIZA.
– (En voz baja al principio y levantando por grados la voz.) ¡Señorita!...
¡Vamos, señorita!... ¡Julieta!... Duerme como
un poste, no hay duda. ¡Eh, corderita! ¡Eh,
señora!... ¡Vaya, vaya, dormilona!... ¡Ea,
prenda!... ¡Vaya, digo!... ¡Señora! ¡corazón
mío!... ¡Vamos, señora novia!... ¿Ni por
esas? ¿ni una palabra?... Ahora estáis
aprovechando vuestras miajitas de sueño.
Dormid, dormid una semana sin parar, pues
la noche que viene, yo os lo aseguro, el
conde Páris está decidido á no dejaros apenas
descansar. ¡Dios me perdone! ¡Ay sí,
amén!... Pero¡qué sueño más pesado! Nada,
tendré yo que despertarla. ¡Señorita...
señorita... señorita...! Sí, dejad que el conde
os coja en la cama; valiente susto os va á
dar, á fe, ¿no es cierto? (Descorre las cortinas.)
¡Cómo! ¡Engalanada y con el vestido
puesto! ¡y otra vez acostada! No hay más,
será menester que os despierte.
(Sacudiéndola.) ¡Señorita,... señorita,... señorita!...
¡Triste de mí! ¡Triste de mí! ¡Socorro,
socorro! ¡La señorita está muerta! ¡Oh, qué
calamidad! ¡Ojalá nunca hubiera yo nacido!
¡Ay! Dadme un poquito de aguardiente...
Venid, señor, señora.

Entra la SEÑORA DE CAPULETO.

SRA. DE CAP.
– ¿Qué alboroto es ése?

NODRIZA.
– ¡Oh, qué día más funesto!

SRA. DE CAP.
– Pero ¿qué ocurre?

NODRIZA.
– Mirad, mirad. ¡Qué día más calamitoso!

SRA. DE CAP.
– ¡Ay de mí! ¡ay de mí! Hija mía,
mi única vida, revive, abre los ojos, ó voy
á morir contigo. ¡Favor! ¡Socorro! ¡Pedid
auxilio!

Entra CAPULETO.

CAPULETO.
– ¡Qué vergüenza! Haced salir á
Julieta; su esposo ha llegado ya!

NODRIZA.
– Ha muerto, ha finado, está difunta.
¡Qué desgracia!

SRA. DE CAP.
– ¡Ay dolor! ¡Está muerta, está
muerta, muerta!

CAPULETO.
– ¡Ah! Dejad que yo la vea. ¡Ay! ¡Mísero
de mí! Está fría; su sangre no circula;
sus miembros están yertos; la vida huyó
de esos labios largo tiempo ha; la muerte
hase posado sobre ella, cual intempestiva
escarcha sobre la flor más galana de toda
la pradera. ¡Hora maldita! ¡Infortunado
viejo!

NODRIZA.
– ¡Ay, que día más desgraciado!

SRA. DE CAP.
– ¡Qué hora más nefasta!

CAPULETO.
– La muerte, que me arrebató mi
hija para hacerme gemir, traba mi lengua
y no me deja hablar.

Entran FRAY LORENZO y PARIS con varios MUSICOS.

FRAY LORENZO.
– Y bien, ¿está ya lista la novia para ir á la iglesia?

CAPULETO.
– Está lista para ir, mas para no
volver nunca. (A PÁRIS.) ¡Ay, hijo mío! En la
noche precursora de tus bodas el fantasma
de la muerte hase acostado con tu esposa.
Mírala ahí tendida, flor como era, por
él desflorada. Ese horrible fantasma es mi
yerno, es mi heredero; con él se ha desposado
mi hija. Quiero morir, y se lo dejaré
todo á él; vida, hacienda, todo es de
la muerte.

PÁRIS.
– ¡Tánto tiempo he ansiado yo ver la
faz de este día, para que me ofreciera él
un espectáculo semejante?

SRA. DE CAP.
– ¡Oh día maldito, aciago, luctuoso,
execrable! Hora la más infausta que
jamás vieron los tiempos en el incesante y
penoso trabajo de su peregrinación. Sólo
tenía yo una hija ¡pobrecilla! Una infeliz y
amante hija; una criatura que era mi alegría
y mi consuelo, y la despiadada muerte
la ha arrebatado de mi vista!

NODRIZA.
– ¡Qué dolor! ¡Malaventurado,
malaventurado, malaventurado día! ¡El día
más fatal, el más doloroso día que nunca,
nunca yo haya visto! ¡Qué día! ¡qué día!
¡qué día!¡qué abominable día! Jamás se
vió tan negro día como este. ¡Oh día de
dolor! ¡oh día de dolor!

PÁRIS.
– ¡Engañado, divorciado, ofendido, maltratado,
asesinado! ¡Oh muerte mil veces
aborrecible! ¡Burlado por ti; por ti, cruel,
cruel, completamente anonadado! ¡Oh,
amor! ¡oh vida! ¡No ya vida, sino amor en
la muerte!

CAPULETO.
– Escarnecido, angustiado, aborrecido,
torturado, matado! Hora aciaga,
¿cómo viniste á destruir, á exterminar
nuestra solemne fiesta? ¡Oh, hija, hija mía!
¡Alma mía, que no hija mía! ¡Estás muerta!...
¡Muerta!... ¡Ay, mi hija no existe ya,
y con mi hija se han sepultado mis alegrías
todas!

FRAY LORENZO.
– ¡Silencio, ea! ¿Qué escándalo
es ese? El remedio de la confusión no
está en esas confusiones. El cielo y vosotros
teníais parte en esta agraciada niña;
ahora el cielo poséela toda entera, y esto
es para ella el mayor beneficio. La parte
que en ella teníais no pudisteis preservarla
de la muerte, mientras que el cielo guarda
su parte en la vida eternal. Lo que vosotros
más anhelabais era su encumbramiento,
pues el verla á ella enaltecida hubiera
sido vuestra gloria. ¿Y lloráis ahora
viéndola exaltada sobre las nubes y encumbrada
hasta el mismo cielo? ¡Oh! Amando
así, amáis tan mal á vuestra hija que enloquecéis
al verla feliz. No es la mejor esposa
aquella que vive desposada largo tiempo,
sino la desposada que muere siendo joven
esposa. Enjugad, pues, esas lágrimas, y
depositad vuestro romero sobre este
bello cadáver, y luego, como de costumbre,
adornado con todas sus mejores galas,
conducidlo á la iglesia; pues si bien la
apasionada naturaleza nos fuerza á
lamentarnos todos, las lágrimas de la naturaleza
son objeto de ludibrio para la razón.

CAPULETO.
– Todo cuanto dispusimos para la
fiesta, desciándose de su oficio, sirve para
el triste funeral; nuestros instrumentos
músicos truécanse en melancólicas campanas;
nuestro festín de bodas en luctuoso
banquete funerario; nuestros solemnes epitalamios
en lúgubres endechas; nuestras
flores nupciales son para un sepultado
cadáver, y todas las cosas múdanse en sus
contrarias.

FRAY LORENZO.
– Retiraos, señor, y vos, señora,
seguidle; id vos también, conde PÁRIS.
Apréstense cada cual á acompañar á su tumba
este hermoso cadáver. El cielo se os
muestra ceñudo por alguna ofensa; no le
enconéis más contrariando sus altos designios.

(Vanse Capuleto, la Sra de Capuleto, Páris y Fray Loreno, después de echar romero sobre Julieta y correr las cortinas.)

MÚSICO 1.º
– Pardiez, ya podemos recoger nuestros
caramillos, y largarnos con la música
á otra parte.

NODRIZA.
– ¡Ay, sí! Recogedlos, recogedlos,
buena gente, porque, ya lo véis, este es un
caso muy triste.

(Vase.)

MÚSICO 1.º
– Sí, á fe mía; un caso que no puede
arreglarse tan fácilmente como una
cassa di viola.

Entra PEDRO.

PEDRO.
– ¡Músicos, oh, músicos míos! Corazón
feliz, corazón feliz.¡Ay! Si no queréis que
yo muera, tocadme: Corazón feliz.

MÚSICO 1.º
– ¿Y por qué Corazón feliz?

PEDRO.
– ¡Ay, músicos de mi alma! Porque mi
corazón, por su parte, tañe: Mi corazón está
lleno de dolor. ¡Oh! Tocadme alguna
endecha bien alegre para consolarme,

MÚSICO 1.º
– Ni una endecha siquiera; no es
ésta ocasión de tocar.

PEDRO.
– ¿Conque no queréis?

MÚSICO 1.º
– No.

PEDRO.
– Pues entonces os la voy á dar, y que
será bien sonada, por cierto.

MÚSICO 1.º
– ¿Qué es lo que nos váis á dar?

PEDRO.
– Dinero no, á fe mía; lo que voy á daros
es una leccioncita de solfeo que os dará
que rascar, y no el violín.

MÚSICO 1.º
– ¡Miren, miren el lacayuelo!

PEDRO.
– Ya os meteré yo la daga del lacayuelo
en vuestra mollera. Ea, re-la-mi-do, que
ya me carga tanto oíros tocar el violón, y os
voy á marcar el compás sobre las costillas.
¿Tomáis nota de lo que os digo?

MÚSICO 1.º
– Si llegáis á marcarnos el compás,
seréis vos quien tomará nota de nosotros.

MÚSICO 2.º
– Vaya, por favor; guardaos vuestra
daga, y sacad á relucir vuestra agudeza.

PEDRO.
– Entonces, poneos en guardia contra
mi agudeza. Os voy á dejar aplastados con
una agudeza acerada, y envainaré mi daga
de acero. A ver si me contestáis como hombres:
Cuando punzante dolor el corazón lacera,
– y negras melancolías la mente oprimen, – entonces
la música con su son argentino...
¿Por qué dice son argentino? ¿por qué
la música con su son argentino? A ver, ¿qué
decís vos, Simón Bordón?

MÚSICO 1.º
– ¡Toma! Porque la plata tienen un
dulce sonido.

PEDRO.
– ¡Lindamente! ¿Qué decís vos, Hugo
Rabel?

MÚSICO 2.º
– Pues digo: son argentino, porque
los músicos suenan por el argento.

PEDRO.
– ¡Lindamente también! ¿Y vos, Diego
Alma-de-Violín?

MÚSICO 3.º
– ¡Pardiez! No sé qué decir.

PEDRO.
– ¡Ah! Os pido mil perdones. Es verdad,
vos sois el cantor. Pues bien, lo diré
por vos. Se dice: la música con su argentino,
porque los músicos no hacen sonar el oro. (Canta.)
Entonces la música con su son argentino,
–- con su pronto remedio presta eficaz consuelo.

(Vase cantando.)

MÚSICO 1.º
– ¡Vaya un truhán más importuno!

MÚSICO 2º.
– ¡Que le parta un rayo por majadero!
Venid; entrémonos por aquí. Aguardaremos
el cortejo fúnebre, y luego nos
quedaremos á comer.

(Vanse.)

ESCENA PRIMERA

Mantua. – calle.
Entra ROMEO.

ROMEO.
– Si puedo fiar en la lisonjera verdad
del sueño, mis ensueños auguran
próximas y faustas nuevas. Plácidamente
sentado en su trono está el señor de mi
pecho, y todo este día una insólita animación
me eleva por encima de la tierra
con pensamientos placenteros. Soñé que
venía mi esposa y me encontraba muerto
(¡sueño portentoso, que concede á un muerto
la facultad de pensar!), y con sus besos
infundía en mis labios una vida tal que yo
revivía y era emperador. ¡Ah! ¡Cuán
dulce es la posesión del sér amado, cuando
su sola sombra es tan rica en deleites! Entra BALTASAR, con botas de montar.
¡Nuevas de Verona! ¿Qué ocurre Baltazar?
¿No me traes cartas de fray Lorenzo? ¿Cómo
está mi señora? Y mi padre, ¿está bien?
¿Cómo lo pasa mi Julieta? Te lo pregunto
por segunda vez, pues nada puede ir mal
si ella está bien.

BALTASAR.
– Entonces ella está bien, y nada
puede ir mal. Su cuerpo reposa en el panteón
de los Capuletos, y su parte inmortal
vive con los ángeles. Yo la ví depositar en
el fondo de la cripta de su familia, y sin
dilación tomé la posta para instruiros de
ello. ¡Oh! Perdoname si os traigo estas
dolorosas nuevas, señor, puesto que tal
misión me confiastéis.

ROMEO.
– ¿Será cierto? Entonces, no creo en
vosotros, astros. (A Baltasar.) Tú sabes
mi alojamiento; procúrame tinta y papel,
y alquila caballos de posta. Esta noche
quiero partir.

BALTASAR.
– Os ruego, señor, que os calméis.
Vuestro semblante pálido y desencajado
anuncia algún desastre.

ROMEO.
– ¡Bah! Te engañas. Déjame y haz lo
que te ordeno. ¿No tienes para mi carta
alguna de fray Lorenzo?

BALTASAR.
– No, mi buen señor.

ROMEO.
– No importa. Vete y alquila esos caballos;
al momento seré contigo. (Vase Baltasar.)
Sí, Julieta; esta noche reposaré
á tu lado. Tracemos los medios... ¡Oh mal,
cuán presto te insinúas en el pensamiento
de los hombres desesperados! Recuerdo un
boticario (y por aquí cerca vive), á quien
vi poco ha con harapiento ropaje y tétrica
mirada cogiendo hierbas medicinales.
Demacrado era su rostro; acerba miseria
habíale consumido hasta los huesos. Del
techo de su mezquina tienda pendían una
tortuga, un caimán disecado y otras pieles
de peces disformes; en sus anaqueles había
un pobre surtido de cajas vacías, tarros de
tierra verde, vejigas y mohosas simientes,
trozos de bramante y viejos panes de rosas,
todo ello con escasez y bien separado para
hacer más ostentación. Advirtiendo tal penuria,
dije para mí: si un hombre necesitara
en este momento un veneno, cuya
venta en Mantua se castiga inmediatamente
con la muerte, aquí vive un pobre miserable
que se lo expendería. ¡Oh! Este
mismo pensamiento no hacía sino adelantarse
á mi necesidad, y este mismo hombre
necesitado es quien ha de vendérmelo.
Si mal no recuerdo, ésta debe de ser la
casa Como es hoy disanto, la puerta del
mísero está cerrada. ¡Hola! ¡Ah de casa! ¡boticario!

(Llamando fuertemente á la puerta.)

EL BOTICARIO.
– (Abriendo la puerta.) ¿Quién
llama tan recio?

ROMEO.
– Llégate acá, amigo. Veo que eres
indigente. Toma; ahí van cuarenta ducados,
y despáchame una dosis de veneno,
una substancia de efectos tan rápidos
que, al difundirse por todas las venas, caiga
muerto aquel que, hastiado de la vida,
la tomara, y que el cuerpo quede descargado
de aliento con igual violencia que la
impetuosa pólvora inflamada se precipita
fuera de las entrañas del cañón destructor.

EL BOTICARIO.
– Poseo tales mortíferas drogas;
pero las leyes de Mántua castigan con la
muerte á quien las expenda.

ROMEO.
– Tan necesitado estás y tan lleno de
miseria, ¿y aun temes morir? El hambre se
muestra en tus mejillas; la indigencia y la
estrechez asómanse famélicas á tus ojos; el
desprecio y la pobreza pesan sobre tus
espaldas; ni el mundo ni las leyes mundanas
son tus amigos; el mundo no estatuye ley
alguna para enriquecerte; así que, no seas
pobre, antes quebranta la ley y toma este oro.

(Ofreciéndole un bolsillo de dinero.)

EL BOTICARIO.
– Mi pobreza, mas no mi
voluntad, consiente.

ROMEO.
– Tu pobreza pago, que no tu voluntad.

EL BOTICARIO.
– (Entregando á ROMEO un frasquito.) Echad esto en un líquido cualquiera
y bebedlo hasta la última gota, y así tuviérais
la fuerza de veinte hombres, os despacharía
en un instante.

ROMEO.
– (Dándole el bolsillo.) He aquí tu oro,
veneno más funesto para el alma de los
hombres, y que ocasiona más muertes en
este mundo abominable que esas pobres
mixturas que no te es lícito despachar. Soy
yo quien vende á ti el tósigo, no me lo has
vendido tú á mí. Adiós. Cómprate alimentos
y recobra tus carnes. Ven, cordial, no
veneno; ven conmigo á la tumba de Julieta,
que allá es donde yo debo hacer uso de ti.

(Vanse.)

ESCENA II

Celda de fray Lorenzo.
Entra FRAY JUAN.

FRAY JUAN.
– ¡Santo fraile francisco!
¡Hermano! ¡Eh!

Entra FRAY LORENZO.

FRAY LORENZO.
– Esa debe de ser la voz de fray
Juan. Bien venido seas de Mántua. ¿Qué
dice ROMEO? O, si es que está escrito su
pensamiento, dame su carta.

FRAY JUAN.
– Iba yo buscando, para que me
acompañara, un hermano descalzo de nuestra
Orden, que se hallaba en esta población
visitando á los enfermos, y al topar con él,
los celadores de la ciudad, sospechando
que los dos habíamos estado en
una casa donde reinaba la infecciosa pestilencia,
sellaron las puertas y no nos permitieron
salir. De modo que aquí quedó
atajada mi presteza para ir á Mantua.

FRAY LORENZO.
– ¿Quién llevó, pues, mi carta á
ROMEO?

FRAY JUAN.
– No pude enviarla; aquí está otra
vez. Tampoco pude encontrar mensajero
alguno para traértela, tanto era el temor
que tenían todos al contagio.

FRAY LORENZO.
– ¡Suerte funesta! Por mi santa
Orden, no era trivial la carta, antes bien
contenía un mensaje de suma importancia
y cuyo descuido puede acarrerar un gran
peligro. Vete, hermano Juan; procúrame
una palanca de hierro y tráela sin dilación
á mi celda.

FRAY JUAN.
– Voy á traértela, hermano.

(Vase.)

FRAY LORENZO.
– Ahora es menester que yo
vaya solo al panteón. Dentro de tres horas
se despertará la hermosa JULIETA. ¡Qué de
maldiciones me va á echar ella por no haber
tenido ROMEO noticia de estos sucesos!
Pero escribiré de nuevo á Mantua, y á ella
la guardaré en mi celda hasta la llegada de
ROMEO. ¡Pobre cadáver viviente encerrado
en la tumba de un muerto!

ESCENA III

Un cementerio, en medio del cual se levanta el panteón de los Capuletos.
Entran PARIS y su PAJE, que lleva flores y una antorcha

PÁRIS.
– Dame la antorcha esa, muchacho.
Retírate y permanece á alguna distancia de
aquí. Pero no, apaga esa luz, pues no
quiero ser visto. Tiéndete al pie de aquellos
tejos, y aplica el oído al hueco suelo,
pues estando éste reblandecido é inconsistente
á fuerza de cavar fosas en él, ninguna
planta pisará el cementerio sin que
tú lo oigas. Si tal sucede, da un silbido en
señal de que oyes acercarse alguno. Dame
acá esas flores. Véte, y haz cuanto te dije.

EL PAJE.
– (Aparte.) Casi tengo miedo de quedarme
solo aquí en el cementerio; no obstante,
voy á aventurarme.

(Se retira.)

PÁRIS.
– Dulce flor, tu lecho nupcial siembro
de flores (¡ay dolor! polvo y piedras son tu
pabellón), que con agua olorosa acudiré á
regar todas las noches, ó á falta de ella, con
lágrimas destiladas por mis quejidos; las
exequias que por ti celebraré todas las noches,
serán llorar y esparcir flores sobre tu
sepulcro. (El paje silba.) El paje da aviso
de que alguien se acerca. ¿Qué pie maldito
vaga esta noche por este sitio para interrumpir
mis exequias y el culto del verdadero
amor? ¡Qué! ¡Con una antorcha!
Encúbreme noche, con tu velo por un instante.

(Retírase.)
Entran ROMEO y BALTASAR, con una antorcha, un azadón y una palanca.

ROMEO.
– Dame ese azadón y la palanca de hierro.
Atiende: toma esta carta, y por la mañana
muy temprano procura entregarla á
mi padre y señor. Dame la luz. Por tu vida
te prevengo que, sea lo que fuere que tú
oigas ó veas, permanezcas alejado de aquí,
y no me interrumpas en mi tarea. La razón
de bajar yo á este lecho de muerte, en
parte es para contemplar el rostro de mi
señora, pero principalmente para quitar de
su dedo sin vida una sortija preciosa, una
sortija que yo necesito para cierto uso de
importancia. Así pues, vete, aléjate de
aquí. Mas si tú, receloso, vuelves á este
sitio para acechar lo que luego intento
hacer, júrote por los cielos que voy á
descuartizarte miembro por miembro, y
esparcir tus restos por este hambriento cementerio.
Cual la hora, mis designios tienen
una crueldad salvaje; son mucho más
feroces é implacables que los tigres famélicos
y el bramador océano.

BALTASAR.
– Voyme, señor. No os incomodaré.

ROMEO.
– Así me probarás tu afecto. Toma esto
(entregándole una bolsa de dinero); vive
y sé dichoso. Adiós, buen compañero.

BALTASAR.
– (Aparte.) Por eso mismo voy á
ocultarme cerca de aquí. Sus miradas me
asustan, y sus intentos me dan que recelar.

(Retíranse.)

ROMEO.
– Tú, detestable buche, seno de muerte,
repleto del más exquisito bocado de la
tierra, así fuerzo yo á abrirse tus podridas
quijadas, y á despecho tuyo, voy á atiborrarte
de nuevo pasto.

(Abre la tumba.)

PÁRIS.
– (Aparte.) Ese es aquel proscrito é insolente
Montesco que asesinó al primo de
mi dama; y del dolor que esto le causara
se presume que sucumbió esa bella criatura.
Y aquí ha venido á cometer alguna torpe
profanación con los muertos. Voy á
prenderle. (Adelantándose.) ¡Cesa en tu
sacrílego empeño, vil Montesco! ¿Ha de
llevarse la venganza aun más allá de la muerte?
¡Maldito villano, date preso! Obedece
y sígueme, porque debes morir.

ROMEO.
– Sí, debo morir, y para ello vine aquí.
Bueno y noble mancebo; no tientes á un
hombre desesperado. Huye de aquí y déjame
en paz. Piensa en esos que partieron
de este mundo, y que ellos te infundan temor.
Te lo suplico, garzón, no acumules
un nuevo pecado sobre mi cabeza exasperándome
hasta el furor. ¡Oh, vete! Por el
cielo te juro que te aprecio más que á mí
mismo, pues armado contra mí mismo he
venido yo aquí. No te detengas, aléjate de
este sitio. Vive, y dí luego que la clemencia
de un loco te instó á que huyeras de aquí.

PÁRIS.
– Desprecio tus conjuros, y aquí te
prendo por felón.

ROMEO.
– ¿Pretendes acaso provocarme? Entonces,
¡defiéndete, rapaz!

(Riñen.)

EL PAJE.
– ¡Dios mío, pelean! Corro á llamar
la ronda.

(Vase.)

PÁRIS.
– ¡Ah! ¡Muerto soy! (Cae.) Si eres compasivo,
abre esa tumba y déjame al lado de
JULIETA.

(Muere.)

ROMEO.
– Lo haré, á fe mía. Examinemos de
cerca ese rostro. ¡El pariente de Mercucio,
el noble conde Páris!... ¿Qué me decía mi
criado mientras cabalgábamos, cuando mi
alma violentamente combatida no le atendía?
Contábame creo, que Páris tenía que
desposarse con JULIETA. ¿No era eso lo que
dijo, ó lo habré yo soñado? ¿O es que soy
un insensato, que oyéndole hablar de
Julieta, imaginé tal cosa? – ¡Oh, dame la mano,
tú, que como yo, fuiste inscrito en el
libro del amargo infortunio! Yo te sepultaré
en una tumba espléndida. ¡Qué digo
tumba! ¡Ah, no! una linterna, joven
víctima, pues aquí descansa Julieta, y su
hermosura hace de esta cripta un regio saló
de fiestas radiante de luz. Muerte,
yace ahí enterrada por un muerto.
(Colocando á Páris en la tumba.) – ¡Cuántas
veces, cuando los hombres están á punto
de morir han experimentado cierta alegría!
A esto llaman sus enfermeros el relámpago
precursor de la muerte. ¡Ah! ¿Cómo
puedo yo llamar eso un relámpago?
(Contemplando á Julieta.) ¡Oh, amor mío,
esposa mía! La muerte, que ha libado el néctar
de tu aliento, ningún poder ha tenido aún
sobre tu belleza. Tú no has sido vencida;
la enseña de la hermosura todacía ostenta
su carmín en tus labios y mejillas, y el
pálido estandarte de la muerte no ha sido
aún enarbolado aquí. ¡Y tú, Tibaldo, ¿no
yaces ahí envuelto en tu sangrienta mortaja?
¡Ah! ¿Qué mayor merced puedo yo hacerte
que con aquella mano que segó tu
vida en flor, tronchar la del que fué tu
enemigo? ¡Perdóname primo! – ¡Ah, Julieta
idolatrada! ¿Por qué eres aún tan bella?
¿Habré yo de pensar que el incorpóreo
fantasma de la muerte se ha prendado
de ti, y que ese descarnado mostruo
aborrecible te guarda en esas tinieblas para
hacer de ti su concubina? Por temor de
eso quiero permanecer siempre á tu lado,
y nunca más salir de este alcázar de sombría
noche. Aquí, aquí yo quiero quedarme
con los gusanos que forman tu servidumbre.
¡Oh, sí! Aquí fijaré yo mi
eterna morada, librando así del yugo de
adversos astros esta carne hastiada del mundo.
— Ojos míos, mirad por vez postrera!
Brazos, dad vuestro último abrazo! Y vosotros,
labios, puertas del aliento, sellad con
un legítimo beso un contrato ilimitado
con la muerte que todo lo acapara.
(Cogiendo la redoma.) ¡Ven, amargo conductor;
ven, austero guía! Tú, desesperado
piloto, lanza ahora de golpe, para que vaya
á estrellarse contra las rompientes, tu maltrecho
bajel, cansado de navegar! ¡Brindo
por mi amada! (Bebe.) – ¡Oh, veraz boticario!
Activas son tus drogas... ¡Así muero...
con un beso!

(Muere.)
Entra por el otro extremo del cementerio FRAY LORENZO con una linterna, una palanca y un azadón.

FRAY LORENZO.
– ¡Válgame san Francisco bendito!
¡Cuántas veces han tropezado esta
noche con las tumbas mis añosos pies!
¿Quién está ahí? ¿Quién es ése que tan á
deshora acompaña á los muertos?

BALTASAR.
– (Adelantándose.) Uno que es amigo
vuestro, y uno que os conoce bien.

FRAY LORENZO.
– ¡El cielo os bendiga! Decid,
buen amigo: ¿qué antorcha es aquella que
en balde presta su luz á los gusanos y á las
calaveras sin ojos? Si mal no distingo, arde
en el panteón de los Capuletos.

BALTASAR.
– Así es, venerable padre; y allí está
mi amor, á quien vos apreciáis.

FRAY LORENZO.
– ¿Quién es?

BALTASAR.
–ROMEO.

FRAY LORENZO.
– (Con gran sorpresa y ansiedad.) ¿Hace mucho que está aquí?

BALTASAR.
– Más de media hora.

FRAY LORENZO.
– Venid conmigo á la cripta.

BALTASAR.
– No me atrevo, señor. Mi amor ignora
que yo esté aquí, y me ha amenazado
terriblemente de muerte si me quedaba yo
para acechar sus intentos.

FRAY LORENZO.
– Quedaos aquí, pues. Iré yo solo.
(Aparte.) Apodérase de mí el espanto.
¡Ah! Mucho temo un accidente funesto.

BALTASAR.
– Estando yo durmiendo al pie de
aquel tejo, soñaba que mi amo se batía con
otro, y que mi amor le mataba.

FRAY LORENZO.
– ¡ROMEO! (Avanzando.) ¡Ay
de mí! ¿Qué sangre es ésa que tiñe el marmóreo
umbral de este sepulcro? ¿Qué significan
estos aceros enrojecidos, que yacen
abandonados y sangrientos en esta
mansión de paz? (Entra en el panteón.) ¡ROMEO!
¡Oh, está, pálido!...¿Quién más? ¡Cómo!
¿París también? ¡Y bañado en sangre! ¡Ah!
¿Qué hora despiadada es culpable de este
lance desastroso?... La dama se mueve...

(Julieta se despierta.)

JULIETA.
– ¡Oh, padre consolador! ¿Dónde está
mi dueño? Bien recuerdo el sitio en que
debía yo hallarme, y en él me hallo. Pero
mi ROMEO ¿dónde está?

(Rumor dentro.)

FRAY LORENZO.
– Oigo rumor. Huye, señora,
de ese antro de muerte, pestilencia y sueño
contranatural. Un poder superior, que no
podemos nosotros contrastar, ha desbaratado
nuestros designios. Ven, salgamos de
este sitio. Ahí en tu seno yace tu esposo
exánime, lo propio que PÁRIS. Ven, yo te
haré ingresar en una comunidad de santas
religiosas. No te detengas en interrogarme,
pues la ronda se avecina. ¡Ea, ven, buena
JULIETA. (Ruido dentro más cerca.) No me
atrevo á esperar más.

(Vase.)

JULIETA.
– Vete, vete tú, que yo no quiero moverme
de aquí. – ¿Qué es eso? ¿Una copa
fuertemente apretada en la mano de mi
fiel amado? El veneno, según veo, ha sido
la causa de su fin prematro. ¡Ah, ingrato!
¿Todo lo apuraste, sin dejar para mí una
sola gota benéfica que me ayude á seguirte?
Besaré tus labios. Tal vez haya quedado en
ellos un resto de ponzoña, que me haga morir
con un cordial. (Le besa.) Tus labios
están calientes aún.

GUARDIA 1.º
– (Dentro.) Guía, muchacho. ¿Por
dónde?

JULIETA.
– ¡Qué! ¿Rumor? Abreviemos, pues. (Cogiendo rápidamente la daga de ROMEO.)
¡Oh, daga bienhechora. Esta es tu vaina. (Se hiere.)
Enmohécete aquí y haz que
yo muera.

(Cae sobre el cuerpo de ROMEO, y expira.)
Entra LA RONDA con el PAJE DE PÁRIS.

EL PAJE.
– Este es el sitio, allí donde arde la
antorcha.

GUARDIA 1.º
– El suelo está ensangrentado; registrado
todo el cementerio. Id, algunos de
vosotros, y prended á quienquiera que
encontréis. (Vanse algunos Guardias) ¡Qué
lastimoso espectáculo! Aquí yace asesinado
el conde, y aquí Julieta chorreando sangre,
caliente aún y recién fallecida, después de
haber estado aquí dos días sepultada. Id á
prevenir al Príncipe; corred al palacio de
Capuleto; despertad á los Montescos; que
indaguen algunos otros (Vanse otros Guardias.)
Vemos donde han acontecido esos
desastres; mas ¿por dónde se han originado
todos esos lamentables desastres? No es
posible descubirlo sin conocer los detalles.

Entran algunos GUARDIAS conduciendo á BALTASAR.

GUARDIA 2.º
– Aquí está el criado de ROMEO; le
hemos encontrado en el cementerio.

GUARDIA 1.º
– Tenedle bien custoriado hasta
que venga el Príncipe.

Entran otros GUARDIAS conduciendo á FRAY LORENZO.

GUARDIA 3.º
– Ved aquí un fraile que tiembla,
suspira y llora. Le hemos quitado esta piqueta
y este azadón cuando él venía de este
lado del cementerio.

GUARDIA 1.º
– ¡Grave sospecha! Detened al
fraile también.

Entra EL PRÍNCIPE con su acompañamiento.

EL PRÍNCIPE.
– ¿Qué desventura ha madrugado
tanto que así á nuestra persona despierta
del sueño matinal?

Entran CAPULETO, la SRA. DE CAPULETO y otros.

CAPULETO.
– ¿Qué será eso que la gente grita
en todas partes?

SRA. DE CAP.
– El pueblo está en la calle exclamando:
¡ROMEO! Unos; otros, ¡Julieta! Y
otros, ¡Páris! Y corren todos con grandes
clamores hacia nuestro panteón.

EL PRÍNCIPE.
– ¿Qué alarma será esa que causa
sobresalto en nuestros oídos?

GUARDIA 1.º
– Soberano señor, ved ahí el conde
PÁRIS asesinado; ROMEO ya cadáver, y
JULIETA, que había muerto ya, caliente aún
y recién matada.

EL PRÍNCIPE.
– Buscad, inquirid, indagad cómo
ha ocurrido esta horrenda matanza.

GUARDIA 1.º
– Aquí están un fraile y el criado
del difunto ROMEO con unas herramientas
que llevaban, propias para abrir las tumbas
de esas cadáveres.

CAPULETO.
– ¡Oh, cielos! ¡Ay, esposa mía: mirad
como sangra nuestra hija! Esta daga
ha errado la senda (pues ved, su vaina está
vacía en la espalda de Montesco), y se ha
envainado por error en el pecho de mi
hija.

SRA. DE CAP.
– ¡Mísera de mí! Este espectáculo
de muerte es como una campana que llama
mi vejez al sepulcro.

Entran MONTESCO y otros.

EL PRÍNCIPE.
– Ven, Montesco; pues tú te has
levantado tempranamente para ver caído
más tempranamente aún á tu hijo y heredero.

MONTESCO.
– ¡Ah, soberano mío! Mi esposa ha
expirado esta noche. La pesadumbre motivada
por el destierro de mi hijo cortó su
aliento. ¿Qué nuevo dolor conspira contra
mi ancianidad?

EL PRÍNCIPE.
– Contempla, y lo verás.

MONTESCO.
– Oh tú, descomedido, ¿qué maneras
son ésas, de lanzarte á la tumba antes
que tu padre?

EL PRÍNCIPE.
– Sella por un momento tu ultrajante
boca, hasta que veamos aclarados
estos misterios y sepamos su origen, su
causa, su verdadera sucesión; y entonces
seré yo caudillo de vuestros duelos y os
guiaré hasta á la muerte si preciso fuere.
Mas en el interín, conteneos, y haced que
la desventura sea esclava de la resignación.
Traed á mi presencia los individuos
sospechosos.

FRAY LORENZO.
– Yo soy el principal, aunque
el menos capaz de cometer actos tales. No
obstante, soy en el alto grado sospechoso,
pues la hora y el luegar deponen contra mí
en esa monstruosa carnicería; y aquí me
tenéis dispuesto á acusarme y defenderme,
siendo yo mismo quien se condena y quien
se disculpa.

EL PRÍNCIPE.
– Entonces dí al punto lo que sepas
sobre el caso.

FRAY LORENZO.
– Seré conciso, pues el corto
plazo que me resta de vida no es tan dilatado
como el enojoso relato del suceso.
ROMEO, ahí muerto, era esposo de esa Julieta
que véis; y ella, ahí difunta, era de
ese ROMEO fiel consorte. Yo los desposé, y
el día de su secreto himeneo fué el postrer
día de Tibaldo, cuya prematura muerte
fué causa de salir desterrado de esta ciudad
el novel esposo, por quién, y no por
Tibaldo, languidecía JULIETA. Vos, Capuleto,
á fin de alejar de ella aquel asalto de
dolor, la prometísteis al conde Páris, y os
empeñásteis, mal de su grado, en casarla
con él. En esto, acude ella á mí, y con
descompuesto semblante me suplica que trace
yo algún arbitrio para librarla de este segundo
matrimonio, ó de lo contrario, allí
mismo, en mi celda, se quitaría ella la
vida. En tal situación, aleccionado por mi
arte, ofrecíle una bebida soporífera, la que
obró cual yo esperaba, pues produjo en
ella la apariencia de la muerte. Entre tanto,
escribó á ROMEO para que viniera aquí
esta misma noche fatal, á fin de ayudarme
á sacar á Julieta de su falta tumba, por ser
el tiempo en que debía cesar la fuerza del
narcótico. Pero el portador de mi carta,
fray Juan, vióse detenido por un accidente
casual, y ayer noche me devolvió mi escrito.
Entonces yo solo, á la hora prefijada
del despertar de Julieta, he acudido á sacarla
de la cripta de sus mayores, con el
intento de guardarla secretamente en mi
celda hasta que yo entontrara oportunidad
para enviar recado á ROMEO. Mas cuando
he llegado, breves minutos antes del momento
de que despertara ella, yacían aquí
muertos prematuramente el noble Páris y
el fiel ROMEO. Despiértase Julieta; yo la
instaba á que saliera de allí y soportara
con resignación este golpe de los cielos,
mas en aquel punto hase oído un rumor
que me ha hecho huir sobresaltado de la
tumba. Ella, harto desesperada, resistíase
á seguirme, y según todas las apariencias,
ha atentado violentamente contra sí misma.
Esto es todo cuanto sé, y respecto al
casamiento, la nodriza de Julieta está en el
secreto. Si en este suceso alguna cosa ha
salido mal por mi culpa, sea sacrificada mi
caduca existencia breves horas antes de su
término, bajo el rigor de la más severa ley.

EL PRÍNCIPE.
– Siempre te hemos tenido por
santo varón. ¿Dónde está el criado de ROMEO?
¿Qué puede manifestar sobre esto?

BALTASAR.
– Llevé á mi amo la noticia de la
muerte de Julieta, y en seguida, corriendo
la posta, vino él de Mántua á este mismo
sitio, á este mismo panteón. Me ordenó
que muy de mañana entregara esta
carta á su padre, y en el momento de entrar en la
cripta me ha amenazado de muerte si yo
no partía y le dejaba solo allí.

EL PRINCIPE.
– Dame la carta; quiero examinarla.
¿Dónde está el paje del conde, el
que llamó á la ronda? Dí, muchacho: ¿qué
hacía tu amo en este sitio?

EL PAJE.
– Vino trayendo flores para esparcirlas
sobre la tumba de su dama. Ordenóme
que permaneciera á alguna distancia, y así
lo hice. A poco, viene un hombre con una
luz á abrir el panteón, y un instante después
mi amo le acomete con la espada desnuda,
y al punto he ido corriendo á llamar
la ronda.

EL PRÍNCIPE.
– Esta carta abona las palabras
del fraile. En ella se relatan los incidentes
de tales amores, las nuevas de la muerte
de Julieta, y aquí escribe ROMEO que compró
á un pobre boticario un tósigo con el
cual vino á esta cripta para morir y reposar
al lado de su amada... ¿Dónde están
esos enemigos? ¡Capuleto! ¡Montesco! Ved
qué castigo ha caído sobre vuestros rencores.
El cielo ha encontrado manera de matar
vuéstras alegrías por medio del amor.
Y yo, por haber cerrado los ojos ante vuestras
discordias, también perdí á dos de mis
deudos. Todos sufrimos nuestro castigo.

CAPULETO.
– Montesco, hermano mío, dame la
mano. Esta es la viudedad de mi hija. Nada
más puedo pedor.

MONTESCO.
– Pero más no puedo ofrecerte yo.
Erigiré á Julieta una estátua de oro purísimo,
para que mientras Verona sea conocida
por este nombre, ninguna efigie sea tenida
en tan alto aprecio como la de la fiel
y constante Julieta.

CAPULETO.
– Esplendoroso cual ella, yacerá
ROMEO al lado de su esposa. ¡Pobres víctimas
sacrificadas á nuestra enemistad!

EL PRÍNCIPE.
– Melancólica paz aporta con ella
esta aurora; á causa de su duelo el sol no
mostrará su faz. Salgamos de aquí para
que hablemos más largamente de estos
lamentables sucesos. A unos les alcanzará el
perdón, á otros el castigo; pues nunca
hubo más dolorosa historia que la de Julieta
y su ROMEO.

(Vanse.)