Texto utilizado para esta edición digital:
Shakespeare, William. Enrique IV, Primera Parte. Traducido por Guillermo Macpherson. En: Obras dramáticas de Guillermo Shakespeare Madrid, 1912, tomo II. Biblioteca Clásica.
- Tronch Pérez, Jesus (Artelope)
Elenco
| ENRIQUE, príncipe de Gales. |
| EL PRÍNCIPE JUAN DE LANCASTER., hijos del rey |
| EL CONDE DE VESTMORLANDIA. |
| SIR GUALTERIO BLUNT. |
| TOMÁS PERCY, conde de Vorcestria. |
| ENRIQUE PERCY, conde de Norzumbria. |
| ENRIQUE PERCY, conocido por Espuela Ardiente. |
| EDMUNDO MÓRTIMER, conde de March. |
| ESCROPIO, arzobispo de York. |
| ARCHIBALDO, conde de Duglas. |
| OVENO GLENDÓVER. |
| SIR RICARDO VERNON. |
| SIR JUAN FALSTAFF. |
| SIR MIGUEL, amigo del arzobispo de York. |
| POINS. |
| GADSIL. |
| PETO. |
| BARDOLFO. |
| LADY PERCY, esposa de Espuela Ardiente y hermana de Mórtimer. |
| LADY MÓRTIMER, hija de Glendóver y esposa de Mórtimer. |
| CELESTINA, patrona de la taberna de Estchepia. |
| Nobles, Jefes, un Jerif, un tabernero, un camarero, dos mozos de |
| taberna, dos arrieros, viajeros y sirvientes. |
| ENRIQUE IV. |
Acto I
ESCENA PRIMERA
ESCENA II
beber Jerez añejo, con tanto desabrocharos después de
cenar, y con tanto dormir la siesta sobre los bancos, que
habéis olvidado preguntar por lo que verdaderamente
os interesa. ¿Qué diablos os puede importar la hora que
sea, a menos que no se trocaran las horas en copas de
Jerez, los minutos en capones, los relojes en lenguas
de terceras, las muestras de reloj en lupanares y el
bendito sol en bella y ardiente moza, con traje de
tafetán color de fuego? No encuentro motivo para cosa
tan superflua como el que vos preguntéis qué hora es.
a mí, porque los que nos apoderamos de ajenas bolsas,
nos guiamos por la luna y las siete estrellas, y no por
Febo, ese gentilísimo caballero andante. Yo os suplico,
caro censor mío, que cuando seáis Rey – Dios guarde
a vuestra gracia –, Majestad debiera decir, porque gra-
cia ninguna os alcanzará.
servir de prólogo a un banquete compuesto de un huevo
frito.
no consintáis que a los que somos caballeros noctur-
nos se nos llame ladrones manifiestos. Llámennos
monteros de Diana, caballeros de la sombra, predilec-
tos de la Luna, y que diga la gente que somos hom-
bres gobernosos, pues gobernados estamos como el
mar por nuestra noble y casta señora la Luna, bajo
cuyos auspicios robamos.
los que somos caballeros de la Luna fluye y refluye como
el mar, gobernados como estamos por ella. Y, prueba al
canto. Una bolsa de oro repleta, arrebatada resueltamen-
te la noche del lunes, y disolutamente gastada la maña-
na del martes, obtenida con un «suéltala», y gastada
con un «venga vino», está tan baja como el primer pel-
daño de una escalera, y luego tan alta como la horca.
verdad también que mi patrona la tabernera es una
criatura deliciosa?
verdad que un justillo de cuero sienta bien como ves-
timenta de cárcel?
¿Nos venís con sarcasmos y sutilezas? ¿Qué tengo yo
que ver con justillos de cuero?
tra patrona la de la taberna?
a cuentas.
pagarais vuestra parte.
todo.
mi bolsa, y cuando no alcanzó, usé de mi crédito.
porque sois heredero presunto... Pero, caro censor, de-
cidme, os lo ruego, ¿quedará en Inglaterra patíbulo en
pie cuando seáis Rey? ¿Y estará, como lo está hoy, el
valor coartado con el mohoso freno de ese viejo far-
sante, la Ley? Cuando seáis Rey, no mandéis ahorcar
jamás a un ladrón.
seré!
que quiero yo decir, es que a vos mismo incumbirá el
ahorcar ladrones, y así os convertiréis en maravilloso
verdugo.
con mi genio, lo mismo que servir en la corte.
del verdugo, que debe estar bien provista. ¡Voto va!
Estoy más triste que gato viejo, o un oso atado.
cenagoso?
francamente, sois el más ingenioso y el más truhanesco
y delicioso príncipe que existe; pero, Enrique, os supli-
co que no me perturbéis con frívola charla. Ojalá vos y
yo supiéramos dónde comprar provisión de buena fama.
Un anciano consejero me sermoneó el otro día en la
calle acerca de vos; pero yo no hice caso; y eso que
hablaba muy discretamente, y, además, en la calle.
calles clama y nadie le hace caso.»
de corromper a un santo. Mucho daño me habéis hecho,
Enrique. Dios os lo perdone. Antes que os conociera,
Enrique, nada absolutamente sabía yo; pero ahora,
para decir verdad, soy poco menos que uno más de
entre tanto perdido. Tengo que abandonar tan perver-
sa vida. Sí, por Dios, y si no lo hiciese, seré un malva-
do, y yo no me quiero condenar ni por el mejor hijo del
Rey de la cristiandad.
mañana?
to, y si no lo estuviese, llamadme canalla y despre-
ciadme.
el que cada cual se atenga a su vocación. – ¡Poins! Aho-
ra sabremos si Gadsil tiene alguna cita. ¡Oh, si los hom-
bres fueran a salvarse por sus merecimientos, dónde
en los infiernos habría rincón bastante cálido para él!
Es el canalla más omnipotente que ha dicho «alto» a
un hombre de bien.
sieur Remordimientos? ¿Qué dice Sir Juan Jerez con
azúcar? Juan, ¿cómo os las componéis vos y el diablo
con respecto a vuestra alma, que le vendisteis el Vier-
nes Santo por un vaso de vino de Madera y la pata
fiambre de un capón?
tendrá lo suyo, pues jamás ha desmentido refrán algu-
no. El diablo cargará con lo que le corresponde.
cuatro de la madrugada en Gadsil. Peregrinos hay que
van a Canterburia con ricas ofrendas y mercaderes
que cabalgan hacia Londres con preñadas bolsas. An-
tifaces tengo para todos, caballos tenéis vosotros. Gad-
sil pernocta en Rochestria. He apalabrado la cena para
mañana a la noche en Estchepia. Se puede llevar a
cabo tan fácilmente, como dormir. Si venís, repletaréis
la bolsa; si no, quedaos en casa, y que os ahorquen.
casa, os ahorcaré a vos por ir.
compañerismo, ni venís de sangre real tampoco, si no
os aventuráis por un soberano.
locura.
seáis rey.
a mí solos. Tales razones le daré para que emprenda
esta aventura, que irá.
persuasión, y a él oídos para su aprovechamiento,
a fin de que lo que le digáis convenza, lo que oiga
crea, y que el verdadero príncipe se convierta en
falso ladrón, porque las malas costumbres de estos
tiempos necesitan apoyo. Adiós; me encontraréis en
Estchepia.
todos santos.
simo señor mío, cabalgad mañana con nosotros. Tengo
que dar un chasco que no me es posible llevar a cabo
aisladamente. Falstaf, Bardolfo, Peto y Gadsil, despo-
jarán a las gentes que habremos descaminado. Vos y yo
no estaremos allí; pero si vos y yo, cuando se hayan
posesionado del botín, no les robamos a ellos, quíten-
me esta cabeza de los hombros.
prender la marcha?
gan, y les indicaremos el sitio donde nos tienen de en-
contrar, y gustosísimos no acudiremos a la cita. En-
tonces, sin nosotros, darán cima a la empresa, cuando
caeremos de improviso sobre ellos.
caballos, vestidos y varias circunstancias, que somos
nosotros.
en el bosque: cambiaremos de antifaces cuando nos
separemos de ellos, y, oíd, tengo capotes de bocací
para el caso, a fin de ocultar nuestros conocidos trajes.
otros dos.
como el mayor cobarde que haya vuelto las espaldas;
si pelean más de lo que es razón, abandonaré la carrera
de las armas. La gracia de esta broma yace en que ese
gordinflón bergante nos contará, cuando nos reunamos
esta noche, mentiras incomprensibles; que luchó con-
tra treinta por lo menos, y hablará de los quites y los
mandobles, y de los apuros en que se vio, y en poderle
nosotros desmentir todas esas patrañas, está lo mejor
del chiste.
y esta noche nos veremos en Estchepia. Allí cenaré.
Adiós.
Acto II
ESCENA PRIMERA
que me ahorquen. Ya el carro está sobre la chimenea
nueva, y las caballerías aun no están cargadas. ¡Eh
mozo!
del capón. Ponle en el arzón más lana. La pobre bestia
tiene lastimada la espaldilla.
das que un perro, y nada hay como eso para que las
pobres bestias críen lombrices. Desde que murió Ro-
bín, el posadero, todo en esta casa está patas arriba.
desde que subió el precio de la avena. Causa fue de su
muerte.
me casa en toda la carretera de Londres. Más picado
estoy que lo está una tenca.
primer canto del gallo no ha habido cristiano rey más
bien mordido que yo.
tenemos que valer, y eso cría más pulgas que un espi-
renque.
Cruz de Charing un jamón ahumado y un par de raíces
de jengibre.
ta muertos de hambre! ¡Eh, mozo! ¡Mala peste te coja!
¿No tienes ojos en la cara? ¿Estás sordo? ¡Si no es tan
honrada acción, como echar un trago, romperle la cris-
ma, que me emplumen! Ven, y que te ahorquen. No
tienes conciencia.
a mi capón, que está en la cuadra.
doble mejor que ésa.
¿Conque que os preste el farol, eh? Enhoramala, y que
os cuelguen.
dres?
yo os lo aseguro. Vamos, amigo Cacharros, desperte-
mos a esos caballeros. Quieren ir en nuestra compañía,
pues traen mucho equipaje.
el camarero. Pues os diferenciáis del rapa-bolsas como
se diferencia el que dirige del que trabaja. Vos prepa-
ráis el terreno.
que os dije anoche. Un hacendado de las dehesas de
Kent trae consigo trescientos marcos en oro. Oíselo de-
cir anoche, durante la cena, a uno de sus compañeros,
empleado, o cosas así, en la contaduría. También trae
mucho equipaje, y sabe Dios lo que contendrá. Se han
levantado ya, y están pidiendo huevos fritos. Se van de
seguida.
doy el pescuezo.
go, vos, que sois tan adorador del diablo como el hom-
bre de menos fe.
gan, buen par de cebados patíbulos tendremos, porque
el viejo Sir Juan colgaría conmigo, y ya sabéis que no
es ningún escuálido. ¡Bah! Ni siquiera soñáis con los
pajarracos que están dispuestos, por vía de broma, a
honrar la profesión; y, si apurasen el asunto, por su
propio crédito, quedará todo arreglado. Yo no me aso-
cio con pelagatos ni raterillos de tres al cuarto, ni con
locos bigotudos y cari-rojos mosquitos, sino con la no-
bleza y la bienandanza, con burgomaestres y grandes
propietarios, gente de posición, más dispuesta a pegar
que a hablar, y a hablar más que a beber, y a beber
más que a rezar; y, sin embargo, ¡voto va!, miento,
porque piden constantemente a su santo, la sociedad,
o, para decir verdad, no le piden, le toman, y la reco-
rren en todas direcciones para ponerse las botas.
se calen, si llega a llover.
Vivimos en una fortaleza, y muy seguros. Tenemos la
receta de la simiente de helecho. Somos invisibles.
la noche que a la simiente de helecho.
a fe de hombre veraz.
a todos los hombres. Decid al mozo que saque de la
(Vanse.) cuadra a mi capón. Adiós, bribonazo.
ESCENA II
tado su caballo a Falstaf, quien chirría como terciopelo
engomado.
modo de alborotar!
ladrón. El muy canalla se llevó mi caballo, y lo ha
amarrado no sé donde. Si doy cuatro pasos más me
quedo sin resuello. Después de todo, voy a morir de
muerte natural si evito el que me ahorquen por matar
a ese pillo. Veintidós años ha que constantemente he
abjurado de su compañía; y, sin embargo, por arte he-
chiceresco, en su compañía me hallo. Muera yo ahorca-
do como no sea que el muy bribón me ha propinado al-
guna droga para que lo quiera; si no, sería imposible.
Poins, Enrique, ¡malditos seáis ambos! Bardolfo, Peto.
Prefiero morirme de hambre a dar un paso más. Soy el
canalla más miserable que ha hincado jamás el diente,
como no sea tan honrada cosa como echar un trago, el
transformarme en hombre de bien y separarme de to-
dos estos bribones. Ocho varas de terreno quebrado son
para mí setenta leguas, y a esos infames de corazón
empedernido, bien les consta. Reniego de los ladrones
(Silban.) que no son leales entre sí. – Anda. Mala peste
en vosotros todos. Dadme mi caballo, canallas, y que
os ahorquen.
cad el oído al suelo a ver si oís pasos.
¡Voto va! Ni por todo el dinero que haya en la tesore-
ría de vuestro padre volveré yo a llevar mis carnes tan
lejos a pie. ¡Qué afán de que monte en cólera!
bien desmontado.
mi caballo.
de cuadra?
ro presunto. Si me cogen, cantaré. Como no os saque
yo coplas a todos al compás de las canciones más cha-
vacanas, envenéneme un vaso de vino de Jerez. El lle-
var tan adelante una broma, y además a pie, es cosa
que detesto.
nero del rey viene cuesta abajo. Va a la tesorería del rey.
tro en el callejón. Poins y yo nos colocaremos más
abajo. Si escaparen, toparán con nosotros.
vuestro abuelo; pero, Enrique, no soy cobarde tampoco.
do. Cuando os haga falta, allí lo encontraréis. Salud y
firmeza.
tros disfraces?
apartéis de mí.
cada cual a su negocio.
tales! Gusarapos, bribones hartos de pringue. Enemi-
gos de la juventud. Boca abajo. Dejadlos en cueros.
nemos.
perdidos? No, tragones papanatas; ojalá que cuanto tu-
vierais estuviese aquí. Id por delante, lomudos, id por
delante. ¿Qué decís, canallas? Los jóvenes tienen que
vivir. ¿Sois miembros del jurado, no es eso? Pues ya
juraréis a fe mía. (Vanse Falstaf y Gadsil llevándose por delante a los viajeros.) Vuelven a entrar el PRÍNCIPE ENRIQUE y POINS
vestidos con trajes de bocací.
Si ahora vos y yo robamos a los ladrones, y alegremen-
te nos vamos a Londres, será conversación para una se-
mana, motivo de risa para un mes y chiste sempiterno.
que amanezca. Si el Príncipe y Poins no son dos cobar-
des insignes, no hay justicia en el mundo. Ese Poins
no tiene ni el valor de una gallareta. (Mientras están repartiéndose el botín, el Príncipe y Poins
caen sobre ellos.)
huyen, dejando el botín tras ellos.)
ESCENA III
estar ahí, por ser grande mi amor a su casa.» – Que se
alegraría mucho; pues, ¿por qué no está? Por ser grande
su amor a nuestra casa. Se ve que ama más a su gra-
nero que a nuestra casa. Sigamos leyendo. «Lo que
emprendéis es peligroso.» Claro está. Peligroso es res-
friarse, dormir, beber; pero debo deciros, señor necio,
que de entre esta ortiga, el peligro, arrancaremos esta
flor, la seguridad. «Lo que emprendéis es peligroso,
dudosos los amigos que nombráis, la ocasión poco pro-
picia, y vuestro plan en su totalidad harto ligero, para
contrapesar oposición tan potente.» ¿Eso decís? ¿Eso
decís? Pues yo os repito que sois un cobarde patán.
Que mentís. ¡Vaya un cerebro huero! ¡Vive Dios! nues-
tro plan es tan bueno como el mejor que se haya tra-
mado. Nuestros amigos son sinceros y leales. Buen plan,
buenos amigos, y estamos llenos de esperanzas. Exce-
lente plan y bonísimos amigos. ¡Vaya un alma de hielo
la de este bribón! Pues sí, el mismo York aprueba el
plan, y, en su conjunto, el camino que nos hemos tra-
zado. ¡Voto al diablo! Si estuviera ahora cerca de ese
tunante, le saltaría los sesos con el abanico de su mu-
jer. ¿No están en ello mi padre y mi tío, y no lo estoy
yo, y no lo están también, Edmundo Mórtimer y el
Arzobispo de York y Oveno Glendóver, y, además
Duglas? ¿No tengo yo todas sus cartas manifestándo-
me que se reunirán conmigo el nueve del mes próximo?
Y, ¿algunos de ellos no están ya de camino? ¡Vaya un
bribón descreído, infiel! ¡Ah! Ya lo veréis. Poseído de
irresistible espanto y cobardía, ahora irá al Rey y le
revelará nuestro proyecto. ¡Oh! me haría pedazos por
haber removido semejante plato de leche desnatada
con el anuncio de tan honrosa empresa. ¡Que lo ahor-
quen! Estamos preparados. Saldré esta noche. Entra LADY PERCY.
¡Hola, Catalina! Tengo que dejarte dentro de un par
de horas.
ESCENA IV
ayudadme a reír un rato.
pipas de vino. He llegado a herir a las más bajas notas de
la humildad. Hanme declarado cofrade de una traílla
de mozos de taberna, y ya los conozco a todos por su
nombre de pila, como verbigracia, Tomás, Ricardo,
Francisco. Juran por su ánima, que aunque sea yo Prí-
cipe de Gales, soy a la par el Rey de la Cortesía, y afir-
man netamente que no soy un orgulloso, como Falstaf,
sino un gitano, un mozo de brío, un buen muchacho.
Os juro que si así me llaman y me dicen que cuando sea
Rey de Inglaterra, tendré a mis órdenes a todos los
mozos buenos de Estchepia. El beber en demasía es,
según ellos, teñirse de escarlata, y cuando se toma
aliento al beber, dicen «upa» y os ordenan tragar
todo. En resumen, he adelantado de tal modo en un
cuarto de hora, que puedo beber con cualquier calde-
rero hablándole en su propia jerga durante toda mi
vida. Dígote, Eduardo, que has perdido mucho en no
haberme acompañado en esta empresa; pero dulce
Eduardo, para endulzar tu nombre de Eduardo, te re-
galo estos cuatro maravedís de azúcar, que ahora mis-
mo puso en mis manos un sota-mozo, uno que no ha-
bla más inglés que para decir «ocho chelines y seis
peniques» y «señor, bienvenido», con el agregado a
gritos de «ya voy, señor, ya voy», o «medid un cuartillo
de moscatel para el cuarto de la media luna»; o cosa
semejante. Pero, Eduardo, pasad el tiempo como podáis
hasta que venga Falstaf. Quedaos en algún cuarto de
aquí cerca, mientras que yo le pregunto a mi mozo
chiquitín con qué objeto me ha dado ese azúcar, y
mientras tanto, vos no dejéis de gritar, «Francisco», a
fin de que su cuento quede reducido a «ya voy». Idos, y
yo os enseñaré el cómo.
la granada!
charros. Pero, Francisco, ¿seríais capaz de representar
el papel de cobarde ante vuestro contrato y de ense-
ñarle los talones echándoos a correr?
la mano sobre todos los libros de Inglaterra, que en
mi pecho...
mento.
ese azúcar que me disteis, valía cuatro maravedís; ¿no
es cierto?
las cuando queráis, y las tendréis.
ñana, Francisco, o el jueves, o por mejor decir, cuando
os dé la gana; pero Francisco...
cuero, botones de cristal, rapado el pelo, anillo de ága-
ta, medias obscuras, ligas de lana, de bondadosa apa-
riencia y que trae alforjas españolas?
bebida, porque, Francisco, esa almilla de blanca jerga
se ensuciará. Ni en Berbería lo pasaréis peor.
tos te están llamando? Atiende a los parroquianos. –
Señor, el viejo Sir Juan con media docena de personas
más están a la puerta. ¿Los dejo entrar?
¡Poins!
puerta. ¿Nos divertimos?
sacáis de la broma que habéis dado a ese mozo? ¿Qué va
a salir de ahí?
mas que se hayan iniciado desde la época del buen
Adán hasta la inmatura edad presente; las doce de la
noche. ¿Qué hora es, Francisco?
jer, y gaste menos palabras que un loro. Su industria
es subir y bajar escaleras. Su elocuencia, la suma de una
cuenta. – Todavía no soy yo del modo de pensar de Per-
cy, el Espuela Ardiente del Norte. Ese que mata a
seis o siete docenas de escoceses antes de almorzar, se
lava las manos, y dice a su mujer: «Oprobio es tan tran-
quila existencia. Necesito trabajar.» «¡Oh mi querido
Enrique! dice ella, ¿cuántos has matado hoy?» «Dale
agua a mi rocino, dice él», y responde «Unos catorce
hará una hora». ¡Bagatela, bagatela! – Os suplico que
llaméis a Falstaf. Yo haré el papel de Percy, y ese mal-
dito carnaza hará el papel de su esposa, mi señora Mór-
timer. «Rivo», como dice el borracho. Que entre ese
costillar. Que entre ese sebo.
malditos sean, y amén. Dame una copa de Jerez, mucha-
cho. Antes de seguir esta clase de vida mucho tiempo
más, prefiero hacer calcetas, componerlas, y aun echarles
nuevas plantas. Mala peste en todos los cobardes. Dame
una copa de Jerez, tunante. No hay ya virtud.
manteca, a la manteca de tierno corazón que se derrite
en presencia del sol? Pues si lo habéis visto, vedlo aquí
también.
rez. – Sólo bribonería da de si la infame condición huma-
na; pero, no obstante, peor es un cobarde que una copa
de Jerez con cal. Sigue tu camino, viejo Juan, y muérete
cuando gustes, y si no es cierto que la virilidad, la ver-
dadera virilidad es cosa ya olvidada en la tierra, tén-
ganme por arenque desovado. No hay ni tres hombres
de bien sin ahorcar en Inglaterra, y uno de ellos está
gordo y va envejeciendo. ¡Dios nos ampare! Perverso
mundo es éste! ¡Ojalá fuera tejedor! Cantara salmos, o
haría cualquier otra cosa. Mala peste en todos los cobar-
des, digo y repito.
del reino con un cuchillo de palo y llevarme por delan-
te a todos vuestros súbditos cual bandada de gallere-
tas, jamás debería volver a gastar pelos en la cara. ¡Vos
príncipe de Gales!
también Poins?
de, os paso.
antes de que yo os llame cobarde; pero daría mil li-
bras para poder correr tan a prisa como vos corréis.
Vuestras espaldas están bastante bien formadas, y no se
os importa quién os las mira; y ¿es eso guardar las es-
paldas a vuestros amigos? Mala peste en semejantes es-
paldares. Prefiero yo a quienes se me presentan cara a
cara. Dadme una copa de Jerez. Llámenme bribón si
he echado ni siquiera un trago hoy.
bios de la última vez que bebisteis.
pito yo.
mañana nos apoderamos de mil libras.
contra miserables cuatro.
contra las de una docena dos horas consecutivas. Es-
capé de milagro. Ocho veces me atravesaron el jubón, y
el calzón cuatro. Mi adarga quedó hecha pedazos, y mi
espada mellada como una sierra. Jamás me he portado
mejor desde que soy hombre, pero todo fue inútil. ¡Mala
peste en todos los cobardes! Que hablen éstos. Si dicen
otra cosa que no sea la pura verdad, son unos villanos
e hijos del infierno.
judío, judío berberisco.
cayeron sobre nosotros...
otros.
pero si no luché contra cincuenta, llámenme manojo de
rábanos. Si no cayeron cincuenta y dos o cincuenta y
tres sobre el pobre vejete Juan, no soy yo animal de
dos pies.
dos. He saldado las cuentas de dos bribones vestidos con
trajes de bocací. Escuchadme, Enrique, y si os miento,
escupidme al rostro y llamadme matalote. Vos conocéis
mi antiguo quite. Así estaba yo, y así empuñaba la es-
pada. Cuatro bribones vestidos de bocací me atacaron.
me atacaron, pero sin perturbarme, recibí sus siete es-
tocadas en mi adarga. – Así.
cuatro.
llano si no.
bocací de quienes hablaba.
violentamente, y en un abrir y cerrar los ojos, despaché
a siete de los once.
bres con vestidos de bocací.
dos, con vestidos de color verde que usan los bandidos,
me atacaran por la espalda, porque era tan grande la
obscuridad, que ni podía verme las manos.
que las ha engendrado. Enormes como montañas, des-
caradas y patentes. Tripón de escaso seso, tonto de ca-
pirote, hi de tal, libidinoso grasiento, rollo de sebo…
dad?
vestidos del color verde que usan los bandidos, en obs-
curidad que os impedía veros vuestras propias manos?
Vamos, dad una explicación. ¿Qué respondéis a esto?
cación.
ran con el Estrapado y con todos los tormentos del
mundo; a la fuerza, no la daría. ¡Dar explicaciones a la
fuerza! Aunque explicaciones tuviera a la mano tan nu-
merosas como hay zarzamoras, a hombre alguno daría
yo una explicación a la fuerza.
mejante pecado. Este cobarde borracho, este aplanador
de colchones, este revienta-caballos, esta montaña de
carne...
gua de ternera, bergajo, bacalao. ¡Quién tuviera resue-
llo para decir a lo que os asemejáis! Vara de sastre,
vaina, funda de arco, miserable florete ambulante...
cuando os hayáis cansado rebuscando viles compara-
ciones, oíd lo que os tengo que decir.
a otros cuatro. Que los atasteis y que os apoderasteis
de lo que llevaban. Atención ahora. Sencilla historia os
va a confundir. Nosotros dos entonces caímos sobre
vosotros cuatro; y, en una palabra, os arrebatamos
vuestra presa. Sí, señor; y os la podemos enseñar en
esta casa misma. Y vos, Falstaf, cargasteis bonitamente
con vuestras tripas con extraordinaria destreza y agi-
lidad, y berreasteis pidiendo misericordia, corriendo y
berreando siempre, como jamás becerro alguno ha co-
rrido y berreado... ¡Qué pobre hombre sois vos, que me-
lláis vuestra espada y aseguráis haber batallado! ¿Qué
recurso, qué invención, qué subterfugio encontraréis
ahora para eludir tan claro y manifiesto oprobio?
haber conocido la madre que os parió. Vamos, oídme,
señores. ¿Iba yo a matar al presunto heredero? ¿Iba yo a
ir contra un legítimo príncipe? ¡Vamos! Bien sabéis que
soy valiente como Hércules. Pero, ved lo que es el ins-
tinto. El león no ataca jamás a un legítimo príncipe.
Es mucho lo que puede el instinto. Por instinto me
mostré cobarde. Tendré durante el tiempo que me resta
de vida mejor opinión de mí y de vos; de mí como león
valiente, de vos como legítimo príncipe. Pero, ¡vive
Dios! muchachos... ¡Cuánto celebro que tengáis el dinero!
(gritando a la patrona) Patrona , portazos a las puertas.
Esta noche a velar, mañana rezaréis. Valientes,
rapaces, chiquillos, corazones de oro, ¿qué compinches
hay en el mundo que merezcan los calificativos que
merecéis vosotros? Vamos a ver. ¿Nos divertimos? ¿Qué
os parece una comedia improvisada?
tra huída.
veras me queréis.
que decir?
y desea hablaros. Dice que viene de parte de vuestro
padre.
encaminadlo a mi madre.
del lecho a media noche? ¿Le doy yo la respuesta que
merece?
leasteis bien, y vos también, Peto, y vos también, Bar-
dolfo. También sois leones y echasteis a correr por
instinto. ¿Cómo ibais vosotros siquiera a tocar a un
legítimo príncipe? ¡Qué horror!
qué está mellada la espada de Falstaf?
a fuerza de juramentos desterrara de Inglaterra a la
verdad, os haría creer que había sido en lucha, y nos
indujo a hacer lo propio.
hacernos sangre, y con ella manchar los vestidos, y
asegurar que era sangre de honrada gente. Hice lo que
no he hecho en estos últimos siete años. Me sonrojo
oyendo sus monstruosas invenciones.
Jerez hace diez y ocho años, se te pegó la costumbre, y
desde entonces, sonrojado estás constantemente. Fuego
y hierro tenías a la mano; y, a pesar de eso, echaste a
correr. ¿Qué instinto te indujo a ello?
exhalaciones?
cuálido Juan. Aquí viene Huesos pelados. Vuelve a entrar FALSTAF.
Ahora bien, deliciosísimo fanfarrón, ¿cuánto tiempo
hace que le echasteis el ojo a vuestra propia rodilla?
sobre poco más o menos vuestra misma edad, podía
circundar mi cintura la garra de un águila. Pudiera
haberme escurrido por el anillo del dedo pulgar de al-
gún corregidor. ¡Mal hayan los suspiros y las penas que
llegan a hinchar al hombre como si fuese vejiga! Trai-
go malas noticias. Ahí vino Sir Juan Bracy de parte-
de vuestro padre. Tenéis que ir a la corte mañana.
Percy, ese loco del Norte, y ese Galés que ha dado una
paliza a Maimón, que le ha puesto los cuernos a Luci-
fer y ha hecho que el diablo le jure pleito homenaje
sirviéndole de cruz un gancho galés... ¿Cómo diablos se
llama?
y el viejo Norzumbria, y ese animoso escocés entre los
escoceses Duglas, que sube a caballo a galope una
cuesta perpendicular...
mata a un gorrión que vuela?
de echar a correr.
alabar por correr?
una pulgada de terreno.
ellos están también un tal Mórdac y mil escoceses más.
Vorcestria ha desaparecido esta noche. La barba de
vuestro padre con estas noticias ha encanecido. Ahora
sí que se pueden comprar tierras tan a buen precio
como arenques podridos.
mes de Junio, y este pugilato civil se aguanta, se com-
pren doncellas por cientos, como se compran clavos.
ble es que tengamos buena cosecha; pero dime, Enri-
que, ¿no tenéis un miedo atroz? Siendo, como sois, he-
redero presunto, ¿sería posible que encontrarais en todo
el mundo peores enemigos que ese lucifer de Duglas,
que ese incubo de Percy y que ese diablo de Glendó-
ver? ¿No tenéis un miedo atroz? ¿No se os hiela la
sangre?
instinto.
os va a reñir terriblemente. Si me creéis, preparad
una respuesta.
ca de mi conducta.
este puñal mi cetro, y este cojín mi corona.
áureo cetro un puñal de plomo, y vuestra rica y pre-
ciosa corona un miserable cráneo sin pelo!
completo el sacro fuego de la gracia, ahora os vais a
conmover. Dadme una copa de Jerez a fin de que mis
ojos se enardezcan y se crea que he llorado. Preciso es
que hable apasionadamente, y lo haré en la vena del
Rey Cambises.
rren esas lágrimas.
caros comediantes.
Enrique, me maravilla saber, no sólo cómo empleas el
tiempo, sino con quienes te acompañas, porque aunque
mientras más hollada, más rápidamente crece la man-
zanilla; la juventud, por el contrario, mientras más de
ella se abusa, más pronto se gasta. Mi hijo eres tú; por
una parte, tu madre me lo asegura, y por otra, ésa es mi
opinión; pero lo que más garantiza esta convicción, es
esa lastimosa peculiaridad de tus ojos, y esa estúpida
depresión de tu labio inferior. Pues bien; si efectiva-
mente eres hijo mío, el punto es éste: ¿por qué, siendo
mi hijo, te señalan todos con el dedo? ¿Va el bendi-
to sol de los cielos a convertirse en vagabundo y a
comer zarzamoras? ¿Va a convertirse el hijo de Ingla-
terra en ladrón y en rapabolsas? Es necesario hacer
esta pregunta. Hay una cosa, Enrique, de la que tú
habrás oído hablar a menudo, y que es conocida por la
gente de nuestro país con el nombre de alquitrán. Este
alquitrán, según sostienen antiguos escritores, man-
cha; pues del mismo modo manchan las gentes con
quienes alternas. Porque, Enrique, ahora no te hablo
harto de vino, sino con lágrimas en los ojos, no con
ira, sino con pena; no con palabras únicamente, sino
lleno de pesares; y, sin embargo, he visto que a menu-
do te acompaña un hombre virtuosísimo, cuyo nombre
ignoro.
clase de hombre es ése.
lento. De plácida expresión, alegre mirada y nobilísi-
mo porte, y paréceme que de unos cincuenta años, o
¡válgame la Virgen! cerca de los sesenta. Y ahora me
recuerdo; se llama Falstaf. Si semejante hombre resul-
tara libertino, me he engañado; porque, Enrique, en su
mirada veo yo patente la virtud. Así, pues, si al árbol
se conoce por el fruto, como al fruto por el árbol, pe-
rentoriamente declaro yo que en ese Falstaf anida la
virtud. Conservad, pues, su amistad; pero separaos de
los demás. Y dime tú ahora, picarón, ¿dónde has esta-
do todo este mes?
representaré el papel de mi padre.
de la nobleza y majestad que yo, tanto en la palabra co-
mo en la acción, que me cuelguen de los talones como
conejillo o liebre en una recoba.
mía, cómo os hace reír un joven príncipe.
mirarme al rostro. Te separan violentamente de tu
eterna salvación. Un demonio te persigue en forma de
un viejo obeso. Un hombre tonel es tu compañero. ¿Por
qué te tratas con ese pellejo de líquido? ¿Con ese arte-
són de bestialidades? ¿Con ese lío hidrópico y abotar-
gado? ¿Con esa inmensa pipa de vino de Jerez? ¿Con
esa maleta de tripas? ¿Con ese buey relleno? ¿Con esa
iniquidad canosa? ¿Con ese abuelo rufían? ¿Con ese ve-
jestorio frívolo? ¿Para qué sirve sino para paladear y
beber Jerez? ¿Qué hace con primor y limpieza sino
trinchar y comerse un capón? ¿En qué demuestra su
ingenio sino con su astucia? ¿Y su astucia, en qué la
demuestra sino con su bribonería? ¿Y su bribonería, en
qué si no en todas las ocasiones y para qué sirve si no
para absolutamente nada?
comprender lo que dice. ¿A quién alude vuestra ma-
jestad?
ventud, Falstaf. A ese viejo barbicano Satanás.
soy, fuera decir más de lo que sé. Que es viejo. Tanto
más de lamentar es. Sus canas lo atestiguan; pero que
sea, con perdón de vuestra majestad, libidinoso, lo
niego rotundamente. Dios ampare a los delincuentes. Si
ser viejo y alegre es pecado, entonces, muchos viejos
camaradas conozco yo que condenados también están.
Si ser gordo es ser odioso, entonces amar se debe al
flaco ganado de Faraón. No, noble señor, desterrad a
Peto, desterrad a Bardolfo, desterrad a Poins; pero no
desterréis al amable Falstaf, a bondadoso Falstaf, al
leal Falstaf, al valiente Falstaf, tanto más valiente por
ser, como es, el viejo Juan Falstaf. No lo separéis de la
sociedad de vuestro Enrique. Desterrar al gordinflón
Juan es como desterrar al mundo entero.
a la puerta.
que alegar en favor de Falstaf.
violín. ¿Qué ocurre?
nen a registrar la casa. ¿Los dejo entrar?
neda falsa como oro de ley. Sois un loco de atar, sin
parecerlo.
sea. Si no, que entre. Si no hago yo tan buen papel como
otro cualquiera en su caso, reniego de mi educación.
Confío en que un dogal me ahorcará tan fácilmente co-
mo al que más.
que se vayan arriba. Ahora, señores, buena cara y con-
ciencia tranquila.
lo tanto, me escondo.
la catedral de San Pablo. Haced que salga.
tapiz, y roncando como un caballo.
(Poins registra a Falstaf los bolsillos.) los bolsillos. ¿Qué encontrasteis?
Idem salsa . . . . . . . . . . . . . . . . 4 peniques.
Idem Jerez . . . . . . . . . . . . . . . . 5 chelines y 8 peniques.
Idem anchoas y Jerez des-
pués de cenar . . . . . . . . . . . 2 chelines y 6 peniques.
Idem pan . . . . . . . . . . . . . . . . . ½ penique.
para esa enorme cantidad de Jerez. Si hay más papeles,
guardadlos y los leeremos con más espacio. Dejadle
ahí dormir hasta que sea de día. Mañana iré yo a la
corte. Todos tenemos que ir a la guerra, y el puesto que
vos ocuparéis será honroso. Daréle a ese pillastre gor-
dinflón plaza en infantería, y sé que una marcha de dos-
cientos cuarenta pasos será causa de su muerte. Ese di-
nero se devolverá con creces. Venid a verme mañana
temprano, y con esto, adiós, Poins.
Acto III
ESCENA PRIMERA
lente músico, porque te riges únicamente por tus
caprichos. Estáte quieto, ladrón, y oye cantar en galés
a la dama.
irlandés.
Vamos, Catalina, una canción tuya quiero yo ahora.
tos como la mujer de un confitero con tus «No en ver-
dad» y «Tan fijo como que estoy viva» y «Dios me per-
done» y «tan cierto como que es de día».
o instructor de pechirrojos. Si los contratos están lis-
tos, partiré dentro de dos horas. Conque, ven cuando
(Vase.) quieras.
ESCENA II
ESCENA III
ruinmente desde nuestra última hazaña? ¿No voy deca-
yendo? ¿No disminuyo? Cuelga mi piel como bata de
señora mayor. Me he marchitado como manzana aspe-
riega. Esta bien. Me arrepentiré, y de seguida, y mien-
tras conserve energía para el caso, pues pronto he de
perder el ánimo y no tendré la necesaria fuerza para
ello. Si no es cierto que se me ha olvidado cómo es el
interior de una iglesia, llámenme grano de pimienta o
caballo de cervecero. ¡El interior de una iglesia! Las
compañías, las malas compañías han sido mi perdi-
ción.
viviréis mucho.
pla obscena y diviérteme. Yo era tan dado a la virtud,
como basta serlo a un caballero: era sobradamente vir-
tuoso. Echaba algún voto que otro. Jugaba a los dados
solamente siete veces por semana. Iba a casas de mala
nota, pero sólo cada quince… minutos. Dinero devolví
que me prestaron... en tres o cuatro ocasiones. Vivía
bien y dentro de ciertos límites, y ahora vivo en com-
pleto desorden y fuera de todo límite.
zoso es que viváis fuera de todo límite. Fuera de todo
límite razonable, sir Juan.
vida. Vos sois nuestro almirante y lleváis la linterna
en la popa. Como el caballero de la Lámpara Ardiente.
hace de una calavera o de un «memento mori». Nunca
veo vuestra cara sin ver las hogueras del infierno y «al
hombre rico que se vestía de púrpura», porque ahí es-
táis dentro de vuestra ropa ardiendo, ardiendo. Si fue-
rais en lo más mínimo dado a la virtud, juraría por
vuestra cara, y mi juramento sería: «Por ese fuego que
es el del ángel de Dios»; pero estáis enteramente per-
dido, y si no fuera por el fuego de vuestro rostro, se-
ríais el hijo de las tinieblas. Cuando en la cuesta de
Gadsil fuisteis en busca de mi caballo, aquella noche, si
no creí que erais «ignis fatuus» o fuego de San Telmo,
nada vale el dinero en este mundo. Vos sois perpetuas
luminarias, eterna candelada. En antorchas y teas me
habéis ahorrado mil marcos, al acompañarme a las ta-
bernas de noche; pero en cambio el valor del Jerez que
bebíais me hubiera bastado para comprar velas para
iluminarme en la cerería más cara de Europa. En ese
estado de Salamandra en que os halláis, os vengo yo
manteniendo con fuego hace treinta y dos años. Dios
me lo perdone.
vientre!
Ahora bien, gallina del señor Partlet, ¿habéis averi-
guado quién fue quien me rapó la bolsa?
¿Creéis que en mi casa admito yo ladrones? He regis-
trado, he investigado, y mi marido lo mismo, a hombre
por hombre, a mozo por mozo, a sirviente por sirvien-
te. Ni la punta de un cabello se ha perdido jamás en
mi casa.
dolfo y perdió varios pelos, y yo os juro que me rapa-
ron la bolsa. ¡Váyase en buen hora! ¡Sois una mujer!
más me han dicho eso en mi propia cara.
que os conozco, Sir Juan. Me debéis dinero, Sir Juan,
y ahora queréis armar camorra para no pagármelo. Os
he comprado, además, una docena de almillas para esas
espaldas.
mujeres de panaderos para que les sirvieran de ce-
dazos.
de a ocho chelines la vara. Debéis aquí además dinero,
Sir Juan, por alimentos y bebida, y por dinero prestado,
veinte y cuatro libras.
nada!
llamáis vos riqueza? Que acuñe esas narices. Que acu-
ñe esas mejillas. Yo no pago un ochavo. ¿Pretendéis
acaso convertirme a mí en novicio? ¿No puedo yo ni
descansar en mi posada sin que me rapen la bolsa? He
perdido un anillo de sello que era de mi abuelo, y que
valía cuarenta marcos.
cuántas veces, que ese anillo era de cobre.
juno. ¡Ira de Dios! Si aquí estuviera, le aporrearía como
si fuese un perro, por decir semejante cosa. Entran el PRÍNCIPE ENRIQUE y POINS. FALSTAF les
sale al encuentro, figurando con su bastón que toca el pífano.
¡Hola, muchacho! ¿Con que de esa parte sopla el
viento? ¿Tenemos que ponernos todos en marcha?
me raparon la bolsa. Esta casa se ha convertido en un
burdel. Aquí se roba.
vales de cuarenta libras cada uno, y un anillo de sello
que era de mi abuelo.
oído de boca de vuestra alteza, y, señor, de vos habla
pestes, como hombre deslenguado que es, y dijo que
os aporrearía.
sinceridad, ni virtud femenil en mí.
tanta sinceridad, como un zorro acosado, y por lo que
respecta a vuestra virtud femenil, a María la bailado-
ra, antes que a vos, le correspondería ser esposa del
Juez del distrito. ¡Idos en buen hora, cosa!
supierais. Soy mujer de un hombre honrado. Sois, sal-
vo vuestro título, un bribón al decirme eso.
lo contrario.
nadie sabe cómo cogerla.
quiera sabe cómo cogerme a mí, bribón.
mente.
le debíais mil libras.
vale un millón, y me debéis vuestro cariño.
os aporrearía.
anillo era de cobre.
cumplir vuestra palabra?
atrevería con vos; pero que, como príncipe que sois,
os temo, como temo el rugido del cachorro de un león.
¿Creéis que os temo como temo a vuestro padre? Si así
fuera, pediríale a Dios que saltase mi cinturón.
sobre vuestras rodillas. Pero tunante, ¿es posible que
en ese pecho no quepa ni fe, ni verdad, ni honradez de
ninguna especie? ¿Lleno está exclusivamente de tripas
y de otras vísceras? ¡Acusar a una honrada mujer de
haberos rapado la bolsa! Pero hi de tal, inflado des-
vergonzadísimo bribón, ¡si en vuestra faltriquera no
había más que cuentas de tabernas, señas de casas
de mal vivir y miserables cuatro maravedís de cara-
melos para facilitar la respiración! Si vuestras faltri-
queras se hallaban enriquecidas con otras fruslerías a
más de éstas, miento yo; y ¿sostendréis la mentira y
no querréis confesar que habéis mentido? ¡No os da
vergüenza!
pecó en el estado de la inocencia. ¿Qué le había de pa-
sar al pobre Juan Falstaf en esta época corrompida?
Ya veis que tengo más carne que los demás hombres,
y, por ende, mayor debe ser mi fragilidad. ¿Conque
confesáis que fuisteis vos quien me robó?
zo. Amad a vuestro esposo, cuidad de vuestros criados
y mimad a vuestros huéspedes. Siempre me veréis dis-
puesto a atender a lo que esté verdaderamente puesto
en razón. Ya veis que estoy tranquilo. ¿Todavía estáis
ahí? No. Por favor, idos. (Vase Celestina.)
Ahora bien, Enrique, sepamos qué noticias traéis de
la corte. Con respecto al robo, rapaz, ¿qué hay de eso?
vuestro ángel bueno. El dinero se devolvió.
plica doble trabajo.
cer cuanto quiera.
rería, sin siquiera lavaros las manos.
¡Adónde encontraría yo quien supiera robar bien!
¡Quién encontrara a un ladrón de veinte y dos años,
sobre poco más o menos! Estoy villanamente despro-
visto. Bien está. Demos gracias a Dios, que nos manda
a estos rebeldes. Sólo dañan a los hombres de bien.
Yo los aplaudo y los celebro.
Acto IV
ESCENA PRIMERA
ESCENA II
me una botella con vino de Jerez. Nuestros soldados
atravesarán el pueblo. Nosotros iremos a Suton Cófil
esta noche.
vuestro trabajo. Y aunque valiera veinte, tomadlos tam-
bién. Yo respondo del dinero. Decidle a mi teniente
Peto que me vea a la salida del pueblo.
que me avergüenza mi gente. He abusado de un modo
atroz de la leva del Rey. En cambio de ciento y cin-
cuenta soldados, he conseguido trescientas y pico de
libras. Solo escogí ricos propietarios e hijos de labra-
dores. Averigüé, además, quiénes eran los solteros pró-
ximos a casarse, cuyas amonestaciones se habían pu-
blicado ya dos veces. Tropel de gente encariñada a
quienes lo mismo les da oír al diablo que a un tambor,
y que temen más el estallido de un mosquete que una
gallina o gallareta heridas. Escogí únicamente a esos
mantecosos con corazón del tamaño de una cabeza de
alfiler para que se rescataran del servicio, y ahora mi
tropa se compone de cabos, de tenientes y de oficiales,
más andrajosos que esos Lázaros de los tapices, cuyas
llagas lamen los perros del glotón; gente que en realidad
no debieron nunca ser soldados; sirvientes despedidos,
hijos menores de segundones, mozos de taberna fuga-
dos, y arruinados posaderos. Cánceres de una sociedad
tranquila y de una larga paz. Diez veces más vilmente
haraposos que un estandarte remendado; ¡y con esta
gente reemplacé yo a los que se libraron del servicio!
Se creerá que traigo a ciento y cincuenta andrajosos
hijos pródigos que acaban de criar cerdos y de comer
sobras y mondaduras. Un chusco que me encontré en
el camino me preguntó si había despojado a los patí-
bulos y había reclutado a sus cadáveres. No se han
visto jamás tantos espantapájaros reunidos. Decidida-
mente yo no atravieso el pueblo de Coventria con ellos.
Además, esa canalla marcha con las piernas abiertas
como si llevaran grillos. Verdad es que recluté la ma-
yoría en las cárceles. Sólo hay camisa y media en toda
la compañía, y la media se compone de dos servilletas
unidas y echadas sobre los hombros a guisa de cota de
armas de heraldo; y la camisa, para decir verdad, se la
robaron o a la patrona de San Albano o a aquel posa-
dero de la roja nariz de Daventria. Pero eso poco im-
porta, pues ya encontrarán ropa blanca tendida en
cualquier vallado.
diablos os trae a Varvicsiria? Perdonadme, señor con-
de de Vestmorlandia, creí que vuecencia estaba ya en
Eschusburia.
Juan, tanto vos como yo; pero allí están ya mis tropas.
Debo deciros que el Rey nos espera a todos, y que to-
dos debemos salir de aquí esta noche.
mira que gato dispuesto a robar crema.
habéis convertido en manteca. Pero, decidme, Juan,
¿de quién es esa gente que os sigue?
voltee una pica. Carne de cañón. Carne de cañón. Lle-
narán un hoyo como gente mejor que ellos. Chito, hom-
bre. Mortales, mortales.
pobres y están extremadamente delgados. Gente por
demás miserable.
pueda haber pegado; y en cuanto a su delgadez, seguro
estoy de que no la han aprendido de mí.
a tres dedos de gordura sobre las costillas. Pero, oíd,
apresuraos. Percy está en el campo, y el Rey ha salido
ya a campaña.
ESCENA III
ESCENA IV
Acto V
ESCENA PRIMERA
las piernas así, y cubridme. Eso hace un amigo.
jante servicio. Rezad, y abur.
agrada pagar anticipadamente. Para qué he de precipi-
tarme yo cuando no me apremian. ¡Poco importa! El
honor me empuja hacia delante. Perfectamente. Pero,
¿y si el honor al empujarme hacia adelante me echa del
mundo? ¿Qué pasa? ¿Puede el honor sustituir una pier-
na? No. ¿Y un brazo? No. ¿Y evitar el dolor de una he-
rida? No. ¿Así, pues, el honor no tiene habilidad qui-
rúrgica? No. ¿Qué es el honor? Una palabra. Y esa pa-
labra honor, ¿qué es? Aire. ¡Lindo arreglo! ¿Quién lo
tiene? Uno que murió el miércoles. ¿Lo aprecia? No.
¿Lo oye? No. ¿Es cosa intangible, pues? Sí, para los
muertos. Pero, ¿no puede vivir con los que quedan
vivos? No. ¿Por qué? Porque la maledicencia no lo so-
porta. Por lo tanto, yo no lo quiero. El honor es mera-
mente un escudo de armas, y aquí acaba mi catecismo.
ESCENA II
ESCENA III
pero aquí apuntan a la cabeza. Poco a poco. ¿Quién
sois vos? ¡Sir Gualterio Blunt! ¡Toma honra! No. ¡Esto
no es tontería! Tengo el calor del plomo derretido y su
pesadez también. Haga Dios que el plomo no me ocu-
pe. No necesito más peso que el de mis propias tripas.
Conduje a mis pelagatos a donde los están salpimen-
tando. Sólo quedan tres vivos de los ciento cincuenta
que traje, y esos tendrán que pedir limosna a la entra-
da de un pueblo hasta que se mueran. Pero ¿quién
viene?
tomar resuello breve rato. Ni las proezas del turco
Gregorio, pueden compararse con las mías de hoy.
Hele ajustado a Percy su cuenta. Seguro está.
me, yo os lo ruego, vuestra espada.
no os daré yo mi espada; pero si queréis, tomad mi
pistola.
pueblo.
vesaré, si es que se pone en mi camino; pero si no, y
si de buena voluntad me pongo yo en el suyo, háganme
picadillo. No me agradan a mí honras tan gestudas
como la de sir Gualterio. Prefiero la vida. Si la puedo
salvar, tanto mejor; si no, la honra vendrá sin que vaya
yo en su busca, y se acabó.
ESCENA IV
hallaréis aquí juego de niños, yo os lo aseguro.
licencia os daré para que mañana me saléis y me co-
máis. ¡Voto va! Tiempo era ya de fingir; si no, ese tri-
vigante escocés me hubiera saldado las cuentas. ¿Fin-
gir? Miento. Yo no finjo. Morir sí que es fingir, porque
es la ficción de un hombre que no tiene la vida de tal;
pero fingir, porque sigue uno siendo la real y perfecta
imagen de la vida. ¡Voto va! Tengo miedo de este pól-
vora de Percy, aunque esté muerto. Y ¿si fingiera tam-
bién y ahora se levantara? ¡Por vida mía! Creo que de
los dos fingidores, sería él el que valdría más. Por lo
tanto, me aseguraré y juraré que lo he matado. ¿Por-
qué no ha de poderse levantar como me he levantado
yo? Quienes me pueden contradecir son ojos, y ahora
(Lo hiere) nadie me ve. Así, pues, bergante
con nueva herida en el muslo, venid conmigo.
si no soy Juan Falstaf, soy un buen Juan. Ahí está Percy
(tirándolo al suelo.) Si vuestro padre quiere darme al-
gún premio, en hora buena sea; si no, que vaya él a ma-
tar a cualquier otro Percy que venga. Os aseguro que
espero ser Conde o Duque.
muerto!
es este mundo al embuste! Concedo que me hallaba en
tierra y sin aliento, y lo propio él; pero en el mismo
instante, ambos nos levantamos y luchamos una hora
larga por el reloj de Eschusburia. Si me creen, bueno;
si no, carguen los que deben recompensar el valor con
ese pecado. Juro yo, así me maten, que le inferí yo
mismo esa herida del muslo, y si este hombre viviera
y lo negase, vive Dios que le haría tragar un trozo de
mi espada.
recompensa. A quien me recompense, Dios se lo recom-
pensará. Si aumentare en importancia, disminuiré de
tamaño, porque me medicinaré y dejaré de beber Je-
rez y viviré sin mácula, como debe vivir un noble.
ESCENA V
