William Shakespeare, Henry IV, Part One

Enrique IV, Primera Parte





Texto utilizado para esta edición digital:
Shakespeare, William. Enrique IV, Primera Parte. Traducido por Guillermo Macpherson. En: Obras dramáticas de Guillermo Shakespeare Madrid, 1912, tomo II. Biblioteca Clásica.
Marcación digital para Artelope:
  • Tronch Pérez, Jesus (Artelope)

Elenco

ENRIQUE, príncipe de Gales.
EL PRÍNCIPE JUAN DE LANCASTER., hijos del rey
EL CONDE DE VESTMORLANDIA.
SIR GUALTERIO BLUNT.
TOMÁS PERCY, conde de Vorcestria.
ENRIQUE PERCY, conde de Norzumbria.
ENRIQUE PERCY, conocido por Espuela Ardiente.
EDMUNDO MÓRTIMER, conde de March.
ESCROPIO, arzobispo de York.
ARCHIBALDO, conde de Duglas.
OVENO GLENDÓVER.
SIR RICARDO VERNON.
SIR JUAN FALSTAFF.
SIR MIGUEL, amigo del arzobispo de York.
POINS.
GADSIL.
PETO.
BARDOLFO.
LADY PERCY, esposa de Espuela Ardiente y hermana de Mórtimer.
LADY MÓRTIMER, hija de Glendóver y esposa de Mórtimer.
CELESTINA, patrona de la taberna de Estchepia.
Nobles, Jefes, un Jerif, un tabernero, un camarero, dos mozos de
taberna, dos arrieros, viajeros y sirvientes.
ENRIQUE IV.

Acto I

ESCENA PRIMERA

Londres. – Habitación en el Palacio.
Entran el REY ENRIQUE, VESTMORLANDIA, SIR GUALTERIO BLUNT y acompañamiento.

REY
Pálido y tembloroso, cual me hallo
Por inquietudes tantas, me decido
A que la paz asustadiza tome
Resuello; y luego, palpitante, aspire
5
Ecos de nuevas luchas, que principio
Han de tener en apartadas playas.
De hoy más la superficie de este suelo
Manchar no debe sus sedientos labios
Con sangre de sus hijos. Ruda guerra
10
No surcará de hoy más los campos nuestros.
Ni de hoy más ajarán sus florecillas
Los férreos cascos de enemigas huestes.
Esos opuestos bandos, semejantes
A meteoros de turbado cielo,
15
De igual naturaleza, de substancia
Idéntica creados, que hace poco
En intestinas luchas, cuerpo a cuerpo,
Con saña furibunda pelearon,
Ahora ya, unidos en guerreras filas
20
En una sola dirección caminen,
Cese la lucha. De la guerra el filo,
Como cuchilla que se envaina a medias
No vuelva más a lastimar al dueño.
Hasta el sepulcro, pues, de Jesucristo,
25
Cuyos guerreros somos, y obligados
A batallar bajo su Cruz sagrada,
Amigos míos, conducir pretendo
Sin demora a un ejército de ingleses,
Cuyos brazos han sido en las entrañas
30
Formados de sus madres, porque logren
Arrojar a esos míseros paganos
De esa región sagrada, cuyo suelo
Pisaron hará ya catorce siglos
Esos benditos pies, que en cruz amarga
35
Para nuestra salud fueron clavados.
Ya cuenta mi proyecto doce meses,
Y es inútil decir que he de cumplirlo.
No vamos, pues, a discutirlo ahora;
Pero, querido primo Vestmorlandia,
40
¿Qué decretó el consejo de la noche
Para dar cima a tan grandiosa empresa?

VESTMORLANDIA
Señor, fue su premura discutida
Con interés; y fijos muchos gastos
Desde ayer noche están; pero, a deshora,
45
De Gales ha llegado un mensajero
Con pésimas noticias; la más grave
Es que el egregio Mórtimer, guiando
Gente de Gerforsiria contra turbas
Irregulares del feroz Glendóver,
50
De ese galés por las brutales manos
Hecho fue prisionero, que a cuchillo
Han pasado a un millar de sus secuaces,
Cuyos cuerpos han sido tan vilmente,
Tan oprobiosamente mutilados
55
Por los galeses esos, que no es fácil
Repetir o indicarlo sin sonrojo.

REY
Parece que la nueva de esa lucha
Detiene el plan para la Tierra santa.

VESTMORLANDIA
Está a otra unida, sí, señor, pues llega
60
Del Norte otra más mala y enojosa.
El día de la Cruz, el animoso
Espuela Ardiente, Enrique Percy el joven,
Con el bravo Archibaldo en Holmedonia.
(Ese audaz escocés tan afamado),
65
A las manos vinieron.
Triste y sangrienta ha sido la jornada,
Atendido al fragor de sus cañones,
Según afirma quien las nuevas trae.
El tal montó a caballo en el momento
70
Más empeñado de la lucha aquella,
Y, por lo tanto, de ella el fin ignora.

REY
Mi diligente amigo Sir Gualterio,
Aquí presente, desmontó hace poco
Sucio, con barro de la varia tierra
75
Que hay desde Holmedonia hasta Palacio,
Trayéndome gratísimas noticias,
Vencido está Archibaldo, y Sir Gualterio
Vio a diez mil animosos escoceses
Y a veinte y dos jinetes en los llanos
80
De Holmedonia encharcados en su sangre;
Y prisioneros son de Espuela Ardiente
Mórdak, Conde de Faif, y de Archibaldo
El hijo primogénito, y los condes
De Murei, Ángus, de Mentiz y Azol.
85
¿No es esto, responded, botín honroso,
Primo valiente? Respondedme, primo.

VESTMORLANDIA
A fe que sí.
Es conquista que honrar puede a un monarca.

REY
Es verdad, el oírlo me entristece,
90
Haciéndome pecar, pues tengo envidia
A mi señor el Conde de Norzumbria
Por padre ser de semejante hijo.
Hijo al que encomia del honor la lengua,
De todo un bosque el árbol más enhiesto,
95
De la fortuna el ídolo y orgullo.
Mientras que yo, que escucho cuál lo aplauden.
La deshonra y la crápula contemplo
Menoscabar la frente de mi Enrique.
¡Oh, pudiera probarse que trocara
100
A estos dos hijos nuestros en mantillas
Algún hada nocturna, y que no fuera
Plantagenet el suyo, Percy el mío!
Yo tuviera a su Enrique, en ese caso,
Y el mío él. ¡A no pensar en esto!
105
Mas, primo, ¿qué diréis de la insolencia
Del joven Percy vos? Para su uso
Los prisioneros conservar pretende
Que se ha proporcionado en esta hazaña
Y que puedo contar, manda a decirme
110
Con el Conde de Faif Mórdak, tan solo.

VESTMORLANDIA
Es obra de su tío el de Vorcestria,
Cuya animosidad os muestra siempre.
Él lo encrespa y le induce a que levante
La cresta juvenil contra vos mismo.

REY
115
Mas le ordeno venir para que explique
Ante mí su conducta; y, por lo tanto,
De ir a Jerusalén la santa empresa
Precisa suspender por el momento.
Primo, en Windsor el miércoles que viene
120
Un consejo tendré. Vos a avisarlo
Id a los Lores; mas tornad al punto,
Que aun más que hablar y disponer tenemos
De lo que con la rabia que en mí hierve
Ahora puedo explicar.

VESTMORLANDIA
125
Seréis servido.

ESCENA II

Londres. – Ante una taberna.
Entran el PRÍNCIPE ENRIQUE y FALSTAF.

FALSTAF
Ahora bien, Enrique, ¿qué hora es, rapaz?

ENRIQUE
Tenéis tan entumecida la inteligencia con tanto
beber Jerez añejo, con tanto desabrocharos después de
cenar, y con tanto dormir la siesta sobre los bancos, que
habéis olvidado preguntar por lo que verdaderamente
os interesa. ¿Qué diablos os puede importar la hora que
sea, a menos que no se trocaran las horas en copas de
Jerez, los minutos en capones, los relojes en lenguas
de terceras, las muestras de reloj en lupanares y el
bendito sol en bella y ardiente moza, con traje de
tafetán color de fuego? No encuentro motivo para cosa
tan superflua como el que vos preguntéis qué hora es.

FALSTAF
En verdad, Enrique, que ahora os aproximáis
a mí, porque los que nos apoderamos de ajenas bolsas,
nos guiamos por la luna y las siete estrellas, y no por
Febo, ese gentilísimo caballero andante. Yo os suplico,
caro censor mío, que cuando seáis Rey – Dios guarde
a vuestra gracia –, Majestad debiera decir, porque gra-
cia ninguna os alcanzará.

ENRIQUE
¿Cómo ninguna?

FALSTAF
Ninguna a fe mía. Ni la gracia precisa para
servir de prólogo a un banquete compuesto de un huevo
frito.

ENRIQUE
Bueno; ¿y qué más? Al grano, al grano.

FALSTAF
Pues bien, caro censor mío, cuando seáis Rey,
no consintáis que a los que somos caballeros noctur-
nos se nos llame ladrones manifiestos. Llámennos
monteros de Diana, caballeros de la sombra, predilec-
tos de la Luna, y que diga la gente que somos hom-
bres gobernosos, pues gobernados estamos como el
mar por nuestra noble y casta señora la Luna, bajo
cuyos auspicios robamos.

ENRIQUE
Bien dicho, y con exactitud, porque la riqueza de
los que somos caballeros de la Luna fluye y refluye como
el mar, gobernados como estamos por ella. Y, prueba al
canto. Una bolsa de oro repleta, arrebatada resueltamen-
te la noche del lunes, y disolutamente gastada la maña-
na del martes, obtenida con un «suéltala», y gastada
con un «venga vino», está tan baja como el primer pel-
daño de una escalera, y luego tan alta como la horca.

FALSTAF
¡Vive Dios que decís bien, rapaz! Y ¿no es
verdad también que mi patrona la tabernera es una
criatura deliciosa?

ENRIQUE
Como la miel Hiblea, vejete fanfarrón; y ¿no es
verdad que un justillo de cuero sienta bien como ves-
timenta de cárcel?

FALSTAF
¿Qué es eso? ¿Qué es eso, censor insensato?
¿Nos venís con sarcasmos y sutilezas? ¿Qué tengo yo
que ver con justillos de cuero?

ENRIQUE
Y yo, ¡voto va! ¿Qué tengo que ver con vues-
tra patrona la de la taberna?

FALSTAF
¡Vaya! Pues más de una vez la habéis llamado
a cuentas.

ENRIQUE
Pero no os he llamado jamás a vos para que
pagarais vuestra parte.

FALSTAF
No. Os hago esa justicia. Allí habéis pagado
todo.

ENRIQUE
Allí y en otras partes hasta donde pudo estirar
mi bolsa, y cuando no alcanzó, usé de mi crédito.

FALSTAF
Sí, y los habéis usado de tal modo, que a no ser
porque sois heredero presunto... Pero, caro censor, de-
cidme, os lo ruego, ¿quedará en Inglaterra patíbulo en
pie cuando seáis Rey? ¿Y estará, como lo está hoy, el
valor coartado con el mohoso freno de ese viejo far-
sante, la Ley? Cuando seáis Rey, no mandéis ahorcar
jamás a un ladrón.

ENRIQUE
No. Seréis vos quien los ahorcará.

FALSTAF
¿Yo? ¡Oh maravilla! ¡Vive Dios! ¡Bravo juez
seré!

ENRIQUE
Desde ahora estáis juzgando mal; porque lo
que quiero yo decir, es que a vos mismo incumbirá el
ahorcar ladrones, y así os convertiréis en maravilloso
verdugo.

FALSTAF
Bien, Enrique, bien. Hasta cierto punto, cuadra
con mi genio, lo mismo que servir en la corte.

ENRIQUE
¿Queréis mudar de vida?

FALSTAF
Sí, Buena muda me darán: de la guardarropía
del verdugo, que debe estar bien provista. ¡Voto va!
Estoy más triste que gato viejo, o un oso atado.

ENRIQUE
O que león viejo, o laúd de amante.

FALSTAF
Pues o la nota más baja de una gaita.

ENRIQUE
Y ¿por qué no como una liebre en charco
cenagoso?

FALSTAF
Se os ocurren los símiles más repulsivos; y,
francamente, sois el más ingenioso y el más truhanesco
y delicioso príncipe que existe; pero, Enrique, os supli-
co que no me perturbéis con frívola charla. Ojalá vos y
yo supiéramos dónde comprar provisión de buena fama.
Un anciano consejero me sermoneó el otro día en la
calle acerca de vos; pero yo no hice caso; y eso que
hablaba muy discretamente, y, además, en la calle.

ENRIQUE
E hicisteis bien, porque la discreción «por las
calles clama y nadie le hace caso.»

FALSTAF
¡Oh citador de perniciosos textos! Capaz sois
de corromper a un santo. Mucho daño me habéis hecho,
Enrique. Dios os lo perdone. Antes que os conociera,
Enrique, nada absolutamente sabía yo; pero ahora,
para decir verdad, soy poco menos que uno más de
entre tanto perdido. Tengo que abandonar tan perver-
sa vida. Sí, por Dios, y si no lo hiciese, seré un malva-
do, y yo no me quiero condenar ni por el mejor hijo del
Rey de la cristiandad.

ENRIQUE
¿Dónde, Juan, nos apoderaremos de una bolsa
mañana?

FALSTAF
¡Voto va! donde queráis, rapaz. Yo estoy pron-
to, y si no lo estuviese, llamadme canalla y despre-
ciadme.

ENRIQUE
Mejoráis de vida. De rezar a rapar bolsas.

Entra POINS a distancia.

FALSTAF
Es mi vocación, Enrique. Enrique, no es pecado
el que cada cual se atenga a su vocación. – ¡Poins! Aho-
ra sabremos si Gadsil tiene alguna cita. ¡Oh, si los hom-
bres fueran a salvarse por sus merecimientos, dónde
en los infiernos habría rincón bastante cálido para él!
Es el canalla más omnipotente que ha dicho «alto» a
un hombre de bien.

ENRIQUE
Buenos días, Eduardo.

POINS
Buenos días, caro Enrique. ¿Qué dice Mon-
sieur Remordimientos? ¿Qué dice Sir Juan Jerez con
azúcar? Juan, ¿cómo os las componéis vos y el diablo
con respecto a vuestra alma, que le vendisteis el Vier-
nes Santo por un vaso de vino de Madera y la pata
fiambre de un capón?

ENRIQUE
Sir Juan, es hombre de palabra, y el diablo
tendrá lo suyo, pues jamás ha desmentido refrán algu-
no. El diablo cargará con lo que le corresponde.

POINS
Pero, muchachos, muchachos, mañana a las
cuatro de la madrugada en Gadsil. Peregrinos hay que
van a Canterburia con ricas ofrendas y mercaderes
que cabalgan hacia Londres con preñadas bolsas. An-
tifaces tengo para todos, caballos tenéis vosotros. Gad-
sil pernocta en Rochestria. He apalabrado la cena para
mañana a la noche en Estchepia. Se puede llevar a
cabo tan fácilmente, como dormir. Si venís, repletaréis
la bolsa; si no, quedaos en casa, y que os ahorquen.

FALSTAF
Escuchad, Eduardo; si no voy y me quedo en
casa, os ahorcaré a vos por ir.

POINS
¿Lo haríais, lomudo?

FALSTAF
Enrique, ¿seréis de la partida?

ENRIQUE
¿Quién, yo? ¿Yo robar? A fe que no.

FALSTAF
No tenéis ni hombría de bien, ni ánimo, ni
compañerismo, ni venís de sangre real tampoco, si no
os aventuráis por un soberano.

ENRIQUE
Pues bien, por una vez en la vida haré una
locura.

FALSTAF
Bien dicho.

ENRIQUE
Suceda lo que suceda, me quedo en casa.

FALSTAF
¡Vive Dios! Entonces, traidor seré yo cuando
seáis rey.

ENRIQUE
Poco me importa.

POINS
Sir Juan, suplico que nos dejéis al príncipe y
a mí solos. Tales razones le daré para que emprenda
esta aventura, que irá.

FALSTAF
Pues que Dios os conceda el espíritu de la
persuasión, y a él oídos para su aprovechamiento,
a fin de que lo que le digáis convenza, lo que oiga
crea, y que el verdadero príncipe se convierta en
falso ladrón, porque las malas costumbres de estos
tiempos necesitan apoyo. Adiós; me encontraréis en
Estchepia.

ENRIQUE
Adiós, otoñada primavera. Adiós verano de
todos santos.

(Vase Falstaf.)

POINS
Ahora bien, bondadoso, carísimo y amabilí-
simo señor mío, cabalgad mañana con nosotros. Tengo
que dar un chasco que no me es posible llevar a cabo
aisladamente. Falstaf, Bardolfo, Peto y Gadsil, despo-
jarán a las gentes que habremos descaminado. Vos y yo
no estaremos allí; pero si vos y yo, cuando se hayan
posesionado del botín, no les robamos a ellos, quíten-
me esta cabeza de los hombros.

ENRIQUE
Pero ¿cómo nos separaremos de ellos al em-
prender la marcha?

POINS
¡Vaya! Saldremos antes o después que sal-
gan, y les indicaremos el sitio donde nos tienen de en-
contrar, y gustosísimos no acudiremos a la cita. En-
tonces, sin nosotros, darán cima a la empresa, cuando
caeremos de improviso sobre ellos.

ENRIQUE
Sí, pero es fácil que conozcan por nuestros
caballos, vestidos y varias circunstancias, que somos
nosotros.

POINS
¡Bah! no han de ver a los caballos. Los ataré
en el bosque: cambiaremos de antifaces cuando nos
separemos de ellos, y, oíd, tengo capotes de bocací
para el caso, a fin de ocultar nuestros conocidos trajes.

ENRIQUE
Pero creo que serán harto fuertes para nos-
otros dos.

POINS
Me consta que dos son tan archi-cobardes,
como el mayor cobarde que haya vuelto las espaldas;
si pelean más de lo que es razón, abandonaré la carrera
de las armas. La gracia de esta broma yace en que ese
gordinflón bergante nos contará, cuando nos reunamos
esta noche, mentiras incomprensibles; que luchó con-
tra treinta por lo menos, y hablará de los quites y los
mandobles, y de los apuros en que se vio, y en poderle
nosotros desmentir todas esas patrañas, está lo mejor
del chiste.

ENRIQUE
Pues bien, iré con vos. Preparad lo necesario,
y esta noche nos veremos en Estchepia. Allí cenaré.
Adiós.

POINS
(Vase.) Adiós, señor.

ENRIQUE
Bien os conozco a todos, y me presto
Por hoy a vuestro humor desenfrenado,
Y al Sol con esto imito, que permite
A perniciosas y rastreras nubes
130
Ocultar a la tierra su belleza,
A fin de que, al querer brillar de nuevo,
Más maravilla cause, cuando rompa
Esas odiosas y sombrías brumas
Que ha poco estrangularle parecían.
135
Si fuese día de fiesta todo el año,
Constante diversión nos fatigara
Como el trabajo hoy, mas a deseo,
Por ser pocos, se cogen, pues lo raro
Es lo que agrada más. Por eso mismo,
140
Al dejar esta vida crapulosa,
Y deudas al pagar que no contraje,
Verá el mundo fallidos sus presagios
Al mostrarme mejor que mis promesas;
Y cual metal brillante en fondo obscuro
145
Mi enmienda lucirá sobre mis faltas
Con más intensidad y más aplauso
Que la virtud exenta de contraste.
Mal obraré por cálculo, a sabiendas;
Y cuando juzgue yo que ya es preciso,
150
Redimiré mis faltas de improviso.
Londres. – Habitación en el Palacio.
Entran el REY ENRIQUE, NORZUMBRIA, VORCESTRIA, ESPUELA ARDIENTE, SIR GUALTERIO BLUNT y acompañamiento.
Pues pude soportar tantos ultrajes.

REY
Harto encalmada está mi sangre y yerta,
Habéis hecho la prueba, por lo visto,
Y mi paciencia habéis pisoteado.
155
Pero de hoy más, tenedlo por seguro,
Dominante y temible vais a hallarme;
No como he sido, blando cual la cera,
Y más suave que plumón naciente,
Por lo cual del derecho me he privado
160
De aquellas atenciones que reserva
El alma altiva a la altivez tan sólo.

VORCESTRIA
Señor y soberano, nuestra casa
La censura jamás ha merecido
Del poder, de un poder que con su ayuda
165
Contribuyó para que grande fuera.

NORZUMBRIA
Señor...
Riesgo y desobediencia en vuestros ojos.

REY
Idos, Vorcestria, porque veo
¡Oh, señor! vuestro porte es harto altivo,
170
Es harto audaz, y soportar no puede
De un servidor el arrogante ceño
La majestad de un Rey. Tenéis licencia
Para partir, y os llamaré si acaso
Vuestra ayuda o consejo necesito.
(Vase Vorcestria.)
175
(A Norzumbria.)
Ibais ha poco a hablar.

NORZUMBRIA
Sí, soberano.
Los prisioneros esos que reclaman
De vuestra alteza en nombre, y que cogidos
Por mi hijo Enrique en Holmedonia fueron,
Según me dice, no tan bruscamente
180
A entregar se negó, como aseguran
A vuestra majestad; y, por lo tanto,
O a envidias o a una mala inteligencia
Esta falta achacad, mas no a mi hijo.

ESPUELA ARDIENTE
No me negué a entregar los prisioneros,
185
Mas recuerdo, señor, que terminada
La lucha ya, sediento por la ira
Y por esfuerzos grandes, sin aliento,
Exánime, apoyándome en mi espada,
Allí llegó un señor, muy bien vestido,
190
Con exquisito lujo, vivaracho
Como un novio, la barba recién hecha,
Haz en segado campo parecía,
Y cual una modista perfumado.
Entre el pulgar y el índice de esencias
195
Una caja lucía, que, a menudo
Llevaba a la nariz y retiraba;
Pero al llevarla a la nariz de nuevo,
Solía estornudar. Él, sin embargo,
No cesaba de hablar y sonreírse;
200
Y mientras los soldados conducían
A los que sucumbieron, los llamaba
Canalla sin cultura y descorteses,
Por poner un cadáver asqueroso
Entre el viento y su excelsa señoría.
205
Con placenteras y adamadas frases
A mí me habló, diciendo, entre otras cosas,
Que le entregara yo mis prisioneros,
Pues vuestra majestad los reclamaba.
Escociéndome entonces mis heridas
210
Por haberse enfriado, dolorido
E impaciente por ver que me importuna
Muñeco semejante, negligente,
Al contestar, ni aun sé lo que le dije.
Qué iba yo a hacer o no. Me enloquecía
215
Verle tan reluciente y vivaracho,
Oler tan bien y hablar como una dama
De cañones, tambores y de heridas.
¡Dios me ampare! ¡Decirme que la cosa
Mejor que en este mundo se conoce
220
Para las contusiones es la esperma!
Y decir que era lástima muy grande
(Y es verdad) que este pérfido salitre
Del inocente seno de la tierra
Se saque, y se destruya alevemente
225
Con él a tantos excelentes mozos;
Y que él, soldado acaso hubiera sido,
Si esos viles cañones no existieran.
A esa inconexa impertinente charla
Contesté vagamente, como he dicho.
230
Su relato, señor, por tanto, os ruego
Que cual acusación no se interponga
Entre el trono, Señor, y mi cariño.

BLUNT
Considerando bien las circunstancias,
Señor, lo que haya dicho Enrique Percy
235
A tal ente, en tal sitio, en tal instante,
Con todo lo demás que os repitieron,
Se debe relegar a eterno olvido;
Y no debe aducirse en daño suyo,
Ni recordar de hoy más lo que dijera,
240
Con tal que de lo dicho se desdiga.
Aun hoy, sin que yo acepte el compromiso

REY
Mas rehúsa entregar los prisioneros,
De rescatar al punto, a mis expensas
A ese conde de March, amigo suyo,
245
A ese estúpido Mórtimer, que adrede,
Júrolo por mi alma, sacrifica
A quienes guía a batallar en contra
De ese maldito mágico Glendóver,
Con cuya hija ha poco se ha casado.
250
¿Es justo, pues, que yo mis arcas vacíe
A fin de que un traidor hoy se redima?
¿Comprar se debe la traición? ¿Es justo
Con enemigos transigir, que tienen
Perdido, por su culpa, sus derechos?
255
No. Muérase de hambre en la montaña.
Y por amigo no tendré yo nunca
A ninguna persona cuya lengua
Sólo un maravedí para el rescate
De ese rebelde Mórtimer me pida.

ESPUELA ARDIENTE
260
¿Qué? ¿Mórtimer rebelde?
No ha faltado jamás, ¡oh, soberano!
A no ser por azares de la guerra.
Para probarlo, que hablen sus heridas,
Abiertas llagas que adquirió cual bravo
265
Cuando en duelo mortal y cuerpo a cuerpo
Del Severna en las márgenes mimbrosas
Una hora empleara en franca lucha,
Cambiando golpes, con el gran Glendóver.
Tres veces descansaron, y tres veces
270
Por mutuo acuerdo, en la corriente viva
Del Severna su sed satisfacieron.
Y, al ver su aspecto sanguinoso, el río
Corrió espantado, entre temblantes mimbres,
Y ocultó la cabeza alborotada
275
En su cauce profundo, con la sangre
De esos hombres valientes mancillado.
Jamás la astucia infame y corrompida
Se adornó con heridas tan mortales,
Ni nunca el noble Mórtimer pudiera
280
Recibir más ni con mejor deseo.
¿A qué, pues, de rebelde calumniarlo?
Él jamás ha luchado contra Glendóver;

REY
Percy, mentís, mentís por cuenta suya.
Antes luchara con el diablo mismo
285
Que tener a Glendóver por contrario.
¿No os da vergüenza? Oídme; desde ahora,
No oiga yo hablar de Mórtimer palabra.
Los prisioneros vuestros entregadme,
O de mí oiréis hablar de una manera
290
Que no os agradará. Para marcharos
Con vuestro hijo, conde de Norzumbria,
Permiso os doy. Mandadme de seguida
Los prisioneros, o pesaros puede.

(Vanse el Rey, Blunt y acompañamiento.)

ESPUELA ARDIENTE
Que venga el diablo y me lo pida a gritos,
295
Y no los mandaré. Voy al instante
A decírselo; quiero que tranquilo
Lata mi corazón, por más que fuere
Corriendo grave riesgo mi cabeza.

NORZUMBRIA
¿Conque ebrio de ira? Ten cachaza.
300
Aquí llega tu tío.

Entra VORCESTRIA.

ESPUELA ARDIENTE
¿Que no hable
Yo de Mórtimer? ¡Voto a los infiernos!
De él he de hablar y ¡piérdase mi alma
Si yo causa común con él no hiciere!
Sí, por él vaciaré mis venas todas;
305
Y, gota a gota, verteré en el polvo
La sangre cara mía. Yo al hollado
Mórtimer a encumbrar estoy dispuesto,
Hasta la altura de ese Rey que olvida;
De ese ingrato y perverso Bolimbroquia.

NORZUMBRIA
310
El Rey a tu sobrino ha vuelto loco,
Hermano mío.

VORCESTRIA
¿Quién ha sido causa
De este fuego después de mi partida?

ESPUELA ARDIENTE
Pide entregue ¡pardiez! mis prisioneros,
Y al hablar nuevamente del rescate
315
De mi cuñado, pálido su rostro,
Iracunda, mortífera mirada
Me dirigió, temblando de coraje,
Solo al oír de Mórtimer el nombre.

VORCESTRIA
Yo no lo culpo. ¿No lo proclamara
320
El difunto Ricardo, su heredero?

NORZUMBRIA
De la proclamación testigo he sido.
Entonces fue cuando el monarca triste
(Dios el mal que le hicimos nos perdone)
A aquella expedición marchó de Irlanda,
325
De donde retornó tan bruscamente,
Para depuesto ser y asesinado.

VORCESTRIA
Y muerte por la cual nos amancilla
La ancha boca del mundo y nos amengua.

ESPUELA ARDIENTE
Pero escuchad. ¿El Rey Ricardo entonces,
330
De la corona proclamó heredero
A mi cuñado Mórtimer?

NORZUMBRIA
Tal hizo,
Y en mi presencia.

ESPUELA ARDIENTE
Pues, en ese caso,
Al Rey, su primo, criticar no puedo,
Cuando dijo que de hambre se muriese
335
En la árida montaña. Mas vosotros,
Que sobre la cabeza colocasteis
De ese hombre olvidadizo la corona,
Y que os ostentáis por él la odiosa mancha
De cómplices de un vil asesinato;
340
Vosotros, ¿un sin fin de maldiciones
Aun soportar queréis? ¿Ser sus agentes,
Sus medios, sus dogales, sus peldaños,
O hablando claramente, sus verdugos?
Perdonad que me exprese de este modo,
345
Y que el nivel y situación os muestre
Donde os ponéis bajo ese Rey ladino,
¡Qué oprobio! ¿Va a decirse en nuestros días,
O escribirán las crónicas futuras
Que hombres, cual sois vosotros, ambos nobles,
350
Y poderosos ambos, coadyuvasen
En causa tan notoriamente injusta,
Cual ¡Dios os lo perdone!, vos hicisteis?
Y a Ricardo, ¡preciosa y dulce rosa,
A batir y plantar silvestre espino!
355
¡Al vil escaramujo Bolinbroquia!
¿Y se dirá, para mayor oprobio,
Que fuisteis engañados, descartados
Por quien tan gran vergüenza padecisteis?
No. Podéis redimiros todavía,
360
Rescatar vuestro honor y congraciaros
En la opinión del mundo nuevamente,
Y vengar los desmanes y las burlas
De ese arrogante Rey, que noche y día
Estudia el modo de saldar la deuda
365
Que aun no os pagó, con vuestra propia sangre.
Digo por tanto...

VORCESTRIA
Cállate, sobrino.
No digas más; un libro quiero abrirte,
Y de él a tu intranquilo entendimiento
Leeré tema profundo y peligroso,
370
Tan atrevido, tan audaz cual fuera
Atravesar horrenda catarata
Sobre la incierta base de una pica.

ESPUELA ARDIENTE
Cayendo; buenas noches. Muere o nada.
El peligro del orto hasta el ocaso
375
Venga, con tal que encuentre en su camino
El honor que de norte a sur lo cruce,
Y luchen ambos. ¡Oh, la sangre arde
Despertando a un león, y no a una liebre!

NORZUMBRIA
Empresas ideando portentosas,
380
De la calma los límites traspasa.

ESPUELA ARDIENTE
¡Vive Dios! Me parece salto fácil
Arrebatar inmaculada honra
Del pálido semblante de la luna,
O zambullir del piélago hasta el fondo
385
Donde la sonda ya llegar no puede,
Y sacar al honor que allí se ahoga,
De la melena asido, y sin rivales
Gozar, quien de ese modo lo redime,
A la par suya, dignidad perfecta.
390
Pero, atrás ese hipócrita consorcio.

VORCESTRIA
Infinidad de imágenes concibe,
Pero no el caso que entender debiera.
Caro sobrino, escúchame un momento.

ESPUELA ARDIENTE
Perdonadme.

VORCESTRIA
Esos nobles escoceses
395
Que tienes prisioneros...

ESPUELA ARDIENTE
Me los guardo.
¡Vive Dios! Ni siquiera le doy uno.
Aunque un solo escocés su alma salvase,
No, no se lo daré. ¡Por esta mano
Juro que me los guardo!

VORCESTRIA
Te separas,
400
De la cuestión, y tus oídos cierras
A mis designios. Esos prisioneros
Los guardarás.

ESPUELA ARDIENTE
¡Pues no! Sí tal. Sin duda.
A rescatar a Mórtimer se niega.
Me prohibió que de Mórtimer hablara;
405
Pues lo he de acechar, y, cuando duerma,
«Mórtimer» he de aullar en sus oídos.
Es más, a un estornino haré que adiestren,
Que «Mórtimer» le diga y le repita,
A fin de que su rabia se mantenga.

VORCESTRIA
410
Permíteme, sobrino, una palabra.

ESPUELA ARDIENTE
Renuncio a todo estudio desde ahora,
Excepto a exasperar a Bolimbroquia,
Y a atormentar a ese soldado raso,
El príncipe de Gales. Si no fuera
415
Porque sé que su padre no le quiere,
Y se alegrara de su mal, veneno
Yo le diera en un jarro de cerveza.

VORCESTRIA
Sobrino, adiós. Hablarte me propongo
Cuando para escuchar estés templado.

NORZUMBRIA
420
¡Bah! ¡Qué avispado y que impaciente necio!
Venirte con desplantes femeniles
Sin oír otra voz más que la tuya.

ESPUELA ARDIENTE
Escuchad, me fustigan, me laceran
Con ortigas, me pica un hormiguero,
425
Si oigo hablar de ese infame Bolimbroquia.
Cuando Ricardo... ¿Qué lugar es ese?
Cargue el diablo con él. Glostersia, creo,
Donde habitaba el loco de su tío–
Ese tío suyo York–, por vez primera
430
Ante ese Rey doblara la rodilla,
Ante ese sonriente Bolimbroquia,
Cuando de Ravenspurgia retornasteis.

NORZUMBRIA
En el castillo fue de Bércley

ESPUELA ARDIENTE
Cierto.
¡Ah! Cuántas, cuán amables cortesías
435
Ese lebrel halagador me hizo.
«Que su suerte en mantillas ha llegado
A la mayor edad», y «Noble Percy»,
Y «caro deudo mío». ¡Que el demonio
Con todo falso semejante cargue!
440
Dios me perdone. Mi querido tío,
Vuestro cuento seguid, que aquí concluyo.

VORCESTRIA
No. Si no has concluido, sigue hablando.
Te esperaremos.

ESPUELA ARDIENTE
Concluí, lo juro.

VORCESTRIA
Vuelta a tus prisioneros escoceses.
445
Entrégalos a todos sin demora.
Sin esperar rescate, y como medio
De obtener un ejército en Escocia,
Tan sólo al hijo retendrás de Dúglas.
Por razones que tengo, y que transcriptas
450
Te enviaré, ten seguridad completa
Que obtendrás lo que pidas fácilmente.
(A Norzumbria.)
Vos, estando ocupado el hijo vuestro
En Escocia, pudierais sigiloso
Insinuaros con el buen prelado
455
Que estima todo el mundo; el arzobispo.

ESPUELA ARDIENTE
¿El de York, no es verdad?

VORCESTRIA
Seguramente;
Quien recuerda, apenado todavía,
La muerte en Bristol, de su hermano Escropio.
No hablo por conjetura, ni ahora os hablo
460
Por mi cuenta no más. Sé lo que digo,
Lo que se rumia, trama y se concierta,
Y que esperando está tan solamente,
Oportuna ocasión para que estalle.

ESPUELA ARDIENTE
Lo olí. ¡Prosperará, por vida mía!

NORZUMBRIA
465
Tú sueltas la jauría sin que hayas
La caza levantado.

ESPUELA ARDIENTE
¡Si no puede
Dejar de ser honrosa tal empresa!
Y las fuerzas de York y las de Escocia
A Mórtimer unidas; digo, ¿es nada?

VORCESTRIA
470
Y se unirán.

ESPUELA ARDIENTE
Está muy bien urdido.

VORCESTRIA
Y hay razones que exigen la premura.
Levantar la cabeza es necesario
Si se han de salvar nuestras cabezas,
Pues por más que tranquilos nos mostremos,
475
Nuestro deudor el Rey pagarnos quiere;
Y no creerá que estamos satisfechos
Hasta que de pagarnos halle modo.
Y ya principia, pues nos hace extraños
A sus demostraciones de cariño.

ESPUELA ARDIENTE
480
Es verdad. Es verdad, nos vengaremos.

VORCESTRIA
Adiós, sobrino. No te precipites,
Hasta que por escrito, ya madura
La ocasión, el camino yo te trace.
Y muy pronto ha de ser. Voy con sigilo
485
Con Glendóver y Mórtimer a unirme,
Donde Duglas y tú con vuestras fuerzas
Han de reconcentrarse, cual disponga,
Y la fortuna nuestra de ese modo
Se sostendrá con nuestros fuertes brazos;
490
Pues harto incierta ahora se mantiene.

NORZUMBRIA
Adiós, hermano. Prosperar confío.

ESPUELA ARDIENTE
Tío, con Dios quedad, y que las horas
¡Ay! vuelen hasta vernos aplaudidos
Por encuentros, mandobles y gemidos.


Acto II

ESCENA PRIMERA

Rochester. – El patio de una posada.
Entra un ARRIERO con un farol.

ARRIERO 1.º
¡Eh! ¡Hola! Si no son las cuatro de la mañana,
que me ahorquen. Ya el carro está sobre la chimenea
nueva, y las caballerías aun no están cargadas. ¡Eh
mozo!

MOZO
(Dentro.) Ya voy, ya voy.

ARRIERO 1.º
Tomás, haz el favor de sacudir la albarda
del capón. Ponle en el arzón más lana. La pobre bestia
tiene lastimada la espaldilla.

Entra otro ARRIERO.

ARRIERO 2.º
La cebada y las habas están aquí más húme-
das que un perro, y nada hay como eso para que las
pobres bestias críen lombrices. Desde que murió Ro-
bín, el posadero, todo en esta casa está patas arriba.

ARRIERO 1.º
¡Pobrecillo! No asomó la risa a sus labios
desde que subió el precio de la avena. Causa fue de su
muerte.

ARRIERO 2.º
Paréceme que para pulgas, no hay más infa-
me casa en toda la carretera de Londres. Más picado
estoy que lo está una tenca.

ARRIERO 1.º
¡Cómo una tenca! ¡Válgame Dios! Desde el
primer canto del gallo no ha habido cristiano rey más
bien mordido que yo.

ARRIERO 2.º
Como no nos dan servicio, del hogar nos
tenemos que valer, y eso cría más pulgas que un espi-
renque.

ARRIERO 1.º
¡Eh! mozo, ven, maldito seas. Ven.

ARRIERO 2.º
Tengo que entregar nada menos que en la
Cruz de Charing un jamón ahumado y un par de raíces
de jengibre.

ARRIERO 1.º
¡Cuerpo de Dios! ¡Están los pavos en la ces-
ta muertos de hambre! ¡Eh, mozo! ¡Mala peste te coja!
¿No tienes ojos en la cara? ¿Estás sordo? ¡Si no es tan
honrada acción, como echar un trago, romperle la cris-
ma, que me emplumen! Ven, y que te ahorquen. No
tienes conciencia.

Entra GADSIL.

GADSIL
Buenos días arrieros. ¿Qué hora es?

ARRIERO 1.º
Creo que serán las dos.

GADSIL
Os ruego que me prestéis el farol: quiero ver
a mi capón, que está en la cuadra.

ARRIERO 1.º
Poco a poco. A fe que sé yo dar una broma
doble mejor que ésa.

GADSIL
Suplico que me prestéis el vuestro.

ARRIERO 2.º
¿Sí? ¿Cuándo? ¿No me lo podéis decir?
¿Conque que os preste el farol, eh? Enhoramala, y que
os cuelguen.

GADSIL
Vos, arriero, ¿cuándo pensáis llegar a Lon-
dres?

ARRIERO 2.º
Con tiempo sobrado para acostarse con luz,
yo os lo aseguro. Vamos, amigo Cacharros, desperte-
mos a esos caballeros. Quieren ir en nuestra compañía,
pues traen mucho equipaje.

(Vanse los arrieros.)

GADSIL
¡Eh, hola, camarero!

CAMARERO
(Dentro.) «A la mano», como dijo el rapa-bolsas.

GADSIL
Tanto vale eso como «a la mano», como dijo
el camarero. Pues os diferenciáis del rapa-bolsas como
se diferencia el que dirige del que trabaja. Vos prepa-
ráis el terreno.

Entra el CAMARERO.

CAMARERO
Buenos días, Sr. Gadsil. Resulta cierto lo
que os dije anoche. Un hacendado de las dehesas de
Kent trae consigo trescientos marcos en oro. Oíselo de-
cir anoche, durante la cena, a uno de sus compañeros,
empleado, o cosas así, en la contaduría. También trae
mucho equipaje, y sabe Dios lo que contendrá. Se han
levantado ya, y están pidiendo huevos fritos. Se van de
seguida.

GADSIL
Pues si no topan con los siervos del diablo, os
doy el pescuezo.

CAMARERO
No. No lo quiero. Conservadlo para el verdu-
go, vos, que sois tan adorador del diablo como el hom-
bre de menos fe.

GADSIL
¿A qué hablarme a mí del verdugo? Si me cuel-
gan, buen par de cebados patíbulos tendremos, porque
el viejo Sir Juan colgaría conmigo, y ya sabéis que no
es ningún escuálido. ¡Bah! Ni siquiera soñáis con los
pajarracos que están dispuestos, por vía de broma, a
honrar la profesión; y, si apurasen el asunto, por su
propio crédito, quedará todo arreglado. Yo no me aso-
cio con pelagatos ni raterillos de tres al cuarto, ni con
locos bigotudos y cari-rojos mosquitos, sino con la no-
bleza y la bienandanza, con burgomaestres y grandes
propietarios, gente de posición, más dispuesta a pegar
que a hablar, y a hablar más que a beber, y a beber
más que a rezar; y, sin embargo, ¡voto va!, miento,
porque piden constantemente a su santo, la sociedad,
o, para decir verdad, no le piden, le toman, y la reco-
rren en todas direcciones para ponerse las botas.

CAMARERO
Si así se calzan, fácil cosa es que esas botas
se calen, si llega a llover.

GADSIL
No se calarán. La justicia misma las engrasa.
Vivimos en una fortaleza, y muy seguros. Tenemos la
receta de la simiente de helecho. Somos invisibles.

CAMARERO
No, señor, vuestra invisibilidad se debe más a
la noche que a la simiente de helecho.

GADSIL
Dadme la mano. Tendréis parte en el negocio,
a fe de hombre veraz.

CAMARERO
Antes bien, jurádmelo a fe de ladrón falaz.

GADSIL
Idos enhoramala. «Homo» es nombre común
a todos los hombres. Decid al mozo que saque de la
(Vanse.) cuadra a mi capón. Adiós, bribonazo.

ESCENA II

Carretera, cerca de Gadsil.
Entran el PRÍNCIPE ENRIQUE y POINS; BARDOLFO y PETO a distancia.

POINS.
Venid, al escondite, al escondite. Hele qui-
tado su caballo a Falstaf, quien chirría como terciopelo
engomado.

ENRIQUE
(Se retiran.) Apartaos.

Entra FALSTAF.

FALSTAF
¡Poins! ¡Poins! ¡Maldito seáis! ¡Poins!

ENRIQUE
(Adelantándose.) Callaos, canalla cebón. ¡Qué
modo de alborotar!

FALSTAF
¿Dónde está Poins, Enrique?

ENRIQUE
(Se retira.) En lo alto del cerro. Voy en su busca.

FALSTAF
Condenado estoy a robar en compañía de ese
ladrón. El muy canalla se llevó mi caballo, y lo ha
amarrado no sé donde. Si doy cuatro pasos más me
quedo sin resuello. Después de todo, voy a morir de
muerte natural si evito el que me ahorquen por matar
a ese pillo. Veintidós años ha que constantemente he
abjurado de su compañía; y, sin embargo, por arte he-
chiceresco, en su compañía me hallo. Muera yo ahorca-
do como no sea que el muy bribón me ha propinado al-
guna droga para que lo quiera; si no, sería imposible.
Poins, Enrique, ¡malditos seáis ambos! Bardolfo, Peto.
Prefiero morirme de hambre a dar un paso más. Soy el
canalla más miserable que ha hincado jamás el diente,
como no sea tan honrada cosa como echar un trago, el
transformarme en hombre de bien y separarme de to-
dos estos bribones. Ocho varas de terreno quebrado son
para mí setenta leguas, y a esos infames de corazón
empedernido, bien les consta. Reniego de los ladrones
(Silban.) que no son leales entre sí. – Anda. Mala peste
en vosotros todos. Dadme mi caballo, canallas, y que
os ahorquen.

ENRIQUE
(Adelantándose) Callaos, tripón. Acostaos y apli-
cad el oído al suelo a ver si oís pasos.

FALSTAF
¿Tenéis cabria para levantarme, si me acuesto?
¡Voto va! Ni por todo el dinero que haya en la tesore-
ría de vuestro padre volveré yo a llevar mis carnes tan
lejos a pie. ¡Qué afán de que monte en cólera!

ENRIQUE
Mentís. No tengo afán de que montéis. Estáis
bien desmontado.

FALSTAF
Por favor, noble príncipe Enrique, buscadme
mi caballo.

ENRIQUE
Callaos, bribón: ¿soy yo, acaso, vuestro mozo
de cuadra?

FALSTAF
Idos, y ahorcaos con vuestras ligas de herede-
ro presunto. Si me cogen, cantaré. Como no os saque
yo coplas a todos al compás de las canciones más cha-
vacanas, envenéneme un vaso de vino de Jerez. El lle-
var tan adelante una broma, y además a pie, es cosa
que detesto.

Entra GADSIL

GADSIL
¡Quieto ahí!

FALSTAF
Quieto estoy y contra mi voluntad.

POINS.
¡Oh! Es nuestro escucha. Conozco su voz.

(Adelantándose con Bardolfo y Peto.)

BARDOLFO
¿Qué noticias hay?

GADSIL
Disfrazaos, disfrazaos. Poneos antifaces. Di-
nero del rey viene cuesta abajo. Va a la tesorería del rey.

FALSTAF
Mentís, bergante; va a la taberna del Rey.

GADSIL
Bastante tendremos todos cuando partamos

FALSTAF
Para la horca.

ENRIQUE
Señores, vosotros cuatro les saldréis al encuen-
tro en el callejón. Poins y yo nos colocaremos más
abajo. Si escaparen, toparán con nosotros.

PETO.
¿Cuántos son?

GADSIL
Unos ocho o diez.

FALSTAF
¡Voto al diablo! Quizá nos roben ellos.

ENRIQUE
¿Qué es eso? ¿Tenéis miedo, Sir Juan Panza?

FALSTAF
Francamente, no soy ningún Juan de Gante,
vuestro abuelo; pero, Enrique, no soy cobarde tampoco.

ENRIQUE
Bien está. Eso se pondrá a prueba.

POINS.
Vuestro caballo, Juan, está detrás del valla-
do. Cuando os haga falta, allí lo encontraréis. Salud y
firmeza.

(Vanse el Príncipe Enrique y Poins.)

FALSTAF
¿No lo debería matar yo aunque me ahorcasen?

ENRIQUE
(Aparte a Poins.) Eduardo, ¿dónde están nues-
tros disfraces?

POINS.
(Aparte a Enrique.) Aquí, a la mano. No os
apartéis de mí.

FALSTAF
Ahora bien, señores. Buena suerte digo yo, y
cada cual a su negocio.

Entran VIAJEROS.

VIAJERO 1.º
495
Vamos vecino. Que del diestro lleve
El mozo a los caballos en la cuesta,
Y las piernas un rato estiraremos.

FALSTAF
¡Alto!

VIAJERO 2.º
¡Jesús nos ampare!

FALSTAF
¡A ellos! Boca abajo. Cortadles el gañote. ¡Hi de
tales! Gusarapos, bribones hartos de pringue. Enemi-
gos de la juventud. Boca abajo. Dejadlos en cueros.

VIAJERO 1.º
¡Oh! Estamos perdidos, y todo cuanto te-
nemos.

FALSTAF
¡Que os ahorquen, gordinflones! ¿Que estáis
perdidos? No, tragones papanatas; ojalá que cuanto tu-
vierais estuviese aquí. Id por delante, lomudos, id por
delante. ¿Qué decís, canallas? Los jóvenes tienen que
vivir. ¿Sois miembros del jurado, no es eso? Pues ya
juraréis a fe mía. (Vanse Falstaf y Gadsil llevándose por delante a los viajeros.) Vuelven a entrar el PRÍNCIPE ENRIQUE y POINS
vestidos con trajes de bocací.

ENRIQUE
Los ladrones han atado a esa honrada gente.
Si ahora vos y yo robamos a los ladrones, y alegremen-
te nos vamos a Londres, será conversación para una se-
mana, motivo de risa para un mes y chiste sempiterno.

POINS.
(Se retiran.) Apartémonos, que los oigo volver.

Vuelven a entrar FALSTAF, GADSIL, PETO y BARDOLFO.

FALSTAF
Vamos, señores, a repartir, y a caballo antes
que amanezca. Si el Príncipe y Poins no son dos cobar-
des insignes, no hay justicia en el mundo. Ese Poins
no tiene ni el valor de una gallareta. (Mientras están repartiéndose el botín, el Príncipe y Poins
caen sobre ellos.)

ENRIQUE
¡La bolsa!

POINS.
¡Villanos! (Gadsil, Peto, Bardolfo y Falstaf, después de breve lucha,
huyen, dejando el botín tras ellos.)

ENRIQUE
Fácil conquista ha sido. Alegremente
Podemos cabalgar. Dispersos huyen
500
Los ladrones de tal pavor henchidos,
Que ni osan reunirse. Cada uno
Un alguacil al compañero juzga.
A huir, Eduardo, pues. Copiosamente
Falstaf sudando va, la seca tierra,
505
Al caminar, de pringue suturando.
Lástima le tuviera, si no fuese
Porque no puedo contener la risa.
¡Cómo rugió el bribón!

(Vanse.)

ESCENA III

Warkworth. – Habitación en el castillo.
Entra ESPUELA ARDIENTE leyendo una carta.

[ESPUELA ARDIENTE.]
... «Pero, señor, por mi parte, mucho me alegraría
estar ahí, por ser grande mi amor a su casa.» – Que se
alegraría mucho; pues, ¿por qué no está? Por ser grande
su amor a nuestra casa. Se ve que ama más a su gra-
nero que a nuestra casa. Sigamos leyendo. «Lo que
emprendéis es peligroso.» Claro está. Peligroso es res-
friarse, dormir, beber; pero debo deciros, señor necio,
que de entre esta ortiga, el peligro, arrancaremos esta
flor, la seguridad. «Lo que emprendéis es peligroso,
dudosos los amigos que nombráis, la ocasión poco pro-
picia, y vuestro plan en su totalidad harto ligero, para
contrapesar oposición tan potente.» ¿Eso decís? ¿Eso
decís? Pues yo os repito que sois un cobarde patán.
Que mentís. ¡Vaya un cerebro huero! ¡Vive Dios! nues-
tro plan es tan bueno como el mejor que se haya tra-
mado. Nuestros amigos son sinceros y leales. Buen plan,
buenos amigos, y estamos llenos de esperanzas. Exce-
lente plan y bonísimos amigos. ¡Vaya un alma de hielo
la de este bribón! Pues sí, el mismo York aprueba el
plan, y, en su conjunto, el camino que nos hemos tra-
zado. ¡Voto al diablo! Si estuviera ahora cerca de ese
tunante, le saltaría los sesos con el abanico de su mu-
jer. ¿No están en ello mi padre y mi tío, y no lo estoy
yo, y no lo están también, Edmundo Mórtimer y el
Arzobispo de York y Oveno Glendóver, y, además
Duglas? ¿No tengo yo todas sus cartas manifestándo-
me que se reunirán conmigo el nueve del mes próximo?
Y, ¿algunos de ellos no están ya de camino? ¡Vaya un
bribón descreído, infiel! ¡Ah! Ya lo veréis. Poseído de
irresistible espanto y cobardía, ahora irá al Rey y le
revelará nuestro proyecto. ¡Oh! me haría pedazos por
haber removido semejante plato de leche desnatada
con el anuncio de tan honrosa empresa. ¡Que lo ahor-
quen! Estamos preparados. Saldré esta noche. Entra LADY PERCY.
¡Hola, Catalina! Tengo que dejarte dentro de un par
de horas.

LADY PERCY
Dueño mío, ¿por qué tan solitario?
510
¿Qué ofensa cometí, que ha dos semanas
Que no comparto el lecho de mi Enrique?
Dime, querido dueño, ¿qué motivo
Te quita el apetito, la alegría
Y el sueño inapreciable? ¿Por qué causa
515
Fijos tienes los ojos en el suelo,
Y cuando solo estás, tan a menudo,
Sobresaltado, de tu asiento saltas?
¿Por qué tu rostro pierde frescura,
Y de mi amor entregas los tesoros
520
A ceñudas ideas, mis derechos
A una melancolía que maldigo?
Guardando yo tus sueños transitorios
Te oí reseñas de empeñadas luchas
Murmurar entre dientes, que gritabas
525
Al animar a tu corcel brioso,
Que «¡valor!», «¡adelante!» repetías,
Que hablabas de trincheras y de tiendas,
Parapetos, salidas, retiradas,
Palizadas, fortines y cañones,
530
Culebrinas y obuses, de rescates
De prisioneros, de soldados muertos
Y de todo lo anejo a fiera lucha.
De tal modo tu espíritu ha bregado,
De tal modo en tus sueños te agitaste,
535
Que gotas de sudor sobre tu frente
Corrían semejando a las burbujas
De arroyo ha poco tiempo removido.
Extrañas expresiones en tu rostro
Se han ostentado, tales cual ocurren
540
Cuando queda el aliento retenido
Al recibo de orden perentoria.
¿Esto qué significa? Grande empresa
Entre manos tener debe mi dueño,
Y yo lo he de saber o no me amas.

ESPUELA ARDIENTE
545
¡Hola!
Entra un SIRVIENTE.
¿Partió ya Gilliams?

SIRVIENTE
Ha una hora.

ESPUELA ARDIENTE
¿Del Jerif los caballos trajo Butler?

SIRVIENTE
Un caballo, señor, ahora ha traído.

ESPUELA ARDIENTE
¿Qué caballo? decid. ¿Es un roano,
550
De orejas cortas?

SIRVIENTE
Sí, señor.

ESPUELA ARDIENTE
Mi trono
Va a ser ese roano. En este instante,
A montar. ¡Oh esperance! Ve, dile a Butler
Que lo conduzca al parque.

(Vase el sirviente.)

LADY PERCY
Dueño mío,
Escúchame.

ESPUELA ARDIENTE
¿Qué dice mi señora?

LADY PERCY
555
De aquí, di, ¿qué te lleva?

ESPUELA ARDIENTE
Mi caballo.
Sí, prenda. Mi caballo.

LADY PERCY
Mono mío,
Casquivano. Ni una comadreja
Es posible que tenga los arranques
Que tienes tú. Yo he de saber, lo juro,
560
Lo que te ocupa. He de saberlo, Enrique...
Me temo yo que Mórtimer, mi hermano,
Acerca de sus títulos se agita,
Y, para que lo ayudes tú, te busca;
Pero si vas...

ESPUELA ARDIENTE
¿A pie tan lejos, prenda?
565
Me cansaré.

LADY PERCY
Ven, periquito mío,
Ven, contéstame tú directamente
A esta pregunta. Enrique, no me engañes,
O la verdad me dices, o a fe mía,
Que este dedo meñique te disloco.

ESPUELA ARDIENTE
570
Anda, anda, poco juicio. ¿Yo quererte?
No te quiero. Por ti nada me importa,
Catalina. Este mundo no se hizo
Para jugar en él a las muñecas,
Ni para que se luche con los labios.
575
Narices hacen falta ensangrentadas,
Cabezas rotas, y que todo pase
Cual corriente moneda. – ¡Mi caballo!
¿Qué dices, Catalina? ¿Qué me pides?

LADY PERCY
¿Que no me quieres tú? ¿Que no me quieres?
580
Está bien. Como tú ya no me quieras,
No me querré, tampoco, yo a mí misma.
¿De verdad no me quieres? Vaya, dime
Si me hablabas de veras o de burlas.

ESPUELA ARDIENTE
Ven. ¿Montar a caballo quieres verme?
585
Pues cuando esté a caballo, que te quiero
Inmensamente te diré. Mas oye:
De hoy más, no me preguntes, Catalina,
Adónde voy, ni para qué tampoco
Caviles tú. Yo iré, donde ir es fuerza.
590
Y, en conclusión, precisa que esta tarde
Te deje yo, querida Catalina.
Sé que discreta eres – tan discreta,
Cual puede serlo la mujer de Percy.
Enérgica también –, cuanto es posible
595
Que lo sea mujer, y tan callada
Como la más callada, porque creo
Que no divulgarás lo que no sepas;
Y hasta ese punto en ti yo deposito
Mi confianza, amada Catalina.

LADY PERCY
600
Mas ¿cómo? ¿Hasta ese punto?

ESPUELA ARDIENTE
Ni siquiera
Una pulgada más. Vendrás conmigo
Donde vaya, no obstante, Catalina.
Hoy parto yo, tú partirás mañana.
¿Te place, Catalina?

LADY PERCY
No hay remedio.

(Vanse.)

ESCENA IV

Estchepia. – Cuarto en la taberna Cabeza del Jabalí.
Entra el PRÍNCIPE ENRIQUE.

ENRIQUE
Eduardo, salid de ese cuarto nauseabundo y
ayudadme a reír un rato.

Entra POINS.

POINS.
¿Dónde habéis estado, Enrique?

ENRIQUE
Con tres o cuatro brutos, entre tres o cuatro
pipas de vino. He llegado a herir a las más bajas notas de
la humildad. Hanme declarado cofrade de una traílla
de mozos de taberna, y ya los conozco a todos por su
nombre de pila, como verbigracia, Tomás, Ricardo,
Francisco. Juran por su ánima, que aunque sea yo Prí-
cipe de Gales, soy a la par el Rey de la Cortesía, y afir-
man netamente que no soy un orgulloso, como Falstaf,
sino un gitano, un mozo de brío, un buen muchacho.
Os juro que si así me llaman y me dicen que cuando sea
Rey de Inglaterra, tendré a mis órdenes a todos los
mozos buenos de Estchepia. El beber en demasía es,
según ellos, teñirse de escarlata, y cuando se toma
aliento al beber, dicen «upa» y os ordenan tragar
todo. En resumen, he adelantado de tal modo en un
cuarto de hora, que puedo beber con cualquier calde-
rero hablándole en su propia jerga durante toda mi
vida. Dígote, Eduardo, que has perdido mucho en no
haberme acompañado en esta empresa; pero dulce
Eduardo, para endulzar tu nombre de Eduardo, te re-
galo estos cuatro maravedís de azúcar, que ahora mis-
mo puso en mis manos un sota-mozo, uno que no ha-
bla más inglés que para decir «ocho chelines y seis
peniques» y «señor, bienvenido», con el agregado a
gritos de «ya voy, señor, ya voy», o «medid un cuartillo
de moscatel para el cuarto de la media luna»; o cosa
semejante. Pero, Eduardo, pasad el tiempo como podáis
hasta que venga Falstaf. Quedaos en algún cuarto de
aquí cerca, mientras que yo le pregunto a mi mozo
chiquitín con qué objeto me ha dado ese azúcar, y
mientras tanto, vos no dejéis de gritar, «Francisco», a
fin de que su cuento quede reducido a «ya voy». Idos, y
yo os enseñaré el cómo.

(Vase Poins.)

POINS.
¡Francisco!

ENRIQUE
Perfectamente.

POINS.
¡Francisco!

Entra FRANCISCO.

FRANCISCO
Ya voy, señor, ya voy. ¡Atended al cuarto de
la granada!

ENRIQUE
Venid aquí, Francisco.

FRANCISCO
¡Señor!

ENRIQUE
¿Cuánto tiempo hace que servís, Francisco?

FRANCISCO
Cinco años, y además...

POINS.
(Dentro.) ¡Francisco!

FRANCISCO
Ya voy, señor, ya voy.

ENRIQUE
¡Cinco años! Larga fecha es para oír sonar ca-
charros. Pero, Francisco, ¿seríais capaz de representar
el papel de cobarde ante vuestro contrato y de ense-
ñarle los talones echándoos a correr?

FRANCISCO
¡Oh, señor, capaz soy yo de jurar poniendo
la mano sobre todos los libros de Inglaterra, que en
mi pecho...

POINS.
(Dentro.) ¡Francisco!

FRANCISCO
Ya voy, señor, ya voy.

ENRIQUE
¿Qué edad tenéis, Francisco?

FRANCISCO
Veamos. Por San Miguel, cumpliré...

POINS.
(Dentro.) ¡Francisco!

FRANCISCO
Ya voy, señor. – Esperadme, señor, un mo-
mento.

ENRIQUE
Sí, pero escuchad, Francisco. Con respecto a
ese azúcar que me disteis, valía cuatro maravedís; ¿no
es cierto?

FRANCISCO
¡Ah, señor, ojalá hubiera valido el doble!

ENRIQUE
Por ese azúcar os daré yo mil libras. Pedídme-
las cuando queráis, y las tendréis.

POINS.
(Dentro.) ¡Francisco!

FRANCISCO
¡Ya voy, ya voy!

ENRIQUE
¿Ya voy, Francisco? ¿Ya? No, Francisco. Ma-
ñana, Francisco, o el jueves, o por mejor decir, cuando
os dé la gana; pero Francisco...

FRANCISCO
Señor.

ENRIQUE
¿Os atrevéis a robar a ese que lleva jubón de
cuero, botones de cristal, rapado el pelo, anillo de ága-
ta, medias obscuras, ligas de lana, de bondadosa apa-
riencia y que trae alforjas españolas?

FRANCISCO
¡Ay, señor! ¿qué decís?

ENRIQUE
Pues en ese caso, moscatel será vuestra única
bebida, porque, Francisco, esa almilla de blanca jerga
se ensuciará. Ni en Berbería lo pasaréis peor.

FRANCISCO
¿Qué, señor?

POINS.
(Dentro.) ¡Francisco!

ENRIQUE
Idos tunante. ¿No oís que os están llamando?

(Poins y el Príncipe llaman a la vez a Francisco, quien perma-
nece indeciso sin saber adónde acudir)
Entra el TABERNERO.

TABERNERO
¿Cómo? ¿Ahí te estás parado mientras que a gri-
tos te están llamando? Atiende a los parroquianos. –
Señor, el viejo Sir Juan con media docena de personas
más están a la puerta. ¿Los dejo entrar?

ENRIQUE
Que esperen un rato, y luego, les abrís. (Vase el Tabernero.)
¡Poins!

Vuelve a entrar POINS.

POINS.
¡Ya voy, señor, ya voy!

ENRIQUE
Ese Falstaf y los demás ladrones están a la
puerta. ¿Nos divertimos?

POINS.
Como grillos, muchacho; pero oíd: ¿qué
sacáis de la broma que habéis dado a ese mozo? ¿Qué va
a salir de ahí?

ENRIQUE
Ahora estoy dispuesto a seguir todas las bro-
mas que se hayan iniciado desde la época del buen
Adán hasta la inmatura edad presente; las doce de la
noche. ¿Qué hora es, Francisco?

FRANCISCO
(Dentro.) ¡Ya voy, Señor, ya voy!

ENRIQUE
Parece mentira que ese mozo sea hijo de mu-
jer, y gaste menos palabras que un loro. Su industria
es subir y bajar escaleras. Su elocuencia, la suma de una
cuenta. – Todavía no soy yo del modo de pensar de Per-
cy, el Espuela Ardiente del Norte. Ese que mata a
seis o siete docenas de escoceses antes de almorzar, se
lava las manos, y dice a su mujer: «Oprobio es tan tran-
quila existencia. Necesito trabajar.» «¡Oh mi querido
Enrique! dice ella, ¿cuántos has matado hoy?» «Dale
agua a mi rocino, dice él», y responde «Unos catorce
hará una hora». ¡Bagatela, bagatela! – Os suplico que
llaméis a Falstaf. Yo haré el papel de Percy, y ese mal-
dito carnaza hará el papel de su esposa, mi señora Mór-
timer. «Rivo», como dice el borracho. Que entre ese
costillar. Que entre ese sebo.

Entran FALSTAF, GADSIL, BARDOLFO y PETO, seguidos de FRANCISCO, que trae vino.

POINS.
Bienvenido, Juan. ¿Dónde habéis estado?

FALSTAF
Mala peste en todos los cobardes, digo yo; y
malditos sean, y amén. Dame una copa de Jerez, mucha-
cho. Antes de seguir esta clase de vida mucho tiempo
más, prefiero hacer calcetas, componerlas, y aun echarles
nuevas plantas. Mala peste en todos los cobardes. Dame
una copa de Jerez, tunante. No hay ya virtud.

ENRIQUE
¿No habéis visto nunca a Febo acariciar a la
manteca, a la manteca de tierno corazón que se derrite
en presencia del sol? Pues si lo habéis visto, vedlo aquí
también.

FALSTAF
Bribón – y además, han echado cal en este Je-
rez. – Sólo bribonería da de si la infame condición huma-
na; pero, no obstante, peor es un cobarde que una copa
de Jerez con cal. Sigue tu camino, viejo Juan, y muérete
cuando gustes, y si no es cierto que la virilidad, la ver-
dadera virilidad es cosa ya olvidada en la tierra, tén-
ganme por arenque desovado. No hay ni tres hombres
de bien sin ahorcar en Inglaterra, y uno de ellos está
gordo y va envejeciendo. ¡Dios nos ampare! Perverso
mundo es éste! ¡Ojalá fuera tejedor! Cantara salmos, o
haría cualquier otra cosa. Mala peste en todos los cobar-
des, digo y repito.

ENRIQUE
¿Qué es eso, colchón? ¿Qué murmuráis?

FALSTAF
¡Hijo de un Rey! Como no lograra yo arrojaros
del reino con un cuchillo de palo y llevarme por delan-
te a todos vuestros súbditos cual bandada de gallere-
tas, jamás debería volver a gastar pelos en la cara. ¡Vos
príncipe de Gales!

ENRIQUE
Pero, hi de tal, hombre pelota, ¿qué pasa?

FALSTAF
¿No sois un cobarde? Contestad; y ¿no lo es
también Poins?

ENRIQUE
¡Voto va! Panza, si me volvéis a llamar cobar-
de, os paso.

FALSTAF
¡Yo llamaros cobarde! Condenado quiero veros
antes de que yo os llame cobarde; pero daría mil li-
bras para poder correr tan a prisa como vos corréis.
Vuestras espaldas están bastante bien formadas, y no se
os importa quién os las mira; y ¿es eso guardar las es-
paldas a vuestros amigos? Mala peste en semejantes es-
paldares. Prefiero yo a quienes se me presentan cara a
cara. Dadme una copa de Jerez. Llámenme bribón si
he echado ni siquiera un trago hoy.

ENRIQUE
¡Ah, infame! Aun están húmedos vuestros la-
bios de la última vez que bebisteis.

FALSTAF
Es igual. Mala peste en todos los cobardes, re-
pito yo.

ENRIQUE
¿Qué ocurre?

FALSTAF
¿Qué ocurre? Aquí estamos cuatro que esta
mañana nos apoderamos de mil libras.

ENRIQUE
¿Dónde están, Juan? ¿Dónde están?

FALSTAF
¿Dónde están? Nos las quitaron. Eran ciento
contra miserables cuatro.

ENRIQUE
¡Hombre, ciento!

FALSTAF
Bribón me llamen si no medí yo mi espada
contra las de una docena dos horas consecutivas. Es-
capé de milagro. Ocho veces me atravesaron el jubón, y
el calzón cuatro. Mi adarga quedó hecha pedazos, y mi
espada mellada como una sierra. Jamás me he portado
mejor desde que soy hombre, pero todo fue inútil. ¡Mala
peste en todos los cobardes! Que hablen éstos. Si dicen
otra cosa que no sea la pura verdad, son unos villanos
e hijos del infierno.

ENRIQUE
Hablad, señores; ¿cómo fue?

GADSIL
Nosotros cuatro nos lanzamos sobre unos doce.

FALSTAF
Eran lo menos diez y seis, señor.

GADSIL
Y los atamos.

PETO.
No, no, no se les ató.

FALSTAF
Se ató a todos, bergante, o llámenme si no
judío, judío berberisco.

GADSIL
Estando en el reparto, seis o siete de refresco
cayeron sobre nosotros...

FALSTAF
Desataron a los demás, y después vinieron los
otros.

ENRIQUE
¡Cómo! ¿Luchasteis contra todos?

FALSTAF
¿Todos? Yo no sé lo que vos llamáis todos;
pero si no luché contra cincuenta, llámenme manojo de
rábanos. Si no cayeron cincuenta y dos o cincuenta y
tres sobre el pobre vejete Juan, no soy yo animal de
dos pies.

ENRIQUE
Rogad a Dios que no hayáis matado a alguno.

FALSTAF
Para eso ya no valen ruegos. He salpimentado a
dos. He saldado las cuentas de dos bribones vestidos con
trajes de bocací. Escuchadme, Enrique, y si os miento,
escupidme al rostro y llamadme matalote. Vos conocéis
mi antiguo quite. Así estaba yo, y así empuñaba la es-
pada. Cuatro bribones vestidos de bocací me atacaron.

ENRIQUE
¿Cómo cuatro? Ahora mismo me dijisteis que dos.

FALSTAF
Cuatro, Enrique. Dije cuatro.

POINS.
Sí, sí. Dijo cuatro.

FALSTAF
Vinieron esos cuatro de frente y furiosamente
me atacaron, pero sin perturbarme, recibí sus siete es-
tocadas en mi adarga. – Así.

ENRIQUE
¡Siete! Pues si ahora mismo no había más que
cuatro.

FALSTAF
¿Con vestidos de bocací?

POINS.
Sí, cuatro con vestidos de bocací.

FALSTAF
Siete por la cruz de esta espada, o llámenme vi-
llano si no.

POINS.
Dejadlo. Pronto tendremos más.

FALSTAF
¿Me estáis oyendo, Enrique?

ENRIQUE
Sí, y con mucha atención, Juan.

FALSTAF
Vale la pena oírlo. A esos nueve vestidos de
bocací de quienes hablaba.

ENRIQUE
Bien. Ya tenemos dos más.

FALSTAF
Viendo rotas las puntas de sus espadas...

POINS.
Y cayéndoseles los calzones...

FALSTAF
Comenzaron a retroceder; pero yo los acosé
violentamente, y en un abrir y cerrar los ojos, despaché
a siete de los once.

ENRIQUE
¡Qué monstruosidad! De dos, salir once hom-
bres con vestidos de bocací.

FALSTAF
Pero quiso el demonio que tres pillos malnaci-
dos, con vestidos de color verde que usan los bandidos,
me atacaran por la espalda, porque era tan grande la
obscuridad, que ni podía verme las manos.

ENRIQUE
Tan gordas son estas mentiras como el padre
que las ha engendrado. Enormes como montañas, des-
caradas y patentes. Tripón de escaso seso, tonto de ca-
pirote, hi de tal, libidinoso grasiento, rollo de sebo…

FALSTAF
¿Pero estáis loco? ¿La verdad deja de ser ver-
dad?

ENRIQUE
¿Cómo podíais saber que esa gente estaba con
vestidos del color verde que usan los bandidos, en obs-
curidad que os impedía veros vuestras propias manos?
Vamos, dad una explicación. ¿Qué respondéis a esto?

POINS.
Vamos dad una explicación, Juan, una expli-
cación.

FALSTAF
¿Cómo? ¿A la fuerza? No, aunque me amenaza-
ran con el Estrapado y con todos los tormentos del
mundo; a la fuerza, no la daría. ¡Dar explicaciones a la
fuerza! Aunque explicaciones tuviera a la mano tan nu-
merosas como hay zarzamoras, a hombre alguno daría
yo una explicación a la fuerza.

ENRIQUE
No quiero por más tiempo ser cómplice de se-
mejante pecado. Este cobarde borracho, este aplanador
de colchones, este revienta-caballos, esta montaña de
carne...

FALSTAF
Atrás, escuálido, piel de anguila, ahumada len-
gua de ternera, bergajo, bacalao. ¡Quién tuviera resue-
llo para decir a lo que os asemejáis! Vara de sastre,
vaina, funda de arco, miserable florete ambulante...

ENRIQUE
Bien. Tomad resuello, y luego, proseguid, y
cuando os hayáis cansado rebuscando viles compara-
ciones, oíd lo que os tengo que decir.

POINS.
Atención, Juan.

ENRIQUE
Nosotros vimos que vosotros cuatro atacasteis
a otros cuatro. Que los atasteis y que os apoderasteis
de lo que llevaban. Atención ahora. Sencilla historia os
va a confundir. Nosotros dos entonces caímos sobre
vosotros cuatro; y, en una palabra, os arrebatamos
vuestra presa. Sí, señor; y os la podemos enseñar en
esta casa misma. Y vos, Falstaf, cargasteis bonitamente
con vuestras tripas con extraordinaria destreza y agi-
lidad, y berreasteis pidiendo misericordia, corriendo y
berreando siempre, como jamás becerro alguno ha co-
rrido y berreado... ¡Qué pobre hombre sois vos, que me-
lláis vuestra espada y aseguráis haber batallado! ¿Qué
recurso, qué invención, qué subterfugio encontraréis
ahora para eludir tan claro y manifiesto oprobio?

POINS.
Vamos a ver, Juan. ¿Qué recurso os queda?

FALSTAF
¡Vive Dios! Os conocí tan bien como os podría
haber conocido la madre que os parió. Vamos, oídme,
señores. ¿Iba yo a matar al presunto heredero? ¿Iba yo a
ir contra un legítimo príncipe? ¡Vamos! Bien sabéis que
soy valiente como Hércules. Pero, ved lo que es el ins-
tinto. El león no ataca jamás a un legítimo príncipe.
Es mucho lo que puede el instinto. Por instinto me
mostré cobarde. Tendré durante el tiempo que me resta
de vida mejor opinión de mí y de vos; de mí como león
valiente, de vos como legítimo príncipe. Pero, ¡vive
Dios! muchachos... ¡Cuánto celebro que tengáis el dinero!
(gritando a la patrona) Patrona , portazos a las puertas.
Esta noche a velar, mañana rezaréis. Valientes,
rapaces, chiquillos, corazones de oro, ¿qué compinches
hay en el mundo que merezcan los calificativos que
merecéis vosotros? Vamos a ver. ¿Nos divertimos? ¿Qué
os parece una comedia improvisada?

ENRIQUE
Perfectamente. Y que el argumento sea vues-
tra huída.

FALSTAF
¡Ah! No hablemos más de eso, Enrique, si de-
veras me queréis.

Entra CELESTINA.

CELESTINA
¡Ay Jesús! señor Príncipe.

ENRIQUE
Ahora bien; señora patrona, ¿qué me tenéis
que decir?

CELESTINA
Señor, un noble de la corte está a la puerta
y desea hablaros. Dice que viene de parte de vuestro
padre.

ENRIQUE
Para que sea persona real, dadle una corona y
encaminadlo a mi madre.

FALSTAF
¿Qué clase de hombre es?

CELESTINA
Un anciano.

FALSTAF
¿Qué tiene que hacer persona tan grave fuera
del lecho a media noche? ¿Le doy yo la respuesta que
merece?

ENRIQUE
Sí, Juan.

FALSTAF
(Vase.) Ya haré yo que se vaya más que de prisa.

ENRIQUE
Ahora bien, señores. ¡Voto a la Virgen! pe-
leasteis bien, y vos también, Peto, y vos también, Bar-
dolfo. También sois leones y echasteis a correr por
instinto. ¿Cómo ibais vosotros siquiera a tocar a un
legítimo príncipe? ¡Qué horror!

BARDOLFO
Yo eché a correr cuando vi correr a los demás.

ENRIQUE
Decidme ahora, hablando formalmente: ¿por-
qué está mellada la espada de Falstaf?

PETO.
Pues la melló con su puñal, y dijo que aunque
a fuerza de juramentos desterrara de Inglaterra a la
verdad, os haría creer que había sido en lucha, y nos
indujo a hacer lo propio.

BARDOLFO
Y a pincharnos con grama las narices a fin de
hacernos sangre, y con ella manchar los vestidos, y
asegurar que era sangre de honrada gente. Hice lo que
no he hecho en estos últimos siete años. Me sonrojo
oyendo sus monstruosas invenciones.

ENRIQUE
¡Ah, villano! Tú robaste una copa de vino de
Jerez hace diez y ocho años, se te pegó la costumbre, y
desde entonces, sonrojado estás constantemente. Fuego
y hierro tenías a la mano; y, a pesar de eso, echaste a
correr. ¿Qué instinto te indujo a ello?

BARDOLFO
Señor, ¿veis esos meteoros? ¿Contempláis esas
exhalaciones?

ENRIQUE
Sí.

BARDOLFO
¿Qué creéis que auguran?

ENRIQUE
Hígados irritados y bolsas exánimes.

BARDOLFO
Cólera, señor, si bien se mira.

ENRIQUE
No; si bien se mira, la horca. Aquí viene el es-
cuálido Juan. Aquí viene Huesos pelados. Vuelve a entrar FALSTAF.
Ahora bien, deliciosísimo fanfarrón, ¿cuánto tiempo
hace que le echasteis el ojo a vuestra propia rodilla?

FALSTAF
¡A mi propia rodilla! Cuando tenía Enrique
sobre poco más o menos vuestra misma edad, podía
circundar mi cintura la garra de un águila. Pudiera
haberme escurrido por el anillo del dedo pulgar de al-
gún corregidor. ¡Mal hayan los suspiros y las penas que
llegan a hinchar al hombre como si fuese vejiga! Trai-
go malas noticias. Ahí vino Sir Juan Bracy de parte-
de vuestro padre. Tenéis que ir a la corte mañana.
Percy, ese loco del Norte, y ese Galés que ha dado una
paliza a Maimón, que le ha puesto los cuernos a Luci-
fer y ha hecho que el diablo le jure pleito homenaje
sirviéndole de cruz un gancho galés... ¿Cómo diablos se
llama?

POINS.
¡Oh, Glendóver!

FALSTAF
Oveno, Oveno. El mismo, y su yerno Mórtimer,
y el viejo Norzumbria, y ese animoso escocés entre los
escoceses Duglas, que sube a caballo a galope una
cuesta perpendicular...

ENRIQUE
¿Ese que cabalga a escape y con una pistola
mata a un gorrión que vuela?

FALSTAF
Disteis en ello.

ENRIQUE
Mejor que él en los gorriones.

FALSTAF
Pues ese tunante es muy valiente; no es capaz
de echar a correr.

ENRIQUE
Vaya si sois vos tunante. ¿No lo acabéis de
alabar por correr?

FALSTAF
A caballo, sí, chorlito; pero a pie, no retrocede
una pulgada de terreno.

ENRIQUE
Sí, Juan, si el instinto le impulsa a ello.

FALSTAF
Concedo, si le impulsa el instinto. Pues con
ellos están también un tal Mórdac y mil escoceses más.
Vorcestria ha desaparecido esta noche. La barba de
vuestro padre con estas noticias ha encanecido. Ahora
sí que se pueden comprar tierras tan a buen precio
como arenques podridos.

ENRIQUE
Entonces, es probable que si hace calor en el
mes de Junio, y este pugilato civil se aguanta, se com-
pren doncellas por cientos, como se compran clavos.

FALSTAF
¡Vive Dios! rapaz, que estás en lo cierto. Posi-
ble es que tengamos buena cosecha; pero dime, Enri-
que, ¿no tenéis un miedo atroz? Siendo, como sois, he-
redero presunto, ¿sería posible que encontrarais en todo
el mundo peores enemigos que ese lucifer de Duglas,
que ese incubo de Percy y que ese diablo de Glendó-
ver? ¿No tenéis un miedo atroz? ¿No se os hiela la
sangre?

ENRIQUE
Ni pizca. Me hace falta un poco de vuestro
instinto.

FALSTAF
Mañana, cuando os presentéis a vuestro padre,
os va a reñir terriblemente. Si me creéis, preparad
una respuesta.

ENRIQUE
Haced vos de padre mío, e interrogadme acer-
ca de mi conducta.

FALSTAF
¿Lo hago? Bueno. Este asiento será mi trono;
este puñal mi cetro, y este cojín mi corona.

ENRIQUE
¡Vuestro augusto trono un taburete; vuestro
áureo cetro un puñal de plomo, y vuestra rica y pre-
ciosa corona un miserable cráneo sin pelo!

FALSTAF
Está bien. Si no se ha extinguido en vos por
completo el sacro fuego de la gracia, ahora os vais a
conmover. Dadme una copa de Jerez a fin de que mis
ojos se enardezcan y se crea que he llorado. Preciso es
que hable apasionadamente, y lo haré en la vena del
Rey Cambises.

ENRIQUE
Bien. Ya está aquí mi pierna doblada.

FALSTAF
Y aquí está mi discurso. – Nobles, apartaos.

CELESTINA
¡Jesús mío! ¡Qué divertido espectáculo es éste!

FALSTAF
No lloréis, amada reina mía. Inútilmente co-
rren esas lágrimas.

CELESTINA
Miren al padre y que serio se pone.

FALSTAF
605
Por Dios, señores, a mi triste reina
Llevaos de aquí, las lágrimas que vierte
Obstruyen las esclusas de sus ojos.

CELESTINA
Jesús mío, lo hace como cualquiera de esos pí-
caros comediantes.

FALSTAF
Silencio, media azumbre. Silencio, vino duro. –
Enrique, me maravilla saber, no sólo cómo empleas el
tiempo, sino con quienes te acompañas, porque aunque
mientras más hollada, más rápidamente crece la man-
zanilla; la juventud, por el contrario, mientras más de
ella se abusa, más pronto se gasta. Mi hijo eres tú; por
una parte, tu madre me lo asegura, y por otra, ésa es mi
opinión; pero lo que más garantiza esta convicción, es
esa lastimosa peculiaridad de tus ojos, y esa estúpida
depresión de tu labio inferior. Pues bien; si efectiva-
mente eres hijo mío, el punto es éste: ¿por qué, siendo
mi hijo, te señalan todos con el dedo? ¿Va el bendi-
to sol de los cielos a convertirse en vagabundo y a
comer zarzamoras? ¿Va a convertirse el hijo de Ingla-
terra en ladrón y en rapabolsas? Es necesario hacer
esta pregunta. Hay una cosa, Enrique, de la que tú
habrás oído hablar a menudo, y que es conocida por la
gente de nuestro país con el nombre de alquitrán. Este
alquitrán, según sostienen antiguos escritores, man-
cha; pues del mismo modo manchan las gentes con
quienes alternas. Porque, Enrique, ahora no te hablo
harto de vino, sino con lágrimas en los ojos, no con
ira, sino con pena; no con palabras únicamente, sino
lleno de pesares; y, sin embargo, he visto que a menu-
do te acompaña un hombre virtuosísimo, cuyo nombre
ignoro.

ENRIQUE
Decidme, si place a vuestra majestad, qué
clase de hombre es ése.

FALSTAF
Hombre de buena presencia a fe mía y corpu-
lento. De plácida expresión, alegre mirada y nobilísi-
mo porte, y paréceme que de unos cincuenta años, o
¡válgame la Virgen! cerca de los sesenta. Y ahora me
recuerdo; se llama Falstaf. Si semejante hombre resul-
tara libertino, me he engañado; porque, Enrique, en su
mirada veo yo patente la virtud. Así, pues, si al árbol
se conoce por el fruto, como al fruto por el árbol, pe-
rentoriamente declaro yo que en ese Falstaf anida la
virtud. Conservad, pues, su amistad; pero separaos de
los demás. Y dime tú ahora, picarón, ¿dónde has esta-
do todo este mes?

ENRIQUE
¿Habláis como Rey? Ocupad mi puesto, y yo
representaré el papel de mi padre.

FALSTAF
¿Me desposeéis? Si lo representáis con la mitad
de la nobleza y majestad que yo, tanto en la palabra co-
mo en la acción, que me cuelguen de los talones como
conejillo o liebre en una recoba.

ENRIQUE
Bien, ya he tomado asiento.

FALSTAF
Y aquí estoy yo de pie.

ENRIQUE
Ahora bien; Enrique, ¿de dónde vienes?

FALSTAF
Soberano, de Estchepia.

ENRIQUE
Grandes son las quejas que de ti me dan.

FALSTAF
¡Voto va, señor; falsedades! Ahora veréis, a fe
mía, cómo os hace reír un joven príncipe.

ENRIQUE
Echas votos, joven impío. No vuelvas más a
mirarme al rostro. Te separan violentamente de tu
eterna salvación. Un demonio te persigue en forma de
un viejo obeso. Un hombre tonel es tu compañero. ¿Por
qué te tratas con ese pellejo de líquido? ¿Con ese arte-
són de bestialidades? ¿Con ese lío hidrópico y abotar-
gado? ¿Con esa inmensa pipa de vino de Jerez? ¿Con
esa maleta de tripas? ¿Con ese buey relleno? ¿Con esa
iniquidad canosa? ¿Con ese abuelo rufían? ¿Con ese ve-
jestorio frívolo? ¿Para qué sirve sino para paladear y
beber Jerez? ¿Qué hace con primor y limpieza sino
trinchar y comerse un capón? ¿En qué demuestra su
ingenio sino con su astucia? ¿Y su astucia, en qué la
demuestra sino con su bribonería? ¿Y su bribonería, en
qué si no en todas las ocasiones y para qué sirve si no
para absolutamente nada?

FALSTAF
Desearía que vuestra majestad me permitiera
comprender lo que dice. ¿A quién alude vuestra ma-
jestad?

ENRIQUE
A ese infame, aborrecible pervertidor de la ju-
ventud, Falstaf. A ese viejo barbicano Satanás.

FALSTAF
Señor, conozco a ese hombre.

ENRIQUE
Sé que lo conoces.

FALSTAF
Pero decir que sepa yo que es peor de lo que yo
soy, fuera decir más de lo que sé. Que es viejo. Tanto
más de lamentar es. Sus canas lo atestiguan; pero que
sea, con perdón de vuestra majestad, libidinoso, lo
niego rotundamente. Dios ampare a los delincuentes. Si
ser viejo y alegre es pecado, entonces, muchos viejos
camaradas conozco yo que condenados también están.
Si ser gordo es ser odioso, entonces amar se debe al
flaco ganado de Faraón. No, noble señor, desterrad a
Peto, desterrad a Bardolfo, desterrad a Poins; pero no
desterréis al amable Falstaf, a bondadoso Falstaf, al
leal Falstaf, al valiente Falstaf, tanto más valiente por
ser, como es, el viejo Juan Falstaf. No lo separéis de la
sociedad de vuestro Enrique. Desterrar al gordinflón
Juan es como desterrar al mundo entero.

ENRIQUE
(Se oye llamar a la puerta) Sí, lo destierro.

(Vanse Celestina, Francisco y Bardolfo.)
Vuelve a entrar BARDOLFO apresuradamente.

BARDOLFO
¡Oh, señor! El Jerif, con numerosa guardia, está
a la puerta.

FALSTAF
Callad, bribón. Siga la comedia. Tengo mucho
que alegar en favor de Falstaf.

Vuelve a entrar CELESTINA.

CELESTINA
¡Ay, Jesús mío, señor, señor!

ENRIQUE
¡Bah, bah! El diablo que cabalga en un arco de
violín. ¿Qué ocurre?

CELESTINA
El Jerif y toda la guardia está a la puerta. Vie-
nen a registrar la casa. ¿Los dejo entrar?

FALSTAF
¿Lo estáis viendo, Enrique? Nunca toméis mo-
neda falsa como oro de ley. Sois un loco de atar, sin
parecerlo.

ENRIQUE
Y vos un cobarde nato sin instinto.

FALSTAF
Niego la mayor. Si rehusáis recibir al Jerif,
sea. Si no, que entre. Si no hago yo tan buen papel como
otro cualquiera en su caso, reniego de mi educación.
Confío en que un dogal me ahorcará tan fácilmente co-
mo al que más.

ENRIQUE
Idos. Escondeos detrás del tapiz. Los demás,
que se vayan arriba. Ahora, señores, buena cara y con-
ciencia tranquila.

FALSTAF
Ambas cosas tuve; pero pasó su época, y por
lo tanto, me escondo.

ENRIQUE
Haced que entre el Jerif.
(Vanse todos menos el Príncipe Enrique y Poins.)
Entra el JERIF y un ARRIERO.
Decid, señor Jerif qué se os ofrece.

JERIF
610
Perdonadme, señor. Hasta esta casa
El público clamor, a ciertos hombres
Siguiendo viene.

ENRIQUE
Quiénes son.

JERIF
Es uno,
Señor, muy conocido. Grande y gordo.

ARRIERO
Gordo como manteca.

ENRIQUE
No se halla
615
Tal hombre, os lo aseguro, en este sitio,
Pues lo empleé yo mismo ha breve rato.
Mas, Jerif, mi palabra os comprometo
De que a la hora de comer mañana
Os lo enviaré para que os dé respuesta
620
A vos o a cualquier otro por aquello
De que acusado esté. Con esto os pido
Que me hagáis el favor de retiraros.

JERIF
Lo haré, Señor. Trescientos marcos suma
La cantidad robada a dos señores.

ENRIQUE
625
Puede ser. Si a esos hombres ha robado,
Tendrá que responder forzosamente,
Y así, pasadlo bien.

JERIF
Muy buenas noches.

ENRIQUE
¿No os parece mejor muy buenos días?

JERIF
Verdad, señor. Las dos han dado, creo.

(Vanse el Jerif y el Arriero.)

ENRIQUE
Este pringoso bribón, es más conocido que
la catedral de San Pablo. Haced que salga.

POINS.
¡Falstaf! Dormido profundamente detrás del
tapiz, y roncando como un caballo.

ENRIQUE
Oíd, con qué dificultad resuella. Registradle
(Poins registra a Falstaf los bolsillos.) los bolsillos. ¿Qué encontrasteis?

POINS.
Señor, papeles no más.

ENRIQUE
A ver qué papeles son ésos. Leedlos.

POINS.
(Leyendo.) Idem un capón . . . . . . . . . . . . 2 chelines y 2 peniques.
Idem salsa . . . . . . . . . . . . . . . . 4 peniques.
Idem Jerez . . . . . . . . . . . . . . . . 5 chelines y 8 peniques.
Idem anchoas y Jerez des-
pués de cenar . . . . . . . . . . . 2 chelines y 6 peniques.
Idem pan . . . . . . . . . . . . . . . . . ½ penique.

ENRIQUE
¡Qué monstruosidad! medio penique de pan
para esa enorme cantidad de Jerez. Si hay más papeles,
guardadlos y los leeremos con más espacio. Dejadle
ahí dormir hasta que sea de día. Mañana iré yo a la
corte. Todos tenemos que ir a la guerra, y el puesto que
vos ocuparéis será honroso. Daréle a ese pillastre gor-
dinflón plaza en infantería, y sé que una marcha de dos-
cientos cuarenta pasos será causa de su muerte. Ese di-
nero se devolverá con creces. Venid a verme mañana
temprano, y con esto, adiós, Poins.

POINS.
Buenos días, señor.

(Vanse.)

Acto III

ESCENA PRIMERA

Bángor. – Habitación en la casa del Arcediano.
Entran ESPUELA, ARDIENTE, MÓRTIMER y GLENDÓVER.

MÓRTIMER
630
Nobles promesas y segura gente.
Propicio fin nuestro comienzo augura.

ESPUELA ARDIENTE
Vos, Mórtimer y, vos, deudo Glendóver,
¿Sentaros no queréis?
¿Y vos, tío Vorcestria? ¡Voto al diablo!
635
Se me ha olvidado el mapa.

GLENDÓVER
No, por cierto.
Vedlo. Sentaos Percy, deudo mío;
Sentaos, noble deudo Espuela Ardiente;
Porque cuando de vos Lancáster habla
Así os nombra, y con lívido semblante
640
Y hondo suspiro os enviara al cielo.

ESPUELA ARDIENTE
Si de Oveno Glendóver oye el nombre,
En cambio en los infiernos os desea.

GLENDÓVER
Yo no lo culpo. Al natalicio mío
La faz del cielo flameantes formas
645
E incandescentes globos tachonaron;
Y, al nacer, la ancha base de la tierra
Como un cobarde retembló.

ESPUELA ARDIENTE
Lo mismo
Hubiera hecho en circunstancias tales
Si en vez de vos nacer, parido hubiese
650
De vuestra madre a la sazón, la gata.

GLENDÓVER
Yo digo que al nacer tembló la tierra.

ESPUELA ARDIENTE
Yo digo que la tierra en ese caso,
No pensaba cual yo, si por temeros
Tembló, cual vos decís.

GLENDÓVER
El cielo ardía
655
Y retembló la tierra.

ESPUELA ARDIENTE
Pues, entonces,
Fuera, quizás, por ver ardiendo el cielo,
Y no de espanto porque vos nacisteis.
El mundo, enfermo a veces, con extrañas
Conmociones se ostenta, y, a menudo,
660
La fértil tierra dolorida sufre
Una especie de cólico, inducido
Por viento aprisionado en sus entrañas,
Que, la salida al procurar, conmueve
A nuestra madre tierra, echando al suelo
665
Los campanarios y musgosas torres.
Cuando nacisteis, la vetusta tierra,
Doliente, como digo, se hallaría.

GLENDÓVER
No aguanto, deudo, yo de muchos hombres
Contradicciones tales. Permitidme
670
Repita yo que al natalicio mío
La faz del cielo flameantes formas
Tachonaron. Las cabras, de los montes
Descendieron, y extraños gritos daba
De terror en las vegas el ganado.
675
Que soy ser especial los signos estos
Sin duda muestran, y mi entera vida
Reclama que no deben confundirme
En la lista común de los mortales.
¿Quién es quién, circundado por las olas
680
Que combaten las costas de Inglaterra,
De Escocia y Gales, su aprendiz me llama?
¿Quién me ha dado lecciones? ¿Quién, decidme,
Hijo de madre aventajarme pudo
De la magia en las cábalas penosas?
685
¿Ni quién me sigue en experiencias arduas?

ESPUELA ARDIENTE
Que hable galés mejor no existe nadie.
Yo me voy a comer.

MÓRTIMER
Deudo Percy, callad. Lo enloquecéis.

GLENDÓVER
A espíritus invoco del abismo.

ESPUELA ARDIENTE
690
Y yo también. Cualquiera los invoca.
Mas si los invocáis, ¿acaso acuden?

GLENDÓVER
A ejercer influencia sobre el diablo
Os puedo yo enseñar.

ESPUELA ARDIENTE
Y yo enseñaros puedo, deudo mío,
695
A avergonzarlo la verdad diciendo.
«Decid verdad y avergonzad al diablo».
Si tal poder tenéis, haced que venga,
Que yo tengo poder, os lo aseguro,
Para hacerlo marchar. Toda la vida
700
«Verdad decid y avergonzad al diablo».

MÓRTIMER
Vamos, vamos. Dejemos esta charla.

GLENDÓVER
Ya tres veces Enrique Bolimbroquia
Ha atacado a mi ejército, y tres veces
Logré que de las márgenes del Vei
705
Y el Severna arenoso, quebrantado
Y huyendo, de su hogar en busca fuese
Sin botín, afrontando temporales.

ESPUELA ARDIENTE
A casa estropeado y con mal tiempo.
¿Y cómo diablos evitó tercianas?

GLENDÓVER
710
Vamos, aquí está el mapa. ¿Dividimos
El reino con arreglo a lo pactado
En nuestra triple convención?

MÓRTIMER
Ya queda
En tres iguales partes dividido
Por el archidiácono. Me asigna
715
De Inglaterra la parte al Sur y al Este
Del Trento y del Severna hasta este sitio.
Toda la parte de Occidente y Gales,
Al Norte del Severna, inclusas todas
Las tierras de esas fértiles comarcas,
720
Son de Oveno Glendóver, y a mi primo
El resto al Norte más allá del Trento.
Nuestros contratos tripartitos pueden
Extenderse, sellarse y canjearse,
Y quedar esta noche listo todo;
725
Y vos y yo, mañana, primo Percy,
Y mi señor el conde de Vorcestria
Saldremos a encontrar a vuestro padre
Y al refuerzo escocés en Eschusburia.
Aun mi suegro Glendóver no está listo,
730
Ni de aquí a dos semanas hace falta.
(A Glendóver.)
Reunid en este espacio a los colonos
Y a los amigos y vecinos nobles.

GLENDÓVER
Menos tiempo, Señores, necesito
Para unirme a vosotros. Escoltadas
735
Por mí podrán venir vuestras esposas.
Mas con sigilo deberéis marcharos
Sin despediros, pues si no, diluvio
De lágrimas tendremos al instante
Que les digáis adiós.

ESPUELA ARDIENTE
La parte mía
740
Hacia el Norte de Búrton me parece
Que no iguala a la vuestra. Tuerce el cauce
En este sitio el río. Podéis verlo,
Y de mis tierras lo mejor me quita:
Inmensa media luna, un gran pedazo.
745
Una presa es preciso en este sitio,
Y el argentino y primoroso Trento
Tranquilo correrá por otro cauce.
No ha de serpentear, así sesgando,
Para robarme a mí tan rica vega.

GLENDÓVER
750
¿No ha de serpentear? Pues es preciso.
¿No lo estáis viendo?

MÓRTIMER
Bien. Mas ved cual corre
Por esta parte en dirección opuesta,
Cercena en ese lado, cuando de éste
Os ha quitado a vos.

VORCESTRIA
A escaso coste
755
Aquí se puede represar el río.
Esta punta del Norte así se gana,
Y recto seguirá después su curso.

ESPUELA ARDIENTE
Así será. Se hará con poco coste.

GLENDÓVER
Yo no consiento que se altere el cauce.

ESPUELA ARDIENTE
760
¿Que no?

GLENDÓVER
Que no consiento que se altere.

ESPUELA ARDIENTE
¿Y quién me lo prohibe?

GLENDÓVER
Pues yo mismo.

ESPUELA ARDIENTE
Si es eso, procurad que no lo entienda.
Decídmelo en galés.

GLENDÓVER
Tan bien yo hablo
El inglés como vos. Criado he sido
765
De Inglaterra en la corte, donde siendo
Jovencillo, compuse para el harpa
Varias canciones en inglés preciosas,
Dando a la lengua auxiliador ornato,
Cualidad que jamás en vos he visto.

ESPUELA ARDIENTE
770
¡Vaya! Con toda el alma lo celebro.
Decir miau quisiera, siendo gato,
Antes que ser poetastro de baladas.
Yo puedo oír el tornear el bronce,
O la rueda chirriar de un carro,
775
Sin que apenas los dientes se me alarguen;
Pero no alcanzo a soportar del verso
Ese andar melindroso; se parece
De falso penco el restringido paso.

GLENDÓVER
Vamos, podéis mudar del Trento el curso.

ESPUELA ARDIENTE
780
Si no me importa. Doile triple tierra
A un buen amigo mío. Mas oídme.
Si es cosa de negocio, yo me paro
En la novena parte de un cabello.
¿Están ya los contratos extendidos?
785
¿Nos vamos?

GLENDÓVER
Brilla con fulgor la luna,
Y bien podéis marcharos esta noche.
Iré adentro a dar prisa al escribiente,
Y a las esposas vuestras entretanto,
Podéis comunicar vuestra partida.
790
Que mi hija loca se me vuelva temo,
De tal modo a su Mórtimer adora.

(Vase.)

MÓRTIMER
¡Como contradecís al padre mío,
Deudo Percy!

ESPUELA ARDIENTE
No puedo remediarlo.
Me aburre a veces al hablar de topos
795
Y hormigas, de Merlín el visionario,
Y de sus profecías, de dragones
De recortadas alas y de cuervos
Que han pelechado, del león durmiente,
O del gato rampante. Tanta suma
800
De incomprensible cháchara inconexa
Me hace a mi renegar. Me tuvo anoche
Lo menos nueve horas, refiriendo
Los nombres de los diablos diferentes
Que a su servicio están. Yo le decía:
805
«Ya», «bien», «seguid», mas sin hacerle caso.
¡Vaya si es fastidioso! No le gana
Caballo exhausto, ni mujer gruñona.
Prefiero casa ahumada. Viviría
Más a gusto con ajos y con queso,
810
En molino de viento el más distante,
Que hartarme de manjares exquisitos
En el mejor recreo de la tierra,
Si a la par, a escucharle me obligaran.

MÓRTIMER
A fe que es excelente caballero,
815
Y de instrucción vastísima. Iniciado
En extraños misterios, valeroso
Como un león, inmensamente afable,
Y generoso cual indiana mina.
Deudo, ¿os lo digo? Os tiene a vos en mucho
820
Por el carácter vuestro, y se refrena,
Naturales impulsos dominando,
Cuando contradecís lo que sostiene.
Os lo aseguro, sí. Nadie en el mundo
Como vos ha podido provocarle,
825
Sin correr grave riesgo y sin repulsa.
Mas no lo repitáis, yo os lo suplico.

VORCESTRIA
Harto os pagáis de los defectos vuestros,
Y desde que llegasteis, lo posible
Hacéis para agotarle la paciencia.
830
Enmendar esas faltas es forzoso;
Que, aunque a veces grandeza patentizan,
Valor y noble sangre, que, sin duda,
Son grandes atributos que os adornan,
A menudo, no obstante, os manifiestan
835
Iracundo y feroz, desposeído
De urbanidad, altivo, desdeñoso,
Ingobernable y vano, y si cualquiera
De esos defectos, el menor, sojuzga
A un noble, le enajena de las gentes
840
Los corazones, e indeleble mancha
En la beldad de sus virtudes deja,
Haciéndoles perder todo su encanto.

ESPUELA ARDIENTE
Bien está. Me han reñido. ¡Que me ampare
De hoy más la urbanidad! Nuestras esposas
845
Aquí están. Despidámonos de ellas.
Vuelve a entrar GLENDÓVER, acompañado de LADY
MÓRTIMER y LADY PERCY.

MÓRTIMER
Contrariedad es ésta que me enfada.
No sabe hablar inglés la esposa mía,
Y yo el galés ignoro.

GLENDÓVER
Mi hija llora.
De vos no quiere separarse. Pide
850
Irse con vos. Pretende ser soldado.
Quiere ir a la guerra.

MÓRTIMER
Padre mío,
Decidle que ella con mi tío Percy
Pronto saldrán bajo el amparo vuestro.
(Glendóver habla en galés con Lady Mórtimer, y ella
le contesta en el mismo idioma.)

GLENDÓVER
No quiere desistir. ¡Voluntariosa,
855
Testaruda, intratable mujerzuela!
Inútil es tratar de persuadirla.

(Lady Mórtimer habla en galés a Mórtimer.)

MÓRTIMER
Sé lo que están diciéndome esos ojos,
Ese lindo galés que de esos cielos
Nublados fluye, comprender me es fácil.
860
Mi timidez tan sólo me contiene,
O en el mismo lenguaje te hablaría.
(Lady Mórtimer vuelve a hablarle en galés.)
Entiendo bien tus besos, tú los míos,
Feliz conversión conmovedora;
Pero nunca holgaré, querida mía,
865
Hasta aprender tu lengua, que tu acento
Hace al galés tan dulce como coplas
Discretamente escritas y cantadas,
Al son de su laúd, con deliciosas
Modulaciones, por hermosa reina
870
En pensil estival.

GLENDÓVER
Si a derretiros
Os vais, el juicio perderá en completo.

(Lady Mórtimer vuelve a hablar en galés a Mórtimer.)

MÓRTIMER
¡Ay! soy en esto la ignorancia misma.

GLENDÓVER
Suplicándoos está
Que descanséis sobre los blandos juncos,
875
Y que apoyéis vuestra gentil cabeza
Sobre su falda, y la canción que os gusta
Cantará, coronando al dios del sueño
Sobre vuestras pupilas, y hechizando
Vuestro ser con la grata pesadumbre
880
Que es del sueño y la vela intermediaria,
Como lo es del día y de la noche
La hora que precede al dar comienzo
A su carrera en el dorado Oriente,
De Apolo los corceles celestiales.

MÓRTIMER
885
Con gran placer para escuchar su canto
Me sentaré. Nuestro contrato espero
Estará terminado cuando acabe.

GLENDÓVER
Sentaos, pues.
Los músicos que van a divertiros,
Se ciernen en los aires a mil leguas
890
Lejos de aquí, pero vendrán al punto.
Sentaos y escuchad.

ESPUELA ARDIENTE
Tú, Catalina,
Eres la perfección sentada y quieta.
Pronto, pronto. Precisa que recline
Mi cabeza en tu falda.

(Música.)

LADY PERCY
Calla, tonto.

PERCY
895
Galés entiende, por lo visto, el diablo.
Siendo tan caprichoso, no me extraña.
Es buen músico. ¡Válgame la Virgen!

LADY PERCY
En ese caso, tú debieras ser también exce-
lente músico, porque te riges únicamente por tus
caprichos. Estáte quieto, ladrón, y oye cantar en galés
a la dama.

PERCY
Preferiría oír a mi braco «Dama» aullar en
irlandés.

LADY PERCY
¿Quieres que te rompa la cabeza?

PERCY
No.

LADY PERCY
Entonces, estáte quieto.

PERCY
Tampoco: es falta femenil.

LADY PERCY
Dios te ayude.

PERCY
¿Al lecho de la dama galesa?

LADY PERCY
¿Qué es eso?

PERCY
Silencio, que va a cantar. (Lady Mórtimer canta una canción galesa.)
Vamos, Catalina, una canción tuya quiero yo ahora.

LADY PERCY
¿Mía? No en verdad.

PERCY
¿Tuya, no en verdad? Querida mía, echas vo-
tos como la mujer de un confitero con tus «No en ver-
dad» y «Tan fijo como que estoy viva» y «Dios me per-
done» y «tan cierto como que es de día».
Das unas garantías tan sedosas
Cuando quieres jurar, que se dijera
900
Que no sales jamás de Finisburia.
Cual la dama que eres, Catalina,
Jura tú, votos hecha que te llenen
En completo la boca, y semejantes
«En verdad» y protestas de alfeñique
905
Relega al pisaverde o dominguero.
Vamos, canta.

LADY PERCY
No me da la gana.

PERCY
Pero si es ése el mejor modo de volverte sastre
o instructor de pechirrojos. Si los contratos están lis-
tos, partiré dentro de dos horas. Conque, ven cuando
(Vase.) quieras.

GLENDÓVER
Vamos, Mórtimer, vamos. Tan reacio
Vos os mostráis como el fogoso Percy
Arde en deseos de partir. Ya listos
910
Estarán los contratos. Sellaremos,
Y a caballo después.

MÓRTIMER
Con toda el alma.
(Vanse.)

ESCENA II

Londres. – Habitación en el Palacio.
Entran el REY ENRIQUE, el PRINCIPE ENRIQUE
y NOBLES

REY.
Con vuestra venia. El príncipe de Gales
Y yo que hablar tenemos en privado.
Cerca quedad, no obstante, porque pronto
915
Necesitar podremos vuestra ayuda.
(Vanse los nobles.)
No sé si por algún pecado mío
Dios en sus altos juicios se propone
Que le sirva de azote y que le vengue
La sangre de mis venas. Mas me haces
920
Creer con tu conducta, sin embargo,
Que para castigar las faltas mías
Eres el palo, tú, de que se vale
La enardecida cólera del cielo.
¿Dime si de otro modo es comprensible
925
Que tan viles pasiones, tan impropias,
Tan indignas, tan bajas, tan impuras;
Empresas tan estériles, placeres
Tan detestables, sociedad tan torpe,
Corazones de príncipes acojan?

ENRIQUE
930
Señor, pudiera yo tan fácilmente
Saldar todas mis culpas, como puedo
Excusarme de muchas que me achacan.
Vuestra indulgencia, pues, dejad que implore,
Y, cuando refutare muchos cuentos,
935
De esos que oye el poder, quizá a la fuerza,
De aduladores torpes y rastreros
Charlatanes; por todas esas faltas
Que durante mis años juveniles
Realmente he cometido en mi carrera
940
Irregular y vagabunda, encuentre
Perdón al someterme arrepentido.

REY.
Dios te perdone; pero Enrique, deja
Que a mí me maraville tu conducta.
Vuelo distinto por completo toma
945
De la de tus abuelos. Has perdido
Torpemente tu puesto en el consejo,
Y tu hermano menor por ti lo ocupa.
Eres casi un extraño entre los nobles
De mi corte y los príncipes reales.
950
Sobre tu porvenir las esperanzas
Concebidas se fueron... Ni alma alguna
Hay ya que no presienta tu caída.
Si me hubiera vendido tan barato
Como te vendes tú, vulgarizado
955
A los ojos del mundo, y asequible,
Cual lo eres tú, yo al pueblo hubiera sido,
La opinión que me ha dado la corona,
Leal al antiguo poseedor quedara,
Y yo sin gloria en el destierro: un ente
960
Sin posición ni distinción alguna.
Como muy raras veces me veían,
Cometa me juzgaban al mirarme;
Tan asombrados todos, que a sus hijos
Les decían algunos «Ahí va ese»
965
Y otros «¿En dónde?» «¿Quién es Bolimbroquia?»
Yo del cielo después la cortesía
Me tomé, en absoluto. De tal modo
Logré de humilde porte revestirme,
Que de los corazones de las gentes
970
Sumisión amplia obtuve, y fuertes vivas
Y saludos salían de su boca,
Aunque el rey coronado allí se hallase.
Obrando así, mi personal prestigio
Vivo y fresco mantuve y mi llegada,
975
Cual si pontifical mi aspecto fuera,
Jamás se contempló sin vivo asombro.
Con grande pompa, aun cuando pocas veces,
Me presentaba; como día de fiesta,
Solemne para todos por lo raro.
980
El divertido rey de un lado a otro
Iba constantemente en compañía
De ignorantes bufones y de agudos
Ingenios atrevidos que se apagan
A penas arden. De su excelso puesto
985
Descendía, con necios saltimbanques
La majestad del trono aparejando;
Mientras que con sarcasmos profanaban
Su augusto nombre con permiso suyo.
Aun de ese mismo nombre permitía
990
Que atrevidos rapaces se burlasen,
Siendo blanco de chanzas chocarreras.
Buscó entre el populacho compañeros,
Del aura popular hízose esclavo,
De modo que las gentes saturadas
995
De su presencia y de esa miel ahítos,
Al fin se empalagaron de ese dulce,
Del cual tan sólo un poco basta y sobra.
Así, cuando tenía que mostrarse,
Era cuco no más del mes de junio,
1000
Que se oye cantar, mas no se mira,
O si se ve, se ve con esos ojos
Que habituados a un objeto y hartos
De él, en él no se fijan, cual se fijan
De extraordinario modo en la realeza;
1005
Que, igual al sol, en asombrados ojos
Luce si raras veces resplandece.
Antes bien soñolientos a su vista
Se cerraban sus párpados, y era
Su aspecto el que los hombres iracundos
1010
Muestran a un adversario, si se hallan
Hartos de su presencia y fatigados.
En ese caso mismo estás, Enrique;
De príncipe has perdido la aureola
Por estar asociado a viles gentes;
1015
No hay ojos que de verte no estén hartos,
Salvo estos ojos míos que quisieran
Poderte contemplar más a menudo,
Y que ternura necia en este instante,
Contra mi voluntad, me los anubla.

ENRIQUE
1020
Desde ahora, señor tres veces bueno,
Otro seré.

REY.
Te lo aseguro. Ahora
Procedes cual Ricardo procedía.
Cuando de Francia vine a Ravenspurgia,
Eso que Percy es hoy yo entonces era.
1025
Pues ahora bien; te juro por mi cetro
Y mi alma, que es más, que al reino tiene
Más título que tú; pues, tú, eres sombra
De un sucesor no más, y él, sin derecho,
Aun sin asomo de derecho alguno,
1030
De arneses va llenando nuestros campos,
Y afronta del león la abierta boca.
Y, sin tener más años que tú tienes,
Viejos nobles y obispos venerables
A sangrientas batallas va guiando:
1035
De la lucha a los golpes contundentes.
¡Qué inmarcesible gloria no ha adquirido
Del noble Duglas, cuyos altos hechos,
Empresas atrevidas y renombre
Como primer soldado lo señalan,
1040
Y adalid principal lo preconiza
Todo pueblo que a Cristo reconoce!
En tres encuentros este Espuela Ardiente,
Este Marte en mantillas, este niño
Guerreador ha vencido al noble Duglas.
1045
Lo coge prisionero, lo liberta
Y le da su amistad; y, de ese modo
Levanta más la voz al provocarme
Y a la estabilidad del trono atenta.
Y ¿a esto qué me dirás? Percy, Norzumbria,
1050
De York el arzobispo venerable,
Y Mórtimer, y Duglas se han unido
En mi contra, las armas empuñando.
¿Pero yo, para qué te digo esto?
¿De mis contrarios para qué he de hablarte?
1055
Si eres tú mi enemigo más cercano,
Y más terrible a la par. Probablemente
Por abyecto terror, rastrero instinto,
O por capricho, acaso te decidas
Con soldada de Percy a combatirme;
1060
Seguir sus pasos cual lebrel, la frente
Doblar ante su ceño, demostrando
Hasta qué punto descender lograste.

ENRIQUE
No lo penséis jamás. No veréis eso.
Y Dios perdone a los que así lograron
1065
Vuestra buena opinión arrebatarme.
En Percy yo redimiré mis faltas,
Y al terminar algún glorioso día,
Me atreveré a llamarme vuestro hijo,
Un vestido cubriéndome de sangre
1070
Y el rostro un antifaz ensangrentado,
Que al propio tiempo que lavado sea
Se irá con él la mancha de mi oprobio.
Y ese día será (cuando llegare)
El día en que ese hijo de la honra,
1075
Ese famoso y bravo Espuela Ardiente,
Ese adalid de todos aplaudido,
Y vuestro Enrique anónimo se hallaren.
Y ojalá que ostentase en su cimera
Por cada una, glorias infinitas,
1080
Y el oprobio en mi frente se acreciese;
Que ha de llegar el día en que yo logre
Que trueque por mis propias ignominias
Ese joven del Norte sus hazañas.
Percy es un mero agente, padre mío,
1085
Que grandes hechos para mí amontona;
Y tan estrecha cuenta he de exigirle,
Que me tendrá que dar su gloria entera.
Sí tal; hasta el aplauso más ligero,
O de su corazón he de arrancarlo.
1090
Esto en nombre de Dios os aseguro;
Y, si es gustoso que mi voto cumpla,
A vuestra majestad ruego que vierta
Bálsamo en esta llaga inveterada,
Efecto de mi vida intemperante.
1095
Si no, la muerte lo cancela todo,
Y cien mil muertes yo morir prometo
Antes que en lo más mínimo faltare
Al juramento mío.

REY.
Perecieron
Aquí cien mil rebeldes. A tu cargo
1100
La dirección confío de esta empresa.
Entra SIR GUALTERIO BLUNT.
Anhelosa es, buen Blunt, vuestra mirada.

BLUNT.
El asunto que traigo así lo exige.
Mórtimer el de Escocia da el aviso
De que por fin reunirse consiguieron
1105
El once de este mes en Eschusburia
Duglas y los rebeldes de Inglaterra.
Si todos ellos sus promesas cumplen,
Fuerza más poderosa y más temible
Jamás se alzó contra gobierno alguno.

REY.
1110
De Vestmorlandia el conde con mi hijo
Juan de Lancáster hoy de aquí partieron,
Pues tuve esa noticia ha cinco días.
Saldrás tú, Enrique, el miércoles que viene,
Y el jueves yo saldré. Nos reuniremos
1115
En Brignorcia. Tú, Enrique, por Glostercia
Emprenderás la marcha, y de ese modo
Con arreglo a mis cálculos, reunidos
Estaremos entrambos en Brignorcia
Dentro de doce días; nuestras manos
1120
Repletas harto están. Venid conmigo:
La dilación engorda al enemigo.

ESCENA III

Estchepia. – Cuarto en la taberna Cabeza del jabalí.
Entran FALSTAF y BARDOLFO.

FALSTAF
¿No es verdad, Bardolfo, que he enflaquecido
ruinmente desde nuestra última hazaña? ¿No voy deca-
yendo? ¿No disminuyo? Cuelga mi piel como bata de
señora mayor. Me he marchitado como manzana aspe-
riega. Esta bien. Me arrepentiré, y de seguida, y mien-
tras conserve energía para el caso, pues pronto he de
perder el ánimo y no tendré la necesaria fuerza para
ello. Si no es cierto que se me ha olvidado cómo es el
interior de una iglesia, llámenme grano de pimienta o
caballo de cervecero. ¡El interior de una iglesia! Las
compañías, las malas compañías han sido mi perdi-
ción.

BARDOLFO
Tomando las cosas tan a pecho, Sir Juan, no
viviréis mucho.

FALSTAF
Eso es precisamente. Vamos, cántame una co-
pla obscena y diviérteme. Yo era tan dado a la virtud,
como basta serlo a un caballero: era sobradamente vir-
tuoso. Echaba algún voto que otro. Jugaba a los dados
solamente siete veces por semana. Iba a casas de mala
nota, pero sólo cada quince… minutos. Dinero devolví
que me prestaron... en tres o cuatro ocasiones. Vivía
bien y dentro de ciertos límites, y ahora vivo en com-
pleto desorden y fuera de todo límite.

BARDOLFO
Estando tan gordo como estáis, Sir Juan, for-
zoso es que viváis fuera de todo límite. Fuera de todo
límite razonable, sir Juan.

FALSTAF
Enmendad vuestro rostro y yo enmendaré mi
vida. Vos sois nuestro almirante y lleváis la linterna
en la popa. Como el caballero de la Lámpara Ardiente.

BARDOLFO
Ningún daño os hace mi rostro, sir Juan.

FALSTAF
Ninguno, yo os lo fío. Hago de él el uso que se
hace de una calavera o de un «memento mori». Nunca
veo vuestra cara sin ver las hogueras del infierno y «al
hombre rico que se vestía de púrpura», porque ahí es-
táis dentro de vuestra ropa ardiendo, ardiendo. Si fue-
rais en lo más mínimo dado a la virtud, juraría por
vuestra cara, y mi juramento sería: «Por ese fuego que
es el del ángel de Dios»; pero estáis enteramente per-
dido, y si no fuera por el fuego de vuestro rostro, se-
ríais el hijo de las tinieblas. Cuando en la cuesta de
Gadsil fuisteis en busca de mi caballo, aquella noche, si
no creí que erais «ignis fatuus» o fuego de San Telmo,
nada vale el dinero en este mundo. Vos sois perpetuas
luminarias, eterna candelada. En antorchas y teas me
habéis ahorrado mil marcos, al acompañarme a las ta-
bernas de noche; pero en cambio el valor del Jerez que
bebíais me hubiera bastado para comprar velas para
iluminarme en la cerería más cara de Europa. En ese
estado de Salamandra en que os halláis, os vengo yo
manteniendo con fuego hace treinta y dos años. Dios
me lo perdone.

BARDOLFO
¡Voto va! ¡Que no estuviera mi cara en vuestro
vientre!

FALSTAF
¡Dios me socorra! Moriría de ardor de corazón. Entra CELESTINA.
Ahora bien, gallina del señor Partlet, ¿habéis averi-
guado quién fue quien me rapó la bolsa?

CELESTINA
Sir Juan, ¿qué estáis diciendo, sir Juan?
¿Creéis que en mi casa admito yo ladrones? He regis-
trado, he investigado, y mi marido lo mismo, a hombre
por hombre, a mozo por mozo, a sirviente por sirvien-
te. Ni la punta de un cabello se ha perdido jamás en
mi casa.

FALSTAF
Mentís, patrona. El otro día afeitaron a Bar-
dolfo y perdió varios pelos, y yo os juro que me rapa-
ron la bolsa. ¡Váyase en buen hora! ¡Sois una mujer!

CELESTINA
¿Quién, yo? No. Lo niego. ¡Válgame Dios! ja-
más me han dicho eso en mi propia cara.

FALSTAF
¡Váyase en buen hora! ¡Si os conoceré yo!

CELESTINA
No, Sir Juan; no me conocéis, Sir Juan. Yo sí
que os conozco, Sir Juan. Me debéis dinero, Sir Juan,
y ahora queréis armar camorra para no pagármelo. Os
he comprado, además, una docena de almillas para esas
espaldas.

FALSTAF
¡Jerga, inmunda jerga! Se las regalé a varias
mujeres de panaderos para que les sirvieran de ce-
dazos.

CELESTINA
A fe de mujer honrada que eran de Holanda,
de a ocho chelines la vara. Debéis aquí además dinero,
Sir Juan, por alimentos y bebida, y por dinero prestado,
veinte y cuatro libras.

FALSTAF
Este tiene en eso su parte; que lo pague.

CELESTINA
¡Él! ¡Si es un pobre! ¡Si no tiene absolutamente
nada!

FALSTAF
¿Qué decís? ¿Pobre? Mirad ese rostro. ¿A qué
llamáis vos riqueza? Que acuñe esas narices. Que acu-
ñe esas mejillas. Yo no pago un ochavo. ¿Pretendéis
acaso convertirme a mí en novicio? ¿No puedo yo ni
descansar en mi posada sin que me rapen la bolsa? He
perdido un anillo de sello que era de mi abuelo, y que
valía cuarenta marcos.

CELESTINA
¡Jesús, Jesús! He oído al príncipe decir no sé
cuántas veces, que ese anillo era de cobre.

FALSTAF
¡Cómo! El príncipe es un chisgaravís; un ba-
juno. ¡Ira de Dios! Si aquí estuviera, le aporrearía como
si fuese un perro, por decir semejante cosa. Entran el PRÍNCIPE ENRIQUE y POINS. FALSTAF les
sale al encuentro, figurando con su bastón que toca el pífano.
¡Hola, muchacho! ¿Con que de esa parte sopla el
viento? ¿Tenemos que ponernos todos en marcha?

BARDOLFO
Sí, dos a dos, a estilo de cárcel.

CELESTINA
Ruego, señor, que me oigáis.

FALSTAF
No le hagáis caso y oídme a mí.

ENRIQUE
¿Qué decís, Juan?

FALSTAF
Dormíme la otra noche detrás de este tapiz, y
me raparon la bolsa. Esta casa se ha convertido en un
burdel. Aquí se roba.

ENRIQUE
¿Qué perdisteis, Juan?

FALSTAF
¿Qué creeréis, Enrique? Pues tres o cuatro
vales de cuarenta libras cada uno, y un anillo de sello
que era de mi abuelo.

ENRIQUE
Una miseria. Cuestión de unos ocho peniques.

CELESTINA
Eso le dije yo, señor, y agregué que lo había
oído de boca de vuestra alteza, y, señor, de vos habla
pestes, como hombre deslenguado que es, y dijo que
os aporrearía.

ENRIQUE
¿Cómo? ¿Eso dijo?

CELESTINA
Si no es verdad que lo dijo, no hay ni fe, ni
sinceridad, ni virtud femenil en mí.

FALSTAF
Tanta fe tenéis vos, como una ciruela pasa;
tanta sinceridad, como un zorro acosado, y por lo que
respecta a vuestra virtud femenil, a María la bailado-
ra, antes que a vos, le correspondería ser esposa del
Juez del distrito. ¡Idos en buen hora, cosa!

CELESTINA
Decid qué cosa, qué cosa.

FALSTAF
¿Qué cosa? Cosa para bendecir a Dios.

CELESTINA
Yo no soy cosa para bendecir a Dios. Ojalá lo
supierais. Soy mujer de un hombre honrado. Sois, sal-
vo vuestro título, un bribón al decirme eso.

FALSTAF
Salvo vuestra virtud, sois un animal diciendo
lo contrario.

CELESTINA
Decid qué animal, bribón, decidlo.

FALSTAF
¿Qué animal? Una nutria.

CELESTINA
¿Una nutria, Sir Juan? Y, ¿por qué una nutria?

FALSTAF
Porque no es ni carne ni pescado, y porque
nadie sabe cómo cogerla.

CELESTINA
Sois un hombre sin ley al decir eso; vos y cual-
quiera sabe cómo cogerme a mí, bribón.

ENRIQUE
Tenéis razón, patrona, y os calumnia grosera-
mente.

CELESTINA
Señor, y a vos también, y el otro día dijo que
le debíais mil libras.

ENRIQUE
Tunante, ¿os debo yo mil libras?

FALSTAF
¡Mil libras, Enrique! Un millón. Vuestro cariño
vale un millón, y me debéis vuestro cariño.

CELESTINA
Y, señor, os ha llamado chigaravís, y dijo que
os aporrearía.

FALSTAF
¿Dije eso, Bardolfo?

BARDOLFO
Francamente, señor, lo dijisteis.

FALSTAF
Cierto, si por ventura hubiera dicho que mi
anillo era de cobre.

ENRIQUE
Digo que es de cobre. ¿Os atrevéis ahora a
cumplir vuestra palabra?

FALSTAF
Ya sabéis, Enrique, que como hombre, me
atrevería con vos; pero que, como príncipe que sois,
os temo, como temo el rugido del cachorro de un león.

ENRIQUE
Y, ¿por qué no del león?

FALSTAF
Al propio Rey se teme como se teme al león.
¿Creéis que os temo como temo a vuestro padre? Si así
fuera, pediríale a Dios que saltase mi cinturón.

ENRIQUE
¡Oh! si eso ocurriera, caerían vuestras tripas
sobre vuestras rodillas. Pero tunante, ¿es posible que
en ese pecho no quepa ni fe, ni verdad, ni honradez de
ninguna especie? ¿Lleno está exclusivamente de tripas
y de otras vísceras? ¡Acusar a una honrada mujer de
haberos rapado la bolsa! Pero hi de tal, inflado des-
vergonzadísimo bribón, ¡si en vuestra faltriquera no
había más que cuentas de tabernas, señas de casas
de mal vivir y miserables cuatro maravedís de cara-
melos para facilitar la respiración! Si vuestras faltri-
queras se hallaban enriquecidas con otras fruslerías a
más de éstas, miento yo; y ¿sostendréis la mentira y
no querréis confesar que habéis mentido? ¡No os da
vergüenza!

FALSTAF
¿Quereisme oír, Enrique? Como sabéis, Adán
pecó en el estado de la inocencia. ¿Qué le había de pa-
sar al pobre Juan Falstaf en esta época corrompida?
Ya veis que tengo más carne que los demás hombres,
y, por ende, mayor debe ser mi fragilidad. ¿Conque
confesáis que fuisteis vos quien me robó?

ENRIQUE
Así parece resultar.

FALSTAF
Patrona, yo os perdono. Id y alistad el almuer-
zo. Amad a vuestro esposo, cuidad de vuestros criados
y mimad a vuestros huéspedes. Siempre me veréis dis-
puesto a atender a lo que esté verdaderamente puesto
en razón. Ya veis que estoy tranquilo. ¿Todavía estáis
ahí? No. Por favor, idos. (Vase Celestina.)
Ahora bien, Enrique, sepamos qué noticias traéis de
la corte. Con respecto al robo, rapaz, ¿qué hay de eso?

ENRIQUE
¡Oh carne delicada! Siempre tengo yo que ser
vuestro ángel bueno. El dinero se devolvió.

FALSTAF
¡Oh! No me agrada semejante devolución. Im-
plica doble trabajo.

ENRIQUE
He hecho las paces con mi padre, y puedo ha-
cer cuanto quiera.

FALSTAF
Lo primero que debéis hacer es robar la teso-
rería, sin siquiera lavaros las manos.

BARDOLFO
Hacedlo, señor.

ENRIQUE
Os he procurado una plaza en infantería.

FALSTAF
Hubiera preferido que fuera en caballería.
¡Adónde encontraría yo quien supiera robar bien!
¡Quién encontrara a un ladrón de veinte y dos años,
sobre poco más o menos! Estoy villanamente despro-
visto. Bien está. Demos gracias a Dios, que nos manda
a estos rebeldes. Sólo dañan a los hombres de bien.
Yo los aplaudo y los celebro.

ENRIQUE
Bardolfo.

BARDOLFO
Señor.

ENRIQUE
Esta carta llevad a Juan, mi hermano,
El conde de Lancáster, y esta otra
Al conde entregaréis de Vestmorlandia.
(Vase Bardolfo.)
1125
¡A caballo, a caballo! Poins, ahora,
Que treinta millas vos y yo tenemos
Que recorrer primero que comamos.
(Vase Poins.)
A las dos de la tarde, vos, mañana
Me veréis en el Temple. Vuestro cargo
1130
Allí conoceréis, y allí la orden
Tendréis para equiparos y dinero.
Arde la tierra. Percy nos provoca;
A él o a nosotros descender nos toca.

(Vase.)

FALSTAF
¡Hermosísimas frases! Bravo mundo.
1135
Ahora, a almorzar. Patrona, andad ligera.
¡Que esta taberna mi tambor no fuera!

(Vase.)

Acto IV

ESCENA PRIMERA

El campamento rebelde cerca de Eschusburia.
Entran ESPUELA ARDIENTE, VORCESTRIA y DUGLAS.

ESPUELA ARDIENTE
Noble escocés, bien dicho. Si lisonja
El decir la verdad no se estimase
En este siglo refinado, Duglas
1140
Tan encomiado fuera, que no habría
Ni un soldado tan solo de estos tiempos
Más afamado que él en todo el mundo.
¡Vive Dios! halagar me es imposible;
Desprecio toda lengua aduladora,
1145
Mas de mi corazón en el afecto
Puesto mejor que vos ninguno ocupa.
Mi palabra empeñad. Ponedme a prueba.

DUGLAS
Sois el rey del honor, y nadie existe,
Por potente que sea en este mundo,
1150
A quien no afronte.

ESPUELA ARDIENTE
En hora buena sea.
Entra un MENSAJERO con cartas.
¿Qué cartas me traéis? – Os doy las gracias.

MENSAJERO
Cartas de vuestro padre.

ESPUELA ARDIENTE
¡Cartas suyas!
¿Por qué no viene él?

MENSAJERO
Venir no puede.
Enfermo está de gravedad.

ESPUELA ARDIENTE
¡Por vida!
1155
Solaz para enfermar, decidme, ¿cómo
En situación tan empeñada encuentra?
¿Quién guía sus tropas? ¿Quién es quien las
[manda?

MENSAJERO
Sus cartas lo dirán, pues yo lo ignoro.

VORCESTRIA
1160
Decidme, por favor, ¿está en su lecho?

MENSAJERO
Antes de yo partir ya cuatro días
Estaba en él, y gran cuidado, al punto
De partir, a sus médicos les daba.

VORCESTRIA
Ojalá que este asunto terminado
1165
Antes de que enfermara ya estuviese,
Pues nunca su salud fue tan preciosa.
ESP. ¡Ahora enfermo! ¡Ahora inútil! Es dolencia
Que el corazón de nuestra empresa alcanza,
Y a nosotros y a todos inficiona.
1170
Que es interior su mal aquí me escribe,
Y que por delegados no podía
Reunir con tal premura a sus amigos;
Y que, además, juzgaba peligroso
Confiar un asunto de tal monta
1175
A otra persona alguna; mas, valiente,
Sin embargo, aconseja que debemos
Ir adelante, aunque con fuerza escasa,
Y ver cómo nos trata la fortuna,
Porque no es tiempo de cejar ahora.
1180
Y añade que el monarca fijamente
Los propósitos nuestros ya conoce.
¿Qué decís?

VORCESTRIA
Nos infiere grave herida.
Su enfermedad.

ESPUELA ARDIENTE
Es fiera cuchillada,
La pérdida de un miembro; y, sin embargo
1185
No lo es en realidad, que no es tan grave
Su falta como ahora nos parece.
¿Nos conviene arriesgar de un solo golpe
Todas las fuerzas? ¿Nuestro rico resto
Aventurar en un albur tan sólo?
1190
No conviene; que así se manifiesta
De nuestras esperanzas el alcance:
Su alma misma, y el límite y la suma
De los recursos nuestros.

DUGLAS
Ciertamente
Quedará de ese modo una reserva,
1195
Pudiendo confiar esperanzados
Así en lo porvenir,
Y es consuelo tener ese refugio.

ESPUELA ARDIENTE
Un asilo, un hogar donde acogernos
Si por acaso el diablo y la desgracia
1200
Fijasen su mirada furibunda
En la virginidad de nuestra empresa.

VORCESTRIA
Quien los motivos de su ausencia ignora
A discreción, a su lealtad, o, acaso
A desaprobación de nuestro intento
1205
Achacarán el que se abstenga el conde.
Y, ved, esa creencia, la corriente
De elementos, acaso, vacilantes
Cambie quizás, quizás provoque dudas
Con respecto al valor de nuestra causa,
1210
Y bien sabéis que siendo, como somos,
Los agresores, de severo examen
Nos debemos guardar; todo agujero
Y resquicio cubrir por donde pueda
De la razón el ojo escudriñarnos.
1215
Es cortina la ausencia de tu padre,
Que, al descorrerse, asomo de temores
Inspira al no iniciado, que hace poco
Ni en sueños presumía.

ESPUELA ARDIENTE
Vais muy lejos.
Por el contrario, juzgo que esa falta
1220
Presta más esplendor y más prestigio,
Y más audacia a nuestra gran empresa,
Que si el conde se hallara con nosotros;
Pues la gente dirá: si sin su ayuda
Contra el reino se atreven a hacer frente,
1225
Lo pondrán con su auxilio boca abajo.
Todo está bien, y sano cada miembro.

DUGLAS
Como lo pide el corazón. No existe
Ningún mortal que a pronunciar se atreva
En toda Escocia la palabra miedo.

Entra SIR RICARDO VERNON.

ESPUELA ARDIENTE
1230
Deudo Vernon, a fe muy bien venido.

VERMON
Pedid a Dios que mis noticias valgan
Ese saludo. Vestmorlandia, al frente
De siete mil infantes, a este sitio
Con el príncipe Juan viene marchando.

ESPUELA ARDIENTE
1235
Poco daño. ¿Qué más?

VERMON
A más, se dice
Que el Rey mismo en persona al campo sale,
Y a venir se dispone aquí en seguida,
De ejército imponente acompañado.

ESPUELA ARDIENTE
También la bienvenida le daremos.
1240
¿En dónde está su hijo, el loco ése,
Ese títere, el príncipe de Gales;
Y esos compinches suyos que se burlan
Del mundo entero?

VERMON
Están en armas todos.
Todos, como avestruces, a los vientos
1245
Van abriendo las alas, y las baten
Cual águilas que ha poco se han bañado.
Con sus áureas corazas resplandecen
Cual si imágenes fueran. Tan repletos
Como Mayo de vida y tan brillantes
1250
Como brillante el sol en el estío.
Cabras se juzgarían por lo alegres;
Toros por lo feroz. He visto a Enrique
Calada su visera, sus quijotes
Sobre sus muslos y en completo armado,
1255
Del suelo, cual mercurio alado, alzarse
Y tan ágil caer sobre la silla
Cual si cayera un ángel de las nubes;
Y, a su capricho, en todas direcciones
Obligará al pegaso más fogoso,
1260
Maravillando al mundo la nobleza
De su ecuestre maestría.

ESPUELA ARDIENTE
Basta, basta;
Que tanto encomio más que un mes de Mayo
A la fiebre da pábulo. Que vengan:
Como víctimas vienen adornadas
1265
Al sacrificio, y a ofrecerlas vamos
Calientes y bañadas en su sangre
A aquella virgen de los ígneos ojos,
Encarnación de la humeante guerra.
En armas Marte, y en su altar sentado
1270
Verá surgir la sangre hasta su cuello.
Ardo, al ver que esta presa tan cercana
De nosotros está, sin ser ya nuestra.
Al punto a cabalgar, y que me lleve
Contra el pecho del príncipe de Gales
1275
Cual rayo mi corcel. Contra un Enrique
Otro Enrique ha de Ser, contra un caballo,
Otro caballo. El uno al otro junto,
Y que uno de los dos caiga difunto.
¡Ojalá que se hallara aquí Glendóver!

VERMON
1280
Hay más. Supe a mi paso, por Vorcestria,
Que para que sus fuerzas reúnan
Necesita a lo menos dos semanas.

ESPUELA ARDIENTE
Es la nueva peor que habéis traído.

VERMON
Vuestra nueva es glacial, ¡por vida mía!

ESPUELA ARDIENTE
1285
¿Cuánto suman del Rey las tropas todas?

VERMON
Treinta mil.

ESPUELA ARDIENTE
Supongamos que cuarenta;
Y puesto que Glendóver no ha llegado,
Y mi padre también se encuentra ausente,
Es fuerza que el conflicto se decida
1290
En jornada feliz por nuestra gente.
Revistemos las tropas de seguida,
Que si el juicio final es inminente
Y es necesario al fin perder la vida,
La debemos perder alegremente.

DUGLAS
1295
¿A qué hablar de morir? Comprometida
Tengo a la muerte yo. Por año y medio
Sé que ha de respetarme sin remedio.

ESCENA II

Camino cerca de Coventria.
Entran FALSTAF y BARDOLFO.

FALSTAF
Bardolfo, adelantaos e id a Coventria. Llenad-
me una botella con vino de Jerez. Nuestros soldados
atravesarán el pueblo. Nosotros iremos a Suton Cófil
esta noche.

BARDOLFO
¿Me dais dinero, capitán?

FALSTAF
Que apunten, que apunten.

BARDOLFO
Esta botella vale un ángel.

FALSTAF
Aunque así sea, tomadlo en recompensa de
vuestro trabajo. Y aunque valiera veinte, tomadlos tam-
bién. Yo respondo del dinero. Decidle a mi teniente
Peto que me vea a la salida del pueblo.

BARDOLFO
Lo haré, capitán. Quedad con Dios.

(Vase.)

FALSTAF
Pescadilla escabechada soy como no sea verdad
que me avergüenza mi gente. He abusado de un modo
atroz de la leva del Rey. En cambio de ciento y cin-
cuenta soldados, he conseguido trescientas y pico de
libras. Solo escogí ricos propietarios e hijos de labra-
dores. Averigüé, además, quiénes eran los solteros pró-
ximos a casarse, cuyas amonestaciones se habían pu-
blicado ya dos veces. Tropel de gente encariñada a
quienes lo mismo les da oír al diablo que a un tambor,
y que temen más el estallido de un mosquete que una
gallina o gallareta heridas. Escogí únicamente a esos
mantecosos con corazón del tamaño de una cabeza de
alfiler para que se rescataran del servicio, y ahora mi
tropa se compone de cabos, de tenientes y de oficiales,
más andrajosos que esos Lázaros de los tapices, cuyas
llagas lamen los perros del glotón; gente que en realidad
no debieron nunca ser soldados; sirvientes despedidos,
hijos menores de segundones, mozos de taberna fuga-
dos, y arruinados posaderos. Cánceres de una sociedad
tranquila y de una larga paz. Diez veces más vilmente
haraposos que un estandarte remendado; ¡y con esta
gente reemplacé yo a los que se libraron del servicio!
Se creerá que traigo a ciento y cincuenta andrajosos
hijos pródigos que acaban de criar cerdos y de comer
sobras y mondaduras. Un chusco que me encontré en
el camino me preguntó si había despojado a los patí-
bulos y había reclutado a sus cadáveres. No se han
visto jamás tantos espantapájaros reunidos. Decidida-
mente yo no atravieso el pueblo de Coventria con ellos.
Además, esa canalla marcha con las piernas abiertas
como si llevaran grillos. Verdad es que recluté la ma-
yoría en las cárceles. Sólo hay camisa y media en toda
la compañía, y la media se compone de dos servilletas
unidas y echadas sobre los hombros a guisa de cota de
armas de heraldo; y la camisa, para decir verdad, se la
robaron o a la patrona de San Albano o a aquel posa-
dero de la roja nariz de Daventria. Pero eso poco im-
porta, pues ya encontrarán ropa blanca tendida en
cualquier vallado.

Entran el PRÍNCIPE ENRIQUE y VESTMORLANDIA.

ENRIQUE
¿Cómo va el inflado Juan? ¿Cómo va, colchón?

FALSTAF
¡Hola, Enrique! ¿Cómo va, loco de atar? ¿Qué
diablos os trae a Varvicsiria? Perdonadme, señor con-
de de Vestmorlandia, creí que vuecencia estaba ya en
Eschusburia.

VESTMORLANDIA
Verdaderamente, ya deberíamos estar allí, sir
Juan, tanto vos como yo; pero allí están ya mis tropas.
Debo deciros que el Rey nos espera a todos, y que to-
dos debemos salir de aquí esta noche.

FALSTAF
¡Bah! No os inquietéis por mí. Estoy más a la
mira que gato dispuesto a robar crema.

ENRIQUE
Eso es, a robar crema. A fuerza de robarla os
habéis convertido en manteca. Pero, decidme, Juan,
¿de quién es esa gente que os sigue?

FALSTAF
Mía, Enrique, mía.

ENRIQUE
Jamás he visto canalla más miserable.

FALSTAF
¡Bah, bah! Bastante buenos son para que los
voltee una pica. Carne de cañón. Carne de cañón. Lle-
narán un hoyo como gente mejor que ellos. Chito, hom-
bre. Mortales, mortales.

VESTMORLANDIA
Ya, Sir Juan; pero me parecen excesivamente
pobres y están extremadamente delgados. Gente por
demás miserable.

FALSTAF
Con respecto a su pobreza, no sé dónde se les
pueda haber pegado; y en cuanto a su delgadez, seguro
estoy de que no la han aprendido de mí.

ENRIQUE
De juro que no, a no ser que se llame delgadez
a tres dedos de gordura sobre las costillas. Pero, oíd,
apresuraos. Percy está en el campo, y el Rey ha salido
ya a campaña.

(Vase.)

FALSTAF
¡Cómo! ¿Ha salido ya el Rey a campaña?

VESTMORLANDIA
Sí, sir Juan. Temo que nos hemos retardado.

(Vase.)

FALSTAF
Está bien.
De ir tarde a la pelea, temprano a la comida.
1300
Se cuida el mal soldado, y el comilón se cuida.

ESCENA III

El campamento rebelde cerca de Eschusburia.
Entran ESPUELA ARDIENTE, VORCESTRIA, DUGLAS

y VERNON.

ESPUELA ARDIENTE
La batalla esta noche le daremos.

VORCESTRIA
No puede ser.

DUGLAS
Así le dais ventaja.

VERMON
Señor, ninguna.

ESPUELA ARDIENTE
Mas ¿por qué tal cosa
Sostenéis vos? ¿Refuerzos él no espera?

VERMON
1305
Y nosotros también.

ESPUELA ARDIENTE
Pero los suyos
Seguros son; los nuestros son dudosos.

VORCESTRIA
Caro deudo, convéncete; esta noche
No es prudente salir.

VERMON
Lo propio digo.

DUGLAS
Bien no le aconsejáis. Es miedo puro,
1310
Ánimo escaso hablar de esa manera.

VERMON
Duglas, no me injuriéis. ¡Voto a mi vida!
(Y mi dicho sostengo con mi vida);
Si honor bien entendido me impulsara
A atacar, con el miedo me aconsejo
1315
Tan poco como vos, como cualquiera
Escocés que esté vivo en este instante.
Mañana se verá cuál de nosotros
Es quien tiene más miedo en la batalla.

DUGLAS
O esta noche.

VERMON
Pues bien.

ESPUELA ARDIENTE
Será esta noche.

VERMON
1320
¡Bah, bah! No debe ser. Me maravilla
Que generales como sois vosotros,
No veáis los obstáculos que obligan
A demorar ahora nuestro ataque.
Varios caballos de mi deudo Vernon
1325
Aun no han llegado, y de llegar acaban
Los del conde Vorcestria, vuestro tío.
Ahora duermen su brío y su pujanza;
Y su vigor, exceso de trabajo
Redujo, o ha agotado de tal modo,
1330
Que no hay caballo alguno que ahora valga
Ni la mitad de su valor siquiera.

ESPUELA ARDIENTE
En caso igual están los del contrario.
Los más se hallan exhaustos y abatidos,
Y de los nuestros, la mitad al menos
1335
Ha descansado ya completamente.

VORCESTRIA
Mas numerosas son del Rey las tropas.
Deudo, espera, por Dios, a los refuerzos.

(Suena un clarín.)
Entra SIR GUALTERIO BLUNT.

BLUNT.
Si escucharme os dignáis, nobles ofertas
De parte del Rey traigo.

ESPUELA ARDIENTE
Bien venido,
1340
Sir Gualterio, seáis, y de los nuestros
Dios quisiera que fuerais, pues algunos
De los nuestros en grande estima os tienen,
Y entre ellos hay quienes la fama vuestra
Maldicen y los altos hechos vuestros
1345
Por no estar con nosotros; y, al contrario,
En bando opuesto estar como enemigo.

BLUNT.
Ni Dios permita que de estarlo deje
Mientras que sin razón, ni regla alguna,
A la sagrada Majestad se atenta.
1350
Mas a mi objeto. El Rey saber pretende
Cuál es de vuestras quejas el motivo
Y por qué provocáis dentro del seno
De la pública paz tan fiera lucha,
Dando ejemplo a sus súbditos leales
1355
De tan salvaje audacia. Si es que puso
Vuestros merecimientos, que confiesa
Son numerosos, en olvido acaso,
Que vuestras quejas numeréis suplica,
Y lograréis cuanto queráis con colmo.
1360
Y os perdona, y perdona en absoluto
A todos los que habéis soliviantado.

ESPUELA ARDIENTE
Del Rey es grande la bondad. Nos consta
Que harto bien el Rey sabe cuándo debe
Prometer y pagar. Su trono egregio
1365
De mi padre, mi tío y de mi propio
Logrólo conquistar con el auxilio;
Y cuando apenas veintiséis secuaces
Lo sostenían nada más, y cuando
La pública opinión lo despreciaba,
1370
Y ya olvidado, y abatido y triste
Retornaba, misérrimo proscrito,
Furtivamente hacia su hogar, mi padre
En la costa le dio la bienvenida;
Y al oírle jurar, de Dios en nombre,
1375
Que únicamente para hacerse duque
De Lancáster venía, y al reclamo
De su herencia no más y a hacer las paces
Con lágrimas y frases reverentes,
Mi padre, conmovido y apiadado,
1380
Juró prestarle, y le prestó su ayuda.
Cuando en el reino condes y barones
La actitud de Norzumbria conocieron,
El grande y el humilde de rodillas,
Con la gorra en la mano, lo atacaron;
1385
Y en ciudades, y en villas, y en aldeas
Salieron a encontrarlo, y lo esperaban
En los puentes y al fin de callejones.
Regalos a sus plantas le ofrecieron,
Su lealtad confirmando con sus votos.
1390
Fueron los primogénitos sus pajes,
E inmensa multitud siguió sus plantas.
Después –el que se agranda lo conoce–,
Más alto se elevó que el juramento
Hecho a mi padre con aliento escaso
1395
De Ravenspurgia en las desiertas playas.
Y ved. ¡Válgame Dios! ¡Sobre sí toma
Reformar ciertas leyes y decretos,
Que harto rígidos juzga y vejatorios!
¡Quiere enmendar abusos, y aparenta
1400
De su patria llorar los males todos!
Y con esa actitud, y con fingirse
Justiciero, logró por fin captarse
Los corazones que pescar quería.
Más lejos fue. Cortóles la cabeza
1405
A cuanto favorito, al ausentarse
Dejó, cual sus hechuras, el monarca,
Mientras él en persona dirigiendo
En Irlanda la guerra se encontrase.

BLUNT.
Callad. No vine para oír tal cosa.

ESPUELA ARDIENTE
1410
Pues bien, a la cuestión. Al poco tiempo
Al Rey depuso. Le quitó la vida,
E impone graves cargas al Estado;
Y momentos después, y para colmo,
Permitió que quedara March, su deudo
1415
(Quien si en su sitio cada cual se hallase
Fuera su Rey), cautivo, abandonado,
Sin que ofreciera rescatarlo, en Gales.
Destruir pretendió mis grandes triunfos,
Y procuró cazarme con espías.
1420
De su Consejo despidió a mi tío
E, iracundo, a mi padre de la corte.
Juramentos sin fin ha quebrantado;
Y, en conclusión, él es el que nos lanza
A esta empresa; y, a más, a atentamente
1425
Investigar qué título es el suyo,
Porque harto ilegal hoy lo juzgamos
Para que lo mantenga largo tiempo.

BLUNT.
¿Al Rey debo llevar esa respuesta?

ESPUELA ARDIENTE
No, Sir Gualterio. Vamos a pensarlo.
1430
Volveos con el Rey. Vengan rehenes
Que su vuelta aseguren, y mañana
Con la contestación irá mi tío.
Idos con Dios.

BLUNT.
Quisiera que aceptarais
Su perdón y amistad.

ESPUELA ARDIENTE
Será posible
1435
Que eso llegue a ocurrir.

BLUNT.
¡Que Dios lo haga!

(Vase.)

ESCENA IV

York. – Habitación en el Palacio Arzobispal.
Entran el ARZOBISPO de York y SIR MIGUEL.

ARZOBISPO
Buen sir Miguel, llevad a toda prisa
Al mariscal este sellado escrito.
Éste a mi deudo Escropio, y los restantes
Según su dirección. Apresurado
1440
Marcharais si supierais cuanto importan.

SIR MIGUEL
Lo adivino, señor.

ARZOBISPO
Es muy probable.
Mañana, amigo sir Miguel, es día
En que de diez mil hombres es forzoso
La suerte decidir, que en Eschusburia,
1445
Según dicen, el Rey con poderoso
Ejército, reunido en corto espacio,
A Enrique va a encontrar; y yo me temo
Que con la enfermedad del de Norzumbria
Y de Oveno Glendóver con la ausencia,
1450
Con el cual se contaba y que no viene,
Por motivo de ciertas profecías,
Me temo que el ejército de Percy
Harto débil es hoy para que pueda
Hacer frente a las tropas del monarca.

SIR MIGUEL
1455
Nada temáis, señor. Allí está Duglas
Y Mórtimer también.

ARZOBISPO
No, no se halla
Allí tampoco Mórtimer.

SIR MIGUEL
Mas Mórdac
Y Vernon quedan, con Enrique Percy
Y el conde de Vorcestria, y otros varios
1460
Valientes caballeros de alta alcurnia.

ARZOBISPO
Eso es verdad, pero especiales tropas
El Rey de todas partes ha sacado.
Le acompañan el príncipe de Gales,
Juan de Lancáster, Blunt el animoso,
1465
Y el noble de Vestmorlandia y otros muchos
Émulos y guerreros afamados.

SIR MIGUEL
No dudéis que hallarán quien los afronte.

ARZOBISPO
Así lo espero, mas dudar conviene
Para evitar que lo peor suceda.
1470
Apresuraos, sir Miguel, ahora,
Pues si no vence Percy, visitarnos,
Antes de que su ejército licencia,
Es del Rey la intención, porque conoce
Que en la empresa también tenemos parte,
1475
Y debemos, por tanto, hacernos fuertes.
Apresuraos, pues. A otros amigos
Escribir nuevamente me propongo.
(Vanse.)
Por lo cual, sir Miguel, con Dios quedaos.


Acto V

ESCENA PRIMERA

El campamento del Rey cerca de Eschusburia.
Entran el REY ENRIQUE, el PRÍNCIPE ENRIQUE, el PRÍNCIPE JUAN DE LANCÁSTER, SIR GUALTERIO BLUNT y SIR JUAN FALSTAF.

REY.
¡Sangriento el Sol a levantarse empieza
1480
Detrás de la espesura de ese montel
Y pálido, su mal contempla el día.

ENRIQUE
El viento Sur de su clarín le sirve;
Y, su sordo silbar entre las hojas,
Hoy la tormenta y la ventisca augura.

REY.
1485
Que simpatice, pues, con los que pierdan,
Que nada mal parece a los que ganan.
Clarines. –Entran VORCESTRIA y VERNON.
¡Ah, conde de Vorcestria! Doloroso
Es el que vos y yo nos encontremos
En semejante situación. Burlado
1490
Mi confianza habéis, y el manto mío,
Cómodo de la paz, hacéis que deje
Para que oprima mis ancianos miembros
Este acero inflexible. Habéis faltado,
Señor, habéis faltado. ¿Qué respuesta
1495
Me podéis dar? ¿De lucha tan odiosa
No queréis desatar el fiero nudo,
Y a la órbita tornar de la obediencia,
Desde la cual brillasteis, derramando
Luz bella y natural, no cual ahora,
1500
Que sois medroso, errante meteoro
Que el mal augura al porvenir oculto?

VORCESTRIA
Oídme, soberano.
Contento por mi parte viviría
Viendo correr el fin de mi existencia
1505
Tranquilamente, y protestaros debo
Que no busqué tal día de discordia.

REY.
No lo buscasteis vos; ¿pues cómo vino?

FALSTAF
Es que a la rebelión halló a su paso.

ENRIQUE
Callad, callad, mochuelo.

VORCESTRIA
1510
Apartar vuestros ojos amistosos
De mi casa y de mí, señor, os plugo;
Y, sin embargo, es fuerza que os recuerde
Que fuimos los primeros y más caros
Amigos que tuvisteis. Las insignias
1515
Deslustré yo por vos del cargo mío
En tiempo de Ricardo, y día y noche,
Para unirme con vos corrí la posta.
Y la mano os besé; siendo, no obstante,
Por vuestra posición, vuestra importancia
1520
Menos fuerte que yo, menos potente.
Fui yo, mi hermano fue, fue el hijo mío
Quienes a vuestros lares os trajeron,
Peligros inminentes afrontando...
Nos jurasteis: jurasteis en Doncáster
1525
Que nada contra el reino pretendíais,
Que vuestra herencia reclamabais solo
De Gante, y de Lancáster el ducado,
Y ayuda os prometimos para ello.
Mas a poco llovió la buena suerte
1530
Sobre vuestra cabeza a chaparrones.
Un torrente alcanzasteis de grandezas
Con la ausencia del Rey, con nuestra ayuda
De época relajada con los males,
Con vuestros aparentes sufrimientos
1535
Y los aires contrarios que al monarca
Tanto tiempo en la guerra desastrosa
De Irlanda detuvieron, motivando
El que Inglaterra muerto lo juzgase.
Con este inmenso enjambre de ventajas
1540
Hicisteis que os rogaran de improviso,
Que arrebataran vuestras manos luego
Los supremos poderes del Estado;
Y lo que nos jurasteis en Doncáster
Pusisteis en olvido. Si crecisteis,
1545
Por causa nuestra fue, mas nos tratasteis
Cual trata al gorrión el cuco ingrato.
En completo ocupasteis nuestro nido,
Y con el alimento, que era nuestro,
Proporciones tan grandes adquiristeis,
1550
Que, aun cariño teniéndoos, apenas
Dejarnos ver osábamos, de miedo
De que nos engullerais; y, por tanto,
Para buscar seguridad tuvimos
Que levantar el vuelo con presteza,
1555
Y apartarnos de vos y haceros frente.
Oposición que es fuerte con las armas
Que habéis forjado vos contra vos mismo,
Con vuestro indigno trato y ceño adusto
Y por haber faltado al juramento
1560
Prestado al comenzar vuestra aventura.

REY.
Todo eso habéis dicho y proclamado
En las públicas plazas y en iglesias
Para ornar el ropaje rebelde
De agradables colores a los ojos
1565
De volubles y tristes descontentos,
Que oyen siempre, frotándose las manos
Y con la boca abierta, los anuncios
De toda innovación tumultuaria.
Esos colores falsos no faltaron
1570
Nunca a la insurrección, para con ellos
Dar a la causa suya más realce,
Ni viles pordioseros deseosos
De confusión, desórdenes y estragos.

ENRIQUE
En nuestros dos ejércitos hay muchos
1575
A quienes cara costará la lucha,
Si llegamos al fin. Vuestro sobrino
Sepa por vos que el príncipe de Gales
A los encomios que tributa el mundo
A Enrique Percy sus encomios une.
1580
¡Voto a mis esperanzas! (Y prescindo
De esta empresa), más bravo caballero,
Bravo de más vigor, joven más bravo,
Más animoso y más audaz no existe
Para glorificar la edad presente
1585
Con sus nobles hazañas. Por mi parte,
Y debo confesarlo con vergüenza,
Caballerescas prácticas ignoro,
Y así le consta a él, según me dicen.
Mas lo digo delante de mi padre:
1590
Consiento en que él se apropie las ventajas
De su ínclito nombre y su alta estima,
Y para ahorrar la sangre de ambos bandos,
Con él a decidir de nuestra suerte
En singular combate estoy resuelto.

REY.
1595
Y, príncipe de Gales, no impidiera
Yo que así te expusieses, si razones
A ello no se opusieran numerosas.
No, buen Vorcestria, no. Yo al pueblo amo;
Aun a aquellos que fueron seducidos
1600
Por el sobrino vuestro, y si aceptaren
Mi perdón él y ellos, vos y todos
Mis amigos serán, yo amigo de ellos.
Con vuestro deudo hablad, y que yo sepa
Qué es lo que piensa hacer; mas si no cede,
1605
El restringir y el castigar nos toca
Con bárbaro rigor, y, por lo tanto,
Su oficio cumplirán para con ellos.
Podéis marcharos, pues, y desde ahora
A hablar más sobre el caso no me ajusto.
1610
Noble es mi oferta, y admitirla es justo.

(Vanse Vorcestria y Vernon.)

ENRIQUE
¡No lo van a aceptar, por vida mía!
Duglas y Espuela Ardiente, juntos ambos,
Fuertes se juzgan contra el mundo entero.

REY.
Así, pues, a su puesto cada jefe.
1615
Caeremos sobre ellos al instante
Que hayamos recibido su respuesta,
Y ampare Dios a nuestra justa causa.

(Vanse el Rey, Blunt y el Príncipe Juan.)

FALSTAF
Enrique, si veis que en la batalla caigo, abrid
las piernas así, y cubridme. Eso hace un amigo.

ENRIQUE
Solamente un coloso podría prestaros seme-
jante servicio. Rezad, y abur.

FALSTAF
Ojalá fuera hora de irse al lecho, y en paz.

ENRIQUE
(Vase.) La muerte debéis al cielo.

FALSTAF
Aún no ha llegado su vencimiento; no me
agrada pagar anticipadamente. Para qué he de precipi-
tarme yo cuando no me apremian. ¡Poco importa! El
honor me empuja hacia delante. Perfectamente. Pero,
¿y si el honor al empujarme hacia adelante me echa del
mundo? ¿Qué pasa? ¿Puede el honor sustituir una pier-
na? No. ¿Y un brazo? No. ¿Y evitar el dolor de una he-
rida? No. ¿Así, pues, el honor no tiene habilidad qui-
rúrgica? No. ¿Qué es el honor? Una palabra. Y esa pa-
labra honor, ¿qué es? Aire. ¡Lindo arreglo! ¿Quién lo
tiene? Uno que murió el miércoles. ¿Lo aprecia? No.
¿Lo oye? No. ¿Es cosa intangible, pues? Sí, para los
muertos. Pero, ¿no puede vivir con los que quedan
vivos? No. ¿Por qué? Porque la maledicencia no lo so-
porta. Por lo tanto, yo no lo quiero. El honor es mera-
mente un escudo de armas, y aquí acaba mi catecismo.

(Vase.)

ESCENA II

El campamento rebelde.
Entran VORCESTRIA y VERNON.

VORCESTRIA
No, mi sobrino conocer no debe
Del Rey la noble oferta, sir Ricardo.

VERMON
1620
La debe conocer.

VORCESTRIA
Entonces, todos
Nos veremos perdidos. No es posible.
No puede ser que cumpla su palabra
Y nos conceda su amistad. Sospechas
De nosotros tendrá constantemente;
1625
Y en otras faltas hallará motivo
Que castigarnos ésta le permita.
Innumerables ojos el recelo
Fijos tendrá en nosotros. Se confía
En el traidor lo mismo que en la zorra,
1630
Que aunque se juzgue mansa y se la halague
Y encerrada se tenga, se presiente
La ingénita maldad de sus abuelos.
Estar tristes o alegres poco importa.
Se habrá de interpretar nuestra conducta
1635
En contra nuestra, y pienso como a bueyes
Que en establos se cuidan han de darnos,
A quienes más se atiende y alimenta
Mientras más se aproximan a la muerte.
De mi sobrino condonar las faltas
1640
Fácil es, porque tienen por excusa
Su edad, su ardor, su mismo sobrenombre.
¡Es un Espuela Ardiente casquivano!
¡De su capricho esclavo solamente!
De sus faltas yo soy el responsable,
1645
Y su padre también. Criado ha sido
Por nosotros, de quienes ha tomado
Los defectos que tiene, y, pues nosotros
De esta perturbación somos la fuente,
Nosotros es forzoso que paguemos.
1650
Así, pues, deudo mío, que no sepa
De la oferta del Rey palabra Enrique.

VERMON
Lo que vos me digáis diré tan solo.
Vuestro sobrino llega.
Entran ESPUELA ARDIENTE, DUGLAS y Jefes
y soldados a distancia.

ESPUELA ARDIENTE
¡Mi tío ha vuelto! Libertad al conde
1655
De Vestmorlandia. ¿Qué noticias, tío?

VORCESTRIA
El Rey va al punto a darte la batalla.

DUGLAS
Que lleve Vestmorlandia nuestro reto.

ESPUELA ARDIENTE
Id, Duglas, y decídselo vos mismo.

DUGLAS
Sí que lo haré, lo haré con sumo gusto.

(Vase.)

VORCESTRIA
1660
No aparece en el Rey clemencia alguna.

ESPUELA ARDIENTE
¿Se la pedisteis vos? ¡Dios nos ampare!

VORCESTRIA
Nuestras quejas le expuse suavemente
Por quebrantar el juramento suyo,
Que enmendó, quebrantándolo de nuevo,
1665
Jurando que jamás lo quebrantara.
Y nos llamó rebeldes y traidores,
Que con las armas fustigar pretende
En nosotros dictado tan odioso.

Vuelve a entrar DUGLAS.

DUGLAS
¡A las armas, amigos, a las armas!
1670
Al rostro yo del Rey Enrique acabo
Valiente reto de arrojar. Lo lleva
Vestmorlandia, que estaba aquí en rehenes,
Y a atacarnos vendrán sin duda pronto.

VORCESTRIA
Ante el Rey mismo, el príncipe de Gales,
1675
Sobrino, a lucha personal te reta.

ESPUELA ARDIENTE
Pluguiera a Dios que circunscrita fuese
A nuestras dos cabezas esta lucha;
Y que Enrique Monmuz y yo tan solo
Perdiéramos en ella nuestro aliento.
1680
Decid, decid: ¿su reto, qué indicaba?
¿Desprecio, por ventura?

VERMON
No, lo juro.
Nunca en mi vida he visto desafío
De más grande modestia acompañado.
Un hermano a otro hermano se diría
1685
Que a una prueba cortés de su destreza
En manejar las armas invitaba.
Habló de ti con el mayor respeto,
Con lenguaje de príncipe ensalzando
Tu fama: Como crónica las nobles
1690
Hazañas tuyas encomió, por cima
Queriéndote poner de los elogios,
Que a tus actos y méritos no igualan.
Y lo que más, cual príncipe, le honra,
Fue el hablar de sí mismo avergonzado.
1695
Su vagabunda juventud con tanta
Gracia increpó, que en él ver se creería
El ser que enseña y el que aprende a un tiempo.
Cesó de hablar, y yo declaro al mundo
Que Inglaterra jamás ha poseído
1700
Como al odio de hoy sobreviviere,
Objeto de más dulces esperanzas
Ni más, por sus caprichos, mal juzgado.

ESPUELA ARDIENTE
Enamorado estáis de sus locuras,
Deudo, a mí me parece. No hay memoria
1705
De príncipe más loco y libertino.
Mas fuere lo que fuere, me propongo
Antes de anochecer, entre mis brazos
Estrecharle a manera de guerrero,
Y hacerle estremecer con mi saludo.
1710
¡A las armas! Armaos prontamente,
Compañeros, amigos y soldados;
Mejor podéis imaginar vosotros
Lo que debéis hacer que yo decirlo.
Porque mía no es esa oratoria
1715
Que persuade, la sangre enardeciendo.

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO
Señor, cartas os traigo.

ESPUELA ARDIENTE
No es posible
Que yo las pueda ahora leer. La vida
Es, caballeros, breve, pero fuera
Harto larga, empleándola vilmente.
1720
Sí; por más que la vida cabalgase
Sobre la aguja de un reloj, y al cabo
De una hora a su término llegara:
Si salimos con vida, viviremos
Después de haber pisoteado a reyes.
1725
Si morimos, será de muerte honrosa,
Pues príncipes murieron con nosotros.
Es legítimo empleo el de la fuerza
Si es sano, al emplearla, nuestro intento.

Entra otro MENSAJERO.

MENSAJERO
Preparaos, señor; el Rey se acerca.

ESPUELA ARDIENTE
1730
Se lo agradezco. Abrevia mi discurso.
Orador yo no soy. Tan sólo os digo
Que cada uno como bueno cumpla.
Y aquí saco mi espada, cuyo temple
Teñiré con la sangre más preciosa
1735
Que encuentre en este día de peligros.
Ahora, Esperance y Percy, y adelante.
Agudos musicales instrumentos,
Resonad, y abracémonos, amigos,
A su bélico son, que entre nosotros,
1740
Apuesto al cielo yo contra la tierra,
Que habrá algunos que nunca en lo futuro
Podrán ver acto igual de cortesía.

(Suenan clarines. Se abrazan y vanse.)

ESCENA III

Llanura entre ambos campamentos.
Movimiento de tropas, y partidas que luchan. Clarines.
Entran al encuentro, DUGLAS y SIR GUALTERIO BLUNT.

BLUNT.
¿Quién sois vos, que en el campo de batalla
Me salís al encuentro de este modo?

DUGLAS
1745
Sabed que Duglas soy, que os voy siguiendo
De este modo en el campo de batalla,
Porque vos sois el Rey, según me han dicho.

BLUNT.
Han dicho la verdad.

DUGLAS
Ha pagado muy cara, Rey Enrique,
1750
La semejanza que con vos tenía
El Conde de Estaford. Lo inmoló mi espada.
Si no queréis rendiros prisionero,
Lo mismo haré con vos.

BLUNT.
Yo no he nacido,
Orgulloso Escocés, para rendirme.
1755
Y encontraréis a un rey que de la muerte
Se vengará de Estaford.

(Luchan y Blunt muere.)
Entra ESPUELA ARDIENTE.

ESPUELA ARDIENTE
¡Oh Duglas!, si luchando de ese modo
En Holmedonia, hubierais vos, yo nunca
De un Escocés pudiera haber triunfado.

DUGLAS
1760
¡Ya todo terminó! Triunfo completo.
Aquí cadáver el Rey yace.

ESPUELA ARDIENTE
¿Dónde?

DUGLAS
Aquí.

ESPUELA ARDIENTE
¿Éste? No Duglas. Bien conozco
Este semblante yo. Era un valiente,
1765
Y se llamaba Blunt. A semejanza
Del Rey vestido está.

DUGLAS
Va un mentecato
Adonde quiera que su alma fuere.
Caro pagáis un título ficticio.
¿A qué decirme a mí que el Rey vos erais?

ESPUELA ARDIENTE
1770
El Rey tiene en el campo mucha gente
Vestida como él.

DUGLAS
¡Voto a mi espada!
Voy a matarle todos sus vestidos.
A asesinar, hasta que al Rey me encuentre,
Toda su guardarropa, pieza a pieza.

ESPUELA ARDIENTE
1775
¡Ea! Vamos. Adelante nuestra gente;
El ataque resiste bravamente.
(Vanse.)
Clarines. – Entra FALSTAF.
En Londres, poco me importa a mí que me apunten,
pero aquí apuntan a la cabeza. Poco a poco. ¿Quién
sois vos? ¡Sir Gualterio Blunt! ¡Toma honra! No. ¡Esto
no es tontería! Tengo el calor del plomo derretido y su
pesadez también. Haga Dios que el plomo no me ocu-
pe. No necesito más peso que el de mis propias tripas.
Conduje a mis pelagatos a donde los están salpimen-
tando. Sólo quedan tres vivos de los ciento cincuenta
que traje, y esos tendrán que pedir limosna a la entra-
da de un pueblo hasta que se mueran. Pero ¿quién
viene?

Entra el PRÍNCIPE ENRIQUE.

ENRIQUE
¡Cómo! ¿Por qué permanecéis ocioso?
Prestadme vuestra espada. A muchos nobles
Exánimes y rígidos, los cascos
1780
De enemigos caballos pisotean,
Y venganza pidiendo están a gritos.
Prestadme, yo os lo ruego, vuestra espada.

FALSTAF
¡Oh Enrique! os suplico que me permitáis
tomar resuello breve rato. Ni las proezas del turco
Gregorio, pueden compararse con las mías de hoy.
Hele ajustado a Percy su cuenta. Seguro está.

ENRIQUE
Es cierto, y vivo está para mataros. Prestad-
me, yo os lo ruego, vuestra espada.

FALSTAF
No. ¡Vive Dios, Enrique! Si Percy está vivo,
no os daré yo mi espada; pero si queréis, tomad mi
pistola.

ENRIQUE
Dádmela, pues; mas, ¿cómo está en su funda?

FALSTAF
Sí, Enrique, y arde, arde. Puede postrar a un
pueblo.

(Falstaf da una botella de vino al Príncipe.)

ENRIQUE
¿Momento es éste de pensar en bromas?

(Le tira la botella y vase.)

FALSTAF
Si vivo estuviere Percy, lo perseguiré y atra-
vesaré, si es que se pone en mi camino; pero si no, y
si de buena voluntad me pongo yo en el suyo, háganme
picadillo. No me agradan a mí honras tan gestudas
como la de sir Gualterio. Prefiero la vida. Si la puedo
salvar, tanto mejor; si no, la honra vendrá sin que vaya
yo en su busca, y se acabó.

(Vase.)

ESCENA IV

Otra parte del campo de batalla.
Clarines. Partidas que luchan. Entran el REY ENRIQUE, el PRÍNCIPE ENRIQUE, el PRÍNCIPE JUAN y VESTMORLANDIA.

REY.
Retírate tú, Enrique.
Sangre copiosamente estás perdiendo.
1785
Acompáñale tú, Juan de Lancáster.

JUAN.
¿Yo? No, señor, a menos que perdiera
Sangre cual pierde él.

ENRIQUE
Señor, suplico
Que vuestra majestad vuelva a la carga,
No extrañe vuestra ausencia nuestra gente.

REY.
1790
Lo he de hacer. A su tienda conducidle,
Conde de Vestmorlandia.

VESTMORLANDIA
Que os ayude
Permitidme, señor, a vuestra tienda.

ENRIQUE
¡Ayudarme, señor! De vuestra ayuda
No necesito yo. Ni Dios permita
1795
Que un arañazo mísero bastara
Para sacar al príncipe de Gales
De un campo de batalla como éste,
En donde la nobleza, ensangrentada,
Pisoteada está, donde triunfante,
1800
Del rebelde el ejército se ceba.

JUAN.
Mucho nos detenemos, deudo mío.
Vestmorlandia, venid. Allí nos llama
Nuestro deber. Venid, por Dios, os ruego.

(Vanse el Príncipe Juan y Vestmorlandia.)

ENRIQUE
Me has engañado, ¡vive Dios! Lancáster.
1805
De aliento tan viril no te creía.
Antes te amaba, Juan, como a un hermano;
De hoy más, como a mi alma te respeto.

REY.
Yo le he visto tener a Percy en jaque
Con gran valor y con firmeza impropia
1810
En guerrero tan joven.

ENRIQUE
Este niño
(Vase.)
Nos debe de infundir valor a todos.

Clarines. – Entra Duglas.

DUGLAS
¡Otro Rey! Cual de hidra las cabezas
Creciendo van. Éste que veis es Duglas,
Fatal a quien se viste esos colores.
1815
¿Quién sois que al rey representar os cuadra?

REY.
Soy el Rey en persona, quien lamenta
Que a tantas sombras suyas hayáis visto
Sin ver al Rey. Buscando mis dos hijos
A Percy están, y a vos por todo el campo;
1820
Mas ya que tropezasteis, por fortuna,
Conmigo, probaré con vos mi suerte.
Defendeos.

DUGLAS
Me temo nuevo engaño.
Vuestro porte, no obstante, es de monarca;
Pero mío seréis seguramente
1825
Quien quiera que seáis, y así yo os venzo.

(Luchan.)
Estando en situación crítica el Rey, vuelve a entrar el PRÍNCIPE ENRIQUE.

ENRIQUE
Vil escocés, alzad esa cabeza,
O nunca volveréis quizás a alzarla.
Los valientes espíritus de Sírlei,
De Estaford y de Blunt, ved en mi brazo.
1830
Os amenaza el Príncipe de Gales,
Que pagar, si promete, se propone.
(Luchan. Duglas huye.)
¿Cómo os halláis, alteza? Reponeos,
Sir Nicolás Gauséi, pide socorros;
Clifton también. Yo al punto iré con Clifton.

REY.
1835
Párate y toma aliento. Redimiste
Tu perdida opinión, y me has probado
Que algo aprecias mi vida, a mi socorro
Acudiendo con tanta valentía.

ENRIQUE
¡Oh Dios! Ofensa grande me infiriera
1840
Quien supuso que ansiaba vuestra muerte.
Si ser pudiese, sobre vos dejara
Caer de Duglas la insultante diestra,
Que os condujera a vuestro fin más pronto
Que todos los venenos de este mundo,
1845
Ahorrando ser traidor a vuestro hijo.

REY.
A Clifton tú y a Gauséi yo ayudemos.

(Vase.)
Entra ESPUELA ARDIENTE.

ESPUELA ARDIENTE
Sois Enrique Monmuz, si no me engaño.

ENRIQUE
Habláis cual si a negar mi nombre fuera.

ESPUELA ARDIENTE
Me llamo Enrique Percy.

ENRIQUE
Entonces, veo
1850
A un valiente rebelde que así nombran.
En mí mirad al Príncipe de Gales,
Y no penséis vos, Percy, que conmigo
Vais por más tiempo a compartir mi gloria.
Dos estrellas del cielo no se mueven
1855
En idéntica esfera, ni es posible
Que una Inglaterra sola se conforme
Con dos reinados, el de Enrique Percy,
Y, a la par, el del Príncipe de Gales.

ESPUELA ARDIENTE
Y no será, pues ya llegó la hora
1860
De que uno de los dos acabe, Enrique;
Y ojalá que tan grande como el mío
Fuera, como guerrero, vuestro nombre.

ENRIQUE
Antes de irme de aquí, quizás lo sea;
Y esas múltiples glorias que germinan
1865
Sobre vuestra cimera, con mis manos
Yo arrancaré, para tejerme luego
Y mi cabeza ornar, una guirnalda.

ESPUELA ARDIENTE
Ya más fanfarronadas no soporto.

(Luchan.)
Entra FALSTAF.

FALSTAF
Bien dicho, Enrique. A ello, Enrique. Pero no
hallaréis aquí juego de niños, yo os lo aseguro.

Vuelve a entrar DUGLAS: Lucha con FALSTAF, quien se tira al suelo fingiéndose muerto. Vase Duglas. Espuela Ardiente cae herido.

ESPUELA ARDIENTE
Mi juventud me habéis robado, Enrique.
1870
Perder la vida deleznable es menos
Que perder esos títulos gloriosos
Que me usurpáis. Mis sentimientos hiere
Más que la carne mía vuestra espada.
Pero los sentimientos, de la vida
1875
Siervos humildes; cual la vida, escarnio
Del tiempo; cual el tiempo, que es quien rige
Al mundo entero, es fuerza que se paren.
¡Oh, yo profetizara, si la mano
Terrosa y yerta de la muerte ahora
1880
No aplanase mi lengua... no, ya Percy
{i}Eres polvo, alimento... {ac} (Muere.)

(Muere.)

ENRIQUE
{f}De gusanos.
Valiente Percy, ¡adiós, adiós, gran alma!
Mal trabada ambición ¡cómo mermaste!
Cuando este cuerpo un alma contenía,
1885
Estrecho espacio imaginaba un reino.
Pero hoy de la tierra menos fértil,
Con dos pasos no más bastante tiene.
Esta tierra que muerto te soporta,
A un ser más noble, no soporta vivo.
1890
Si fueras aun sensible a los halagos,
Tan cariñoso ardor no mostraría.
Mas deja, tú, que el lacerado rostro
Con esta prenda oculte, y en tu nombre
Me dé las gracias por haber cumplido
1895
Este amistoso rito de ternura.
Adiós; tu encomio al cielo te acompañe,
Y duerma tu baldón en tu sepulcro,
Y jamás lo recuerde tu epitafio.
(Ve a Falstaf en tierra.)
¡Mi antiguo camarada! ¡Tanta carne
1900
No ha conseguido defender tu vida!
Mi pobre Juan, adiós. Más fácilmente
De otro mejor que tú me separara.
¡Tu sociedad, que falta no me hiciera
Si la frivolidad aun me atrajera!
1905
Aunque nobles han muerto con exceso,
De ninguno sé yo de tanto peso.
Dentro de poco te veré enterrado.
(Vase.)
Por ahora, de Percy queda al lado.

FALSTAF
(Levantándose.) ¡Enterrado! Si me enterráis hoy,
licencia os daré para que mañana me saléis y me co-
máis. ¡Voto va! Tiempo era ya de fingir; si no, ese tri-
vigante escocés me hubiera saldado las cuentas. ¿Fin-
gir? Miento. Yo no finjo. Morir sí que es fingir, porque
es la ficción de un hombre que no tiene la vida de tal;
pero fingir, porque sigue uno siendo la real y perfecta
imagen de la vida. ¡Voto va! Tengo miedo de este pól-
vora de Percy, aunque esté muerto. Y ¿si fingiera tam-
bién y ahora se levantara? ¡Por vida mía! Creo que de
los dos fingidores, sería él el que valdría más. Por lo
tanto, me aseguraré y juraré que lo he matado. ¿Por-
qué no ha de poderse levantar como me he levantado
yo? Quienes me pueden contradecir son ojos, y ahora
(Lo hiere) nadie me ve. Así, pues, bergante
con nueva herida en el muslo, venid conmigo.

(Carga con Espuela Ardiente.)
Vuelven a entrar el PRÍNCIPE ENRIQUE y el PRÍNCIPE JUAN.

ENRIQUE
Vamos, hermano Juan, valientemente
1910
Tu virginal espada has estrenado.

JUAN.
¡Mas calle! ¿Quién es éste? ¿No dijiste
Que a ese hombre gordinflón hallaste muerto?

ENRIQUE
Verdad. Muerto lo vi. Lleno de sangre
Y sin aliento en tierra.
1915
¿Estáis vivo? O si no, ¿sois por ventura
Una ilusión que engaña a nuestros ojos?
Hablad, que no queremos atenernos
A lo que viendo estamos sin oíros.
Lo que nos parecéis no sois sin duda.

FALSTAF
Seguramente. Yo no soy hombre doble, pero
si no soy Juan Falstaf, soy un buen Juan. Ahí está Percy
(tirándolo al suelo.) Si vuestro padre quiere darme al-
gún premio, en hora buena sea; si no, que vaya él a ma-
tar a cualquier otro Percy que venga. Os aseguro que
espero ser Conde o Duque.

ENRIQUE
¡Pero si yo mismo maté a Percy! ¡Si lo vi
muerto!

FALSTAF
¿Eso visteis? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué dado
es este mundo al embuste! Concedo que me hallaba en
tierra y sin aliento, y lo propio él; pero en el mismo
instante, ambos nos levantamos y luchamos una hora
larga por el reloj de Eschusburia. Si me creen, bueno;
si no, carguen los que deben recompensar el valor con
ese pecado. Juro yo, así me maten, que le inferí yo
mismo esa herida del muslo, y si este hombre viviera
y lo negase, vive Dios que le haría tragar un trozo de
mi espada.

JUAN.
1920
Éste sí que es suceso extraordinario.

ENRIQUE
Extraordinario mozo sí que es éste.
(A Falstaf.)
Hermano Juan, venid. Vuestro bagaje
Donosamente echaos a la espalda;
Que yo, si la mentira acaso os sirve,
1925
La doraré con las mejores frases.
Las trompetas ya tocan retirada.
Es la victoria nuestra. Ven, hermano,
A ver desde esa elevación qué amigos
Nuestros vivos están y quiénes muertos.

(Vanse el Príncipe Enrique y el Príncipe Juan.)

FALSTAF
Yo seguiré, como si dijéramos, en busca de
recompensa. A quien me recompense, Dios se lo recom-
pensará. Si aumentare en importancia, disminuiré de
tamaño, porque me medicinaré y dejaré de beber Je-
rez y viviré sin mácula, como debe vivir un noble.

(Vase, llevándose el cuerpo de Percy.)

ESCENA V

Otra parte del campo de batalla.
Clarines. – Entran el REY ENRIQUE, el PRÍNCIPE ENRIQUE, el PRÍNCIPE JUAN, VESTMORLANDIA y acompañamiento, con VORCESTRIA y VERNON prisioneros.

REY.
1930
Siempre sufrió la rebelión castigo.
¿Malévolo Vorcestria, con palabras
De perdón y clemencia para todos
No os despedí? ¿No habéis de mis ofertas
Trastocado el sentido torpemente?
1935
¿Vos a la confianza no faltasteis
Que en vos depositó vuestro sobrino?
Tres nobles de los nuestros, conde el uno,
Han perdido su vida en la jornada,
Y otros seres también que hoy vivirían
1940
Si cual cristiano la verdad hubierais
De mi ejército al vuestro transmitido.

VORCESTRIA
Fue mi seguridad mi consejero,
Y me conformo con la suerte mía,
Que no puedo eludir y que me agobia.

REY.
1945
A la muerte conduzcan a Vorcestria.
También a Vérnon. A los otros reos
Juzgaremos después.
(Vanse custodiados Vorcestria y Vérnon.)
¿Qué tal va el campo?

ENRIQUE
Ese noble escocés, el conde Duglas,
Al ver que la fortuna por completo
1950
La cara le volvía, muerto a Percy
Y su gente de pánico acosada,
Huyó cual los demás; y desde un risco
Cayóse y lastimóse de tal modo,
Que sus perseguidores lo apresaron.
1955
Duglas está en mi tienda, y que disponga
De él á mi antojo yo, señor, os ruego.

REY.
Con toda el alma.

ENRIQUE
Pues, hermano mío,
Juan de Lancáster, ahora, a ti te toca
Esta honrosa misión. Ve a ver a Duglas
1960
Y libértalo al punto y sin rescate.
Su valor, que atestiguan nuestros cascos,
Nos hace honrar tan ínclitas hazañas
Aun en los pechos de adversarios nuestros.

REY.
Nos queda sólo dividir las fuerzas.
1965
Hijo Juan, y vos, deudo Vestmorlandia,
Hacia York marcharéis a toda prisa
Para hacer frente al conde de Norzumbria
Y al arzobispo Escropio, que se arman
Con toda rapidez. Yo y mi hijo Enrique
1970
Iremos hacia Gales a batirnos
Con el conde de March y con Glendóver.
Morirá en el país la rebeldía;
Y pues que triunfadores hoy nos vemos,
Hasta ganarlo todo, no cejemos.

(Vanse.)